|
Peine: antes
del año 4000 a.C., Asia y África
Se cree que el peine más
primitivo era la espina de un pez de gran tamaño, todavía utilizada en ciertas
tribus africanas. Y el diseño característico de este objeto resalta en la
antiquísima palabra indoeuropea gombhos, que significa “dientes” y de la
que se deriva el vocablo actual inglés comb, peine. La palabra “peine”,
del latín pecten, aparece por primera vez en castellano en “El libro del
buen amor”, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, como “peynde”.
Los más antiguos peines
fabricados por el hombre se descubrieron en tumbas egipcias que cuentan seis mil
años de antigüedad, y muchos de ellos son de un diseño muy ingenioso. Algunos
poseen filas individuales de púas rectas y otros dobles filas; en otros hay una
primera hilera más espesa y larga que la segunda. Pieza esencial en el tocador
de los egipcios, este instrumento cumplía dos funciones: peinar el cabello y
fijar permanentemente un determinado estilo de peinado.
Aseguran los arqueólogos que
virtualmente todas las culturas primitivas idearon por su cuenta el peine e
hicieron frecuente uso de él, con la excepción de los britanos.
Éstos, que habitaban el litoral
de las Islas británicas, llevaban el cabello totalmente descuidado (incluso
durante la ocupación de los romanos, que eran hábiles barberos) y se cree que no
adoptaron el peine hasta después de las invasiones danesas, en el año 789. A
mediados del siglo IX, los daneses se habían establecido en todo el reino, y a
ellos se atribuye el haber enseñado a los britanos a peinarse con cierta
regularidad.
En los primeros tiempos del
cristianismo, peinarse formaba parte también de las ceremonias religiosas, con
un ritual similar al del lavado de pies. Existen cuidadosas normativas sobre
cómo debían peinarse adecuadamente el sacerdote en la sacristía antes de los
actos religiosos. Los mártires llevaban consigo peines a las catacumbas, donde
se han encontrado muchos de ellos fabricados en marfil y metal. Los
historiadores de la religión sospechan que, en cierta época, el peine tuvo un
especial significado simbólico, y señalan el hecho misterioso de que, durante la
Edad Media, muchas de las más antiguas vidrieras de iglesia contienen
inconfundibles imágenes de peines.
También el peine fue usado como
objeto mágico. En el siglo XVII, en ciertos lugares de Europa era creencia muy
extendida que los cabellos grises podían recuperar su colorido original mediante
frecuentes pasadas con un peine de plomo. Aunque puede admitirse que el plomo,
blando y ennegrecido, llegue a depositarse en partículas microscópicas sobre los
cabellos, oscureciéndolos ligeramente, otras pruebas, más numerosas, sugieren
que quien utilizaba estos peines se teñía el cabello y después atribuía los
resultados al peinado. Esta sospecha se ve reforzada por el hecho de que, en las
últimas décadas de este siglo, decir de alguien que se peinaba con peine de
plomo, era un eufemismo aceptado para indicar que se teñía las canas.
No hubo cambios importantes en
el diseño del peine hasta el año 1960, cuando apareció en Suiza el primer
modelador eléctrico.
Pelucas: año
3000 a.C., Egipto
Aunque los asirios eran
considerados como los mejores peluqueros estilistas del mundo, los egipcios,
unos 1.500 años antes, habían creado un arte con la confección de las pelucas.
En el mundo occidental dieron origen al empleo de cabellos artificiales, aunque
en la mayoría de los casos su función no consistiera en disimular la calvicie,
sino en complementar un atuendo formal y festivo.
Hoy en día, sobreviven en
diversos museos, y en excelentes condiciones, muchas pelucas egipcias. Los
análisis químicos revelan que sus trenzas y bucles, perfectamente formados, se
obtenían a la vez con fibras vegetales y con pelo humano.
Algunas de estas pelucas y
elementos postizos decorativos eran enormes, y también muy pesados. La peluca
que en el año 900 a.C. llevaba la reina Isimkheb en las grandes ocasiones pesaba
tanto que la soberana necesitaba ayuda para poder caminar. En fecha reciente,
esta peluca fue analizada químicamente en el Museo de El Cairo, y se descubrió
que habla sido confeccionada en su totalidad con cabellos humanos castaños. Como
era frecuente con las pelucas de aquellos tiempos, su prodigioso remate se
mantenla en su lugar mediante una capa de cera de abejas.
Al comenzar el siglo I a.C.,
las pelucas rubias hicieron furor en Roma. En tanto las cortesanas griegas
preferían blanquear o empolvar sus cabellos, las mujeres romanas optaron por las
magnificas cabelleras de un rubio pálido cortadas a las cautivas germanas. Con
ellas se. preparaba toda clase de pelucas rubias, y Ovidio, el poeta del siglo
I, escribió que ningún romano o romana debía preocuparse por la calvicie, dada
la abundancia de cabelleras bárbaras que podían conseguirse.
Las pelucas rubias acabaron por
convertirse en el signo distintivo de las prostitutas romanas, e incluso de
aquellos que las frecuentaban. La disoluta emperatriz Mesalina llevaba una
“peluca amarilla” cuando efectuaba sus notorias visitas a los burdeles romanos.
Y el gobernante más detestable de Roma, Calígula, llevaba una peluca similar las
noches en que merodeaba por las calles en busca de placeres. La peluca rubia era
tan inconfundible como las botas altas blancas y la minifalda de una buscona
contemporánea.
La Iglesia trató repetidamente
de eliminar el uso de las pelucas, cualquiera que fuera su propósito. En el
siglo I, los Padres de la Iglesia dictaminaron que una persona con peluca no
podía recibir una bendición cristiana. En el siglo siguiente, el teólogo griego
Tertuliano predicó que todas las pelucas eran disfraces e invenciones del
diablo, y cien años más tarde, el obispo Cipriano prohibió a quienes lucieran
pelucas o bisoñés asistir a las ceremonias religiosas, denostándolos con estas
palabras: “¿En qué sois mejores que los paganos?”.
Esta condena culminó en el año
629, cuando el Concilio de Constantinopla excomulgó a los cristianos que se
negaran a prescindir de la peluca.
Incluso Enrique IV, que en el
siglo XII desafió a la Iglesia negándose a renunciar al privilegio real a
nombrar obispos, por lo que fue excomulgado, se adhirió al estilo que
recomendaba la Iglesia para los cabellos: cortos, tiesos y sin adornos. Enrique
llegó a prohibir los cabellos largos y las pelucas en la corte. Hasta la Reforma
del año 1517, cuando a la Iglesia le preocupaba la cuestión más apremiante de la
pérdida de miembros, no flexibilizó sus normas en materia de pelucas y estilos
de peinado.
En el año 1580 las pelucas
volvían a ser el dernier cri. Una persona fue especialmente responsable
del retorno de los rizos y de las pelucas de colores: Isabel I de Inglaterra,
que poseía una colección enorme de pelucas anaranjadas, utilizadas sobre
todo para ocultar el retroceso frontal de sus cabellos y la escasez progresiva
de éstos.
Las pelucas llegaron a ser tan
corrientes que a menudo pasaban inadvertidas. El hecho de que María, la reina de
los escoceses, llevara una peluca de color caoba era ignorado incluso por las
personas que mantenían trato frecuente con ella. La verdad no se supo hasta que
fue decapitada. En el apogeo de la popularidad de la peluca en la Francia del
siglo XVII, la corte de Versalles utilizaba permanentemente los servicios de
cuarenta especialistas que residían en palacio.
Una vez más, la Iglesia se alzó
contra las pelucas, pero esta vez la jerarquía se encontró dividida, pues eran
muchos los clérigos que lucían las largas y onduladas pelucas de la época. Según
un relato del siglo XVII, nada tenía de extraño que clérigos enemigos de la
peluca arrancaran las que llevaban los sacerdotes que se disponían a oficiar una
misa o a impartir una bendición. Jean-Baptiste Thiers, un clérigo francés de
Champround, publicó un libro sobre los maleficios de las pelucas, los medios
para descubrir a quienes las usaban, y los métodos para atacar repentinamente y
despojar de cabellos postizos a sus portadores.
Finalmente, la Iglesia zanjó la
disputa mediante una fórmula de compromiso. Se permitían las pelucas a los
laicos y a los sacerdotes que fueran calvos, estuvieran enfermos o contasen una
edad provecta, pero nunca podrían lucirlas en la iglesia. Para las mujeres no
había ninguna exención.
En el Londres del siglo XVIII,
las pelucas que llevaban los abogados eran tan valiosas que a menudo las
robaban. Los ladrones de pelucas actuaban en las calles más transitadas,
llevando sobre sus hombros un cesto que escondía a un niño pequeño. La tarea de
éste consistía en levantarse súbitamente y apoderarse de la peluca de un
caballero. Por lo general, la víctima se abstenía de ocasionar un escándalo
público, dada la figura ridícula que presentaba con la cabeza afeitada.
Horquilla para
los caballeros: hace 10.000 años, Asia
Las mujeres griegas y romanas
utilizaban ya una aguja recta, larga y ornamentada para sujetarse el pelo. Su
forma y su función reproducían exactamente las púas de animales y de cardo que
utilizaban los hombres y mujeres primitivos, y que siguen empleando hoy muchas
tribus. En antiguas zonas funerarias asiáticas se han encontrado docenas de
agujas y horquillas confeccionadas con hueso, hierro, bronce, plata y oro.
Muchas de ellas son de un formato simple y otras están muy ornamentadas, pero
todas revelan claramente que la forma de este adminículo no ha variado en diez
mil años.
Cleopatra prefería las agujas
de marfil, con una longitud de quince a veinte centímetros, y con piedras
preciosas incrustadas. Las romanas se proveían de agujas huecas, para ocultar en
ellas venenos. Su diseño era similar al de la aguja con que Cleopatra, según se
dice, se envenenó.
La aguja recta evolucionó hasta
adquirir durante un par de siglos forma de U.
La moda de las pelucas en la
corte francesa, en el siglo XVII, exigía que el cabello auténtico fuera cortado
casi al rape, o bien sujetado sólidamente a la cabeza. Así preparado, facilitaba
el soporte para la peluca, y al mismo tiempo se mantenía una apariencia correcta
al quitarse ésta. Se utilizaban para este fin agujas rectas y también las
curvadas en forma de U. Cuando en el siglo XIX empezaron a producirse las
pequeñas agujas en forma de U, las llamadas horquillas, con alambre de acero
templado y lacadas en negro, las agujas de cabello rectas virtualmente
desparecieron.
Secador de
cabellos: año 1920, Wisconsin
El moderno secador eléctrico
para el cabello fue el fruto de dos invenciones que nada tenían que ver entre
sí: la aspiradora y la licuadora.
Su punto de origen es bien
conocido: Racine, Wisconsin. y dos de los primeros modelos, denominados “Race” y
“Cyclone”, aparecieron en 1920, los dos fabricados por empresas de Wisconsin:
la Racine Universal Motor Company y la Hamilton Beach.
La idea de secar los cabellos
por medio de una corriente de aire se originó gracias a los primeros anuncios de
la aspiradora doméstica.
En la primera década de este
siglo, era costumbre asignar varias funciones a un solo aparato, especialmente a
los electrodomésticos, puesto que la electricidad era ensalzada como la energía
suprema de la historia. Esta estratagema incrementaba las ventas, y el público
se había acostumbrado a los dispositivos multifuncionales.
La aspiradora no fue una
excepción al respecto. Uno de los primeros anuncios del aparato llamado
Pneumatic Cleaner presentaba a una mujer sentada ante su tocador, secándose
el cabello con una manguera enchufada en la aspiradora. Con un criterio que
consistía en preguntar por qué malgastar aire caliente, el texto del anuncio
aseguraba a los lectores que, si bien la parte frontal de la máquina aspiraba y
eliminaba el polvo y la suciedad, la posterior generaba una corriente de aire
fresco y puro. Aunque las primeras aspiradoras se vendían en cantidades
moderadamente satisfactorias, nadie sabe hasta qué punto sus usuarios sacaron el
mejor partido de ellas.
Sea como fuere, había nacido la
idea de secar el cabello mediante una corriente de aire. Lo que retrasó la
aparición de un secador eléctrico manual para el cabello fue la ausencia de un
motor pequeño y eficaz pese a su escasa potencia (lo que entre inventores se
conocía técnicamente como “motor de fracción de caballo”).
y aquí entra en escena la
licuadora.
Racine, Wisconsin, es también la patria de la primera mezcladora y licuadora
para obtener batidos de leche. Aunque no se patentaría la licuadora mezcladora
hasta el año 1922, durante más de una década se habían hecho esfuerzos para
perfeccionar un motor de escasa potencia, particularmente la Racine Universal
Motor Company y la Hamilton Beach.
Por tanto, en principio, la
descarga de aire caliente de la aspiradora llegó a casarse con el motor compacto
de la licuadora para producir el moderno secador de cabello, fabricado en Racine.
Voluminoso, deficiente en energía, bastante pesado y con frecuentes
recalentamientos, el primer secador manual fue, sin embargo, más eficaz para dar
forma a los peinados que la aspiradora, y fijó la tendencia para las décadas
siguientes.
Los perfeccionamientos
introducidos en los años. treinta y cuarenta incluían diversos mandos para la
temperatura y las velocidades. La primera variación importante en los secadores
portátiles apareció en el catálogo de Sears, Roebuck correspondiente a
otoño-invierno de 1951. Este dispositivo, que se vendía a 12,95 dólares,
consistía en un secador manual y un gorro de plástico rosa unido directamente a
la boquilla sopladora, y que se ajustaba a la cabeza de la mujer.
Los secadores de cabello
adquirieron popularidad entre las mujeres desde el primer año de su aparición,
pero sólo a fines de los años sesenta, cuando los hombres empezaron a
experimentar las dificultades de secar y peinar los cabellos largos, se expandió
rápidamente el mercado para estos aparatos.
|