En Buenos Aires sobreviven 26 calesitas tradicionales como las de las
plazas Almagro, 1º de Mayo, Irlanda, Las Heras y los parques Avellaneda y
Rivadavia, entre otros espacios públicos. Aparte habría una quincena en terrenos
privados, como la de Don Luis (ver La magia...), que con casi un siglo es
una de las más antiguas. Fueron muchas las que cerraron: en 1959 llegó a haber
más de un centenar. Ahora, el Gobierno porteño planea proteger a las que quedan
declarándolas patrimonio cultural. Los
sinónimos de calesita son: en español "tiovivo" o
afrancesado "carrousel".
LA CALESITA
La primera calesita

En la década de
los años '40, los propulsores, diseñadores y originales propietarios, de los
grandes carruseles artísticos de la Argentina. El primero de ellos, y quizás
el más bello, funcionó durante muchos años en el Jardín Zoológico de la Ciudad
de Buenos Aires, en el barrio de Palermo, se lo bautizó precisamente como
"PRIMER CARRUSEL ARGENTINO" y actualmente se encuentra emplazado en el
parque infantil del Club de Leones de Ayacucho (Provincia de Buenos Aires). La
música del carrusel la brinda un importante órgano mecánico "La Salvia",
fabricado en 1943, dotado con tres muñecos animados y un importante frente
tallado.
Nadie sabe a ciencia cierta, quién
inventó este entretenimiento que sobrevive a siglos y modas. La primera
referencia la encontramos en 1648, cuando a un viajero le sorprendió en
Turquía, el Maringiak, un enorme plato con caballos de madera que giraba sobre
sí mismo. Al parecer, fue un rey turco, en Estambul, por entonces la ciudad
capital del país de referencia, quien solicitó la construcción de ese
artefacto, para esparcimiento de sus cortesanos.
Según los estudiosos, el invento llegó a Europa en 1673, cuando Rafael
Folyarte registró la primera patente en Inglaterra. La bautizó merry go round
(algo así como “vueltas alegres”). El juego se propagó por Francia, siendo
exclusivo de la aristocracia. En España se lo conoció como “tiovivo”.
Las pioneras
giraban impulsadas por un caballo. Hacia 1930 llegó el motor naftero y con el
tiempo los demás avances técnicos, que lograron convertirlas en una de las
diversiones preferidas de la niñez.
Las
calesitas tienen caballos, autitos, avioncitos, trencitos, tasas
—especie de mini calesitas con sillitas—, lanchas, perritos. Algunos
caballitos son réplicas de las pinturas de Florencio Molina Campos.
En 1870, Pascual, Miguel y Domingo Lasalvia decidieron dejar Tramutola,
provincia de Potenza, Italia, para alegrar a los niños de Argentina. Luthiers
de profesión, estos hermanos fueron los pioneros en lo que sería la mayor
atracción de los chicos argentinos durante muchos años: la calesita. Ya
instalados en este país fabricaron los famosos organitos con música.
Aprovechando estos instrumentos, Vicente y Pascual tuvieron una idea: formar
una empresa para la construcción y explotación de carruseles con música de
organitos. La empresa se llamó Cuma -Carruseles Ultramodernos Argentinos
Lasalvia- y encaró la construcción de varias calesitas. Así nació la primera
calesita Argentina que fue construida por encargo a Cuma por la firma
Secualino Hnos. en 1943. El primer carrousel nacional tuvo un encanto que
perdura hasta nuestros días. Secualino Hnos. encargó al tallista Ríspoli la
decoración de la calesita, quien ejecutó figuras corpóreas como caballos en
exposición, leones y burros. Además talló en 12 biombos de cedro policromado
temas circenses y el cuento de los Tres chanchitos y el Lobo feroz. La primera
calesita Argentina comenzó a funcionar en 1943 en un terreno baldío, situado
en la esquina de Hidalgo y Rivadavia, de Capital Federal. Allí estuvo hasta
1946, año en que pasó al Jardín Zoológico, donde con su música proveniente del
organito motorizado y sus figuras talladas con total esmero, alegró la
infancia de los niños de Buenos Aires y de todos los que lo visitaron.
La sortija
—el niño que logra sacarla sube gratis en el próximo ciclo— es un invento
argentino. Según cuentan los viejos calesiteros, la idea fue tomada del campo,
donde un jinete, ensarta en la punta de una vara, una sortija (aro) que cuelga
de una cinta a determinada altura.
Dicen
que no hay días más tristes para los calesiteros que los de lluvia. Porque
extrañan el ritual del suave girar de los caballos de madera, la sortija y las
expresiones fascinadas de los chicos. Un ritual que repiten desde hace
décadas, pero que no pierde su encanto.
En 2001, los calesiteros estuvieron en peligro. Las concesiones estaban
vencidas y desde la Secretaría de Hacienda se empezó a preparar una nueva
licitación para llevar a las calesitas a subasta pública. Un rumor decía que un
grupo económico iba a reemplazarlas por modernos carruseles, como los de los
shopping.
"En 2002, cuando los pliegos estaban listos, se frenó la subasta. Se prolongaron
las concesiones de 1981, cuando fue la última licitación, y la Subsecretaría de
Patrimonio Cultural comenzó un relevamiento de calesitas para integrarlas
a la Ley de Patrimonio Cultural, una norma que finalmente se promulgó en enero",
explica Sandra Castillo, directora de Coordinación de la Jefatura de Gabinete de
la Ciudad.
En total se relevó el estado de 26 calesitas en espacios públicos. La mayoría
salió de la primera fábrica que funcionó en el país hasta 1984, la de los
hermanos Sequalino, de Rosario, y posee valor histórico. "Aunque las concesiones
se van a revisar, la idea es que sigan en manos de los viejos calesiteros",
asegura Castillo.
La intención oficial es encarar un plan de arreglos y revitalización con
fondos del Gobierno porteño y mano de obra de los calesiteros. "Estamos
trabajando para incluir a las calesitas en la reglamentación de la Ley 1227 de
Patrimonio Cultural. Así van a poder entrar en los programas de ayuda de
protección del patrimonio", confirma el secretario de Cultura porteño, Gustavo
López.
"El primer paso será difundir a través de un libro dónde están las
calesitas patrimoniales para que la gente aprenda a apreciarlas. Además vamos a
ofrecerles asesoramiento técnico para ponerlas en valor. La prueba piloto va a
ser con la calesita de Pascualito, en la plaza Roque Saénz Peña, que es una de
las más deterioradas", adelanta la subsecretaria de Patrimonio Cultural, Silvia
Fajre.
Los calesiteros aprueban la iniciativa. "Por fin tienen en cuenta que las
calesitas le pertenecen a la Ciudad. Los municipios siempre nos trataron como
sus clientes. Pero el calesitero del barrio es más que eso: es el que
tiene confianza con los vecinos. Las generaciones se van sucediendo y todas
pasan por la calesita", reflexiona Carlos Pometti, nieto, hijo, sobrino y primo
de calesiteros.
En el gremio, aseguran que tener una calesita es más una pasión que un
negocio. Desde 1991 que cobran $ 0,50 la vuelta. Y mantienen una tradición
que juran que es argentina: la de la sortija. El que la saca, da otra vuelta
gratis. "En los tíovivos de España, eso no existe", dice Ricardo
Borrajo (77), un gallego de Orense que hace 43 años está a cargo de la calesita
del Parque Lezama.
"Los videojuegos nos sacaron mucho público. Un sábado o domingo pueden
venir 300 chicos, pero los días de semana no pasan los 60. Además, los de 12 ya
no suben. Los pibes vienen hasta los 8", dice Pometti, a cargo de las calesitas
de las plazas Aristóbulo del Valle y Nueva Pompeya.Eso sí, los calesiteros afirman que los más chiquitos
disfrutan de la calesita como lo hicieron sus padres o abuelos.
El
carrusel
de la plaza 1º de Mayo fue el que inspiró a Mariano Mores y Cátulo Castillo para
escribir el tango "La calesita", en 1953.

Calesita del Bicentenario
Ubicada en Parque Saavedra
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