Isabel II hasta alcanzar su mayoría de edad (16 años), fue regente su madre hasta 1840 y desde esa fecha hasta 1843 el general Baldomero Fernández Espartero. Casada contra su voluntad con su primo con Francisco de Asís de Borbón, el cariñosamente llamado por los madrileños EL PAQUITO, hombre desdichado, por negarle la naturaleza el don de la fecundación (estéril).  Con Francisco tuvo nueve hijos, entre ellos el futuro rey Alfonso XII. Fue destronada y exiliada a Francia en 1868,  donde se separo de su marido y  vivió hasta su muerte. Es el personaje español del siglo XIX más maltratado por la historiografía. La leyenda de la reina disoluta se ha hecho, para algunos, a base de murmuraciones, y para otros, a base de evidencias. Reinó en España desde 1833 hasta 1868. Era hija, como sabemos, del inefable Fernando VII y de su cuarta y última esposa, y a la vez sobrina carnal, María Cristina de Borbón.

 

Isabel II de Borbón

Nacida en Madrid en 1830. Murió en París, en 1904.

 
Todo en Isabel II fue precoz: huérfana de padre a los tres años, alejada de su madre a los diez, reina a los trece, casada a los dieciséis y derrocada a los treinta y ocho.
La muerte de Fernando VII que no dejó descendencia masculina, desató un grave pleito familiar en España, que se zanjó por la fuerza de las armas, en la cruenta disputa por el trono. Finalmente, la elegida fue Isabel II, cuyo reinado se transformó en un infierno de intrigas y golpes de estado, además de que su prestigio personal se vio afectado por los escándalos en su vida privada y por el favoritismo que mostraba hacia el partido moderado de los que abogaban por una monarquía constitucional. Desde que tenía tres años, la boda de Isabel fue un asunto de estado. Fueron muchos los nombres que se barajaron, para el futuro esposo de la reina. Finalmente, el elegido fue su primo hermano, Francisco de Asís, el menos indicado, ya que nunca pudo satisfacer la fogosidad de la reina.


¿Por qué se lo eligió? Posiblemente porque, a diferencia de otros candidatos, quienes manejaban las riendas del poder, creían que sería el que traería menos inconvenientes. Lo que no resultó acertado en absoluto, ya que la joven Isabel sentía aversión e incluso repugnancia hacia su primo, a quien la mitad de España señalaba como homosexual.
“¡No, con Paquita no!”, dicen que exclamó Isabel, cuando se enteró que se lo había elegido a su primo. Y parece que su amargura fue tanta, que hasta amenazó con abdicar. Como fuere, la boda se celebró el 10 de octubre de 1846, el mismo día en que Isabel cumplía dieciséis años y fue simultánea con la de su hermana, la infanta Luisa Fernanda con el francés Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, que se transformó en su ambicioso cuñado, uno de los personajes más desestabilizadores del reinado por sus pretensiones al trono quien patrocinaría, veintidós años después, el golpe de estado que derrocaría a la reina.


Quizás todo se debiera a que
Francisco de Asís sufría de hipospadia, un defecto que aparece en el pene cuando el conducto de la uretra no se abre en el extremo del glande. Se comentaba que “Paquita” tenía que orinar  en cuclillas, como las mujeres, y el pueblo se burlaba cantando esta copla: “Paco Natillas / es de pasta y flora / y mea en cuclillas / como una señora”.

 

 

Isabel era explosiva hasta la violencia, franca y contradictoria, mientras su esposo real era frío, especulador, solitario y muy débil, y a poco de celebrado el matrimonio, la reina comenzó a coleccionar amantes y por su alcoba desfilaron sin mucha discreción, y hasta con insolencia, muchos favoritos que satisfacían los ardores y el apetito sexual de la reina, una mujer bella, fuerte y fogosa. A tal punto llegó la impertinencia, que el escritor Merimée advirtió públicamente: “... si Francisco no es capaz de darle hijos a Isabel, la Reina jamás carecerá de súbditos dispuestos a satisfacer sus necesidades”.

 

Entre los favoritos más conocidos se puede nombrar al general Francisco Serrano, al capitán Enrique Puigmoltó, al diputado Carlos Marfori y al poeta Miguel Tenorio, entre otros tantos que dieron prueba de esa disposición para darle al trono de España un heredero. Es opinión de la mayoría de los historiadores que el verdadero padre de su hijo Alfonso fue el capitán Puigmoltó, un apuesto y joven militar que aprovechó su lugar en el lecho de la reina para promocionar su carrera. Pero cuando estalló el escándalo, el propio confesor de Isabel le recomendó alejarlo de su lado, por lo que fue destinado como agregado militar en la embajada española en Londres.

Isabel quedó embarazada en once oportunidades, pero sólo cinco de sus hijos alcanzaron la edad adulta: cuatro niñas y el niño que llegaría a ser el rey Alfonso XII.
Los escándalos, las intrigas de su cuñado y el desgaste político y social de la corte y el reino mismo, precipitaron su caída. Dicen que, exhausta y harta de tanta manipulación, se la oyó decir: “No puedo más”, poco antes de partir para su exilio en Francia, en setiembre de 1868, acompañada de
Carlos Marfori, el último de la larga lista de amantes. Cuando tuvo que elegir entre el deber y el amor, consecuente al fin con su vida, Isabel II se dejó llevar por la pasión, y eligió el exilio, abdicando a favor de su joven hijo Alfonso, un muchacho de aspecto frágil y carácter taciturno y formal. Mucho antes Francisco de Asís, el marido impuesto, se había enamorado de
Antonio Ramón Meneses y había pasado al olvido.
Pese a que pudo volver a España, terminó retirándose definitivamente en París desde 1877 hasta marzo de 1904, cuando una fuerte gripe la obligó a recluirse y el 9 de abril falleció esa mujer a la que se llamaría “la reina de los tristes destinos”.


La regencia

Pudo reinar merced a la derogación por su padre de la Ley Sálica, que impedía el acceso al trono a las mujeres de línea directa. Asumió a la muerte de su padre (1833), y su madre María Cristina fue nombrada Reina Gobernadora durante su minoría de edad, de modo que, al margen de las múltiples alternativas sufridas por su dilatado reinado, éste reconoce dos períodos principales: el protagonizado por su madre durante su minoría de edad (1833-1840), y el que ejerció en forma personal y directa (1843-1868). En el lapso comprendido entre 1840 y 1843 desempeñó la regencia el general Espartero.

Muerto Fernando VII, María Cristina dirigió todos sus esfuerzos a ganar definitivamente el trono para su hija Isabel. Para ello debió luchar, en el sentido literal del término, contra Carlos María Isidro, heredero natural de la corona si su hermano Fernando VII no hubiera tenido mejor idea que dictar la Pragmática Sanción y la consecuente derogación de la ley sálica que lo sustituía por Isabel. Este enfrentamiento dinástico conocido como las “guerras carlistas”, pues fueron tres (1833/1839, 1848/ 1849 y 1872/1876), ensangrentó los dos últimos tercios de la España decimonónica. Las fatigas del enfrentamiento armado no impidieron, sin embargo, que apenas transcurridos dos meses de su temprana viudez de Fernando VII, María Cristina ocupara encendidamente su corazón con la compañía de Fernando Muñoz, joven capitán de su guardia dos años menor que ella. El amor que le inspiró Fernando Muñoz, a quien pronto comenzaron a llamar Fernando VIII, fue tan irrefrenable que las sospechas trascendieron pese a los esfuerzos por mantener oculta la relación y el subsecuente matrimonio secreto, tal vez porque los numerosos embarazos que llevó a feliz término delataban, con elocuencia, la intromisión de otra persona en su vida. En los corrillos se decía: “La Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”. Los carlistas, a su vez, popularizaron una copla alusiva:

Clamaban los liberales
que la reina no paría.
¡Y ha parido más muñoces
que liberales había!


Debemos reconocer que, aunque exagerada, la copla no faltaba a la verdad. De esa feliz y morganática unión nacieron nada menos que ocho hijos, los primeros cinco en España y los restantes en Francia. Mientras tanto, ni lerdo ni perezoso, Carlos María Isidro continuaba sus empeños por modificar el trámite sucesorio y asume como Carlos V. El enfrentamiento fue de una crueldad extrema, a punto tal que ambos bandos mataban sin piedad a sus prisioneros. El carlista Conde de España arrasaba una población catalana y sobre sus ruinas erigía una piedra con la inscripción “Aquí fue Ripoll”. Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, ejecutó a los alcaldes de Torrecilla y Valdealgorza, y el general cristino Nogueras se vengó fusilando a la madre de Cabrera, quien a su vez se tomó venganza ordenando fusilar a soldados fieles a María Cristina. Los cristinos gritaban “Mueran los frailes” y los carlistas respondían “Mueran los liberales”.



Rebelión en La Granja

En 1836, por instigación de Mendizábal, ex jefe del Gobierno, tuvo lugar el curioso motín de La Granja –residencia veraniega de los monarcas españoles–, donde unos pocos sargentos de la Guardia Real penetraron en los aposentos de la Reina Gobernadora y bajo amenaza le hicieron firmar el restablecimiento de La Pepa, es decir de la Constitución progresista de 1812. La amenaza no consistió en asesinar a su hija, ni a ella misma, sino la de suprimir un bien tal vez más preciado, nada menos que eliminar a su amado Muñoz. Sin vacilaciones, sin medir si su decisión atentaba contra los altos intereses de España o de la corona, no dudó un segundo en obedecer a los insurrectos. Mariano José de Larra comentó este episodio en su recordado artículo “El día de difuntos de 1836”, en el que escribe la célebre frase: “¿Qué monumento es éste? –exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. En el frontispicio decía: ‘Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado’.” Con posterioridad a este episodio y ocurrida la derrota de los carlistas, el general Espartero, de decisiva intervención en la lucha armada, es distinguido con varios títulos –entre ellos el de Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara–. Este reconocimiento a sus méritos por parte de María Cristina no fue obstáculo para que Espartero le exigiera la regencia bajo amenaza de revelar las actas de su matrimonio secreto. Tras varias alternativas, la madre de Isabel termina por ceder y se marcha con su esposo rumbo al exilio parisino, donde ya se encontraban sus hijos “muñoces”, pues habían sido enviados uno a uno a poco de nacer. Antes de partir, sin embargo, pudo decirle a Espartero “te hice duque pero no he logrado hacerte caballero”; frase que encerraría una gran verdad porque apenas alejada María Cristina hizo públicas las actas del matrimonio secreto. Con diez años y separada de su madre, Isabel pasaría a ser prisionera de las camarillas de turno. Su infancia estuvo marcada por la soledad, la molicie y la ignorancia. Todo hace suponer que su madre, una vez asegurado el trono para su hija, no se preocupó por darle la necesaria preparación para atender los asuntos de Estado y se consagró a su nueva familia. Mucho menos se preocuparían los políticos, ya fueran progresistas o moderados, porque les era conveniente a sus propósitos que cuanto más ignorante permaneciera mejor les resultaría servirse de ella.
El gobierno del regente Espartero elige el cuerpo de preceptores que se encargaría de la “educación” de Isabel. Entre ellos se encontraban Agustín Argüelles como preceptor mayor, José Vicente Ventosa su profesor general, Francisco Frontela, más conocido por Valldemosa, como maestro de música, y también el tortuoso Salustiano de Olózaga, hombre inteligente y de gran versación jurídica.
Isabel dio muestras, enseguida, de tener un carácter muy temperamental y de ser singularmente apasionada, habiendo heredado de su madre una ardiente sensualidad.
 

Según algunos de sus biógrafos, de estas peculiaridades pueden dar fe, en primerísimo lugar, sus preceptores Ventosa, Valldemosa y Olózaga. El conde de Romanones se refiere a Isabel II de este modo: “A los diez años Isabel resultaba ‘atrasada’, apenas si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del pueblo, de la aritmética sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos eran los juguetes y los perritos. Por haber estado exclusivamente en manos de las camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa era deplorable, y todas estas características, de algún modo, la acompañaron toda su vida.” En su haber, sin embargo, debe anotarse que hacía gala de una desbordante generosidad y de un ánimo alegre y vivaz. Por su parte, María Cristina, gracias a la enorme fortuna que había logrado sacar de España, se dedicó, desde París, a conspirar contra Espartero. Luego de varios levantamientos frustrados, en 1843 triunfa el encabezado por Narváez, Serrano y Prim, tres jóvenes generales, desconocidos hasta ese momento, que entraron en Madrid aclamados por el pueblo y provocaron el alejamiento de Espartero.

El reinado “personal”

Caído Espartero, por común acuerdo de progresistas y moderados se decide adelantar en un año la mayoría de edad de Isabel. De este modo, el 8 de noviembre de 1843, a la edad de trece años, Isabel II fue declarada mayor de edad, prematura y precipitadamente. En medio de crisis políticas que fueron un lugar común a lo largo de su reinado, y con episodios sainetescos como retorcer el brazo a la niña reina para obligarla a firmar la disolución de las Cortes –según se le atribuye a Olózaga, esta vez jefe del Gobierno– o el haber llamado a María Cristina “ilustre prostituta” en un artículo periodístico escrito por su sucesor González Bravo, transcurrieron los primeros años de su incipiente reinado, hasta que la necesidad de su matrimonio, decidida tanto por exigencias del temperamento real como por razones de orden político, terminó por convertirse en una difícil cuestión de estado. El candidato de María Cristina era su hermano (y tío de Isabel), el conde de Trápani; Francia alentaba la candidatura del duque de Montpensier, hijo del rey francés Luis Felipe; Leopoldo de Sajonia-Coburgo contaba con el apoyo de Inglaterra; mientras que las aspiraciones del infante Enrique, segundo hijo de Francisco de Paula y de Luisa Carlota (hermana de María Cristina) se malograron por su colaboración en el alzamiento de Galicia. Para muchos apareció como salvadora la idea de la alianza matrimonial con Carlos Luis de Borbón, hijo de Carlos María Isidro, pues ese candidato hubiera permitido acabar con la cuestión dinástica, pero el proyecto fue rechazado por Isabel II porque no estaba dispuesta a ceder la corona, o por lo menos compartirla con su primo hermano. El fracaso de esta alianza dio lugar a la segunda guerra carlista, llamada de los matiners (madrugadores), que durante tres años asoló Cataluña. Razones políticas y de Estado hicieron que se escogiera al peor y más inútil de los candidatos: Francisco de Asís, hijo del infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota, sobrino de María Cristina y
primo hermano de su futura esposa Isabel. En su entorno familiar se le llamaba Paquita. Triunfó la candidatura de Francisco de Asís porque poseía una característica de la que carecían los otros pretendientes: satisfacía a todos los sectores porque lo consideraban políticamente inofensivo. Isabel opuso tenaz resistencia a esa unión, pero la presión de su madre y de sor Patrocinio terminaron por doblegarla.

 El doble matrimonio de Isabel con Francisco de Asís y de su hermana, Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier, se celebró el 10 de octubre de 1846 en la Capilla del Palacio Real, día en que la joven reina cumplía dieciséis años. Los festejos de las bodas se extendieron durante quince días, y, como es fácil predecir, la personalidad del rey consorte encendió rápidamente el imaginario popular y dio lugar a que se difundieran numerosas coplas .

Del matrimonio con su prima Isabel nacieron once hijos, pero sólo cuatro de ellos superaron la niñez: la Infanta Isabel de Borbón (1851-1931), el futuro rey Alfonso XII (1857-1885), la Infanta María de la Paz de Borbón (1862-1946) y la Infanta Eulalia de Borbón (1864-1958). Puede que la consanguinidad de los padres y abuelos influyera en dichas muertes prematuras.

Se decia que 
Francisco de Asís,   padecía una  malformación congénita de las vías urinarias por la que la uretra desembocaba en la región inferior del pene en lugar de hacerlo en su extremo, lo que le obligaba a orinar de cuclillas.
 

Como era de esperarse, pronto comenzaron las desavenencias de la nueva pareja. La vida de Isabel se convirtió en una vertiginosa fiesta. Se acostaba a las cinco de la madrugada y se levantaba a las tres de la tarde. Al anochecer, se vestía con sus mejores galas y se marchaba al teatro o al baile, sin que le importasen los comentarios o las críticas. Mientras la reina se divertía, Francisco de Asís conocería al que sería su íntimo compañero el resto de su vida, Antonio Ramón Meneses. Si bien no se ha probado concretamente la relación sentimental entre los dos, la circunstancia de que vivieran juntos y las características que adornaban la personalidad de Francisco de Asís permiten suponer que el rey consorte navegaba, en el mejor de los casos, a voile et a vapeur.

Francisco de Asís


El primero en sustituir a Francisco de Asís sería el general Serrano, a quien Isabel ya había calificado de “general bonito”. Luego seguirían una larga lista de amantes, entre los que cabe destacar al cantante Mirall; el conde de Valmaseda; el capitán José María Arana –el Pollo Arana–, con quien tuvo a la infanta Isabel, llamada comúnmente la Araneja y también la Chata; el capitán Enrique Puig Moltó –el Pollo Real–, a quien se le atribuye la paternidad de Alfonso XII, al que, por supuesto, las gentes llamaron el Puigmolteño; Miguel Tenorio; Obregón; Carlos Marfori, Altman, etc., etc. Francisco de Asís no tuvo ningún reparo en aceptar la paternidad de los hijos que alumbraba su esposa, a cambio de recibir un millón de reales por hacer la presentación en la Corte de cada uno de ellos.

El atentado

El 2 de febrero de 1852, Isabel II sufría un atentado que no careció de cierta esperpéntica vulgaridad. En ocasión de presentar públicamente a su recién nacida hija Isabel –posteriormente ilustre visitante de la Argentina– fue atacada imprevistamente por el cura Merino, pero el puñal del frustrado regicida chocó contra las ballenas del regio corset y sólo le produjo una herida superficial.

La Vicalvarada

Corría el año 1854 cuando O'Donnell se sublevó con las tropas acantonadas en Madrid. Había estallado la Vicalvarada y su lema fue “queremos la conservación del trono pero sin camarillas que lo deshonren”, en una clara alusión a la corrupción reinante. La reina trató de ganarse el favor de O'Donnell, pero éste le contestó que no se había concedido ninguna línea de ferrocarril u otra cuestión importante sin que se haya recibido una crecida “subvención”, habiendo llegado al extremo de modificar innecesariamente el trazado de una línea férrea para hacerla pasar por tres posesiones de la Corona y vender los destinos públicos de la forma más vergonzosa... Nihil novum sub sole. Es justicia aclarar que Isabel ignoraba esos turbios manejos, los que en realidad eran maquinados por María Cristina y el astuto Marqués de Salamanca (factótum financiero de los negociados). Sin embargo, esa ajenidad no le impidió recibir joyas y dinero, buena parte de los cuales distribuyó entre sus favoritos. El triunfo de la Vicalvarada había lanzado el pueblo a la calle y se tomó el desquite saqueando los palacios del marqués de Salamanca y de María Cristina, camino ya de un nuevo exilio. Comenzaba el bienio progresista (1854–1856), más conocido por la Unión Liberal. Isabel II, que no compartía enteramente esa línea política se esforzaba, con el apoyo de la camarilla del Lhordy (por el restaurante de Madrid aún existente), del padre Claret y de sor Patrocinio, más conocida como la Monja de las Llagas, en neutralizar algunas medidas que afectaban singularmente los bienes de la Iglesia. Por razones sentimentales contó con el acompañamiento de O'Donnell, que se sentía fuertemente ligado a ella.
En efecto, Isabel II y O'Donnell mantuvieron una curiosa relación si tomamos en cuenta los antecedentes reales en la materia. Después de la Vicalvarada, O'Donnell se sintió atraído por Isabel y ésta le respondió, contra lo que podría pensarse, cultivando un amor platónico que acrecentó el entendimiento y la mutua confianza entre ambos. La diferencia de edad, ella veinticuatro y él cuarenta y cinco, no hubiera sido ningún obstáculo para Isabel a quien nunca importaron esas diferencias, ni siquiera las jerárquicas. Sin embargo, fiel a su índole, terminó por humillarle públicamente hasta el límite de obligarlo a renunciar. A renglón seguido, y sin remordimiento, nombró en su lugar a Narváez.
La ronda del poder pronto llevaría nuevamente a O'Donnell al gobierno, y, con su regreso, se inició la época más espléndida del reinado de Isabel II, particularmente satisfecha por la compañía de su nuevo amante, Miguel Tenorio. La paz política trajo consigo el desarrollo industrial y el comercio creció, malogrados al final del quinquenio por el estallido de conflictos interiores y exteriores, como la guerra de Marruecos. En esta ocasión, cuando O'Donnell, General en Jefe de las tropas, se despidió de la reina que se encontraba acompañada por su esposo Francisco de Asís, ésta, con su natural vehemencia, le dijo: “Si yo fuera hombre, con gran gusto te acompañaría a Africa”. Según la historia, a estas palabras su esposo añadió: “Lo mismo digo, O'Donnell, lo mismo digo”.
El deterioro progresivo de la situación económica y política coincidió con el crecimiento de la figura del general Prim, de brillante actuación en esa campaña. Imposibilitado de alcanzar el poder por los cauces normales no encontró otro medio que el de la revolución, cuando lo lógico hubiera sido que ese prestigioso militar y político fuera nombrado Presidente del Gobierno. Pero el ya viejo y achacoso Narváez se creía insustituible, O'Donnell se aferraba al poder y la reina temía que Prim se convirtiera en otro Espartero. Todos ellos incubaron en él un odio feroz hacia los borbones que fue aumentando hasta convertirlo en un temible enemigo. La intención manifestada por María Cristina de regresar a España y la cercanía a la reina del padre Claret y sor Patrocinio, no hizo más que generalizar el descontento y allanar el camino de Prim.

La Gloriosa

La sangrienta y exagerada represión ordenada por Isabel contra los integrantes de uno de los tantos movimientos sofocados, más las sucesivas muertes de O'Donnell y Narváez, socavaron aún más la endeble estructura en que se sostenía el régimen, hasta que finalmente se desmoronó con el pronunciamiento del 28 de setiembre de 1868. Esta revolución conducida por Prim, Serrano y Topete, denominada La Gloriosa, contó con el inmediato apoyo popular. Miles de gargantas atronaban las calles con el himno de Riego y los gritos de “¡Mueran los borbones!”, que algunos convirtieron en “¡Mueran los bribones!”. Semejante manifestación antiborbónica no se volvería a repetir hasta sesenta y tres años después, en la primavera de 1931. Su consecuencia fue el derrocamiento de Isabel II y la ocupación del trono en 1870 por Amadeo I, integrante de la casa de Saboya, tan resistido por la nobleza y la sociedad española que se vio obligado a abdicar el 11 de febrero de 1873, dando lugar a la proclamación de la Primera República.

 

El exilio

A lo ya dicho sobre Isabel II puede agregarse que en cierto modo siempre permaneció ajena a lo que estaba sucediendo, incapaz de comprenderlo en su extrema gravedad, tal vez por su ignorancia y su falta de preparación para tan alta responsabilidad. Juzgándola con benevolencia, concluyamos en que fue una mujer digna de lástima, que sufrió la permanente intromisión de su madre en su vida privada y en sus deberes de reina, y fue víctima de la razón de Estado que la obligó a contraer matrimonio con un personaje de repelente personalidad. Su vida se convirtió en una venganza contra ese matrimonio inhumano, y en una protesta, marcada sobre todo por su inagotable ardor sexual. Incluso como madre tampoco fue afortunada,
tuvo diez hijos entre los dieciséis y los treinta y ocho años, de los que la sobrevivieron solamente tres mujeres.

 

Isabel II en el exilio-Paris-

Cuando, a consecuencia de su destitución la reina abandonó España en compañía de sus hijos, de su esposo y de su amante Marfori, tenía treinta y ocho años mal conservados. En Biarritz la esperaban Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo para acompañarla a París, donde moriría el 16 de abril de 1904. Sobrevivió a Francisco de Asís, fallecido en 1902 en su refugio de Epinay que compartía con su inseparable Meneses. Isabel II y su esposo Francisco de Asís fueron posteriormente trasladados a El Escorial, donde reposan frente a frente.

 

 

Alfonso XII

(28 de noviembre de 1857-25 de noviembre 1885)

 Fue el único hijo varón de Isabel II. Su padre oficial era Francisco de Asis, rey consorte de España, pero es más probable, dada su homosexualidad, que Alfonso fuese hijo de alguno de los numerosos amantes de la reina. Fue el primer rey español de la Restauración Borbónica (1874-1923).

Su primera infancia en Madrid no fue sencilla, dadas las malas relaciones entre la reina y su padre oficial, y debido también a los rumores (de dominio público y hasta publicación en prensa) de las continuas aventuras extramatrimoniales de la reina, que afectaron al príncipe. Con sólo once años se vio obligado, con su familia, a exiliarse en Francia, como resultado del estallido de la revolución de 1868, La Gloriosa, de carácter democrático y antiborbónico. Todavía en el exilio, Isabel II renuncia a regañadientes al trono en 1870, trasladando los derechos sucesorios a su hijo Alfonso que  vivió su juventud en el corazón de Europa, y se educó en academias militares de París, Ginebra y Viena, lo que no le impidió el poder aprender idiomas (francés, inglés y alemán) para destacar en una educación europea, que le hizo ver los sistemas políticos de la época y comprender mejor su contexto.

La vida de Alfonso XII no fue sencilla en España. El movimiento obrero intentó en varias ocasiones acabar con su vida (atentados de 1878 y 1879). También vio morir a los 18 años a su esposa, por la que había demostrado un amor sincero. Era ella María de las Mercedes de Orleans , su prima, con la que contrajo matrimonio en enero de 1878. Sólo seis meses después murió de tifus , lo que afectó seriamente al rey. Volvió a casar en noviembre de 1879 con María Cristina de Habsburgo Lorena de Austria, esta vez por motivos políticos, aunque ella resultó una esposa inteligente y culta. Con ella tuvo 3 hijos.

Hijos

María de las Mercedes (1880–1904), princesa de Asturias.
María Teresa (1882–1912), infanta de España.
Alfonso XIII (1886–1941), rey de España, que nació después de la muerte de su padre.
 

Alfonso no la quería, y mantuvo frecuentes amoríos en la noche madrileña, especialmente entre las cantantes de ópera (a las que Cánovas se esforzaba por apartar de Madrid para evitar escándalos). Con la actriz Elena Sanz tuvo otros dos hijos: Alfonso (nacido en 1880) y Fernando (en 1881).
 

En 1883 se hizo público que el rey padecía tuberculosis, enfermedad que le había sido diagnosticada en las campañas carlistas en 1876. La enfermedad estaba muy avanzada, y le provocaban toses y vómitos de sangre. El rey acudía con frecuencia a visitar a los damnificados de grandes catástrofes naturales, como hizo en las inundaciones de Murcia o las epidemias en Castilla. En 1886, consumido hasta los huesos por su enfermedad, visitó a los convalecientes de Aranjuez contra los deseos de Cánovas, que le presionaba para que se mantuviese en observación, y algunos días más tarde murió en el Pardo (25 de noviembre) contra todo pronóstico. Se abría entonces la etapa de regencia de su esposa María Cristina.

Tuvo tres hijos con María Cristina de Austria: María de las Mercedes, María Teresa y el futuro Alfonso XIII, póstumo.

 

 

Claro de Luna Caruso
Coppelia Danubio Azul

 

 

 

 

 
 

 

 

 


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