Todo en Isabel II fue precoz:
huérfana de padre a los tres años, alejada de su madre a los diez, reina a
los trece, casada a los dieciséis y derrocada a los treinta y ocho.
La muerte de Fernando VII que
no dejó descendencia masculina, desató un grave pleito familiar en España,
que se zanjó por la fuerza de las armas, en la cruenta disputa por el trono.
Finalmente, la elegida fue
Isabel
II, cuyo reinado se
transformó en un infierno de intrigas y golpes de estado, además de que su
prestigio personal se vio afectado por los escándalos en su vida privada y
por el favoritismo que mostraba hacia el partido moderado de los que
abogaban por una monarquía constitucional. Desde que tenía tres años, la boda
de Isabel fue un asunto de estado. Fueron muchos los nombres que se
barajaron, para el futuro esposo de la reina. Finalmente, el elegido fue su
primo hermano, Francisco de Asís, el menos indicado, ya que nunca pudo
satisfacer la fogosidad de la reina.

¿Por qué se lo eligió? Posiblemente porque, a diferencia de otros
candidatos, quienes manejaban las riendas del poder, creían que sería el que
traería menos inconvenientes. Lo que no resultó acertado en absoluto, ya que
la joven Isabel sentía aversión e incluso repugnancia hacia su primo, a
quien la mitad de España señalaba como homosexual.“¡No,
con Paquita no!”, dicen
que exclamó Isabel, cuando se enteró que se lo había elegido a su primo. Y
parece que su amargura fue tanta, que hasta amenazó con abdicar. Como fuere,
la boda se celebró el 10
de octubre de 1846, el mismo día en que Isabel cumplía dieciséis años
y fue simultánea con la de su
hermana, la infanta
Luisa Fernanda con el francés Antonio de Orleáns, duque
de Montpensier, que se transformó en su ambicioso cuñado, uno de los
personajes más desestabilizadores del reinado por sus pretensiones al trono
quien patrocinaría, veintidós años después, el golpe de estado que
derrocaría a la reina.
Quizás todo se debiera a que
Francisco de Asís sufría de hipospadia, un defecto que aparece en el
pene cuando el conducto de la uretra no se abre en el extremo del glande.
Se comentaba que “Paquita” tenía que orinar en cuclillas, como las
mujeres, y el pueblo se burlaba cantando esta copla: “Paco Natillas / es
de pasta y flora / y mea en cuclillas / como una señora”.
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Isabel era explosiva hasta la violencia, franca y contradictoria,
mientras su esposo real era frío, especulador, solitario y muy débil, y a
poco de celebrado el matrimonio, la reina comenzó a coleccionar amantes
y por su alcoba desfilaron sin mucha discreción, y hasta con insolencia,
muchos favoritos que satisfacían los ardores y el apetito sexual de la
reina, una mujer bella, fuerte y fogosa. A tal punto llegó la impertinencia,
que el escritor Merimée advirtió públicamente: “... si Francisco no es
capaz de darle hijos a Isabel, la Reina jamás carecerá de súbditos
dispuestos a satisfacer sus necesidades”.
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Entre los favoritos más
conocidos se puede nombrar al
general Francisco Serrano, al capitán
Enrique Puigmoltó, al diputado
Carlos Marfori y al poeta
Miguel Tenorio, entre otros
tantos que dieron prueba de esa disposición para darle al trono de España un heredero. Es opinión de la mayoría de los historiadores que el verdadero
padre de su hijo Alfonso fue el capitán Puigmoltó, un apuesto y joven
militar que aprovechó su lugar en el lecho de la reina para promocionar su
carrera. Pero cuando estalló el escándalo, el propio confesor de Isabel le
recomendó alejarlo de su lado, por lo que fue destinado como agregado
militar en la embajada española en Londres.
Isabel quedó embarazada en once
oportunidades, pero sólo cinco de sus hijos alcanzaron la edad adulta:
cuatro niñas y el niño que llegaría a ser el rey
Alfonso XII.
Los escándalos, las intrigas de su cuñado y el desgaste político y social de
la corte y el reino mismo, precipitaron su caída. Dicen que, exhausta y
harta de tanta manipulación, se la oyó decir: “No puedo más”, poco antes de
partir para su exilio en Francia, en setiembre de 1868, acompañada de Carlos Marfori, el último de la larga lista de amantes. Cuando tuvo que elegir entre
el deber y el amor, consecuente al fin con su vida, Isabel II se dejó llevar
por la pasión, y eligió el exilio, abdicando a favor de su joven hijo
Alfonso, un muchacho de aspecto frágil y carácter taciturno y formal. Mucho
antes Francisco de Asís, el marido impuesto, se había enamorado de
Antonio Ramón Meneses y había pasado al olvido.
Pese a que pudo volver a España, terminó retirándose definitivamente en
París desde 1877 hasta marzo de 1904, cuando una fuerte gripe la obligó a
recluirse y el 9 de abril falleció esa mujer a la que se llamaría “la
reina de los tristes destinos”.
La regencia
Pudo reinar merced a la derogación por su padre de la Ley Sálica, que impedía el
acceso al trono a las mujeres de línea directa. Asumió a la muerte de su padre
(1833), y su madre María Cristina fue nombrada Reina Gobernadora durante su
minoría de edad, de modo que, al margen de las múltiples alternativas sufridas
por su dilatado reinado, éste reconoce dos períodos principales: el
protagonizado por su madre durante su minoría de edad (1833-1840), y el que
ejerció en forma personal y directa (1843-1868). En el lapso comprendido entre
1840 y 1843 desempeñó la regencia el general Espartero.
Muerto Fernando VII, María
Cristina dirigió todos sus esfuerzos a ganar definitivamente el trono para su
hija Isabel. Para ello debió luchar, en el sentido literal del término, contra
Carlos María Isidro,
heredero natural de la corona si su hermano
Fernando VII
no hubiera tenido mejor idea que dictar la Pragmática Sanción y la consecuente
derogación de la ley sálica que lo sustituía por Isabel. Este enfrentamiento
dinástico conocido como las “guerras carlistas”, pues fueron tres (1833/1839,
1848/ 1849 y 1872/1876), ensangrentó los dos últimos tercios de la España
decimonónica. Las fatigas del enfrentamiento armado no impidieron, sin embargo,
que apenas transcurridos dos meses de su temprana viudez de Fernando VII, María
Cristina ocupara encendidamente su corazón con la compañía de Fernando Muñoz,
joven capitán de su guardia dos años menor que ella. El amor que le inspiró
Fernando Muñoz, a quien pronto comenzaron a llamar Fernando VIII, fue tan
irrefrenable que las sospechas trascendieron pese a los esfuerzos por mantener
oculta la relación y el subsecuente matrimonio secreto, tal vez porque los
numerosos embarazos que llevó a feliz término delataban, con elocuencia, la
intromisión de otra persona en su vida. En los corrillos se decía: “La
Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”. Los
carlistas, a su vez, popularizaron una copla alusiva:
Clamaban los liberales
que la reina no paría.
¡Y ha parido más muñoces
que liberales había!
Debemos reconocer que, aunque exagerada, la copla no faltaba a la verdad. De esa
feliz y morganática unión nacieron nada menos que ocho hijos, los primeros cinco
en España y los restantes en Francia. Mientras tanto, ni lerdo ni perezoso,
Carlos María Isidro continuaba sus empeños por modificar el trámite sucesorio y
asume como Carlos V. El enfrentamiento fue de una crueldad extrema, a punto tal
que ambos bandos mataban sin piedad a sus prisioneros. El carlista Conde de
España arrasaba una población catalana y sobre sus ruinas erigía una piedra con
la inscripción “Aquí fue Ripoll”. Cabrera, el Tigre del Maestrazgo,
ejecutó a los alcaldes de Torrecilla y Valdealgorza, y el general cristino
Nogueras se vengó fusilando a la madre de Cabrera, quien a su vez se tomó
venganza ordenando fusilar a soldados fieles a María Cristina. Los cristinos
gritaban “Mueran los frailes” y los carlistas respondían “Mueran los
liberales”.
Rebelión en La Granja
En 1836, por instigación de Mendizábal, ex jefe del Gobierno, tuvo lugar el
curioso motín de La Granja –residencia veraniega de los monarcas españoles–,
donde unos pocos sargentos de la Guardia Real penetraron en los aposentos de la
Reina Gobernadora y bajo amenaza le hicieron firmar el restablecimiento de La
Pepa, es decir de la Constitución progresista de 1812. La amenaza no
consistió en asesinar a su hija, ni a ella misma, sino la de suprimir un bien
tal vez más preciado, nada menos que eliminar a su amado Muñoz. Sin
vacilaciones, sin medir si su decisión atentaba contra los altos intereses de
España o de la corona, no dudó un segundo en obedecer a los insurrectos. Mariano
José de Larra comentó este episodio en su recordado artículo “El día de
difuntos de 1836”, en el que escribe la célebre frase: “¿Qué monumento es éste?
–exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. En el frontispicio
decía: ‘Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en
La Granja de un aire colado’.” Con posterioridad a este episodio y ocurrida
la derrota de los carlistas, el general Espartero, de decisiva intervención en
la lucha armada, es distinguido con varios títulos –entre ellos el de Duque de
la Victoria y Príncipe de Vergara–. Este reconocimiento a sus méritos por parte
de María Cristina no fue obstáculo para que Espartero le exigiera la regencia
bajo amenaza de revelar las actas de su matrimonio secreto. Tras varias
alternativas, la madre de Isabel termina por ceder y se marcha con su esposo
rumbo al exilio parisino, donde ya se encontraban sus hijos “muñoces”, pues
habían sido enviados uno a uno a poco de nacer. Antes de partir, sin embargo,
pudo decirle a Espartero “te hice duque pero no he logrado hacerte caballero”;
frase que encerraría una gran verdad porque apenas alejada María Cristina hizo
públicas las actas del matrimonio secreto. Con diez años y separada de su madre,
Isabel pasaría a ser prisionera de las camarillas de turno. Su infancia estuvo
marcada por la soledad, la molicie y la ignorancia. Todo hace suponer que su
madre, una vez asegurado el trono para su hija, no se preocupó por darle la
necesaria preparación para atender los asuntos de Estado y se consagró a su
nueva familia. Mucho menos se preocuparían los políticos, ya fueran progresistas
o moderados, porque les era conveniente a sus propósitos que cuanto más
ignorante permaneciera mejor les resultaría servirse de ella.
El gobierno del regente Espartero elige el cuerpo de preceptores que se
encargaría de la “educación” de Isabel. Entre ellos se encontraban Agustín
Argüelles como preceptor mayor, José Vicente Ventosa su profesor general,
Francisco Frontela, más conocido por Valldemosa, como maestro de música, y
también el tortuoso Salustiano de Olózaga, hombre inteligente y de gran
versación jurídica.
Isabel dio muestras, enseguida, de tener un carácter muy temperamental y de ser
singularmente apasionada, habiendo heredado de su madre una ardiente
sensualidad.
Según algunos de sus
biógrafos, de estas peculiaridades pueden dar fe, en primerísimo lugar, sus
preceptores Ventosa, Valldemosa y Olózaga. El conde de Romanones se refiere a
Isabel II de este modo: “A los diez años Isabel resultaba ‘atrasada’, apenas
si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del
pueblo, de la aritmética sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran
sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos
eran los juguetes y los perritos. Por haber estado exclusivamente en manos de
las camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa
era deplorable, y todas estas características, de algún modo, la acompañaron
toda su vida.” En su haber, sin embargo, debe anotarse que hacía gala de una
desbordante generosidad y de un ánimo alegre y vivaz. Por su parte, María
Cristina, gracias a la enorme fortuna que había logrado sacar de España, se
dedicó, desde París, a conspirar contra Espartero. Luego de varios
levantamientos frustrados, en 1843 triunfa el encabezado por Narváez, Serrano y
Prim, tres jóvenes generales, desconocidos hasta ese momento, que entraron en
Madrid aclamados por el pueblo y provocaron el alejamiento de Espartero.
El reinado “personal”
Caído Espartero, por común acuerdo de progresistas y moderados se decide
adelantar en un año la mayoría de edad de Isabel. De este modo, el 8 de
noviembre de 1843, a la edad de trece años, Isabel II fue declarada mayor de
edad, prematura y precipitadamente. En medio de crisis políticas que fueron un
lugar común a lo largo de su reinado, y con episodios sainetescos como retorcer
el brazo a la niña reina para obligarla a firmar la disolución de las Cortes
–según se le atribuye a Olózaga, esta vez jefe del Gobierno– o el haber llamado
a María Cristina “ilustre prostituta” en un artículo periodístico escrito
por su sucesor González Bravo, transcurrieron los primeros años de su incipiente
reinado, hasta que la necesidad de su matrimonio, decidida tanto por exigencias
del temperamento real como por razones de orden político, terminó por
convertirse en una difícil cuestión de estado. El candidato de María Cristina
era su hermano (y tío de Isabel), el conde de Trápani; Francia alentaba la
candidatura del duque de Montpensier, hijo del rey francés Luis Felipe; Leopoldo
de Sajonia-Coburgo contaba con el apoyo de Inglaterra; mientras que las
aspiraciones del infante Enrique, segundo hijo de Francisco de Paula y de Luisa
Carlota (hermana de María Cristina) se malograron por su colaboración en el
alzamiento de Galicia. Para muchos apareció como salvadora la idea de la alianza
matrimonial con Carlos Luis de Borbón, hijo de Carlos María Isidro, pues ese
candidato hubiera permitido acabar con la cuestión dinástica, pero el proyecto
fue rechazado por Isabel II porque no estaba dispuesta a ceder la corona, o por
lo menos compartirla con su primo hermano. El fracaso de esta alianza dio lugar
a la segunda guerra carlista, llamada de los matiners (madrugadores), que
durante tres años asoló Cataluña. Razones políticas y de Estado hicieron que se
escogiera al peor y más inútil de los candidatos: Francisco de Asís, hijo del
infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota, sobrino de María Cristina y
primo
hermano de su futura esposa Isabel. En su entorno familiar se le llamaba
Paquita. Triunfó la candidatura de
Francisco de Asís porque poseía una
característica de la que carecían los otros pretendientes: satisfacía a todos
los sectores porque lo consideraban políticamente inofensivo. Isabel opuso tenaz
resistencia a esa unión, pero la presión de su madre y de sor Patrocinio
terminaron por doblegarla.
El doble matrimonio de Isabel con Francisco de Asís y
de su hermana, Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier, se celebró el 10 de
octubre de 1846
en la
Capilla del Palacio Real, día en que la joven reina cumplía dieciséis años. Los festejos
de las bodas se extendieron durante quince días, y, como es fácil predecir, la
personalidad del rey consorte encendió rápidamente el imaginario popular y dio
lugar a que se difundieran numerosas coplas .
Del matrimonio con su
prima Isabel nacieron once
hijos, pero sólo cuatro
de ellos superaron la
niñez: la Infanta
Isabel de Borbón
(1851-1931), el futuro rey
Alfonso XII (1857-1885),
la Infanta
María de la Paz de Borbón
(1862-1946) y la Infanta
Eulalia de Borbón
(1864-1958). Puede que la consanguinidad
de los padres y abuelos influyera en dichas muertes prematuras.
Se decia que
Francisco de
Asís, padecía
una malformación congénita de las vías urinarias por la que la uretra
desembocaba en la región inferior del pene en lugar de hacerlo en su extremo, lo
que le obligaba a orinar de cuclillas.
| Como era de esperarse, pronto comenzaron las desavenencias de la nueva pareja.
La vida de Isabel se convirtió en una vertiginosa fiesta. Se acostaba a las
cinco de la madrugada y se levantaba a las tres de la tarde. Al anochecer, se
vestía con sus mejores galas y se marchaba al teatro o al baile, sin que le
importasen los comentarios o las críticas. Mientras la reina se divertía,
Francisco de Asís conocería
al que sería su íntimo compañero el resto de su vida, Antonio Ramón Meneses. Si
bien no se ha probado concretamente la relación sentimental entre los dos, la
circunstancia de que vivieran juntos y las características que adornaban la
personalidad de Francisco de Asís permiten suponer que el rey consorte navegaba,
en el mejor de los casos, a voile et a vapeur.
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Francisco de Asís |
El primero en sustituir a Francisco de Asís sería el general Serrano, a quien
Isabel ya había calificado de “general bonito”. Luego seguirían una larga
lista de amantes, entre los que cabe destacar al cantante Mirall; el conde de
Valmaseda; el capitán José María Arana –el Pollo Arana–, con quien tuvo a
la infanta Isabel, llamada comúnmente la Araneja y también la Chata; el capitán
Enrique Puig Moltó –el Pollo Real–, a quien se le atribuye la paternidad
de Alfonso XII, al que, por supuesto, las gentes llamaron el Puigmolteño;
Miguel Tenorio; Obregón; Carlos Marfori, Altman, etc., etc. Francisco de Asís no
tuvo ningún reparo en aceptar la paternidad de los hijos que alumbraba su
esposa, a cambio de recibir un millón de reales por hacer la presentación en la
Corte de cada uno de ellos.
El atentado
El 2 de febrero de 1852, Isabel II sufría un atentado que no careció de cierta
esperpéntica vulgaridad. En ocasión de presentar públicamente a su recién nacida
hija Isabel –posteriormente ilustre visitante de la Argentina– fue atacada
imprevistamente por el cura Merino, pero el puñal del frustrado regicida chocó
contra las ballenas del regio corset y sólo le produjo una herida superficial.
La Vicalvarada
Corría el año 1854 cuando O'Donnell se sublevó con las tropas acantonadas en
Madrid. Había estallado la Vicalvarada y su lema fue “queremos la
conservación del trono pero sin camarillas que lo deshonren”, en una clara
alusión a la corrupción reinante. La reina trató de ganarse el favor de
O'Donnell, pero éste le contestó que no se había concedido ninguna línea de
ferrocarril u otra cuestión importante sin que se haya recibido una crecida
“subvención”, habiendo llegado al extremo de modificar innecesariamente el
trazado de una línea férrea para hacerla pasar por tres posesiones de la Corona
y vender los destinos públicos de la forma más vergonzosa... Nihil novum sub
sole. Es justicia aclarar que Isabel ignoraba esos turbios manejos, los que
en realidad eran maquinados por María Cristina y el astuto Marqués de Salamanca
(factótum financiero de los negociados). Sin embargo, esa ajenidad no le impidió
recibir joyas y dinero, buena parte de los cuales distribuyó entre sus
favoritos. El triunfo de la Vicalvarada había lanzado el pueblo a la calle y se
tomó el desquite saqueando los palacios del marqués de Salamanca y de María
Cristina, camino ya de un nuevo exilio. Comenzaba el bienio progresista
(1854–1856), más conocido por la Unión Liberal. Isabel II, que no compartía
enteramente esa línea política se esforzaba, con el apoyo de la camarilla del
Lhordy (por el restaurante de Madrid aún existente), del padre Claret y de sor
Patrocinio, más conocida como la Monja de las Llagas, en neutralizar algunas
medidas que afectaban singularmente los bienes de la Iglesia. Por razones
sentimentales contó con el acompañamiento de O'Donnell, que se sentía
fuertemente ligado a ella.
En efecto, Isabel II y O'Donnell mantuvieron una curiosa relación si tomamos en
cuenta los antecedentes reales en la materia. Después de la Vicalvarada,
O'Donnell se sintió atraído por Isabel y ésta le respondió, contra lo que podría
pensarse, cultivando un amor platónico que acrecentó el entendimiento y la mutua
confianza entre ambos. La diferencia de edad, ella veinticuatro y él cuarenta y
cinco, no hubiera sido ningún obstáculo para Isabel a quien nunca importaron
esas diferencias, ni siquiera las jerárquicas. Sin embargo, fiel a su índole,
terminó por humillarle públicamente hasta el límite de obligarlo a renunciar. A
renglón seguido, y sin remordimiento, nombró en su lugar a Narváez.
La ronda del poder pronto llevaría nuevamente a O'Donnell al gobierno, y, con su
regreso, se inició la época más espléndida del reinado de Isabel II,
particularmente satisfecha por la compañía de su nuevo amante, Miguel Tenorio.
La paz política trajo consigo el desarrollo industrial y el comercio creció,
malogrados al final del quinquenio por el estallido de conflictos interiores y
exteriores, como la guerra de Marruecos. En esta ocasión, cuando O'Donnell,
General en Jefe de las tropas, se despidió de la reina que se encontraba
acompañada por su esposo Francisco de Asís, ésta, con su natural vehemencia, le
dijo: “Si yo fuera hombre, con gran gusto te acompañaría a Africa”. Según
la historia, a estas palabras su esposo añadió: “Lo mismo digo, O'Donnell, lo
mismo digo”.
El deterioro progresivo de la situación económica y política coincidió con el
crecimiento de la figura del general Prim, de brillante actuación en esa
campaña. Imposibilitado de alcanzar el poder por los cauces normales no encontró
otro medio que el de la revolución, cuando lo lógico hubiera sido que ese
prestigioso militar y político fuera nombrado Presidente del Gobierno. Pero el
ya viejo y achacoso Narváez se creía insustituible, O'Donnell se aferraba al
poder y la reina temía que Prim se convirtiera en otro Espartero. Todos ellos
incubaron en él un odio feroz hacia los borbones que fue aumentando hasta
convertirlo en un temible enemigo. La intención manifestada por María Cristina
de regresar a España y la cercanía a la reina del padre Claret y sor Patrocinio,
no hizo más que generalizar el descontento y allanar el camino de Prim.
La Gloriosa
La sangrienta y exagerada represión ordenada por Isabel contra los integrantes
de uno de los tantos movimientos sofocados, más las sucesivas muertes de
O'Donnell y Narváez, socavaron aún más la endeble estructura en que se sostenía
el régimen, hasta que finalmente se desmoronó con el pronunciamiento del 28 de
setiembre de 1868. Esta revolución conducida por Prim, Serrano y Topete,
denominada La Gloriosa, contó con el inmediato apoyo popular. Miles de
gargantas atronaban las calles con el himno de Riego y los gritos de “¡Mueran
los borbones!”, que algunos convirtieron en “¡Mueran los bribones!”.
Semejante manifestación antiborbónica no se volvería a repetir hasta sesenta y
tres años después, en la primavera de 1931. Su consecuencia fue el derrocamiento
de Isabel II y la ocupación del trono en 1870 por Amadeo I, integrante de la
casa de Saboya, tan resistido por la nobleza y la sociedad española que se vio
obligado a abdicar el 11 de febrero de 1873, dando lugar a la proclamación de la
Primera República.
El exilio
A lo ya dicho sobre Isabel II puede agregarse que en cierto modo siempre
permaneció ajena a lo que estaba sucediendo, incapaz de comprenderlo en su
extrema gravedad, tal vez por su ignorancia y su falta de preparación para tan
alta responsabilidad. Juzgándola con benevolencia, concluyamos en que fue una
mujer digna de lástima, que sufrió la permanente intromisión de su madre en su
vida privada y en sus deberes de reina, y fue víctima de la razón de Estado que
la obligó a contraer matrimonio con un personaje de repelente personalidad. Su
vida se convirtió en una venganza contra ese matrimonio inhumano, y en una
protesta, marcada sobre todo por su inagotable ardor sexual. Incluso como madre
tampoco fue afortunada, tuvo diez hijos entre los dieciséis y los treinta y ocho
años, de los que la sobrevivieron solamente tres mujeres.

Isabel II en el exilio-Paris-
Cuando, a consecuencia
de su destitución la reina abandonó España en compañía de sus hijos, de su
esposo y de su amante Marfori, tenía treinta y ocho años mal conservados. En
Biarritz la esperaban
Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo para
acompañarla a París, donde moriría el 16 de abril de 1904. Sobrevivió a
Francisco de Asís, fallecido en 1902 en su refugio de Epinay que compartía con
su inseparable Meneses.
Isabel II y su esposo
Francisco de Asís fueron
posteriormente trasladados a El Escorial, donde reposan frente a frente.
Alfonso
XII
(28 de
noviembre de 1857-25 de noviembre 1885)
Fue el único
hijo varón de Isabel II.
Su padre oficial era Francisco de Asis, rey consorte de España, pero es más
probable, dada su homosexualidad, que Alfonso fuese hijo de alguno de los
numerosos amantes de la reina. Fue el primer rey español de la Restauración
Borbónica (1874-1923).
Su primera infancia en
Madrid no fue sencilla, dadas las malas relaciones entre la reina y su padre
oficial, y debido también a los rumores (de dominio público y hasta
publicación en prensa) de las continuas aventuras extramatrimoniales de la
reina, que afectaron al príncipe. Con sólo once años se vio obligado, con su
familia, a exiliarse en Francia, como resultado del estallido de la
revolución de 1868, La Gloriosa, de carácter democrático y antiborbónico.
Todavía en el exilio, Isabel II renuncia a regañadientes al trono en 1870,
trasladando los derechos sucesorios a su hijo Alfonso que vivió su
juventud en el corazón de Europa, y se educó en academias militares de
París, Ginebra y Viena, lo que no le impidió el poder aprender idiomas
(francés, inglés y alemán) para destacar en una educación europea, que le
hizo ver los sistemas políticos de la época y comprender mejor su contexto.
La vida de Alfonso XII
no fue sencilla en España. El movimiento obrero intentó en varias ocasiones
acabar con su vida (atentados de 1878 y 1879). También vio morir a los 18
años a su esposa, por la que había demostrado un amor sincero. Era ella
María de las Mercedes
de Orleans , su prima, con la que contrajo matrimonio en enero de
1878. Sólo seis meses después murió de tifus , lo que afectó seriamente al rey. Volvió
a casar en noviembre de 1879 con
María Cristina de Habsburgo
Lorena de Austria, esta vez por
motivos políticos, aunque ella resultó una esposa inteligente y culta. Con
ella tuvo 3 hijos.
Hijos
María de las Mercedes (1880–1904), princesa de Asturias.
María Teresa (1882–1912), infanta de España.
Alfonso XIII (1886–1941), rey de España, que nació después de la muerte de
su padre.
Alfonso no la quería, y mantuvo frecuentes amoríos en la noche madrileña,
especialmente entre las cantantes de ópera (a las que Cánovas se esforzaba
por apartar de Madrid para evitar escándalos).
Con la actriz Elena Sanz tuvo otros dos hijos: Alfonso (nacido en 1880) y
Fernando (en 1881).
En 1883 se hizo público
que el rey padecía tuberculosis, enfermedad que le había sido diagnosticada
en las campañas carlistas en 1876. La enfermedad estaba muy avanzada, y le
provocaban toses y vómitos de sangre. El rey acudía con frecuencia a visitar
a los damnificados de grandes catástrofes naturales, como hizo en las
inundaciones de Murcia o las epidemias en Castilla. En 1886, consumido hasta
los huesos por su enfermedad, visitó a los convalecientes de Aranjuez contra
los deseos de Cánovas, que le presionaba para que se mantuviese en
observación, y algunos días más tarde murió en el Pardo (25 de noviembre)
contra todo pronóstico. Se abría entonces la etapa de regencia de su esposa
María Cristina.
Tuvo tres hijos con
María Cristina de
Austria: María de las
Mercedes, María Teresa y el futuro Alfonso XIII, póstumo.