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Inés Pirez
de Castro, otra favorita real que acabaría siendo esposa de su amado fue la
bellísima y dulce judía , quien entró al castillo de
Pedro I El Severo de
Portugal como doncella de cámara de
Constancia (la segunda esposa de Pedro)
pero cuando Constancia se murió de parto,
Inés se hizo amante de Pedro. Se
casaron en secreto, pero esto no garantizó la felicidad de la pareja, pues el
suegro de Inés la hizo asesinar delante de sus niños. El amor de Pedro por
Inés no fue extinguido ni por la muerte, y cuando llegó a ser rey, hizo
desenterrar los restos de Ines para que fuera coronada.
Inés Pirez de Castro
Nació en España, el 17 o el 18
de diciembre de 1320 o de 1321.

La diferencia de un
año se comprende, en esos tiempos en que la burocracia, si existía, era menos
puntillosa que la actual, pero también menos molesta. Hija de Pedro Fernández de Castro y de Beatriz, una portuguesa de linaje que
era hija del príncipe Alfonso, y sobrina preferida del rey
Denis I de Portugal
ambos.
La pequeña Inés heredó de su padre, la salud sin cortapisas y de su madre, la
singular belleza que refleja el retrato que publicamos, con una piel como
marfil que sólo los juegos o la vergüenza conseguían sonrosar, que se
caracterizaba por un encantador lunar en la mejilla. Los ojos, como dos
aceitunas negras, y el sedoso cabello como de fuego, de tan rojizo.
Tuvo el privilegio de una educación muy cuidada en una época en la cual las
mujeres por lo general, no sabían ni leer ni escribir. Pero Inés sabía bordar,
tejer, cocinar, escribir poesía y parece que hablaba con fluidez su lengua de
origen, latín, francés y hebreo, gracias a los desvelos de un batallón de
tutores que el padre puso a su disposición.

Inés
Pirez de Castro
De corazón bondadoso,
juguetona, amante de niños y mascotas, desde jovencita aprendió el arte de
esquivar el asedio de los mozalbetes nobles que la pretendían como esposa,
aunque en el libro de su vida estaba escrito otro destino. No iba a ser la
mujer de un noble de segunda, sino del rey en persona.
Por las excelentes relaciones de su familia su prima, la princesa Constanza de
Castilla le eligió como dama de compañía para que viajara con ella a Portugal
cuando fue seleccionada para ser la segunda esposa del heredero del trono de
Portugal, el príncipe Pedro, que ya había dejado a sus espaldas un matrimonio
debidamente anulado por el Papa, y se mostraba más que ansioso por engendrar
un hijo que garantizara la descendencia en el trono.
Cuentan que antes de partir hacia Portugal, una gitana leyó la mano de Inés y
sin mediar palabra comenzó a sollozar, rogándole que no viajara, porque si lo
hacía su destino iba a ser trágico.
Pero Inés, que además de belleza tenía carácter, y que por aquel viaje ya
había rechazado a un buen partido como era Alberto, su apuesto primo lejano
diciéndole solamente: “Si puedo, vuelvo”, no iba a cambiar de opinión así como
así.
Y allá fue Inés de Castro, con sus mascotas y dejando entristecido a su
enamorado, que nunca contraería enlace, ni siquiera después de conocer el
triste final de su amada Inés.
En el Año del Señor de 1340, cuando la joven apenas llegaba a los veinte años,
llegó a Portugal y conoció al que sería el único amor de su vida.
La historia, entremezclada con la leyenda, cuenta que la joven estaba tomando
la sopa cuando vio entrar a Pedro, un hermoso muchacho de ojos negros como la
noche y cabellos castaños que, formando bucles, caían sobre sus hombros como
una catarata de miel. Se dice que quedó tan impactada, que se tiró la sopa
encima, y cuando Pedro le ofreció ayuda para limpiarla, salió corriendo,
pidiendo disculpas y avergonzada, porque sabía que ese hombre estaba destinado
a su querida prima.
Constanza, como se esperaba, contrajo enlace con el príncipe Pedro y le dio un
primer hijo, y entonces ya se rumoraba en la corte que la princesa castellana
compartía a su esposo con su prima y dama de compañía. Los celos entre ellas,
a todas luces, nunca fueron un obstáculo para el amor.
En el momento en que
Constanza le daba el segundo hijo al heredero de la corona, en 1345, murió en
el parto e Inés, si no lo había compartido ya, pasó a ser la favorita del rey,
que estaba enamorado hasta los tuétanos. Viudo, sí, pero no inconsolable,
puesto que aunque no fuera verdad que entre las dos primas y el joven se había
establecido un amigable y amoroso ménage a trois, ni bien terminó de
enterrar a su esposa, Pedro pudo dar rienda suelta a su pasión. Han quedado,
para la posteridad, los versos que Pedro le escribió a su amada cuando ella se
le entregó, en una noche de luna llena, en medio de un jardín de rosas. Si
hubo príncipe alguno que amara sin titubeos, él lo fue, y lo mostraba, pasando
horas y hasta días enteros encerrados en la habitación, dedicados al más dulce
deporte de la historia de la humanidad: el amor. El fruto de esa pasión fueron
los cuatro hijos que Inés le dio a Pedro: Alfonso, Juan, Denis y una hermosa
niña a la que llamaron Leonor.
Fue entonces, cuando la dicha parecía haber llegado a la vida de Pedro y de su
amada mujer, cuando sobrevino la tragedia, que tenía nombre y cargo:
Alfonso IV, rey de Portugal, padre de Pedro y testarudo como baturro empacado.
El muy idiota de Alfonso consideró y decidió que su hijo pasaba demasiado
tiempo con Inés. Y eso no fue todo. Porque de ahí a imaginar que tan fuerte
lazo llevara a dejar de lado a los hijos legítimos que había tenido con la
fallecida Constanza, sólo hubo un paso.
Por alguna razón el rey consideró que la joven tenía más ambición que amor, y
que la influencia que pudiera tener sobre su hijo era a consecuencia de su
origen, y por lo tanto ella podía poner en riesgo la corona de Portugal cuando
Pedro fuera rey. La perversa mente de un padre paranoico –y seguramente
envidioso de la felicidad de su hijo–, no tardó en tramar una conjura y
llevarla a cabo. Convenció a Fernando, su nieto mayor –hijo de Constanza– que
Inés era un peligro para él y entre ambos contrataron a los sicarios que, en
1355, asesinaron a la bella Inés delante de sus pequeños hijos, durante una
ausencia de Pedro.
En la historia de Portugal se cuenta que Pedro, frente al cadáver mutilado de
su amada Inés, enloqueció de dolor. En ese momento confesó que ella no era una
concubina, sino que se habían casado en secreto en 1354, y que ese crimen no
quedaría sin castigo.
Organizó una revuelta contra su padre y, de no haber sido por su madre, lo
hubiera matado. No fue necesario.Atenazado por la culpa, despreciado por su
hijo que había ocupado el trono y carcomido por el odio, Alfonso IV murió en
1357 y Pedro I llegó al trono. Por la forma en que impartió justicia, por su
honestidad, su capacidad para el trabajo y la dureza con que condenaba a los
funcionarios corruptos o a los delincuentes, pasó a la historia como
Pedro I
El Severo.En honor de la verdad, debió ser un hombre amargado, con el corazón
partido y el alma muerta que extrañaba, cada día de su vida, a la mujer
amada.Cuando fue coronado, mandó que se desenterrara el cadáver de Inés, que
se lo untara en aceites y perfumes, que lo vistieran con las prendas más
suntuosas y que le fuera coronado, en el hueso del dedo anular, el anillo
real. Todo ello para que el cuerpo estuviese presente en la ceremonia, con
corona y todo.Y no contento con ello, obligó a todos los presentes, obispos,
nobles, funcionarios y diplomáticos extranjeros, que besaran el anillo en el
dedo del cadáver, a fin de mostrar su lealtad y respeto al rey. Será más
habladuría que historia, pero se cuenta que terminada la ceremonia, se encerró
en su alcoba con el cadáver y pasó mucho tiempo a solas. Se lo escuchaba
llorar.Y aunque su vida posterior fue licenciosa –como se espera de un monarca
que se precie–, nunca olvidó a su amada Inés de Castro, que fue su nombre lo
último que dijo antes de morir, habiendo dejado instrucciones para que su
cuerpo fuera enterrado junto a ella, en el Monasterio de Alcobaca, lugar en el
que también yacen sus hijos varones y las esposas de éstos.
Si existe historia de amor entre reyes en la historia de Occidente, esta se
lleva las palmas.
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