Gracias a su linaje familiar fue una de las
mayores fortunas de Europa, llegando a tener más poder incluso que el propio rey
francés Carlos VII.
No tenía ni 20 años cuando raptó a
Catalina de Thouars,
casándose con ella la misma noche del rapto, no por amor sino por ambición, ya
que la familia Thouars era poseedora de muchas riquezas.
Su nombre es la encarnación
del mal, pero hubo un tiempo en el que este asesino de niños era el ideal del
caballero francés. Nacido en 1404, se erigió en protector de Juana de Arco. Tras
su muerte, De Rais dio rienda suelta a su maldad.
A finales del siglo XVII, el
escritor francés Charles Perrault publicó su inmortal obra Cuentos de Mama Oca,
donde se compendiaban relatos populares entre los que figuraba Barba Azul, un
texto inspirado en las leyendas que circulaban por Francia sobre Gilles de Rais,
paladín en la guerra de los Cien Años que había luchado junto a Juana de Arco y
que más tarde acabó convertido en
cruel asesino de niños.
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Gilles de Rais nació en el
gélido otoño de 1404, en la Torre Negra del
castillo de Champtocé, en Anjou
(Francia). Sus padres fueron el noble Guy II de Laval
y la dama Marie de
Croan. Ambos provenían
de los más rancios linajes franceses, poseyendo cada uno una gran fortuna
que se incrementó tras su unión. En sus primeros años, él y su único
hermano, René, apenas tuvieron contacto con sus padres. A decir verdad,
debemos atribuir su crianza y educación a tutores e institutrices. |
El pequeño Gilles se
instruyó como otros infantes de su condición social en las lides de la escritura
y la lectura, manejando muy pronto lenguas como latín y griego. La prematura
muerte de sus padres dejó la tutela de los niños en manos de su abuelo materno,
Jean de Craon, hombre de carácter enérgico y violento que influyó negativamente
en el ánimo del primogénito Gilles. Éste llegó a decir años más tarde sobre él:
"Me enseñó a beber, inculcándome desde muy niño a extraer placer de pequeñas
crueldades. Nada más lejos de lo que otros hombres han pensado, sentido,
imaginado o incluso hecho... Bajo su custodia aprendí a despegarme de los
poderes terrenos y divinos, con lo que creí que era omnipotente".
El muchacho manifestó ya a
una edad temprana una pericia desacostumbrada en todo lo que emprendía, dejando
pronto atrás a sus maestros y confiando en su propia sed de conocimientos y en
su capacidad para adquirirlos.
Jean de Craon era demasiado viejo para llevar a
cabo la tarea de disciplinar a su nieto mayor, cuyo temperamento le hacía tan
indomable como egocéntrico. Manifestó también muy pronto un carácter rebelde,
así como un deseo irresistible de imponer su voluntad sobre todos los que le
rodeaban. En sus años de instrucción militar demostró ser un aventajado
discípulo en lo concerniente a doctrina castrense y empleo de las armas,
cualidades que desarrolló hasta la perfección cuando intervino, tiempo más
tarde, en los combates contra los ingleses al servicio del
delfín Carlos VII.
A los 14 años recibió, en su
primera ceremonia oficial, una espléndida armadura blanca milanesa con la que se
le concedía la distinción de caballero. Dos años más tarde, el aspecto físico
que presentaba Gilles de Rais no podía ser mejor para un joven aristócrata de
alta cuna. Superaba con creces los 1,80 metros, por los que se repartía un
cuerpo perfectamente musculado y sano. Por su continuo entrenamiento militar era
muy ancho de hombros, ágil de movimientos y poseía una elegancia natural. A todo
esto añadía un aspecto agraciado debido a su morfología facial, donde
predominaban dos inmensos y claros ojos azules escoltados por altos pómulos, muy
típicos de la naturaleza bretona. El conjunto se completaba con un negro y
ondulado cabello que acentuaba aún más su lustrosa tez aceitunada y sus rojizos
labios carnosos.
Como vemos, el bello
muchacho, dada su apariencia y fortuna incalculable, no iba a representar ningún
problema a la hora de solicitar la mano de cualquier damisela perteneciente a
las grandes casas francesas. Sin embargo, un hecho interfirió gravemente en esta
pretendida y, por otra parte, lógica búsqueda;
su evidente homosexualidad. A
pesar de ello, se desposó con su prima
Catherine de Thouars,
en 1420, tras un abrupto secuestro de la joven y posterior boda clandestina.
Años más tarde, en 1429, nacería
Marie,
el único fruto carnal del complejo aristócrata.
En 1424 le reconocieron la
anhelada mayoría de edad. Estaba a punto de cumplir 20 años y lo primero que
solicitó fue el dominio absoluto sobre el inmenso patrimonio que le pertenecía
por derecho. Más tarde, entró al servicio militar de
Carlos VII —delfín de
Francia—, quien veía seriamente comprometida su aspiración al trono por la
intervención de los ejércitos ingleses y borgoñeses en la guerra de los Cien
Años.
De Rais luchaba con el valor
propio de aquellos héroes que protagonizaron leyendas y romanceros populares.
Sus compañeros aseguraban que un espíritu demoníaco le poseía cada vez que la
sangre afloraba como consecuencia del combate. Quizá no les faltaba razón, pues
la verdad es que el joven disfrutaba con la guerra, era como un juego para él:
cabalgar a lomos de su caballo favorito, Noisette, desenvainar su espada y
medirse al enemigo en singular duelo, nada mejor para un hombre de armas
francés, educado para la guerra y preparado para morir si tal menester fuese
necesario.
En 1429 la situación para la
Francia leal a Carlos VII
era ciertamente desesperada. En aquel tiempo surgió la figura de Juana de Arco,
una modesta campesina que aseguraba ser guiada por voces sobrenaturales hacia la
defensa y coronación del delfín galo en la catedral de Reims. La necesidad del
momento provocó que nobleza y pueblo se aferraran a los vaticinios de la joven
aldeana, y pronto el fervor se adueñó de aquellos escenarios cubiertos por la
necesidad.
El barón de Laval recibió el
encargo de escoltar y proteger a la doncella en su camino a Orleans, último
bastión que permanecía fiel a los intereses de Carlos y que en esos meses se
encontraba sitiado por tropas inglesas. Gilles supo, desde que la vio por
primera vez, que ella sería el principal estímulo para su atormentada vida. Por
eso, no dudó ni un instante en aceptar el mandato real poniendo a disposición de
la iluminada cuanto material quisiese disponer para la campaña que estaba a
punto de emprender. El ardoroso militar cambió su actitud, siempre agresiva, por
otra bien distinta en aquellos días de febril actividad en la ciudad de Chinon.
En diferentes ocasiones buscó el tiempo necesario para encontrarse con la
doncella, dispuesto a sostener largas conversaciones que encendieron aún más su
fe en ella y en la santa misión de la que era emisaria.
Después del éxito en la
liberación de Orleans y otras campañas, la doncella pudo cumplir su promesa de
coronar a Carlos VII. Por su parte, Gilles recibió los honores de
mariscal de
Francia cuando ni siquiera había cumplido 25 años. Esta distinción le elevó por
encima de sus iguales, convirtiéndole en el hombre más poderoso del momento. No
obstante, la captura de la doncella a manos británicas y su ejecución en la
hoguera ante la impasibilidad del monarca francés abocaron al flamante héroe a
un abismo del que ni pudo ni quiso zafarse.
Tras la desaparición de la
inmaculada pureza encarnada en aquella mujer a la que tanto había amado, no le
quedaba nada por lo que luchar en esta Tierra, ni compromisos que asumir al
servicio de nadie. El día en el que murió la doncella de Orleans también lo hizo
el cuerpo carnal de Gilles de Rais, quien se transformó de orgulloso mariscal de
Francia en el principal emisario de Satán en la Tierra. Aún le restaban nueve
años de vida en los que enarboló la bandera negra del mal en toda suerte de
crímenes y depravaciones horrendas.
A partir del verano de 1438
comenzaron a desaparecer algunos muchachos de la misma ciudad de Nantes, de los
pueblos de los alrededores, y la mayor parte, ocurrían cerca de la mansión del
barón de Rais. También hacía entrar en su castillo a algunos de los niños
mendigos que pedían limosna frente al puente levadizo, que eran retenidos contra
su voluntad por sus servidores, violados y desmembrados posteriormente. La
sangre y otros restos se conservaban para propósitos mágicos.
El mismo Guilles contó en
alguna ocasión como disfrutaba visitando la sala donde los chicos eran a veces
colgados de unos ganchos. Al escuchar las súplicas de alguno de ellos y ver sus
contorsiones, Guilles fingía horror, le cortaba las cuerdas, le cogía
tiernamente en sus brazos y les secaba las lágrimas reconfortándole. Luego, una
vez se había ganado la confianza del muchacho, sacaba un cuchillo y le segaba la
garganta, tras lo cual violaba el cadáver.
En una ocasión se acercó a
un niño que había elegido previamente y lo llevó al gran lecho que ocupaba el
fondo de la sala de "torturas". Después de algunas caricias, tomó una daga que
colgaba de su cintura, y riendo a carcajadas cortó la vena del cuello del
desdichado. Frente a la sangre que brotaba y al cuerpo que se convulsionaba el
barón se puso como loco. Arrancó las vestimentas del moribundo, tomó su propio
miembro y lo frotó en el vientre del niño, que dos de sus cómplices sostenían
porque éste estaba sin conocimiento. Cuando por fin salió el esperma, tuvo un
nuevo acceso de rabia, tomó una espada y de un golpe cortó la cabeza de la
víctima. Guilles en pleno éxtasis se tumbó sobre el cuerpo decapitado, introdujo
su miembro entre las piernas rígidas del cadáver, gritando y llorando hasta un
nuevo orgasmo, se derrumbó sobre el cuerpo cubriéndolo de besos y lamiendo la
sangre. Luego ordenó que quemasen el cuerpo y conservasen la cabeza hasta el día
siguiente. En ese mismo suelo, desnudo y manchado de sangre se habría quedado
dormido.
En ese periodo se entregó a toda suerte de orgías, desenfrenos y prácticas
alquímicas que intentaban recomponer sus, cada vez más depauperadas, arcas
patrimoniales. Mientras, saciaba su sed psicópata con el asesinato de niños
secuestrados en la región dominada por él. Se estima que entre 1431 y 1440
desaparecieron en aquella zona no menos de 1.000 niñas y niños, y a buen seguro
el barón de Laval tuvo algo que ver en un alto porcentaje de las ausencias.
Finalmente, el escándalo
alcanzó a todos los estratos sociales y la propia Iglesia decidió tomar cartas
en el asunto, junto al poder civil, ordenando la detención del siniestro ogro.
En octubre de 1440, después de un tumultuoso juicio, Gilles fue declarado
culpable del asesinato de 140 niños, aunque se dijo que pudieron ser muchos más.
El 26 de ese mes, tras haber pedido perdón a los padres de sus víctimas,
fue ahorcado y quemado públicamente en un prado de la ciudad de Nantes.
Catalina de Rais asistió al
proceso y a la ejecución de su marido sin derramar una lágrima. Se retiró a sus
tierras y poco tiempo después contrajo nuevas nupcias. Pero jamás pudo olvidar
el espectáculo que se ofreció a sus ojos cuando abrió la puerta prohibida.