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Las geishas, con su rostro blanquecino,
sus labios de rojo brillante, sus elaborados peinados y sus
hermosísimos quimonos, siempre han tenido un aura de
misterio y belleza, que ha despertado el interés de todos
los que se han acercado un poco a este mundo tan particular .
Las geishas y
las maiko desarrollan sus actividades en exclusivos salones
para banquetes, a los que suelen asistir las clases más
poderosas del Japón. Lugares donde el costo de la cena
excede los límites de la imaginación. Algo similar ocurre
con el valor del servicio de las geishas: las cifras se
mantienen en una nebulosa y nadie es capaz de hacer un
cálculo con visos de realidad. Aquí, en Kyoto, dicen que es
parte de un secreto muy recóndito que envuelve a estas
mujeres y su arte.
Geishas

Geishas
La
palabra GEISHA proviene de los fonemas chinos “Gei”, que
quiere decir arte, habilidad, y “Sha” que significa persona.
Eso es lo que representa una Geisha, una persona con la
habilidad en distintas artes.
Las
primeras noticias que tenemos de ellas datan de 1700, pero
en Japón ha habido mujeres que han realizado labores
similares a las de las geishas desde hace mucho tiempo. Las
dos primeras predecesoras de las geishas actuales de las que
merece la pena hacerse eco son las saburuko, surgidas a
finales del siglo VII y las shirabyōshi, que tuvieron su
importancia en el siglo XII.
Las primeras de ellas,
las saburuko
(que podría traducirse como “las que sirven”), eran
generalmente mujeres sin hogar estable, que subsistían a
base de favores sexuales. Normalmente, las saburuko eran de
clase extremadamente baja, aunque algunas contaban con
talento y buena educación, de las cuales muchas a menudo
asistían a reuniones de aristócratas para amenizar las
veladas con sus bailes y con sus canciones.
En cuanto a las segundas,
las shirabyōshi,
(cortesanas que adoptaron el nombre del baile que siempre
realizaban), surgieron en un momento de grandes cambios
sociales, el período Heian, en el que muchas familias
aristocráticas se encontraron con problemas económicos. La
única manera de sobrevivir para muchas de las hijas de esas
familias era convertirse en shirabyōshi. Al ser de buena
familia, estas shirabyōshi tenían una educación exquisita y
pronto comenzaron a ser muy valoradas por su talento tanto
en en la poesía como en el baile.
Cabe destacar, como detalle curioso,
que estas cortesanas solían vestir con ropas y capas de
hombre, y también llevaban espadas, al igual que los
hombres. Sus canciones y sus bailes solían ser, además, muy
eróticos y parece ser que tenían un efecto altamente
excitante entre los hombres.
MUÑECAS
DE PORCELANA
No importaba tanto su belleza como su conversación, su
cultura y sus conocimientos políticos. Educadas para dar
placer y prestigio a sus patrones, no eran dueñas de sí
mismas. Hoy, sin embargo, no pocas japonesas eligen
libremente esta profesión y se muestran orgullosas de
mantener la tradición en su país .
F inalizada
la Segunda Guerra Mundial, cambió por fuerza la vida en
Japón. No sólo el emperador fue obligado a declarar su
"humanidad" (hasta entonces se lo consideraba divino), sino
que una serie de decretos apuntó a derribar hábitos muy
arraigados en la mentalidad nipona. Entre ellos, uno de 1946
prohibía el funcionamiento de las okiyas, casas que se
dedicaban a comprar niñas y educarlas como geishas.
Sin embargo, hay geishas
todavía. Ya no cumplen las mismas funciones que antes; en
todo caso son una atracción turística o hacen las veces de
acompañantes en reuniones sociales o de negocios. Pero
todavía recurren a ellas quienes se resisten a una
occidentalización a ultranza, y ellas mismas se consideran
guardianas de una tradición secular.
Arte y persona
El origen de estas mujeres
-especie de cortesanas, pues su educación y refinamiento las
ubicaba muy por arriba de las prostitutas- está ligado al
florecimiento de la clase comerciante.
A principios del siglo
diecisiete, el Japón feudal de los shogunes
(generales) cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se
pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la
actividad mercantil.
Los grandes señores despreciaban
a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como
prestamistas. Aunque éstos se enriquecían cada vez más,
chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni
siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los
confundiera con un señor feudal.
Las únicas libertades que podían
tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y
es lo que hicieron: así como en el teatro kabuki
-pintoresco y, en algunos casos, de protesta- encontraron su
forma de expresión, con las geishas pudieron encauzar la
vida social.
En esos barrios florecieron las
ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes
discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se
dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares
a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no
sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.
¿Qué papel jugaban las geishas?
Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan
"arte" y "persona": algo así como "la persona que domina
todas las artes". La belleza era secundaria: lo que
importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su
preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada
ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas
dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto,
baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política
y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su
diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.
Hermosas marionetas
Sin embargo no pasaban de ser
esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble
valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera
podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las
geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el
ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como
base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su
destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca
llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera
servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las
estigmatizaba para siempre.Debían dedicar varias horas a
vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello
(también se pintaban la nuca, que era considerada la parte
más seductora). Después de colocarse la pasta blanca,
pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas
y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los
ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con
polvo de flores) y los labios.Untaban el cabello con un
ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y
bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie
de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha.
Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía
fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a
medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al
atuendo.Todo realzaba la apariencia de marioneta que
mostraban también con sus modales y su manera delicada de
hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo
aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de
cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de
alegría excesiva.
Una historia
Un cronista japonés recogió la
historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a
fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de
buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos
la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí
convivió con la administradora (una ex geisha), ocho
geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas
eran las oshakus
(doncellas). La administradora
llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida
y educación de cada discípula.Además de estudiar todo el día
desde las cinco de la mañana, el método para estimular el
aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato
diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse
con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las
otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.Una
mañana, cuando cumplió dieciocho años,
Umechiyo
fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le
sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de
vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el
hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.Era su
debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con
sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho
éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla
por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos
anotados en el cuaderno durante los diez años de
estudios).Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una
especie de boda: recibió de su dueño un anillo de
brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los
personajes y las cortesanas más importantes del lugar y
cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el
registro de geishas. Para el hombre, ser dueño de una joven
bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y
Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los
conocimientos políticos de la joven atraían el interés de
personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para
el patrón.Un par de años después el comerciante volvió a
pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y
hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no
se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas
convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para
demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía
correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a
Umeya a alguien de menor condición social.
Instalada en una linda casa, con
dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya
perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una
vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus
respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar,
pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un
kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya
sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los
sitios donde había estado parada la concubina.Cuando su
dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a
una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero
que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de
ella y del hijo que había tenido. Así las cosas, comenzó su
decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos
patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases,
pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a
mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.Pero ni
en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y
las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros
la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al
año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a
vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo:
ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que
recuperaba su antiguo brillo.
Las geishas, hoy
En la actualidad no son
esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no
trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y
las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la
prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a
formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que
hay son muy caros. Su trabajo se parece más al de una
anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales
o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un
espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la
vida familiar de los negocios y la política. Algunas
aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows
para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben
jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica
formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha
ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club
nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable
y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo
se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año,
hacia la primavera, realizan en las calles el "desfile de
las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan
a la gente la fascinación milenaria de su arte •
Kyoto
fue la capital del imperio desde el año 794 hasta la
restauración Meiji, en 1868, cuando el shogunato de Tokugawa
decidió trasladarla a Tokio. Los japoneses dicen que Kyoto,
que se salvó de las bombas aliadas durante la guerra,
conserva "el sabor del Japón". Algo de eso hay, porque el
movimiento de sus más de dos millones de habitantes no
resquebraja su atmósfera de pueblo, con el aroma de lo
antiguo y lo venerable.
Los templos son uno de los atractivos más grandes de la
ciudad. Una ciudad que se acostumbró a los récords: unos 40
millones de japoneses llegan hasta aquí cada año para
constatar la belleza del Pabellón Dorado o del templo Rokuon-ji,
joya arquitectónica del siglo XI, revestida con placas de
oro, que servía de sitio de solaz para el emperador. O
quedan impactados con la imponencia del templo de Kiyomizu,
que desde hace un milenio balconea desde el faldeo de un
cerro verde y exuberante, y es lugar de veneración para
budistas y sintoístas. Ese atractivo, el de los templos y
sus historias, es bien considerado, pero las geishas son el
secreto del éxito de Kyoto. Las casas de estas damas están
en unos distritos, dedicados especialmente al disfrute de
los placeres estéticos, que reciben el nombre de karyukai.
Como casi todo en Japón, esa expresión tiene un significado:
el mundo de la flor y el sauce. Mineko Iwasaki dice que por
eso cada geisha es, en esencia, hermosa como una flor y, a
la vez, elegante, fuerte y flexible como un sauce. Desde muy
jóvenes, las mujeres cuyas familias deciden enviarlas a las
casas de geishas, o posadas –las
okiyas–,
comienzan un camino de sacrificios para llegar a sobresalir
en su arte: aprenden con minuciosidad la música y las
tradiciones de su país. Siguen un riguroso programa de
clases y ensayos, comparable a los de una bailarina, una
cantante de ópera o una concertista de las que llegan a
estrellas en Occidente.
La responsable de una okiya es la madrina, por decirlo de
alguna manera, de la joven que ingresa en la casa. Brinda
apoyo a la aprendiza de geisha durante el tiempo en que la
niña se esfuerza por convertirse en una profesional, un
lapso que puede extenderse entre cinco y siete años. Cuando
la geisha comienza a trabajar y a ganar dinero, resarce a la
propietaria de la casa por todo lo que se invirtió en el
período de su formación. Las geishas y las maiko desarrollan
sus actividades en exclusivos salones para banquetes, a los
que suelen asistir las clases más poderosas del Japón.
Lugares donde el costo de la cena excede los límites de la
imaginación. Algo similar ocurre con el valor del servicio
de las geishas: las cifras se mantienen en una nebulosa y
nadie es capaz de hacer un cálculo con visos de realidad.
Aquí, en Kyoto, dicen que es parte de un secreto muy
recóndito que envuelve a estas mujeres y su arte.
Las callejuelas de este barrio ya no tienen ni la mística ni
el fulgor de los años previos a la guerra, suelen deslizar
los que vivieron los dos momentos. Admiten que las
costumbres perdieron potencia. Los restaurantes más caros y
selectos de esta ciudad están en esta zona de Gion Kobu. Y
los asistentes, muchos de ellos todavía contratan los
servicios de las geishas. Por suerte. Eso permite, entre
otras cosas, que los visitantes tengan a la mano una de las
más enigmáticas escenas que el imaginario popular retrata
cuando piensa en Japón: el andar fugaz y etéreo de esas
pequeñas mujeres que, con la cara pintada de blanco y su
halo de misterio, pasan como una ráfaga en plena noche,
decididas a no dejar morir las costumbres milenarias de su
país. Geisha: Significa "Persona Arte" y define a las
mujeres que mediante un exhaustivo entrenamiento y
aprendizaje, se convierten, ellas mismas, en obras de arte,
ya que su apariencia, personalidad y habilidades son
desarrolladas para complacer y agradar. La tradición de las
Geishas viene desde la era Edo (1615-1867), y su
origen es algo extraño. Desde la antiguedad, la cultura de
los japonéses siempre ha limitado a las mujeres al papel de
ama de casa; sin embargo, los que poseían el poder deseaban
que alguien los entretuviera. Así surgieron las Geishas como
una figura complaciente y agradable, papel que, por
increíble que parezca, era desempeñado al principio por
hombres; más pronto las mujeres incursionaron en esta
profesión hasta dominarla por completo. La labor primordial
es la de entretener. Para lograrlo desde muy jóvenes (y
en la antiguedad desde la infancia) son entrenadas y
educadas. Una Geisha debe aprender las artes tradicionales,
como cantar, bailar y tocar instrumentos; debe, además, ser
una persona culta, conocedora de variados e importantes
temas para proporcionar una agradable conversación. Una
buena geisha debe saber hablar al menos tres idiomas. Aunque
una gran cantidad de encanto esta en su belleza y juventud,
aquellas que tienen gran talento interpretativo son
favorecidas, aun cuando ya haya alcanzado la madurez. las
pricipales escuelas para Gaishas se encuentran en Kyoto.
Para que una chica pueda entrar en alguna de ellas, debe
tener 15 años de edad y tener certificados escolares.
Mientras es aprendiz (que en tiempos antiguos era de los
13 a los 18) debe usar un kimono y un peinado
distintivos. El peinado es llamado "de durazno". El
maquillaje blanco que se ponían en la cara solía ser
excremento molido de pájaro y polvo de arroz.Hoy en día, los
productos cosméticos especializados son usados para este
propósito. La mujer japonésa común solo usa el kimono en
ocasiones especiales, no más de cinco veces al año, pero las
Geishas lo usan a diario. Por lo general, las Geishas operan
en restaurantes, en reuniones de negocios o eventos
especiales. Es común que ellas conozcan a importantes
hombres de negocios o figuras políticas; sin embargo, un
estricto código de ética les impide divulgar lo que se habla
en tales reuniones. Los honorarios de las Geishas están
preestablecidos y se contabilizan como "palos", ya que en la
antiguedad, el tiempo se media por lo que tardaban en
consumirse los palitos de incienso. En una hora se consumen
4 palos, lo cual, esel mínimo que cobra una Geisha. Además
de los honorarios reciben una propina que no está sujeta a
impuestos. Las reglas prohíben que las Geishas tengan
contacto sexual con los clientes, ya que ellas sólo venden
arte, aunque se han dado casos en que algunas se convierten
en amantes o esposas de sus clientes. No obstante, la
profesión de Geisha es muy respetada y honorable. El arte de
las Geishas es parte de la tradición del Japón; es el
símbolo del refinamiento y la elegancia de una cultura
milenaria.
Vida de una geisha
Idalia De León
Mineko Iwasaki
fue la geisha más importante de Japón. En 1997 el escritor
Arthur Golden contó la historia de su vida en un polémico
best seller, ahora, después de demandar al autor, ella
misma se animó a relatar su historia.
La vida de las
geishas todavía permanece envuelta en un aura de misterio y
fantasía. Y también de ambigüedad. ¿Qué ocultan estas damas
de porcelana, bellamente ataviadas y educadas en el arte de
entretener? No son muñecas, pero lo parecen. Son mujeres que
por siglos han cultivado un estilo de vida que, por
desconocido en su profundidad, levanta toda suerte de
conjeturas. Son las geishas, representantes de una antigua
tradición que exige de ellas responsabilidad, disciplina y
talento para el cultivo de las artes. Quizás pocos lo sepan,
pero la palabra geisha significa artista.
Mineko Iwasaki es la autora del libro Vida de una geisha
en donde cuenta la historia de su vida, lo cual implica
permitirle al mundo asomarse por una ventana y observar con
mirada curiosa y asombrada, la cotidianidad de estas
artistas japonesas. "En los 300 años de historia del
karyukai (distritos dedicados al disfrute de los
placeres estéticos), ninguna mujer se ha atrevido a develar
sus secretos: nos lo han impedido las reglas tácitas de la
tradición y el carácter sagrado de nuestra peculiar vida.
Pero creo que es el momento de hacerlo", escribe Mineko,
quien llegó a ser una bailarina insigne y la geisha más
cotizada de su época.
Nació el 2 de noviembre de 1949, en Kyoto, y sólo tres años
después de haber llegado al mundo decidió que sería geisha.
Algunas circunstancias familiares, que la autora explica con
detalle en el libro, la llevaron a tomar esta precoz
determinación que fue aceptada -no sin dolor- por sus
progenitores. Dicho lo anterior, vale la pena aclarar que
cuando una niña es entregada por sus padres a una okiya
(posada o casa de geishas), equivale a entregarla a un
internado, con la diferencia de que los representantes no
deben aportar dinero, y sólo pueden visitar a su hija los
fines de semana o en sus ratos libres. En la mayoría de los
casos, los padres eligen este destino para sus hijas, ante
la imposibilidad de poderles procurar su manutención. Pero
en el caso de Mineko la historia fue diferente, pues ella
fue elegida desde muy niña para ser la heredera de la
okiya, lo cual implicó que renunciara definitivamente a
su familia, a su nombre y apellido de nacimiento (Masako
Tanakaminamoto), adoptando uno nuevo, Mineko Iwasaki.
Así pues, Mineko abandonó muy prontamente sus juegos con
muñecas para confirmar cada día frente al espejo que la
muñeca sería ella misma. Su trabajo de ahora en adelante
sería entretener a los demás. Pero no entretener de la
manera como el mundo occidental le ha gustado creer. La
labor de la geisha, según explica Iwasaki, es servir de
anfitriona en fiestas y recepciones. Se ganan la vida
formando parte de un estricto programa de entrenamiento que
van cumpliendo a lo largo de los años. Aprenden todas las
disciplinas que debe dominar una geisha: danza, música,
comportamiento, artes florales y la ceremonia del té.
Vistiendo su habitual traje, el quimono, el cual no pesa
menos de 20 kilos, son capaces de hacer una demostración
impecable del difícil y vistoso arte de la danza, y de la
ceremonia del té, cuya belleza y precisión encanta a quienes
tienen la fortuna de asistir a algunos de los banquetes
donde las geishas son reinas.
En cada agasajo importante que se efectúa en Japón, las
geiko o "mujeres del arte", como también se les llama, son
contratadas para demostrar su talento ante personalidades de
la talla de la reina Isabel y el príncipe Carlos de
Inglaterra, Gucci o algún ex presidente de Estados Unidos.
Tal fue la suerte de Mineko que su libro está lleno de
anécdotas como aquella en la que, siendo aprendiz, tuvo que
sentarse al lado de un importante invitado que procedía de
América. Este le preguntó si había visto películas
americanas, y si conocía nombres de actores. Ella respondió
que sólo conocía a James Dean. Acto seguido, el caballero le
preguntó si sabía el nombre de algún director de cine, a lo
que ella contestó: "Sólo el de uno. Se llama Elia Kazan".
"Vaya -respondió el hombre-yo soy Elia Kazan".
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"El
término karyukay significa 'el mundo de la flor y
el sauce'. Así que toda geisha es en esencia hermosa,
como una flor, y a la vez elegante, flexible y fuerte,
como un sauce". -M.I |
Casa de muñecas.
Mientras son jóvenes, las geishas viven en la okiya durante
un período que casi nunca se extiende más allá de los siete
años, espacio de tiempo en el que la joven debe retribuir
económicamente todo lo que se ha invertido en ella. Una vez
que ya puede desenvolverse sola, se independiza y se instala
por su cuenta, explica la autora, quien estaba signada a
cumplir un destino diferente, pues como heredera de la
okiya, debía residir allí el resto de su vida, lo cual,
por cierto, no sucedió.
Cada día de una geisha -por lo menos en los años sesenta, la
época que le correspondió a Mineko- implicaba asistir a
ensayos de danza, y acudir a bibliotecas para informarse de
los temas que eran del interés de los clientes de turno,
"...si se trata de una actriz, leía un artículo sobre ella
en una revista; si era un cantante escuchaba sus discos. O
leía su novela", relata Mineko. También realizaban visitas
de cortesía a los miembros de la comunidad, o a los dueños
de las casas que organizaban los banquetes y eventos. Ya, al
atardecer, se ocupaban de arreglarse para asistir al agasajo
correspondiente.
En la okiya donde creció Mineko el ingreso de hombres
estaba reglamentado. Los proveedores sólo podían entrar, en
un recinto específico, cuando las geishas estuvieran
ausentes. Los parientes de las chicas podían llegar hasta el
comedor, privilegio que compartían con los sacerdotes,
quienes incluso podían tener acceso a otras áreas de la
casa. "Por eso la sola idea de que las casas de las geishas
son antros de perdición es ridícula", escribe Mineko,
tratando de aclarar un punto que siempre la preocupó, la
idea de que las geishas se ocupaban del oficio más antiguo.
"Shimabara era un barrio autorizado donde ejercían su oficio
las cortesanas o prostitutas de categoría, las oiran
y las tayu, que al mismo tiempo, eran expertas en las
artes tradicionales. Como las maiko (mujeres de la
danza), las jóvenes oiran también celebraban su mizuage
(rito de iniciación), pero en su caso, el ritual consistía
en ser desfloradas por un cliente que pagaba una importante
suma por tal privilegio.
Esta ambivalencia
de la palabra mizuage ha creado, por otra parte,
cierta confusión sobre lo que significa ser geisha. Las
tayu y las oiran firmaban un contrato y, hasta su
vencimiento, permanecían confinadas al barrio". En Japón,
agrega Iwasaki, existió la trata de blancas; los traficantes
de esclavas recorrían zonas rurales para vender a la niñas
como prostitutas, actividad que se prohibió en 1959, fecha
en la que se declaró ilegal la práctica.
Si a Iwasaki no la asistiera la razón, difícilmente las
geiko se habrían convertido en las esposas ideales para
los hombres ricos y poderosos, como en efecto lo fueron.
"Uno no puede pedir una anfitriona más hermosa y refinada,
sobre todo si viaja por el mundo y se mueve en círculos
diplomáticos o comerciales".
Al final, este fue el destino que Mineko eligió. Hoy en día
está casada y tiene una hija. No niega que a veces la asalta
la culpa al recordar que una vez les causó a sus padres el
dolor de una separación muy temprana. Renunció al lugar que
se le había impuesto desde niña, pero lo hizo, sólo después
de haber procurado impulsar cambios en las normas que regían
el sistema de geishas, al cual consideraba arcaico. También
hoy, a los 53 años, siente un poco de nostalgia por su
pasado esplendoroso. Y cree, además, que el mundo de las
geishas tiene sus días contados. "Me entristece pensar que
el legado de esta gloriosa tradición quedará reducido a poco
más que sus manifestaciones superficiales".
Las
Geishas
Aunque se
crea lo contrario, las geishas tal como se conocen hoy en
día son relativamente modernas, ya que aparecen
aproximadamente en el 1700. Claro que en Japón existieron
mujeres que cumplieron un rol similar mucho antes. Se
puede decir que las actuales geishas tienen sus
predecesoras en las saburuko, que aparecieron a finales
del siglo VII y las shirabyōshi, que surgieron y cobraron
real importancia en el siglo XII.
Las saburuko –la traducción más apropiada sería “las que
sirven”–, eran generalmente mujeres sin hogar estable, que
subsistían a base de favores. Favores sexuales, se
entiende. Por lo general, las saburuko eran de la clase
más baja, aunque algunas contaban con talento y buena
educación y a menudo muchas de ellas asistían a reuniones
de aristócratas para amenizar las veladas con sus bailes y
con sus canciones.
En lo que respecta a las shirabyōshi, se trataba de
cortesanas que adoptaron el nombre del baile que solían
representar y surgieron en el período Heian, un momento de
grandes cambios sociales.
En esa
época muchas familias aristocráticas se enfrentaron a
serios problemas económicos. La única manera de sobrevivir
para muchas de las hijas de esas familias era convertirse
en
shirabyōshi.
Por el hecho mismo de pertenecer a una buena familia,
estas jóvenes tenían una educación exquisita y pronto
comenzaron a ser muy valoradas por su talento tanto en la
poesía cuanto en el baile.Un detalle curioso para
mencionar es que estas cortesanas solían vestir con ropas
y capas de hombre, y como ellos, también llevaban espadas.
Sus canciones y sus bailes solían ser, además, muy
eróticos.Cuando surgieron las primeras mujeres que se
llamaban a sí mismas geishas, se las conocía como onna
geisha, que literalmente significa “mujer geisha”, ya que
en aquellos momentos la palabra “geisha” hacía referencia
a los hombres – como
otoko
geisha, es decir, hombres geisha–,
que se dedicaban a entretener con su arte a los clientes
de las casas de té dentro y fuera de los barrios de
placer.
Pero con el paso del tiempo el número de hombres que se
dedicaban a esta profesión fue declinando y como cada vez
más eran mujeres quienes se dedicaban a esta actividad, el
término geisha empezó a utilizarse para referirse a estas
mujeres. Hasta 1958 el paso de
maiko
(aspirante o aprendiz) a geisha, el paso a la edad adulta
se realizaba mediante el mizuage, o desfloración ritual, y
era común que las maiko en algún momento de su
aprendizaje, pasaran por esta experiencia.
La
antecesora de la Geisha, son las
odoriko,
que eran las bailarinas, pero si nos remontamos años más
atrás, podríamos sacar sus raíces del
“kabuki
odori”
(bailarines del teatro ambulantes). Estas bailarinas,
hermosamente ataviadas en Kimonos de seda, realmente
eran
hombres en su mayoría,
y se encargaban de bailar ante los samuráis, de realizar
la ceremonia del té, servirles sake, y de tocar el
shamisen (instrumento de cuerda, parecido a la guitarra,
pero de tres cuerdas, y con un sonido muy melódico), este
baile era conocido como
Okuni.
¿Todo
este saber se transmite de generación en generación o
existen lugares para formación de geishas?
-
Antiguamente, las primeras geishas fueron varones, los
taikomochi
que significa "el que lleva un tambor". Ellos entretenían
a los hombres con baile, música y charla. Vivían en los
barrios de placer, que por cuestiones higiénicas estaban
bien delimitados en cada ciudad. Sus clientes disfrutaban
del espectáculo artístico y luego se retiraban a pasar la
noche con alguna cortesana, aunque si lo deseaban, podían
recibir los placeres sexuales de los geisha. Esta parte de
la historia por lo general no se cuenta. Recién a mediados
del siglo XVIII, una prostituta se autoproclamó geisha, la
hermosa Kikuya, capaz de hechizar a cualquier hombre con
su shamisen. A partir de entonces muchas otras mujeres
empezaron a llamarse así y a concurrir a las casas de té
para instruirse en las artes de las geishas.
- ¿Una
geisha puede elegir brindar o no beneficios sexuales a sus
clientes?
- En
teoría, nosotras nos reservamos el derecho de atender o no
sexualmente a alguien. Sin embargo, hay presiones de otro
tipo. El cliente quiere la coronación de la noche, luego
de todo el espectáculo artístico, que de por sí tiene
mucho de erotismo. Si su deseo queda trunco, seguramente
no regresará. Entonces hay que rendirle cuentas al kenban,
que ya por su lado ha sondeado al cliente respecto de su
conformidad con los servicios de la mujer que lo atendió.
Yo, en particular, suelo ser bastante selectiva con mis
clientes. Lo que sucede es que hay muchos hombres que
requieren mis favores, entonces puedo elegir en función de
la cantidad. Los que yo no acepto, son atendidos por otras
chicas de esta casa de té. El negocio es redondo, nunca
hay pérdidas.
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