Las geishas, con su rostro blanquecino, sus labios de rojo brillante, sus elaborados peinados y sus hermosísimos quimonos, siempre han tenido un aura de misterio y belleza, que ha despertado el interés de todos los que se han acercado un poco a este mundo tan particular.

Las geishas y las maiko desarrollan sus actividades en exclusivos salones para banquetes, a los que suelen asistir las clases más poderosas del Japón. Lugares donde el costo de la cena excede los límites de la imaginación. Algo similar ocurre con el valor del servicio de las geishas: las cifras se mantienen en una nebulosa y nadie es capaz de hacer un cálculo con visos de realidad. Aquí, en Kyoto, dicen que es parte de un secreto muy recóndito que envuelve a estas mujeres y su arte.

Geishas

Geishas

La palabra GEISHA proviene de los fonemas chinos “Gei”, que quiere decir arte, habilidad, y “Sha” que significa persona. Eso es lo que representa una Geisha, una persona con la habilidad en distintas artes.


Las primeras noticias que tenemos de ellas datan de 1700, pero en Japón ha habido mujeres que han realizado labores similares a las de las geishas desde hace mucho tiempo. Las dos primeras predecesoras de las geishas actuales de las que merece la pena hacerse eco son las saburuko, surgidas a finales del siglo VII y las shirabyōshi, que tuvieron su importancia en el siglo XII.

Las primeras de ellas, las saburuko (que podría traducirse como “las que sirven”), eran generalmente mujeres sin hogar estable, que subsistían a base de favores sexuales. Normalmente, las saburuko eran de clase extremadamente baja, aunque algunas contaban con talento y buena educación, de las cuales muchas a menudo asistían a reuniones de aristócratas para amenizar las veladas con sus bailes y con sus canciones. 

En cuanto a las segundas, las shirabyōshi, (cortesanas que adoptaron el nombre del baile que siempre realizaban), surgieron en un momento de grandes cambios sociales, el período Heian, en el que muchas familias aristocráticas se encontraron con problemas económicos. La única manera de sobrevivir para muchas de las hijas de esas familias era convertirse en shirabyōshi. Al ser de buena familia, estas shirabyōshi tenían una educación exquisita y pronto comenzaron a ser muy valoradas por su talento tanto en en la poesía como en el baile.

Cabe destacar, como detalle curioso, que estas cortesanas solían vestir con ropas y capas de hombre, y también llevaban espadas, al igual que los hombres. Sus canciones y sus bailes solían ser, además, muy eróticos y parece ser que tenían un efecto altamente excitante entre los hombres.


MUÑECAS DE PORCELANA
 

No importaba tanto su belleza como su conversación, su cultura y sus conocimientos políticos. Educadas para dar placer y prestigio a sus patrones, no eran dueñas de sí mismas. Hoy, sin embargo, no pocas japonesas eligen libremente esta profesión y se muestran orgullosas de mantener la tradición en su país.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, cambió por fuerza la vida en Japón. No sólo el emperador fue obligado a declarar su "humanidad" (hasta entonces se lo consideraba divino), sino que una serie de decretos apuntó a derribar hábitos muy arraigados en la mentalidad nipona. Entre ellos, uno de 1946 prohibía el funcionamiento de las okiyas, casas que se dedicaban a comprar niñas y educarlas como geishas.

Sin embargo, hay geishas todavía. Ya no cumplen las mismas funciones que antes; en todo caso son una atracción turística o hacen las veces de acompañantes en reuniones sociales o de negocios. Pero todavía recurren a ellas quienes se resisten a una occidentalización a ultranza, y ellas mismas se consideran guardianas de una tradición secular.

Arte y persona

El origen de estas mujeres -especie de cortesanas, pues su educación y refinamiento las ubicaba muy por arriba de las prostitutas- está ligado al florecimiento de la clase comerciante.

A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes (generales) cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.

Los grandes señores despreciaban a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Aunque éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los confundiera con un señor feudal.

Las únicas libertades que podían tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que hicieron: así como en el teatro kabuki -pintoresco y, en algunos casos, de protesta- encontraron su forma de expresión, con las geishas pudieron encauzar la vida social.

En esos barrios florecieron las ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.

¿Qué papel jugaban las geishas? Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan "arte" y "persona": algo así como "la persona que domina todas las artes". La belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.

Hermosas marionetas

Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.

Una historia

Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas. Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.

Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido. Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.

Las geishas, hoy

En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros. Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política. Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el "desfile de las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte •

 

Kyoto fue la capital del imperio desde el año 794 hasta la restauración Meiji, en 1868, cuando el shogunato de Tokugawa decidió trasladarla a Tokio. Los japoneses dicen que Kyoto, que se salvó de las bombas aliadas durante la guerra, conserva "el sabor del Japón". Algo de eso hay, porque el movimiento de sus más de dos millones de habitantes no resquebraja su atmósfera de pueblo, con el aroma de lo antiguo y lo venerable.
Los templos son uno de los atractivos más grandes de la ciudad. Una ciudad que se acostumbró a los récords: unos 40 millones de japoneses llegan hasta aquí cada año para constatar la belleza del Pabellón Dorado o del templo Rokuon-ji, joya arquitectónica del siglo XI, revestida con placas de oro, que servía de sitio de solaz para el emperador. O quedan impactados con la imponencia del templo de Kiyomizu, que desde hace un milenio balconea desde el faldeo de un cerro verde y exuberante, y es lugar de veneración para budistas y sintoístas. Ese atractivo, el de los templos y sus historias, es bien considerado, pero las geishas son el secreto del éxito de Kyoto. Las casas de estas damas están en unos distritos, dedicados especialmente al disfrute de los placeres estéticos, que reciben el nombre de karyukai. Como casi todo en Japón, esa expresión tiene un significado: el mundo de la flor y el sauce. Mineko Iwasaki dice que por eso cada geisha es, en esencia, hermosa como una flor y, a la vez, elegante, fuerte y flexible como un sauce. Desde muy jóvenes, las mujeres cuyas familias deciden enviarlas a las casas de geishas, o posadas –
las okiyas–, comienzan un camino de sacrificios para llegar a sobresalir en su arte: aprenden con minuciosidad la música y las tradiciones de su país. Siguen un riguroso programa de clases y ensayos, comparable a los de una bailarina, una cantante de ópera o una concertista de las que llegan a estrellas en Occidente.

La responsable de una okiya es la madrina, por decirlo de alguna manera, de la joven que ingresa en la casa. Brinda apoyo a la aprendiza de geisha durante el tiempo en que la niña se esfuerza por convertirse en una profesional, un lapso que puede extenderse entre cinco y siete años. Cuando la geisha comienza a trabajar y a ganar dinero, resarce a la propietaria de la casa por todo lo que se invirtió en el período de su formación. Las geishas y las maiko desarrollan sus actividades en exclusivos salones para banquetes, a los que suelen asistir las clases más poderosas del Japón. Lugares donde el costo de la cena excede los límites de la imaginación. Algo similar ocurre con el valor del servicio de las geishas: las cifras se mantienen en una nebulosa y nadie es capaz de hacer un cálculo con visos de realidad. Aquí, en Kyoto, dicen que es parte de un secreto muy recóndito que envuelve a estas mujeres y su arte.
Las callejuelas de este barrio ya no tienen ni la mística ni el fulgor de los años previos a la guerra, suelen deslizar los que vivieron los dos momentos. Admiten que las costumbres perdieron potencia. Los restaurantes más caros y selectos de esta ciudad están en esta zona de Gion Kobu. Y los asistentes, muchos de ellos todavía contratan los servicios de las geishas. Por suerte. Eso permite, entre otras cosas, que los visitantes tengan a la mano una de las más enigmáticas escenas que el imaginario popular retrata cuando piensa en Japón: el andar fugaz y etéreo de esas pequeñas mujeres que, con la cara pintada de blanco y su halo de misterio, pasan como una ráfaga en plena noche, decididas a no dejar morir las costumbres milenarias de su país. Geisha: Significa "Persona Arte" y define a las mujeres que mediante un exhaustivo entrenamiento y aprendizaje, se convierten, ellas mismas, en obras de arte, ya que su apariencia, personalidad y habilidades son desarrolladas para complacer y agradar. La tradición de las Geishas viene desde la era Edo (1615-1867), y su origen es algo extraño. Desde la antiguedad, la cultura de los japonéses siempre ha limitado a las mujeres al papel de ama de casa; sin embargo, los que poseían el poder deseaban que alguien los entretuviera. Así surgieron las Geishas como una figura complaciente y agradable, papel que, por increíble que parezca, era desempeñado al principio por hombres; más pronto las mujeres incursionaron en esta profesión hasta dominarla por completo. La labor primordial es la de entretener. Para lograrlo desde muy jóvenes (y en la antiguedad desde la infancia) son entrenadas y educadas. Una Geisha debe aprender las artes tradicionales, como cantar, bailar y tocar instrumentos; debe, además, ser una persona culta, conocedora de variados e importantes temas para proporcionar una agradable conversación. Una buena geisha debe saber hablar al menos tres idiomas. Aunque una gran cantidad de encanto esta en su belleza y juventud, aquellas que tienen gran talento interpretativo son favorecidas, aun cuando ya haya alcanzado la madurez. las pricipales escuelas para Gaishas se encuentran en Kyoto. Para que una chica pueda entrar en alguna de ellas, debe tener 15 años de edad y tener certificados escolares. Mientras es aprendiz (que en tiempos antiguos era de los 13 a los 18) debe usar un kimono y un peinado distintivos. El peinado es llamado "de durazno". El maquillaje blanco que se ponían en la cara solía ser excremento molido de pájaro y polvo de arroz.Hoy en día, los productos cosméticos especializados son usados para este propósito. La mujer japonésa común solo usa el kimono en ocasiones especiales, no más de cinco veces al año, pero las Geishas lo usan a diario. Por lo general, las Geishas operan en restaurantes, en reuniones de negocios o eventos especiales. Es común que ellas conozcan a importantes hombres de negocios o figuras políticas; sin embargo, un estricto código de ética les impide divulgar lo que se habla en tales reuniones. Los honorarios de las Geishas están preestablecidos y se contabilizan como "palos", ya que en la antiguedad, el tiempo se media por lo que tardaban en consumirse los palitos de incienso. En una hora se consumen 4 palos, lo cual, esel mínimo que cobra una Geisha. Además de los honorarios reciben una propina que no está sujeta a impuestos. Las reglas prohíben que las Geishas tengan contacto sexual con los clientes, ya que ellas sólo venden arte, aunque se han dado casos en que algunas se convierten en amantes o esposas de sus clientes. No obstante, la profesión de Geisha es muy respetada y honorable. El arte de las Geishas es parte de la tradición del Japón; es el símbolo del refinamiento y la elegancia de una cultura milenaria.

Vida de una geisha
Idalia De León

 

Mineko Iwasaki fue la geisha más importante de Japón. En 1997 el escritor Arthur Golden contó la historia de su vida en un polémico best seller, ahora, después de demandar al autor, ella misma se animó a relatar su historia. La vida de las geishas todavía permanece envuelta en un aura de misterio y fantasía. Y también de ambigüedad. ¿Qué ocultan estas damas de porcelana, bellamente ataviadas y educadas en el arte de entretener? No son muñecas, pero lo parecen. Son mujeres que por siglos han cultivado un estilo de vida que, por desconocido en su profundidad, levanta toda suerte de conjeturas. Son las geishas, representantes de una antigua tradición que exige de ellas responsabilidad, disciplina y talento para el cultivo de las artes. Quizás pocos lo sepan, pero la palabra geisha significa artista.
Mineko Iwasaki es la autora del libro Vida de una geisha en donde cuenta la historia de su vida, lo cual implica permitirle al mundo asomarse por una ventana y observar con mirada curiosa y asombrada, la cotidianidad de estas artistas japonesas. "En los 300 años de historia del karyukai (distritos dedicados al disfrute de los placeres estéticos), ninguna mujer se ha atrevido a develar sus secretos: nos lo han impedido las reglas tácitas de la tradición y el carácter sagrado de nuestra peculiar vida. Pero creo que es el momento de hacerlo", escribe Mineko, quien llegó a ser una bailarina insigne y la geisha más cotizada de su época.
Nació el 2 de noviembre de 1949, en Kyoto, y sólo tres años después de haber llegado al mundo decidió que sería geisha. Algunas circunstancias familiares, que la autora explica con detalle en el libro, la llevaron a tomar esta precoz determinación que fue aceptada -no sin dolor- por sus progenitores. Dicho lo anterior, vale la pena aclarar que cuando una niña es entregada por sus padres a una okiya (posada o casa de geishas), equivale a entregarla a un internado, con la diferencia de que los representantes no deben aportar dinero, y sólo pueden visitar a su hija los fines de semana o en sus ratos libres. En la mayoría de los casos, los padres eligen este destino para sus hijas, ante la imposibilidad de poderles procurar su manutención. Pero en el caso de Mineko la historia fue diferente, pues ella fue elegida desde muy niña para ser la heredera de la okiya, lo cual implicó que renunciara definitivamente a su familia, a su nombre y apellido de nacimiento (Masako Tanakaminamoto), adoptando uno nuevo, Mineko Iwasaki.
Así pues, Mineko abandonó muy prontamente sus juegos con muñecas para confirmar cada día frente al espejo que la muñeca sería ella misma. Su trabajo de ahora en adelante sería entretener a los demás. Pero no entretener de la manera como el mundo occidental le ha gustado creer. La labor de la geisha, según explica Iwasaki, es servir de anfitriona en fiestas y recepciones. Se ganan la vida formando parte de un estricto programa de entrenamiento que van cumpliendo a lo largo de los años. Aprenden todas las disciplinas que debe dominar una geisha: danza, música, comportamiento, artes florales y la ceremonia del té. Vistiendo su habitual traje, el quimono, el cual no pesa menos de 20 kilos, son capaces de hacer una demostración impecable del difícil y vistoso arte de la danza, y de la ceremonia del té, cuya belleza y precisión encanta a quienes tienen la fortuna de asistir a algunos de los banquetes donde las geishas son reinas.
En cada agasajo importante que se efectúa en Japón, las geiko o "mujeres del arte", como también se les llama, son contratadas para demostrar su talento ante personalidades de la talla de la reina Isabel y el príncipe Carlos de Inglaterra, Gucci o algún ex presidente de Estados Unidos. Tal fue la suerte de Mineko que su libro está lleno de anécdotas como aquella en la que, siendo aprendiz, tuvo que sentarse al lado de un importante invitado que procedía de América. Este le preguntó si había visto películas americanas, y si conocía nombres de actores. Ella respondió que sólo conocía a James Dean. Acto seguido, el caballero le preguntó si sabía el nombre de algún director de cine, a lo que ella contestó: "Sólo el de uno. Se llama Elia Kazan". "Vaya -respondió el hombre-yo soy Elia Kazan".

"El término karyukay significa 'el mundo de la flor y el sauce'. Así que toda geisha es en esencia hermosa, como una flor, y a la vez elegante, flexible y fuerte, como un sauce". -M.I

Casa de muñecas. Mientras son jóvenes, las geishas viven en la okiya durante un período que casi nunca se extiende más allá de los siete años, espacio de tiempo en el que la joven debe retribuir económicamente todo lo que se ha invertido en ella. Una vez que ya puede desenvolverse sola, se independiza y se instala por su cuenta, explica la autora, quien estaba signada a cumplir un destino diferente, pues como heredera de la okiya, debía residir allí el resto de su vida, lo cual, por cierto, no sucedió.
Cada día de una geisha -por lo menos en los años sesenta, la época que le correspondió a Mineko- implicaba asistir a ensayos de danza, y acudir a bibliotecas para informarse de los temas que eran del interés de los clientes de turno, "...si se trata de una actriz, leía un artículo sobre ella en una revista; si era un cantante escuchaba sus discos. O leía su novela", relata Mineko. También realizaban visitas de cortesía a los miembros de la comunidad, o a los dueños de las casas que organizaban los banquetes y eventos. Ya, al atardecer, se ocupaban de arreglarse para asistir al agasajo correspondiente.
En la okiya donde creció Mineko el ingreso de hombres estaba reglamentado. Los proveedores sólo podían entrar, en un recinto específico, cuando las geishas estuvieran ausentes. Los parientes de las chicas podían llegar hasta el comedor, privilegio que compartían con los sacerdotes, quienes incluso podían tener acceso a otras áreas de la casa. "Por eso la sola idea de que las casas de las geishas son antros de perdición es ridícula", escribe Mineko, tratando de aclarar un punto que siempre la preocupó, la idea de que las geishas se ocupaban del oficio más antiguo.
"Shimabara era un barrio autorizado donde ejercían su oficio las cortesanas o prostitutas de categoría, las oiran y las tayu, que al mismo tiempo, eran expertas en las artes tradicionales. Como las maiko (mujeres de la danza), las jóvenes oiran también celebraban su mizuage (rito de iniciación), pero en su caso, el ritual consistía en ser desfloradas por un cliente que pagaba una importante suma por tal privilegio. Esta ambivalencia de la palabra mizuage ha creado, por otra parte, cierta confusión sobre lo que significa ser geisha. Las tayu y las oiran firmaban un contrato y, hasta su vencimiento, permanecían confinadas al barrio". En Japón, agrega Iwasaki, existió la trata de blancas; los traficantes de esclavas recorrían zonas rurales para vender a la niñas como prostitutas, actividad que se prohibió en 1959, fecha en la que se declaró ilegal la práctica.
Si a Iwasaki no la asistiera la razón, difícilmente las geiko se habrían convertido en las esposas ideales para los hombres ricos y poderosos, como en efecto lo fueron. "Uno no puede pedir una anfitriona más hermosa y refinada, sobre todo si viaja por el mundo y se mueve en círculos diplomáticos o comerciales".
Al final, este fue el destino que Mineko eligió. Hoy en día está casada y tiene una hija. No niega que a veces la asalta la culpa al recordar que una vez les causó a sus padres el dolor de una separación muy temprana. Renunció al lugar que se le había impuesto desde niña, pero lo hizo, sólo después de haber procurado impulsar cambios en las normas que regían el sistema de geishas, al cual consideraba arcaico. También hoy, a los 53 años, siente un poco de nostalgia por su pasado esplendoroso. Y cree, además, que el mundo de las geishas tiene sus días contados. "Me entristece pensar que el legado de esta gloriosa tradición quedará reducido a poco más que sus manifestaciones superficiales".

Las Geishas
Aunque se crea lo contrario, las geishas tal como se conocen hoy en día son relativamente modernas, ya que aparecen aproximadamente en el 1700. Claro que en Japón existieron mujeres que cumplieron un rol similar mucho antes. Se puede decir que las actuales geishas tienen sus predecesoras en las  saburuko, que aparecieron a finales del siglo VII y las shirabyōshi, que surgieron y cobraron real importancia en el siglo XII.
Las saburuko –la traducción más apropiada sería “las que sirven”–, eran generalmente mujeres sin hogar estable, que subsistían a base de favores. Favores sexuales, se entiende. Por lo general, las saburuko eran de la clase más baja, aunque algunas contaban con talento y buena educación y a menudo muchas de ellas asistían a reuniones de aristócratas para amenizar las veladas con sus bailes y con sus canciones.
En lo que respecta a las shirabyōshi, se trataba de cortesanas que adoptaron el nombre del baile que solían representar y surgieron en el período Heian, un momento de grandes cambios sociales.

En esa época muchas familias aristocráticas se enfrentaron a serios problemas económicos. La única manera de sobrevivir para muchas de las hijas de esas familias era convertirse en shirabyōshi. Por el hecho mismo de pertenecer a una buena familia, estas jóvenes tenían una educación exquisita y pronto comenzaron a ser muy valoradas por su talento tanto en la poesía cuanto en el baile.Un detalle curioso para mencionar es que estas cortesanas solían vestir con ropas y capas de hombre, y como ellos, también llevaban espadas. Sus canciones y sus bailes solían ser, además, muy eróticos.Cuando surgieron las primeras mujeres que se llamaban a sí mismas geishas, se las conocía como onna geisha, que literalmente significa “mujer geisha”, ya que en aquellos momentos la palabra “geisha” hacía referencia a los hombres – como otoko geisha, es decir, hombres geisha–, que se dedicaban a entretener con su arte a los clientes de las casas de té dentro y fuera de los barrios de placer.
Pero con el paso del tiempo el número de hombres que se dedicaban a esta profesión fue declinando y como cada vez más eran mujeres quienes se dedicaban a esta actividad, el término geisha empezó a utilizarse para referirse a estas mujeres. Hasta 1958 el paso de
maiko (aspirante o aprendiz) a geisha, el paso a la edad adulta se realizaba mediante el mizuage, o desfloración ritual, y era común que las maiko en algún momento de su aprendizaje, pasaran por esta experiencia.


La antecesora de la Geisha, son las odoriko, que eran las bailarinas, pero si nos remontamos años más atrás, podríamos sacar sus raíces del “kabuki odori” (bailarines del teatro ambulantes). Estas bailarinas, hermosamente ataviadas en Kimonos de seda, realmente eran hombres en su mayoría, y se encargaban de bailar ante los samuráis, de realizar la ceremonia del té, servirles sake, y de tocar el shamisen (instrumento de cuerda, parecido a la guitarra, pero de tres cuerdas, y con un sonido muy melódico), este baile era conocido como Okuni.

¿Todo este saber se transmite de generación en generación o existen lugares para formación de geishas?

- Antiguamente, las primeras geishas fueron varones, los taikomochi que significa "el que lleva un tambor". Ellos entretenían a los hombres con baile, música y charla. Vivían en los barrios de placer, que por cuestiones higiénicas estaban bien delimitados en cada ciudad. Sus clientes disfrutaban del espectáculo artístico y luego se retiraban a pasar la noche con alguna cortesana, aunque si lo deseaban, podían recibir los placeres sexuales de los geisha. Esta parte de la historia por lo general no se cuenta. Recién a mediados del siglo XVIII, una prostituta se autoproclamó geisha, la hermosa Kikuya, capaz de hechizar a cualquier hombre con su shamisen. A partir de entonces muchas otras mujeres empezaron a llamarse así y a concurrir a las casas de té para instruirse en las artes de las geishas.

- ¿Una geisha puede elegir brindar o no beneficios sexuales a sus clientes?

- En teoría, nosotras nos reservamos el derecho de atender o no sexualmente a alguien. Sin embargo, hay presiones de otro tipo. El cliente quiere la coronación de la noche, luego de todo el espectáculo artístico, que de por sí tiene mucho de erotismo. Si su deseo queda trunco, seguramente no regresará. Entonces hay que rendirle cuentas al kenban, que ya por su lado ha sondeado al cliente respecto de su conformidad con los servicios de la mujer que lo atendió. Yo, en particular, suelo ser bastante selectiva con mis clientes. Lo que sucede es que hay muchos hombres que requieren mis favores, entonces puedo elegir en función de la cantidad. Los que yo no acepto, son atendidos por otras chicas de esta casa de té. El negocio es redondo, nunca hay pérdidas.

 

 

 

 
 

 
 

 

 


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