" Castillo en Pacheco" y la zona Gral Pacheco

 

Eran tierras que se remontan a la época de Juan de Garay y Pedro de Mendoza repletas de talas y ombúes, habitadas por guaraníes y carupás, las que cuando Juan de Garay fundó por segunda vez Buenos Aires repartió en chacras.

Los Ruiz de Ocaña, españoles obtuvieron estas tierras por prestar servicios a la corona española. Diego Ruiz de Ocaña construyó en esta región el primer molino de agua a fines del siglo XVI en un lugar donde hoy esta la estación Bancalari. Diego Ruiz de Ocaña nació en 1584 y falleció en 1657 en Buenos aires. Sus herederos fueron los hermanos López Camelo, oriundos de Portugal,que eran ocho o nueve. En el gobierno de Rosas ellos estaban del lado de los unitarios, por lo cual se vieron perseguidos y sus bienes confiscados. Tal como era la metodología rosista sus tierras fueron entregadas a los buenos generales.  Al rededor de 7.000 Hás fueron adquiridas el la época del cuarenta por el general Ángel Pacheco, general de Rosas en 1827, quién había intervenido en el combate de San Lorenzo.  La primitiva estancia El Talar fue mandada a construir en 1848 por el Gral Pacheco y su esposa Dolores Reinoso, hija del capitán español Domingo Reinoso, que fue intendente de Buenos Aires durante las invasiones Inglesas y se habia casado en segundas nupcias con Doña María Ignacia Riglos y  San Martín y su hija Dolores recibio parte de la estancia conocida como Rincón de Riglos, en Tigre.

 Los López Camelo tienen una curiosa historia. Caido Juan Manuel de Rosas inician acciones por los bienes expropiados, pleito que duro como 100 años que finalmente perdieron. Todos los vendedores firmaron la escritura menos uno  quien en 1890 reclamo su parte judicialmente y luego de un pleito de 20 años tuvieron que otorgarle un pedazo de tierra. Los límites de la estancia los conformaban los actuales Rincón de Milberg, Don Torcuato, Polvorines, Garín, Escobar, el río Luján, islas del Delta y el río Reconquista.

 Un puente sobre el río de las Conchas

En 1853, Pacheco y algunos comerciantes de San Fernando, construyen un puente sobre el río de las Conchas. Ejecutado en madera y terminado en 1854, se llamó Puente General Pacheco y estaba en el cruce del río y la ruta Carupá Vieja. Junto a él estaban el puesto de cobro de peaje y una posta. 

Al morir el general Pacheco sus tierras se repartieron a sus sucesores

Al morir el general en 1869, su hijo José Felipe Pacheco Reynoso hereda el casco y parte de las tierras de El Talar; su hijo Román hereda la fracción que hoy es la ciudad de General Pacheco: su hija María Elvira, casada con Torcuato de Alvear, recibe lo que hoy es Don Torcuato, y su hija Águeda hereda otra fracción de la estancia. El viejo casco esta convertido en museo privado, alli se guarda la carroza colorada que el general usaba para trasladarse.

 

 

 

Antiguo casco

 

 

 Las talas eran un árbol que da una fruta roja  que en la época colonial las personas de campo cosechaban esa fruta que era muy apreciada en la ciudad como alimento para gallinas ya que los huevos tomaban un sabor especial. El 28 de abril de 1876, el ferrocarril establece una "parada", en reconocimiento a la existencia de una comunidad; ese día se tomó como fecha de fundación de Gral. Pacheco.

Construyen un castillo totalmente traído de Francia con una capilla estilo Gótico para uso de la familia y del pueblo que concentró viviendas al rededor de la actual ruta 197, viejo camino que unía San Fernando con Rodríguez -

 José Felipe Pacheco Reynoso se casó con Agustina de Anchorena y en 1882 construyen un castillo totalmente traído de Francia. Lo disfrutaron durante 12 años.  Agregaron cocheras, caballerizas y otros edificios que conformaron un casco de estancia modelo. José Felipe Pacheco falleció en 1894. Su hijo, José Agustín Pacheco Anchorena, nieto del general, casado con María Elvira Alvear , hija de Torcuato de Alvear ,fue el gran artífice de la estancia El Talar. Hizo construir un canal de 20 cuadras, que le permitió salir navegando de su embarcadero frente al castillo y llegar por el río Reconquista hasta San Fernando, o remontar el río Luján hasta el Tigre Hotel, centro de esparcimiento y casino de la época. Además, hizo construir una esclusa para regular las aguas y distribuir el riego y una usina que alimentó de electricidad al castillo. José Agustín fue escultor y alguna de sus obras todavía lucen en los jardines del castillo, como El niño esquilador. Mando a construir cocheras y caballerizas. Disfrutó de la Belle Epoque argentina. Le gustaba la mecánica y los progresos científicos. Le atraía la velocidad disfrutando de los trenes que pasaban por la estancia. Disfrutó de los primeros automóviles que lo trasladaban hacia sus tierras. Carlos Tays tuvo que ver con el esplendor de este parque. José Agustín Pacheco murió a los 42 años en 1921,  lo sobrevivió su único hijo José Carlos Pacheco Alvear, bisnieto del Gral Angel Pacheco de profesión abogado, casado en 1932 con Petrona Pirovano. Heredo el casco del Talar 1500 hectáreas.  Además de los carruajes, la navegación, los caballos había canchas para practicar todos los deportes. El talar era centro de los mejores bailes de la época. Se había construido en el parque un anfiteatro donde se disfrutaban ballet, teatro, y memorables conciertos. Alli se concentro la cultura del buen vivir y de la elegancia de la sociedad porteña. José Carlos continúa con la explotación del establecimiento de El Talar por mas de 50 años, pero da fracciones de campo en arrendamiento.  José Carlos fue padre de José Aquiles, nacido en 1933. 

 

 

 

El casco se mantiene en orden, pero la pujanza merma notablemente. Comienza la decadencia de la estancia y los continuos loteos disminuyen su superficie. Cuando fallece, en 1976, su hijo José Aquiles Pacheco Pirovano hereda las propiedades, pero profundas depresiones lo llevan al suicido el 24 de noviembre de 1981. Así fue como el casco de la estancia salió de las manos de la familia Pacheco. Sus famosas colecciones de arte, armas y de carruajes fueron subastadas y la propiedad fue vendida a una sociedad de la familia Ganzábal, que tuvo la visión de imaginar allí un country club, con la mínima intervención posible del paisaje. Toda la historia está en el subsuelo de lo que fue la estancia El Talar. Allí duermen los vestigios de la larga disputa con el indio, y al hacer excavaciones para nuevos edificios, aparecen flechas, fragmentos de arcabuces y trozos de vajilla.

 

gral Ángel Pacheco

Militar argentino, educado como oficial de José de San Martín y uno de los principales comandantes de las tropas de la Confederación Argentina durante los gobiernos de Juan Manuel de Rosas. Fue posiblemente uno de los más brillantes generales de la historia argentina, y nunca perdió una batalla en que mandara en jefe.  En 1822 se casó con María Dolores Reinoso  con quien tuvo seis hijos: José, Román, Julio, Eduardo, Pablo y Elvira (esposa del primer intendente de Buenos Aires, Torcuato de Alvear; padres del presidente argentino Marcelo Torcuato de Alvear).  En 1851, Justo José de Urquiza se puso al frente de la oposición a Rosas. Tras invadir el Uruguay y derrocar a Oribe, invadió también Santa Fe, y desde allí avanzó hacia Buenos Aires. Por primera vez, Pacheco y Rosas no estuvieron de acuerdo en la estrategia a seguir, y el gobernador desconfiaba de su general.  Sintiéndose dejado de lado, Pacheco se retiró a su estancia. Entonces asumió el mando del ejército el brigadier general Rosas, un político sagaz, pero militar de escasa capacidad. Fue derrotado en la batalla de Caseros, el 2 de febrero de 1852 y obligado a renunciar y exiliarse.  Pacheco también abandonó su país y viajó por el continente americano, deteniéndose especialmente en La Habana.  Regresó a Buenos Aires después de la revolución del 11 de septiembre de ese mismo año, en que Buenos Aires quedó dominada por los antiguos unitarios y se separó del resto del país. Permaneció el resto de sus días en su estancia del Talar, que hoy es conocida como "Talar de Pacheco".  Murió en Buenos Aires en 1869. En el acto del sepelio de sus restos hablaron entre otros, el poeta Carlos Guido y Spano y el general Bartolomé Mitre. Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta.

 

 

 
     
     
     
     
     
     
 

 

 
     
  Herencia:  La parte mas importante de la herencia del Talar y las joyas de su esposa Dolores Reynoso quedaron para el hijo mayor José (don PePe), actual propietario de la  cabaña La paloma y del casco del talar.  
     
     
     
 

 
 

 

 
     
 

 

 
 

 
     
     
     
 

 
     
     
     
 

 
     
     
     
 

 
     
     
     
 

 
     
 

capilla estilo Gótico

 
     
     
     


 

El castillo es un ejemplo brillante de los tiempos en que el dinero compraba belleza. Esta maison de champagne en su momento reunió la más alta estética con la tecnología más moderna y en 1882 ya tenía calefacción central por radiadores y perfilería de hierro. Cuando fue construido, era la cúspide de una estancia formidable, de 7000 hectáreas, que tomaba prácticamente toda la zona norte de la Capital. Las tierras habían sido compradas en 1837 por el general Ángel Pacheco, mano derecha de Rosas, y la próspera estancia incluyó lo que hoy son barrios y ciudades enteras, tramos de autopista y ferrocarriles.

El castillo es hoy el centro del Talar de Pacheco, un barrio cerrado de 80 hectáreas que aloja un verdadero tesoro patrimonial. Cerca de lo que hoy es la entrada está el casco original, una casona criolla panzona y cómoda, de techos de ángulo bajo y largas galerías, que sirve hoy de alojamiento a los que compraron terreno, están construyendo y no pueden esperar para mudarse al barrio. Al lado está la formidable caballeriza, de 1908, impecablemente recuperada con todo y boxes revestidos de mayólica inglesa, con paredes de roble y cerraduras de bronce. Pasando este primer conjunto, entre las casas contemporáneas del barrio, se cruza un notable parque que Carlos Thays diseñó y plantó hacia 1900. En medio de los árboles inmensos, enmarcado por prados impecables, se alza el castillo y sus edificios de escolta.
El chateau es profundamente francés, en ese estilo ecléctico tan de moda en la segunda mitad del siglo que tiene mucho de renacentista a la francesa –con su vocación de altura y sus toques góticos– y mucho de capricho del momento. El desconocido arquitecto –se perdió la documentación de obra y averiguar el autor es una tarea de detectives– le dio a su edificio empaque y aires de gran residencia, y también una notable gracia, un buen humor que invita a pasarla bien y ser feliz.  Como se entiende, el edificio tiene cuatro fachadas, distintas entre sí y perfectamente coherentes en sus asimetrías, juegos y alturas. Con mano segura, el autor mantuvo una total coherencia de textura –ladrillo visto y cemento de subido color arena, todo coronado por las pizarras de la alta y rotunda mansarda– que ancla los volúmenes en baile. Una fachada, la de acceso, está dominada por un amplio portón de doble hoja. Otra, por una terraza elevada y con una linda balaustrada; la tercera, por una loggieta definida por otra terraza elevada –ésta cuadrada– techada por una que abre el primer piso. La cuarta fachada es la de la torre, que esconde con elegancia y altivez una escalera de servicio. El peculiar uso que se le da al castillo aporta a la notable experiencia que es recorrerlo. Como la administración y la hotelería están resueltas en las caballerizas y en el casco antiguo, el chateau es un agradable espacio para estar. Cualquiera que viva en el barrio puede usarlo, para reuniones, para alojar un amigo, o simplemente para estar entre esas paredes. Por eso, el edificio no fue ni reciclado, ni adaptado, ni cambiado a nuevas funciones: es una residencia igual que hace 122 años.

El tour puede empezar por la puerta principal, que da acceso a un hall moderado, que se abre a su vez en dos direcciones. Tomando la izquierda, se entra en un sueño, un divertimento, un capricho: la sala turca. Usado para fumar –en esos tiempos, al terminar la cena las damas tomaban su té en el salón; los caballeros, sus licores y habanos en el fumoir–, el ambiente es una fantasía árabe perfectamente realizada por alarifesespañoles que no ahorraron oros y hasta taracearon las puertas, que en su interior son arábigas y en su exterior francesas.

Dos arcadas comunican el serrallo con el salón principal, primorosamente decorado a la versallesca, con cremas y oros opacos, y con un festival de molduras y máscaras. Este gran y luminoso ambiente tiene salida hacia la primera terraza elevada, lo que en noches de verano permite imaginar los grandes bailes. En un extremo se alza una bella chimenea de mármol cerrada por puertas caladas de bronce, la primera de una serie que toca casi todos los ambientes de la casa.

Del salón se pasa a un pequeño comedor íntimo, un desayunador de familia realmente notable. Es un ambiente pequeño, decorado rococó en colores pasteles –tiza, celestes– con una doble puerta que da a la loggieta cubierta. Sobre las puertas y la chimenea se ven seis medallones ovalados con retratos de familia: el general Pacheco y su esposa, su nuera y su hijo, su nieto y biznieto, un muestrario de modas argentinas que va de las patillas federales a las barbas roquistas y los rulos de creolina que imponían a los niños.
Este lugar íntimo se comunica con el comedor formal, que a su vez tiene comunicación con el hall, un ámbito más severo y oscuro. La boiserie cubre todo, con un pico en la chimenea que tiene empotradas las armas de los Pacheco y en el cielorraso de falsas viguerías. El comedor se salva de la severidad por sus dos grandes ventanales, que le dan luz y una amplísimas vistas al parque.

El resto de la planta baja está tomado por la cocina, por circulaciones discretas y por un ambiente escondido, probablemente un recibidor donde se podía conversar y atender visitas sin usar el salón. Justo al lado del hall de acceso, se alza el volumen que acoge a la escalera, de triple altura y con un pavimento de mármoles blanco, negro y marrón que reproduce el damero óptico del siglo XVIII que tanto amaban los ingleses. La escalera es una pieza realmente notable: su sábana es libre, sin columnas ni soportes visibles, con sus piezas ancladas a los muros con una firmeza todavía hoy absoluta. Entre la planta baja y el primer piso, se ve mármol amarronado y una baranda de fina herrería –nada de fundición para los Pacheco–. De ahí hasta el segundo piso, hay un entablado de roble. Los muros están decorados con un estucado que recuerda que los artistas plásticos una vez fueron parte integral del trabajo arquitectónico.

El primer piso es una agradable colección de cuartos privados, en la que sólo se distingue una suite cuya sala principal es hoy un informal microcine. Al lado, está el baño principal, equipado con una bañera de una pieza de mármol empotrada en una alcobita decorada con murales de mayólica. En este mismo piso, y hablando de baños, está la única remodelación evidente del castillo, una composición en verde nilo de los años cuarenta. La terraza que cubre la loggieta le da aire a la suite principal y da ganas de adivinar que era exclusividad de la pareja reinante.

El segundo piso es nuevamente una colección de habitaciones, en su momento de servicio y hoy, muy remodeladas, de huéspedes. Una puerta da acceso a la última terraza, oculta entre las mansardas y con una vista que llena los ojos. Si se camina hasta la torre y se toma el último tramo de la escalera de servicio, se llega al remate, un mirador con ventanitas verticales, como troneras, que permite ver por kilómetros y kilómetros. Otra escalera lleva al tercer piso, que comparte la mansarda con el segundo, pero es un gran espacio abierto, un altillo. Allí se puede ver uno de lo secretos de la preservación del edificio: el gran ambiente es muy caluroso porque no tiene la menor aislación. Sus superficies son una red de maderas que anclan las tejas de piedra negra, perfectamente visibles, aireadas y secas. Esta simplicidad minimalista no deja espacio para bichos o humedades.
El edificio guarda pocas pero notables piezas originales. En la planta baja hay un precioso perchero y portmanteau que hasta tiene su terciopelo original. En la sala turca hay una mesa y una araña bizantina y bizarra. Y en el sótano... Lo que hoy es el gimnasio del barrio cerrado exhibe un espejo y mesada en estilo romano, en mármol blanco, que deja sin habla. En el mismo ambiente hay bancos amurados en el mismo material y estilo. Atrás del espejo hay una gruta artificial que aloja un guaraní de bronce de tamaño natural. Y en un rincón hay un baño completamente tapizado en mayólicas, con sus artefactos originales. Comedores y salones todavía tienen sus apliques y arañas, y algunos muebles de época.

El chateau no está solo en esta vida. Su primer vecino es un castillito de hadas, que el biznieto de Pacheco –un escultor– le encargó a Thays como su atelier. El francés creó un folly medieval con lago y todo, que hoy es un encantador jardín de infantes. Unos metros más allá hay una gran estructura de puro vidrio que uno asume como jardín de invierno y en realidad fue una colosal pajarera. Reciclada y cambiada, es el bar del barrio cerrado, pura luz bajo un techo de cabreadas de madera torneada que recuerda al del tatersall.
Thays también se dedicó al agua. El chateau tiene un lago, hoy muy ampliado, en el que confluye un sistema de arroyos artificiales que se activa con una bomba, cosa de crear un sendero de aguas. El lago supo comunicarse con una exclusa con el río Reconquista, de modo que los Pacheco pudieran venir al centro navegando. La propiedad todavía tiene una entrada, hoy cerrada, que da a la estación de ferrocarril, erigida en terrenos donados por la familia. Fuera del perímetro actual del Talar, y en estado lamentable, hay edificios originales de la estancia como una casa de caseros y una usina eléctrica en desuso. La iglesia del pueblo, recientemente restaurada, también fue obra y donación de los Pacheco.

Cuando los arquitectos Ricardo Carbone y Andrea Guerrieri, del estudio Estrategias de Intervención, se encontraron con la obra, realizaron un minucioso relevamiento para ver qué tenían entre manos. El caserón necesitaba una obra extensa, un mantenimiento demorado, y mostraba una peligrosa rajadura en uno de los muros. Carbone y Guerrieri son veteranos en restauraciones complejas y tienen crédito por algún milagro en materia de molduras. En el chateau realizaron lo que puede definirse como las primera etapa de una restauración total, tomando la envoltura. Los problemas eran los esperables: hierros florecidos, cementos perdidos o degradados, mugre, ladrillos perdidos o erosionados, muchos salitres. Y sorpresas, como la notable entereza de las cubiertas que, si bien necesitarían zinguerías nuevas y tienen algunos pináculos algo cachuzos, resistieron su siglo largo sin mayores desastres.
Y el chateau es hoy la pieza ejemplar que fue en 1882, disfrutable hasta en su contexto cultural y boscoso. Una obra que alegra.


FUNCIONAMIENTO DE LOS MOLINOS DE AGUA


Entre los molinos de agua, el molino de río es el de mayor rendimiento ya que puede llegar a funcionar durante las 24 horas del día. Dependiendo de la posición de la rueda hidráulica el esquema de este tipo de molino varía. Son más simples aquellos que tienen una rueba hidráulica horizontal porque transmiten el movimiento directamente a la piedra a través de un eje. En este caso, el agua que llega al molino se va almacenando en un deposito o cubo y desciende por un bocín hasta golpear la rueda hidraulica horizontal, saliendo después por un canal de evacuación. Esta rueda hidráulica suele situarse en un piso inferior del edificio y a través de un eje transmite el movimiento a una piedra situada en el nivel superior. La piedra en movimiento, llamada piedra volandera, gira sobre otra fija, llamada solanera o piedra molandera. Estas piedras son ajustadas mediante palancas y son reemplazadas mediante grúas rústicas. El grano de los cereales se echa por la tolva (situada justo en el centro de la piedra volandera) y sale molido por un pequeño canal en un lateral. Posteriormente se perfeccionaron aún más estas piedras creando un agujero por donde se introducía un palo que hacía la función de mango, facilitando el movimiento de giro. En el centro de estas piedras se creaba un agujero por donde se echaba el grano. Como resultado de este avance tecnológico la labor de moler el cereal fue más productiva, aunque no dejaba de ser pesada. Con el paso de los años las piedras de los molinos se hicieron más grandes para poder producir más harina en menos tiempo. Los primeros molinos de agua que se conocen son del siglo I A.C. aunque su uso estaba poco extendido. Los romanos utilizaron esta tecnología pero tampoco la extendieron demasiado debido a la abundante mano de obra de siervos existente. Aproximadamente a partir del siglo I D.C. también se generalizó el uso de mulas, burros, caballos, bueyes o vacas, que aportaban su fuerza bruta dando vueltas para generar el movimiento del molino. Se solía vendar los ojos a los animales para evitar el mareo. Este tipo de molino tirado por bestias, denominado Molino de Sangre, podía estar ubicado dentro de un edificio que no sólo albergaba el molino, sino que tenía también despensas para almacenar el cereal y la harina. Se desarrolló entonces el oficio de molinero, una persona que vivía en la casa del molino y al que se le encargaba la tarea de moler el cereal a cambio de una porción de harina. Hubo que esperar hasta la Edad Media para que existiesen las condiciones necesarias para que los molinos de agua se transformaran en un instrumento clave para la economía. En gran medida, se sustituyó la energía proveniente del esfuerzo que hacían los animales por otro tipo de energía disponible en la naturaleza. El viento y el agua aportaban generosamente su energía para crear el movimiento necesario para accionar el molino. En aquellos lugares donde la condiciones naturales lo permitían, se independizó el acto de moler de los animales, suprimiendo el coste que suponía alimentar y mantener a estas bestias de carga.  Poco a poco fueron apareciendo y consolidándose los molinos de viento y los molinos de agua. Se convirtieron en la mejor alternativa para moler, olvidándose para siempre los molinos manuales que se habían usado durante varios milenios. El molino de viento sólo se ponía en marcha cuando el día se presentaba ventoso, pero los molinos de agua situados en las veredas de los ríos permitían la puesta en marcha en cualquier momento debido a que la corriente de los ríos era contante. Algunos podían llegar a funcionar durante las 24 horas al día.  Habitualmente eran los señores feudales los propietarios de estos molinos. Los campesinos debían pagar a su señor con una parte del grano que querían moler. Con el tiempo la propiedad pasó a órdenes religiosas que ejercieron el control sobre el molino. Fue siempre un elemento muy valorado por aquellos que ostentaban el poder. La mayoría de los molinos de agua dejaron de funcionar con la llegada de la revolución industrial, que abrió nuevas posibilidades con la construcción de máquinas que poco a poco fueron quitando protagonismo a los molinos.  En la actualidad muchos molinos de agua se están rehabilitando para albergar actividades turísticas y culturales. Es una nueva vida que se le brinda a estos singulares edificios que durante siglos han sido de vital importancia para el pueblo en general. El molino evoca sentimientos de romanticismo y son fuente de inspiración para muchos.