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Fernando VI, que reinó de 1746 a 1759, mejoró bastante la situación general de
España.
Fernando VI, el tercer Borbón
proclamado rey de España, creció sin madre, ya que la
reina María Luisa de Saboya
murió tuberculosa cinco meses después de su nacimiento.
Fue un hombre triste, destemplado, autoritario, receloso e hipocondríaco, pero
todas estas características que conformaron su personalidad tienen un porqué.
Fernando VI, el pacífico
1713-1759


Hipocondríaco, débil y dominado por mujeres, primero su madrastra y después su
mujer, murió loco y sin descendencia teniendo que pasar el testigo a su
hermano Carlos. .
Ya hemos contado en capítulos
anteriores que su padre, Felipe V
,
estaba loco y que su segunda mujer, Isabel de
Farnesio, fue como la madrastra de Blancanieves
para los hijos de su marido. En cuanto a su hipocondría, obedecía a la
temprana muerte de su hermano Luis al contraer la viruela.
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Fernando nació el 23 de septiembre de1713. Su venida al mundo se celebró con
tres días de luminarias, se cantó un tedéum por la mañana en la capilla real y
por la tarde el Rey y su séquito acudieron en peregrinación a la basílica de
Atocha para dar las gracias a la virgen por el feliz acontecimiento.
Esto, sin embargo, no cambio la actitud general de su padre,
Felipe V, en cuanto a la relación afectiva. Como el rey apenas los veía, sus
infantes se comunicaban con él mediante cartas cariñosas que les dictaban sus
tutores. Los príncipes escribían en francés porque era el idioma que utilizaba
la Familia Real. |
Al igual que ocurriera con el Príncipe de Asturias,
Isabel de Farnesio se encargó de divulgar el
rumor de que Fernando era un chico enfermizo, que no viviría muchos años.
Como, además, no era el heredero, convenció al loco de su marido para que no
le permitiera el acceso a la milicia, al gobierno ni a las relaciones
cortesanas. Uno de sus tutores, el conde de Salazar, se apiadó de él y, además
de enseñarle lo importante que era ser honrado e íntegro, intentó prepararle
para otros cometidos de mayor trascendencia.
De todos modos, en la mente de Fernando cuajaron las tres ideas básicas que su
padre mandó imprimirle. A saber: los reyes lo son por derecho divino, la
religión católica debía regir toda su vida y nunca emprendería acciones
contrarias a los intereses de Francia.
La tradición exigía que a los siete años tuviera su propio cuarto y fuera
asistido sólo por hombres. Su padre también le autorizó a oír misa y hacer las
comidas con el Príncipe de Asturias. Conscientes del vacío y el desprecio que
Isabel de Farnesio sentía por los dos, combatían el desafecto y la soledad
amándose como dos buenos hermanos. Por ello, la temprana e inesperada muerte
de Luis convirtió a Fernando en un hipocondríaco para el resto de su vida.
A partir de entonces, el infante tuvo terror a las enfermedades, sobre todo a
la viruela, que también le atacó. Precisamente, se encontraba pasando la
cuarentena cuando Felipe V en un arrebato de locura, escribió al presidente
del Consejo de Castilla abdicando en su persona. El documento fue interceptado
por el arzobispo de Valencia, hombre de confianza de Isabel de Farnesio. Al
clérigo le faltó tiempo para entregárselo a la reina y ésta lo rompió en
pedazos. Desde ese momento guardias adictos a la soberana vigilaron todos los
movimientos de su marido.
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En 1729, el futuro Fernando VI se casó en Badajoz con
Bárbara de Braganza, la
mujer que le había elegido su madrastra. La princesa había nacido en Lisboa el
14 de diciembre de 1711 y era hija de Juan VI
y
María Ana de Austria,
reyes de Portugal. Era horrorosa, y tan avariciosa que consiguió hacerse con
una inmensa fortuna, pero era culta y tenía un carácter estudioso y pacífico.
Aprendió música, canto, labores e idiomas. Cuando falleció, en 1758, hallaron en su biblioteca más de 2.000 libros.
Volúmenes firmados por los clásicos, de viajes, medicina, filosofía, ciencias
políticas, matemáticas, religión, etc. Para paliar su fealdad y su gordura se
vestía siempre con sus mejores galas y se adornaba con impresionantes joyas. |
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Bárbara de Braganza |
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Hasta que Fernando fue proclamado rey, Bárbara tuvo que aguantar la
marginación que le impuso la reina. Su marido aceptaba la situación con
resignación cristiana, pero ella intentaba rebelarse, aunque sin ningún
resultado. Los grupos casticistas y contestatarios, que odiaban a Isabel,
tenían puestas sus esperanzas en ellos, pero enterada la reina del tema, rodeó
a la pareja de espías.
Temiendo una sublevación, Isabel de Farnesio
convenció al rey para que firmara un reglamento que regulara las actividades
de los Príncipes de Asturias. Entre otras cosas se les prohibía comer en
público, salir de paseo, visitar templos o conventos y recibir a embajadores,
excepto a los de Francia y Portugal. Sólo podían visitarles y por separado,
cuatro personas previamente autorizadas.
Esta especie de arresto domiciliario supuso una etapa de abandono y olvido,
aprovechada por la reina para difundir el rumor de que Fernando era un enfermo
irrecuperable y un incompetente. Por ello, cuando sustituyó a su padre, sus
primeras medidas fueron desterrar a su madrastra a La Granja y emprender
numerosas reformas.
El 9 de julio de 1746 falleció Felipe V.
Al nuevo rey, de 33 años, lo describieron como un hombre de pequeña estatura y
semblante ordinario. Melancólico y dócil, pero con violentos arrebatos de
cólera e impaciencia. De la reina destacaban, su fealdad, su gula, su egoísmo
y su avaricia. Pero todos coincidían en que los nuevos monarcas habían quedado
tan asqueados de las guerras domésticas y de los conflictos internacionales
promovidos por Isabel para situar a sus hijos, que sólo aspiraban a mantener
la paz dentro y fuera de casa.
Fernando VI estaba convencido de que el amor a las conquistas territoriales
había perjudicado los intereses nacionales, paralizando adelantos en la
agricultura y el comercio, y como amaba la tranquilidad y no tenía los
intereses políticos de su padre, impulsó una política de desarrollo económico.
Durante su reinado se vivió un decenio de fomento continuado de la riqueza del
país. Sentó las bases de un mercado nacional, autorizando la libre circulación
de mercancías en cualquier punto del Estado, algo impensable hasta entonces,
ya que las aduanas y los impuestos interiores lo había hecho imposible. Otro
mérito suyo fue refundir todos los tributos en uno.
Amante de la
caza y la naturaleza, prohibió a los particulares el aprovechamiento de
pastos, pesca y leña de los montes de El Pardo para que no se deterioraran o
cayeran en manos privadas. Declaró bosque real la Casa de Campo, que había
recibido como regalo de su hermano Luis. Además, la amplió expropiando
terrenos y viviendas.
En cuanto a la política internacional, su mayor preocupación fue el lamentable
estado en que su padre le dejó el conflicto de Italia. Fernando VI se mantuvo
neutral en la primera fase de la Guerra de los Siete Años. Recuperó Menorca,
que, al igual que Gibraltar, estaba en poder de Inglaterra. Los ingleses se
apoderaron del Peñón en 1704, durante la guerra de Sucesión, y luego se
quedaron con él a perpetuidad gracias al tratado de Utrecht.
El pueblo sabía que su rey era un hombre de carácter débil, dominado por su
"bárbara esposa", pero como el país marchaba mejor que nunca, estaban
contentos con él. Fernando participaba con gusto en una ceremonia vinculada a
la sensibilidad callejera. Se celebraba el día de Jueves Santo. El rey sentaba
a su mesa y lavaba los pies a 13 pobres de solemnidad. La ceremonia empezaba
con el reconocimiento médico de los sin techo para comprobar que no padecían
ninguna enfermedad contagiosa. Recordemos que para el monarca un simple
catarro era sinónimo de muerte.
El siguiente paso era asearlos, tarea que corría a cargo del servicio.
Entonces aparecía el rey, que venía de la capilla en comitiva, escoltado por
su guardia. El monarca se quitaba la capa y el sombrero y procedía al
lavatorio. Seguidamente se servía la comida con el habitual protocolo
utilizado en la corte. En el menú entraban todo tipo de verduras, arroz,
pescado fresco y empanado que, dadas las comunicaciones de la época, no se
sabe en qué estado llegaría a una capital que no tiene el mar cerca. De
postre, dulces y frutas.
En mayo de 1758, Bárbara de Braganza, que estaba
muy enferma, sufrió una recaída y ya no se
recuperó. Falleció el 27 de agosto, a los 47 años, de un cáncer de útero. El rey no superó la marcha de su amada
esposa. Habían afrontado juntos las acometidas de Isabel de Farnesio y ya se
sabe que las adversidades unen mucho.
La gran sorpresa vino cuando abrieron su testamento y se descubrió que había
nombrado heredero universal a su hermano Pedro.
La reina había acumulado siete millones de reales. Una fortuna, fruto de sus
años de rapiña. Al pueblo le dolió mucho más que ese capital saliera de
España, que la muerte de su soberana. A su marido le legó joyas de poco valor,
una imagen de la virgen, y lo que él eligiese de sus pertenencias. Fernando
cogió una carta manuscrita de Santa Teresa, unos cuadros y un juego de té. Por
deseo suyo, Bárbara fue enterrada en el convento de la Visitación, más
conocido por Las Salesas.
El físico y la mente del rey empezaron a debilitarse a pasos agigantados.
Abandonó los asuntos de Estado y su cuidado personal. Lloraba sin cesar.
Cualquier conversación servía para recordar a su mujer. Dormía sobre dos
sillas y un taburete. Se había vuelto loco.
El duque de Alba consiguió que testara. Como no
había tenido hijos, nombró sucesor al futuro
Carlos III, rey de
las Dos Sicilias, y de regente a Isabel de
Farnesio, lo que nunca hubiera hecho de estar en
su sano juicio. Fernando VI murió el 10 de agosto
de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón,
donde se había recluido desde que le faltó su esposa. Fue enterrado junto a
ella, en las Salesas. |
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