"Esclavo: Dícese del hombre o la mujer que, por estar bajo el dominio de otro, carece de libertad”.Uno de cada tres romanos era esclavo. No tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo hasta los podía matar.
 

Esclavos en Roma

Los ESCLAVOS formaban parte de la sociedad romana y de todas las sociedades de aquella época, y desgraciadamente de otras épocas también. La esclavitud en aquellos tiempos era algo completamente normal, los esclavos lo eran porque habían sido derrotados en una guerra, porque habían sido vendidos por no haber podido hacer frente a las deudas, por castigo legal o simplemente porque nacían de padres esclavos. En Roma al menos tuvieron el derecho de poder comprar su libertad y de incluso ser ciudadanos romanos. Los esclavos recibían un sueldo que dependía de sus amos, como de sus amos dependía el trato que recibían, según la calaña del amo la falta se sancionaba con una reprimenda o con latigazos, el amo tenía potestad legal incluso para matar al esclavo si éste cometía una falta grave. Con el dinero ahorrado el esclavo podía comprar su libertad a su amo o bien éste, después de años de leales servicios le manumitía, es decir, le liberaba y así el esclavo, convertido en liberto podía ser inscrito en el censo de ciudadanos romanos, incluso adoptando el nomen de su antiguo dueño y convirtiéndose en cliente suyo. Los dos principales ministros del emperador Claudio, Pallas y Narciso, eran libertos, esclavos liberados. En Roma, en medio de la más espantosa situación como era la esclavitud, siempre existía la posibilidad de salir de ella, cosa que en otras culturas nunca ocurrió. Si la esclavitud es algo deplorable, algo que nos avergüenza a los que creemos en la libertad del ser humano, pensemos que aún hoy, en el siglo XXI existe la esclavitud en países como Sudán, y eso es algo ante lo que no podemos volver la vista.

En conjunto, la familia romana funcionaba como un micro universo en el que cada miembro tenía un papel definido, cada una de ellas tenía un pater familias y cada gens tenía a su líder natural. Recordemos el papel de Sexto César, primo de Julio César, siempre apoyando en todo a su primo o el de Quinto Cicerón, simpatizante de César pero incapaz de vulnerar el pacto sagrado que lo unía a su hermano mayor, Marco Tulio. Todo en Roma formaba parte de una maquinaria única en la que cada pieza, familia o gens, encajaba como un perfecto engranaje.

"Esclavo: Dícese del hombre o la mujer que, por estar bajo el dominio de otro, carece de libertad”. Tras esta definición de diccionario se esconde una realidad que, históricamente, era antiquísima; las primeras civilizaciones de Mesopotamia y de Egipto contaban ya con grandes contingentes de prisioneros y siervos que eran empleados en todo tipo de tareas sin recibir ninguna compensación económica. Tampoco su trato era especialmente cuidado; las guerras y la falta de pago de las deudas eran la principal fuente de mano de obra barata, situación que en la historia de Roma adquirió una dimensión especialmente trágica por sus proporciones: se estima que a lo largo de su historia, en el Imperio romano uno de cada tres habitantes se hallaba en estado de privación de libertad, bien en manos de un particular o bien bajo el control del Estado.
   

Tras las campañas de César, se pusieron a la venta cerca de un millón de prisioneros galos.

En el mundo romano, las condiciones del trato al esclavo eran durísimas; ya desde la ley de las Doce Tablas –la más antigua que se conserva del corpus jurídico romano– , un pater familias tenía derecho sobre la vida y hacienda de su mujer e hijos, pudiendo deshacerse de éstos si nacían con deformidades o si, sencillamente, ésa era su voluntad. Sólo en el caso de que vendiera a un hijo tres veces seguidas, perdería todo su derecho sobre él. En cuanto a un esclavo, se le podía tratar como a cualquier otra propiedad –regalarlo, venderlo o alquilarlo– y eso incluía también decidir sobre su propia vida, si bien con el tiempo –ya en época de Claudio era así– acabó siendo considerado un delito de asesinato. Pero ello no libraba al esclavo de un trato realmente duro; si era sorprendido robando, por lo general solía pagarlo con su vida o bien recibía castigos cruentos.
“ Servir al poderoso es muy pesado y el esclavo de un rico es muy digno de lástima; de noche y de día, continuamente, siempre hay algo por hacer o para decir, de modo que nunca se puede descansar. En cuanto a tu poderoso dueño, libre de trabajos y fatigas, piensa que todo lo que se le pasa por la cabeza a un hombre es posible de hacer. Lo considera razonable y nunca se para a reflexionar sobre las fatigas que ocasiona, ni considera si es justo o no aquello que manda hacer. Por esto, ser esclavo conlleva sufrir tantas injusticias; siempre hay que llevar esta carga con esfuerzo”. Quien así se lamentaba era un esclavo que aparece en Anfitrión, una obra de principios del siglo II a.C. y que debemos a la pluma de Plauto, un autor de comedias.
El esclavo era considerado como una cosa, y si alguien dañaba a uno debía pagar una indemnización a su dueño. Catón el Censor, en los tiempos de Plauto, aconsejaba acerca de una explotación agropecuaria ideal y hacía descansar en la mano de obra esclava la mayor parte del trabajo a realizar; y sugiere que en los días en que el tiempo impidiera el trabajo, el amo debía tener las manos de los esclavos siempre ocupadas haciendo cestas, arreglando los enseres o en cualquier otra actividad.

El santuario de Esculapio acogía a los siervos más viejos o enfermos.

También recomendaba adquirir los esclavos en el mercado, pues los niños nacidos en la esclavitud tardaban mucho tiempo en ser rentables, y deshacerse de ellos cuando la edad o la enfermedad los redujera a inservibles. En tiempos de Claudio (siglo I), eran tantos los que se abandonaban en el santuario de Esculapio (la isla que forma el Tíber a su paso por Roma), que el emperador estableció que si sanaban quedarían en libertad, sin que sus amos pudiesen reclamarlos.
La principal fuente de aprovisionamiento de esclavos era la guerra; el expansionismo romano y sus continuas campañas de conquista permitieron un flujo continuo desde los primeros tiempos de la historia de la ciudad y, de manera especial, a partir de las guerras fuera de la Península italiana; tras la toma de Tarento en el año 209 a.C., durante la etapa final de la guerra contra Aníbal, se hicieron 30.000 esclavos entre sus habitantes. A partir de las campañas de Grecia y Oriente, especialmente desde el siglo II a.C., el número de prisioneros alcanzó los centenares de miles. Tan sólo tras la batalla de Pidna contra los griegos, en el año 168 a.C., su vencedor Emilio Paulo vendió 150.000 hombres. Es sabido que Julio César, tras sólo una de las batallas de la conquista de las Galias, aportó de golpe 53.000 prisioneros al mercado de esclavos de Roma. Algunos autores calculan que en total, tras varios años de campaña, César hizo posible que cerca de un millón de prisioneros galos fueran destinados a la venta. Trajano, al regreso de su segunda campaña contra los dacios en 109, trajo consigo 50.000 prisioneros. Estrabón narra cómo en los buenos momentos del mercado de esclavos de la isla de Delos, en pleno mar Egeo y durante los últimos siglos de la República romana, 10.000 esclavos eran vendidos diariamente.
También se podía llegar a la situación de servidumbre por deudas: el insolvente quedaba jurídicamente en manos del acreedor hasta que liquidase con su trabajo la cantidad que debía. Pero ya a partir de fines del siglo IV a.C., de esta práctica se fue eliminando la dependencia personal y jurídica del deudor hacia el acreedor. También la abundancia de prisioneros hacía más fácil la adquisición de esclavos en el mercado, destinados tanto al servicio doméstico como a las labores agropecuarias, siendo esta última la ocupación más generalizada para los esclavos, además de los trabajos de obras públicas, las labores más pesadas de las actividades artesanales y la minería. También existían esclavos dedicados al espectáculo del circo, como era el caso de la gran mayoría de los gladiadores profesionales, entrenados ex profeso en esta actividad.
Los esclavos domésticos eran muy estimados y solían estar integrados en el concepto amplio de familia sobre la que ejercía tan férreo control el pater. Su tarea como sirvientes de la casa podía incluir puestos de responsabilidad: desde llevar las cuentas hasta ser el pedagogo o encargado de la educación de los hijos, y su calidad de vida era, lógicamente, muy superior a la del resto. Columela narra cómo los esclavos urbanos se hallan acostumbrados a dormir bien y comer mejor, asisten a las carreras y al teatro, juegan y pasan el tiempo en tabernas y burdeles. El precio de los siervos domésticos era también mucho más elevado, si bien variaba según el sexo, edad, fuerza, belleza o especialización de los mismos, además de la inevitable ley de la oferta y la demanda, pues tras una victoriosa campaña, la disponibilidad del mercado era mucho mayor.

Un esclavo sin especialización costaba algo más que un burro.

Tomando como ejemplo los tres primeros siglos de nuestra era, en la primera etapa imperial, un esclavo destinado a las duras tareas del campo o de la mina, sin especialización ninguna, podía costar entre seiscientos y dos mil sestercios (en torno a quinientos sestercios valía un burro de condición mediana, ni muy joven ni demasiado gastado en sus labores agrícolas o tirando del molino), mientras que una inscripción de Pompeya con las cuentas de uno de sus vecinos expresa cómo gastó cinco mil sestercios en la compra de dos esclavos. Columela recoge el precio de un siervo especializado en la viticultura, ocho mil sestercios; Marcial habla de una cretense vendida por mil doscientos sestercios.

Invertir en esclavos


Una forma eficaz de inversión económica era adquirir esclavos y alquilarlos en las explotaciones mineras. A cambio de su trabajo, el dueño recibía la paga que le correspondería al esclavo en caso de hallarse en libertad, viéndose libre de alimentarlo, vestirlo y someterlo a vigilancia, tareas que correspondían al procurator metallorum o encargado de la actividad minera, quien descontaba de la paga los gastos –a menudo escasos– de alimentación. De este modo, la mayor parte del trabajo pesado en las minas era efectuado por esclavos recluidos en ellas en las peores condiciones de alimentación y salud; en ocasiones, no volvían a ver la luz del sol y, a su muerte, eran sustituidos por otros de la misma procedencia. Así, Polibio nos narra cómo en su tiempo –el siglo II a.C.– en las minas de plata de los alrededores de Cartago Nova (Cartagena) trabajaban hasta 40.000 esclavos.

Compañía barata
Se podía tener la condición de esclavo por varios motivos: ser prisionero de guerra, haber contraído deudas o nacer de otro esclavo. Los más valorados eran los domésticos, que podían desde llevar las cuentas a acompañar a su ama de compras (en la imagen “En el anticuario”, de Ettore Forti).

¡Qué trabajos nos manda el señor!
La mayor parte de los esclavos se dedicaba a tareas agropecuarias, obras públicas o minería, pero también había
siervos que formaban parte de espectáculos, como la danza en un banquete.

Sir Lawrence Alma-Tadema, pintor inglés del siglo XIX,

 

 Sir Lawrence Alma-Tadema : reprodujo en sus obras escenas de la vida cotidiana en Roma. En ellas, casi siempre aparecía algún esclavo desarrollando labores propias de su condición.

TRABAJOS FORZADOS

En otras cuentas se ve cómo un esclavo instruido costó ocho mil sestercios, un buen cocinero diez mil y setecientos mil un gramático, un intelectual especializado.

La mayor parte de los esclavos estaban dedicados a las labores del campo, integrados en las propiedades agropecuarias de los latifundistas, aunque sin sustituir del todo a la mano de obra libre. También eran destinados a las actividades industriales (minas, canteras, molinos y la construcción), siendo en gran medida víctimas y responsables de la escasa evolución tecnológica propia del mundo antiguo, en una característica pescadilla que se muerde la cola: la abundancia de mano de obra barata no favorecía el desarrollo de máquinas, y el escaso número e ineficacia general de éstas apoyaba el empleo de esclavos. El mantenimiento de los mismos se llevaba a sus límites; Catón especifica las raciones consumidas por un esclavo rústico: un litro diario de vino corriente, al mes de veinticinco a treinta kilos de pan y un sextarius –medio litro– de aceite, además de aceitunas e higos secos, un modius –nueve litros– de sal al año y una túnica, junto con un abrigo corto cada dos años. Aún así, no todos contaban con un abastecimiento tan ajustado pero suficiente o con un trato más o menos profesional; Apuleyo, en su obra El asno de oro, recoge un cuadro desolador sobre el trabajo de los esclavos en un molino de trigo: “Gran Dios!, ¡qué hombres más raquíticos! Cubierta toda su piel de cardenales producidos por el látigo; la espalda llena de heridas, que sombreaban más que cubrían con unos harapos remendados; algunos se cubrían el pubis con un exiguo mandil; todos, sin embargo, estaban vestidos de modo que se les veía el cuerpo a través de los andrajos.
 

El mayor número de rebeliones tuvo lugar en el sur de Italia y en Sicilia.

Llevaban la frente marcada con letras, semirrapado el pelo y con argollas en los pies; estaban horrorosos con su tez lívida; el humo de los hornos y el vapor del fuego les había ido enrojeciendo y consumiendo los párpados y veían con gran dificultad, como los púgiles que combaten espolvoreados con arena, tierra o polvo, iban ellos recubiertos sórdidamente con una ceniza harinosa”.
El trato inhumano que recibían muchos esclavos llegó a ser tan opresivo que constituyó el motivo de diversas rebeliones, especialmente las que se originaron en el sur de Italia y Sicilia, donde los grandes latifundios concentraban buen número de siervos humillados en su trabajo y en su trato. La más conocida de estas rebeliones fue la que encabezó el gladiador profesional –y esclavo– Espartaco en el año 71 a.C. y que, como todas las demás, se desarrolló con gran violencia por parte de los sublevados hacia sus dueños y en la posterior represión, realizada con efectivos militares. Tras estas sublevaciones, el trato a los esclavos se suavizó algo, pero en todo caso, los siervos tan sólo podían aspirar a aquello que recogió bien Salustio en estas palabras tan realistas: “Son pocos los que esperan la libertad. Lo que desea la mayoría son dueños justos”.
Los esclavos eran propiedad absoluta del dominus, el dueño, pero sus derechos fueron mejorando lentamente a través del tiempo. A lo largo del año, existían dos festividades en las que contaban con alguna relajación; durante los Saturnalia –fiestas del solsticio de invierno, entre el 17 y el 21 de diciembre, en honor de Saturno–, celebraban ruidosamente en las casas, podían jugar e incluso ser servidos por sus amos (Plinio el Joven tuvo que construirse una habitación insonorizada para poder huir del ruido de esos días). Con los trabajos efectuados en los ratos libres –tan sólo los siervos domésticos y, sobre todo, los artesanos disponían de él– podían adquirir su propio peculium, con el cual contar con unos ahorros que les permitieran comprar su libertad. Los libertos mantenían lazos de unión con su antiguo dueño y a su nombre propio le anteponían los nombres del amo, pasando a formar parte de la clientela del dominus.
El Cristianismo no acabó, ni mucho menos, con la esclavitud –y de hecho hubo un buen número de cristianos esclavos–; todo lo más, predicó la suavidad en el trato y el abandono de la crueldad por parte de los propietarios, así como resignación y virtud a los siervos. En varias de sus cartas, San Pablo exhorta a los esclavos hacia la aceptación de su condición: “Los siervos estén con todo temor sujetos a sus amos, no sólo a los bondadosos y afables, sino también a los rigurosos”.

 

Los esclavos rurales se perpetuaron ligados a la tierra que trabajaban


Al final del Imperio romano, los esclavos domésticos seguían existiendo, con las mismas condiciones favorables que contaban durante la época anterior, y se convertirían, a lo largo de la Edad Media, en los servidores semilibres de las familias pudientes. En el caso de los esclavos rurales y su variante, los colonos, la servidumbre continuó a lo largo de los tiempos posteriores, esta vez ligados a la tierra donde trabajaban –servidumbre de la gleba– más que a la propiedad de un señor determinado. Las disposiciones jurídicas de la etapa bajoimperial insisten continuamente en esta sujeción del colono a la tierra, tal como recoge la ley de Constantino del año 332: “Cualquier persona a la que se encuentre un colonus perteneciente a otra persona, no sólo deberá devolverlo a su lugar de origen, sino que también estará sujeto a impuestos por el tiempo que lo tuviera. Más aún, será lo adecuado que los coloni que planeen huir sean cargados de cadenas como esclavos que puedan ser obligados por una ley propia de siervos a realizar los deberes que les son propios como hombres libres”.
La servidumbre de la gleba pervivió a lo largo de la Edad Media y los tiempos modernos; tan sólo la llegada de la Revolución Francesa primero y las diversas revoluciones liberales del siglo XIX permitieron su abolición en buena parte de Europa, al igual que la del esclavismo (en España, existía aún en 1868, fecha en que se prohibió tener esclavos en las posesiones americanas). En Rusia, los mujiks o campesinos aún tuvieron que esperar al siglo XX para ver eliminada su condición de cuasi esclavos, cuando en 1917 se produjo la Revolución bolchevique. Todavía a lo largo del siglo XX se repitieron situaciones de esclavitud en los campos de concentración nazis y en Siberia y otros lugares, en los que perecieron millones de personas condenadas a trabajos forzados. Aún hoy, recién estrenado el tercer milenio, la esclavitud sigue viva en diversas zonas de África y Asia; no parece que se den las condiciones idóneas para su erradicación, al menos a corto plazo. En el diccionario queda aún otra acepción de esclavo: “Trabajar mucho y estar siempre aplicado a cuidar de su casa o hacienda, o a cumplir con las obligaciones de su empleo”; de esta condición sí que no parece que el ser humano se vaya a librar en muchísimo tiempo.

 

 

pintura de Jean-Léon Gérôme
(Vesoul 1824-1904 Paris)

 

 

Para obtener la libertad

Cuando un ciudadano romano quería conceder la libertad a un esclavo, podía hacerlo de modo informal, despidiéndolo ante la presencia de unos amigos que hacían de testigos, o bien de una forma oficial. Ésta podía ser sencillamente inscribir al esclavo en la lista del censo de ciudadanos –siempre y cuando hubiese adquirido las propiedades suficientes–, disponiéndolo así en su testamento o bien, de un modo mucho más ritual, acudir al magistrado y efectuar en su presencia la manumisión, es decir, declaraba ante él su voluntad de que el esclavo fuera libre y, mediante un gesto con sus manos, le hacía darse la vuelta e irse (literalmente, manu misit). Esta emancipación formal permitía al liberto adquirir la ciudadanía romana, aunque no podía ser elegido para cargos políticos o –al menos durante el período republicano– participar en el ejército y disfrutar de sus ventajas a la hora de percibir una paga o adquirir un lote de tierra al final de su servicio militar.

Augusto, el primero.
Primus inter pares.
Augusto, el primer emperador romano, supo ostentar todo el poder, pero manteniendo las viejas estructuras republicanas. Durante su gobierno se alcanzó la famosa “Pax romana”, glorificada en el Ara Pacis, un altar erigido por el Senado en el año 13 a.C., a su regreso de las Galias.

Claudio, el intelectual.
Un ratón de biblioteca.
Su vida inverosímil fue narrada magistralmente por Robert Graves en la novela "Yo, Claudio". Interpretado por Sir Derek Jacobi, se convirtió más tarde en un clásico de la televisión.

Nerón, el loco.
Artista incomprendido.
Sólo una locura repentina puede explicar que Nerón, tras un primer lustro en el poder en el que se mostró justo y sensato, se convirtiera en un déspota desalmado y ridículo.

El poeta trágico griego Eurípides (480-406 a.C.) fue la primera persona conocida en denunciar la esclavitud. Autor de dramas teatrales, Eurípides fue considerado como "el más trágico de los poetas" por Aristóteles. El público ateniense no comprendió sus dramas y quizás por eso, hacia el final de su vida se trasladó a Macedonia, a la corte del rey Arquelao, donde fue bien recibido y donde, según la tradición, fue devorado por unos perros.

 

DATOS CURIOSOS

 

La esclavitud por deudas impagadas fue abolida en Atenas por Solón, pero se conservó en algún que otro lugar de Grecia. Los metecos y los libertos volvían al estado de esclavitud en el caso de no cumplir sus obligaciones con el Estado. Las personas que se adjudicaron ilegalmente los derechos de ciudadanía y los extranjeros que contra las disposiciones de la ley contraían nupcias con ciudadanos atenienses, también eran castigados con la esclavitud. Sin embargo, la masa fundamental de los esclavos estaba compuesta por los no griegos. La mayor parte provenía de Iliria, Tracia, Lidia, Frigia, Siria y Paflagonia; muchos eran traídos a Atenas también de los mercados del litoral del mar Negro.

Las más importante fuentes de provisión de esclavos eran las guerras. Después de la batalla del Eurimedonte, Cimón trajo al mercado de esclavos más de veinte mil. La isla de Quíos era considerada como el más grande de estos mercados. También gozaban de notoriedad los mercados de Efeso, Samos, Delos, Chipre y, posteriormente, Tesalia, Bizancio y el litoral septentrional del mar Negro, pero el centro principal del comercio esclavista en el siglo v era Atenas, donde casi mensualmente se organizaban subastas de esclavos; los que en ellas quedaban sin haber sido vendidos eran trasladados a otros lugares. En el mercado se exponía a los esclavos sobre un tablado y su vendedor, quizá también un esclavo, o un liberto, elogiaba ante los compradores las cualidades físicas de su mercancía. Los precios oscilaban en función de la oferta y la demanda y de la mayor o menor calificación del esclavo. En el año 418, un esclavo varón valía, término medio 167 dracmas; una mujer, en 135 a 220 dracmas. Los esclavos que trabajaban en las minas valían, en el siglo iv, de 154 a 184 dracmas. Los esclavos artesanos tenían precios más elevados. Se conoce un caso de venta de veinte esclavos tallistas en marfil por 40 minas.

 

Esclavos en Grecia

Desde el punto de vista jurídico, el esclavo no era considerado un ser humano. No tenía familia; las relaciones familiares entre esclavos y esclavas no eran consideradas como matrimonios; los hijos de una esclava eran una cría perteneciente al amo de la madre. Los esclavos estaban completamente en poder de sus amos. El propietario podía obligar al esclavo a ocuparse de este o aquel oficio, podía venderlo o matarlo. Sólo posteriormente, el derecho del esclavista a matar a su esclavo quedó limitado por la ley. En el Ática, por ejemplo, estaba prohibido matar a un esclavo. Pero el areópago que, por lo general, como ya hemos señalado, juzgaba los delitos de índole criminal, no entendía en las causas de muerte violenta de los esclavos, y el que la cometía era condenado sólo a una expulsión temporal: podía regresar haciendo el holocausto expiador y pagando al perjudicado propietario del esclavo muerto «el precio de la sangre». Cuando la arbitrariedad del amo se tornaba inaguantable, el esclavo podía recurrir al «derecho de asilo». Para su ejercicio eran considerados, por ejemplo, en Atenas, el llamado Teséin (el templo de Hefaistos) y el santuario de las Euménidas. Ese asilo era considerado inviolable y, según una ley ática, el esclavo que recurría a la protección de una deidad ya no regresaba al amo anterior, sino que era revendido a otras manos.

El esclavo no podía ocuparse de ningún negocio propio, ni atender independientemente causa alguna, y en los casos en que un juzgado necesitaba su testimonio, éste era dado bajo torturas, puesto que el esclavo, en opinión de los griegos, no podía prestar juramento a la par que un hombre libre, y prestar fe a los testimonios de un esclavo se consideraba imposible. La multa a que se condenaba a un esclavo era reemplazada por la flagelación, y cada golpe equivalía a un dracma. Si el esclavo actuaba con el conocimiento de su amo recibía cincuenta azotes, y si obraba sin el conocimiento de aquél, el castigo era de cien azotes. Un esclavo complicado en un homicidio sufría la pena de muerte.

Los castigos corporales y las torturas a que eran sometidos los esclavos eran un fenómeno habitual. A solicitud del dueño, el esclavo era aherrojado con grillos y encerrado en un calabozo bajo y estrecho, dentro del cual no podía enderezarse, ni acostarse, ni sentarse. Se los extendía sobre bloques de madera de diferentes formas, se los privaba de alimentos, se los enviaba a efectuar trabajos pesados (a un molino, o a las minas). A los esclavos fugitivos se les ponía en la frente marcas con hierro candente. En Atenas, los esclavos se hallaban en situación relativamente mejor que en otros Estados griegos. Los temores a que los esclavos, sometidos a condiciones insoportables, pudieran sublevarse fácilmente determinaron la intromisión del Estado en las relaciones entre los esclavos y sus propietarios, acarreando la prohibición de represiones arbitrarias respecto a aquéllos. Tal situación de los esclavos atenienses indignaba a los adversarios de la democracia. «En cuanto a los esclavos y metecos, en Atenas hay una grandísima licencia, y allí ni te es lícito golpear a nadie ni te cederá el paso ningún siervo», se queja el Pseudo—Jenofonte en la República de los atenienses, expresando con ello la expresión de los esclavistas atenienses más reaccionarios y recalcitrantes.

 

 

 

 
 

 

 
 

 

 


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