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"Esclavo: Dícese del hombre o la mujer que, por
estar bajo el dominio de otro, carece de libertad”.Uno de cada tres romanos era esclavo. No
tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo
hasta los podía matar.
Esclavos en Roma
Los ESCLAVOS formaban
parte de la sociedad romana y de todas las sociedades de aquella época, y
desgraciadamente de otras épocas también. La esclavitud en aquellos tiempos era
algo completamente normal, los esclavos lo eran porque habían sido derrotados en
una guerra, porque habían sido vendidos por no haber podido hacer frente a las
deudas, por castigo legal o simplemente porque nacían de padres esclavos. En
Roma al menos tuvieron el derecho de poder comprar su libertad y de incluso ser
ciudadanos romanos. Los esclavos recibían un sueldo que dependía de sus amos,
como de sus amos dependía el trato que recibían, según la calaña del amo la
falta se sancionaba con una reprimenda o con latigazos, el amo tenía potestad
legal incluso para matar al esclavo si éste cometía una falta grave. Con el
dinero ahorrado el esclavo podía comprar su libertad a su amo o bien éste,
después de años de leales servicios le manumitía, es decir, le liberaba y así el
esclavo, convertido en liberto podía ser inscrito en el censo de ciudadanos
romanos, incluso adoptando el nomen de su antiguo dueño y
convirtiéndose en cliente suyo. Los dos principales ministros del emperador
Claudio, Pallas y Narciso, eran libertos, esclavos liberados. En Roma, en medio
de la más espantosa situación como era la esclavitud, siempre existía la
posibilidad de salir de ella, cosa que en otras culturas nunca ocurrió. Si la
esclavitud es algo deplorable, algo que nos avergüenza a los que creemos en la
libertad del ser humano, pensemos que aún hoy, en el siglo XXI existe la
esclavitud en países como Sudán, y eso es algo ante lo que no podemos volver la
vista.
En conjunto, la familia romana
funcionaba como un micro universo en el que cada miembro tenía un papel
definido, cada una de ellas tenía un pater familias y cada gens
tenía a su líder natural. Recordemos el papel de Sexto César, primo de Julio
César, siempre apoyando en todo a su primo o el de Quinto Cicerón, simpatizante
de César pero incapaz de vulnerar el pacto sagrado que lo unía a su hermano
mayor, Marco Tulio. Todo en Roma formaba parte de una maquinaria única en la que
cada pieza, familia o gens, encajaba como un perfecto engranaje.
| "Esclavo: Dícese del hombre o la mujer que, por estar bajo el dominio de
otro, carece de libertad”. Tras esta definición de diccionario se esconde
una realidad que, históricamente, era antiquísima; las primeras
civilizaciones de Mesopotamia y de Egipto contaban ya con grandes
contingentes de prisioneros y siervos que eran empleados en todo tipo de
tareas sin recibir ninguna compensación económica. Tampoco su trato era
especialmente cuidado; las guerras y la falta de pago de las deudas eran
la principal fuente de mano de obra barata, situación que en la historia
de Roma adquirió una dimensión especialmente trágica por sus proporciones:
se estima que a lo largo de su historia, en el Imperio romano uno de cada
tres habitantes se hallaba en estado de privación de libertad, bien en
manos de un particular o bien bajo el control del Estado.
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Tras las campañas de César, se pusieron a la
venta cerca de un millón de prisioneros galos.
En el mundo romano, las condiciones del trato al esclavo eran
durísimas; ya desde la ley de las Doce Tablas –la más antigua que se
conserva del corpus jurídico romano– , un pater familias
tenía derecho sobre la vida y hacienda de su mujer e hijos, pudiendo
deshacerse de éstos si nacían con deformidades o si, sencillamente, ésa
era su voluntad. Sólo en el caso de que vendiera a un hijo tres veces
seguidas, perdería todo su derecho sobre él. En cuanto a un esclavo, se le
podía tratar como a cualquier otra propiedad –regalarlo, venderlo o
alquilarlo– y eso incluía también decidir sobre su propia vida, si bien
con el tiempo –ya en época de Claudio era así– acabó siendo considerado un
delito de asesinato. Pero ello no libraba al esclavo de un trato realmente
duro; si era sorprendido robando, por lo general solía pagarlo con su vida
o bien recibía castigos cruentos.
“ Servir al poderoso es muy pesado y el esclavo de un rico es muy digno de
lástima; de noche y de día, continuamente, siempre hay algo por hacer o
para decir, de modo que nunca se puede descansar. En cuanto a tu poderoso
dueño, libre de trabajos y fatigas, piensa que todo lo que se le pasa por
la cabeza a un hombre es posible de hacer. Lo considera razonable y nunca
se para a reflexionar sobre las fatigas que ocasiona, ni considera si es
justo o no aquello que manda hacer. Por esto, ser esclavo conlleva sufrir
tantas injusticias; siempre hay que llevar esta carga con esfuerzo”. Quien
así se lamentaba era un esclavo que aparece en Anfitrión, una
obra de principios del siglo II a.C. y que debemos a la pluma de Plauto,
un autor de comedias.
El esclavo era considerado como una cosa, y si alguien dañaba a uno debía
pagar una indemnización a su dueño. Catón el Censor, en los tiempos de
Plauto, aconsejaba acerca de una explotación agropecuaria ideal y hacía
descansar en la mano de obra esclava la mayor parte del trabajo a
realizar; y sugiere que en los días en que el tiempo impidiera el trabajo,
el amo debía tener las manos de los esclavos siempre ocupadas haciendo
cestas, arreglando los enseres o en cualquier otra actividad.
El santuario de Esculapio acogía a los siervos
más viejos o enfermos.
También recomendaba adquirir los esclavos en el mercado, pues los niños
nacidos en la esclavitud tardaban mucho tiempo en ser rentables, y
deshacerse de ellos cuando la edad o la enfermedad los redujera a
inservibles. En tiempos de Claudio (siglo I), eran tantos los que se
abandonaban en el santuario de Esculapio (la isla que forma el Tíber a su
paso por Roma), que el emperador estableció que si sanaban quedarían en
libertad, sin que sus amos pudiesen reclamarlos.
La principal fuente de aprovisionamiento de esclavos era la guerra; el
expansionismo romano y sus continuas campañas de conquista permitieron un
flujo continuo desde los primeros tiempos de la historia de la ciudad y,
de manera especial, a partir de las guerras fuera de la Península
italiana; tras la toma de Tarento en el año 209 a.C., durante la etapa
final de la guerra contra Aníbal, se hicieron 30.000 esclavos entre sus
habitantes. A partir de las campañas de Grecia y Oriente, especialmente
desde el siglo II a.C., el número de prisioneros alcanzó los centenares de
miles. Tan sólo tras la batalla de Pidna contra los griegos, en el año 168
a.C., su vencedor Emilio Paulo vendió 150.000 hombres. Es sabido que Julio
César, tras sólo una de las batallas de la conquista de las Galias, aportó
de golpe 53.000 prisioneros al mercado de esclavos de Roma. Algunos
autores calculan que en total, tras varios años de campaña, César hizo
posible que cerca de un millón de prisioneros galos fueran destinados a la
venta. Trajano, al regreso de su segunda campaña contra los dacios en 109,
trajo consigo 50.000 prisioneros. Estrabón narra cómo en los buenos
momentos del mercado de esclavos de la isla de Delos, en pleno mar Egeo y
durante los últimos siglos de la República romana, 10.000 esclavos eran
vendidos diariamente.
También se podía llegar a la situación de servidumbre por deudas: el
insolvente quedaba jurídicamente en manos del acreedor hasta que liquidase
con su trabajo la cantidad que debía. Pero ya a partir de fines del siglo
IV a.C., de esta práctica se fue eliminando la dependencia personal y
jurídica del deudor hacia el acreedor. También la abundancia de
prisioneros hacía más fácil la adquisición de esclavos en el mercado,
destinados tanto al servicio doméstico como a las labores agropecuarias,
siendo esta última la ocupación más generalizada para los esclavos, además
de los trabajos de obras públicas, las labores más pesadas de las
actividades artesanales y la minería. También existían esclavos dedicados
al espectáculo del circo, como era el caso de la gran mayoría de los
gladiadores profesionales, entrenados ex profeso en esta actividad.
Los esclavos domésticos eran muy estimados y solían estar integrados en el
concepto amplio de familia sobre la que ejercía tan férreo
control el pater. Su tarea como sirvientes de la casa podía
incluir puestos de responsabilidad: desde llevar las cuentas hasta ser el
pedagogo o encargado de la educación de los hijos, y su calidad
de vida era, lógicamente, muy superior a la del resto. Columela narra cómo
los esclavos urbanos se hallan acostumbrados a dormir bien y comer mejor,
asisten a las carreras y al teatro, juegan y pasan el tiempo en tabernas y
burdeles. El precio de los siervos domésticos era también mucho más
elevado, si bien variaba según el sexo, edad, fuerza, belleza o
especialización de los mismos, además de la inevitable ley de la oferta y
la demanda, pues tras una victoriosa campaña, la disponibilidad del
mercado era mucho mayor.
Un esclavo sin especialización costaba algo más
que un burro.
Tomando como ejemplo los tres primeros siglos de nuestra era, en la
primera etapa imperial, un esclavo destinado a las duras tareas del campo
o de la mina, sin especialización ninguna, podía costar entre seiscientos
y dos mil sestercios (en torno a quinientos sestercios valía un burro de
condición mediana, ni muy joven ni demasiado gastado en sus labores
agrícolas o tirando del molino), mientras que una inscripción de Pompeya
con las cuentas de uno de sus vecinos expresa cómo gastó cinco mil
sestercios en la compra de dos esclavos. Columela recoge el precio de un
siervo especializado en la viticultura, ocho mil sestercios; Marcial habla
de una cretense vendida por mil doscientos sestercios.
Invertir en esclavos
Una forma eficaz de inversión económica era adquirir esclavos y
alquilarlos en las explotaciones mineras. A cambio de su trabajo, el dueño
recibía la paga que le correspondería al esclavo en caso de hallarse en
libertad, viéndose libre de alimentarlo, vestirlo y someterlo a vigilancia,
tareas que correspondían al procurator metallorum o encargado de la actividad
minera, quien descontaba de la paga los gastos –a menudo escasos– de
alimentación. De este modo, la mayor parte del trabajo pesado en las minas era
efectuado por esclavos recluidos en ellas en las peores condiciones de
alimentación y salud; en ocasiones, no volvían a ver la luz del sol y, a su
muerte, eran sustituidos por otros de la misma procedencia. Así, Polibio nos
narra cómo en su tiempo –el siglo II a.C.– en las minas de plata de los
alrededores de Cartago Nova (Cartagena) trabajaban hasta 40.000 esclavos.
Compañía barata
Se podía tener la condición de esclavo por varios motivos: ser
prisionero de guerra, haber contraído deudas o nacer de otro esclavo.
Los más valorados eran los domésticos, que podían desde llevar las
cuentas a acompañar a su ama de compras (en la imagen “En el
anticuario”, de Ettore Forti). |
¡Qué trabajos nos manda el señor!
La mayor parte de los esclavos se dedicaba a tareas agropecuarias, obras
públicas o minería, pero también había
siervos que formaban parte de espectáculos, como la danza en un
banquete. |

Sir
Lawrence Alma-Tadema, pintor inglés del siglo XIX,

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Sir
Lawrence Alma-Tadema :
reprodujo en sus obras escenas de la vida cotidiana en Roma.
En ellas, casi siempre aparecía algún esclavo desarrollando labores
propias de su condición.
TRABAJOS FORZADOS
En otras cuentas se ve cómo un esclavo instruido costó ocho mil
sestercios, un buen cocinero diez mil y setecientos mil un gramático,
un intelectual especializado.
La mayor parte de los esclavos estaban dedicados a las labores del
campo, integrados en las propiedades agropecuarias de los
latifundistas, aunque sin sustituir del todo a la mano de obra
libre. También eran destinados a las actividades industriales
(minas, canteras, molinos y la construcción), siendo en gran medida
víctimas y responsables de la escasa evolución tecnológica propia del
mundo antiguo, en una característica pescadilla que se muerde la cola:
la abundancia de mano de obra barata no favorecía el desarrollo de
máquinas, y el escaso número e ineficacia general de éstas apoyaba el
empleo de esclavos. El mantenimiento de los mismos se llevaba a sus
límites; Catón especifica las raciones consumidas por un esclavo
rústico: un litro diario de vino corriente, al mes de veinticinco a
treinta kilos de pan y un sextarius –medio litro– de aceite,
además de aceitunas e higos secos, un modius –nueve litros–
de sal al año y una túnica, junto con un abrigo corto cada dos años.
Aún así, no todos contaban con un abastecimiento tan ajustado pero
suficiente o con un trato más o menos profesional; Apuleyo,
en su obra El asno de oro, recoge un cuadro desolador sobre
el trabajo de los esclavos en un molino de trigo: “Gran Dios!, ¡qué
hombres más raquíticos! Cubierta toda su piel de cardenales producidos
por el látigo; la espalda llena de heridas, que sombreaban más que
cubrían con unos harapos remendados; algunos se cubrían el pubis con
un exiguo mandil; todos, sin embargo, estaban vestidos de modo que se
les veía el cuerpo a través de los andrajos.
El mayor número de rebeliones tuvo lugar en
el sur de Italia y en Sicilia.
Llevaban la frente marcada con letras, semirrapado el pelo y con
argollas en los pies; estaban horrorosos con su tez lívida; el humo de
los hornos y el vapor del fuego les había ido enrojeciendo y
consumiendo los párpados y veían con gran dificultad, como los púgiles
que combaten espolvoreados con arena, tierra o polvo, iban ellos
recubiertos sórdidamente con una ceniza harinosa”.
El trato inhumano que recibían muchos esclavos llegó a ser tan
opresivo que constituyó el motivo de diversas rebeliones,
especialmente las que se originaron en el sur de Italia y Sicilia,
donde los grandes latifundios concentraban buen número de siervos
humillados en su trabajo y en su trato. La más conocida de estas
rebeliones fue la que encabezó el gladiador profesional –y esclavo–
Espartaco en el año 71 a.C. y que, como todas las demás, se desarrolló
con gran violencia por parte de los sublevados hacia sus dueños y en
la posterior represión, realizada con efectivos militares. Tras estas
sublevaciones, el trato a los esclavos se suavizó algo, pero en todo
caso, los siervos tan sólo podían aspirar a aquello que recogió bien
Salustio en estas palabras tan realistas: “Son pocos los que esperan
la libertad. Lo que desea la mayoría son dueños justos”.
Los esclavos eran propiedad absoluta del dominus, el dueño,
pero sus derechos fueron mejorando lentamente a través del tiempo. A
lo largo del año, existían dos festividades en las que contaban con
alguna relajación; durante los Saturnalia –fiestas del solsticio de
invierno, entre el 17 y el 21 de diciembre, en honor de Saturno–,
celebraban ruidosamente en las casas, podían jugar e incluso ser
servidos por sus amos (Plinio el Joven tuvo que construirse una
habitación insonorizada para poder huir del ruido de esos días). Con
los trabajos efectuados en los ratos libres –tan sólo los siervos
domésticos y, sobre todo, los artesanos disponían de él– podían
adquirir su propio peculium, con el cual contar con unos
ahorros que les permitieran comprar su libertad. Los libertos
mantenían lazos de unión con su antiguo dueño y a su nombre propio le
anteponían los nombres del amo, pasando a formar parte de la clientela
del dominus.
El Cristianismo no acabó, ni mucho menos, con la esclavitud –y de
hecho hubo un buen número de cristianos esclavos–; todo lo más,
predicó la suavidad en el trato y el abandono de la crueldad por parte
de los propietarios, así como resignación y virtud a los siervos. En
varias de sus cartas, San Pablo exhorta a los esclavos hacia la
aceptación de su condición: “Los siervos estén con todo temor sujetos
a sus amos, no sólo a los bondadosos y afables, sino también a los
rigurosos”.
Los esclavos rurales
se perpetuaron ligados a la tierra que trabajaban
Al final del Imperio romano, los esclavos domésticos seguían
existiendo, con las mismas condiciones favorables que contaban durante
la época anterior, y se convertirían, a lo largo de la Edad Media, en
los servidores semilibres de las familias pudientes. En el caso de los
esclavos rurales y su variante, los colonos, la servidumbre continuó a
lo largo de los tiempos posteriores, esta vez ligados a la tierra
donde trabajaban –servidumbre de la gleba– más que a la propiedad de
un señor determinado. Las disposiciones jurídicas de la etapa
bajoimperial insisten continuamente en esta sujeción del colono a la
tierra, tal como recoge la ley de Constantino del año 332: “Cualquier
persona a la que se encuentre un colonus perteneciente a otra
persona, no sólo deberá devolverlo a su lugar de origen, sino que
también estará sujeto a impuestos por el tiempo que lo tuviera. Más
aún, será lo adecuado que los coloni que planeen huir sean
cargados de cadenas como esclavos que puedan ser obligados por una ley
propia de siervos a realizar los deberes que les son propios como
hombres libres”.
La servidumbre de la gleba pervivió a lo largo de la Edad Media y los
tiempos modernos; tan sólo la llegada de la Revolución Francesa
primero y las diversas revoluciones liberales del siglo XIX
permitieron su abolición en buena parte de Europa, al igual que la del
esclavismo (en España, existía aún en 1868, fecha en que se prohibió
tener esclavos en las posesiones americanas). En Rusia, los mujiks
o campesinos aún tuvieron que esperar al siglo XX para ver eliminada
su condición de cuasi esclavos, cuando en 1917 se produjo la
Revolución bolchevique. Todavía a lo largo del siglo XX se repitieron
situaciones de esclavitud en los campos de concentración nazis y en
Siberia y otros lugares, en los que perecieron millones de personas
condenadas a trabajos forzados. Aún hoy, recién estrenado el tercer
milenio, la esclavitud sigue viva en diversas zonas de África y Asia;
no parece que se den las condiciones idóneas para su erradicación, al
menos a corto plazo. En el diccionario queda aún otra acepción de
esclavo: “Trabajar mucho y estar siempre aplicado a cuidar de su casa
o hacienda, o a cumplir con las obligaciones de su empleo”; de esta
condición sí que no parece que el ser humano se vaya a librar en
muchísimo tiempo.
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pintura de Jean-Léon Gérôme
(Vesoul
1824-1904 Paris)

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Para obtener la libertad
Cuando un ciudadano romano quería conceder la libertad a un
esclavo, podía hacerlo de modo informal, despidiéndolo ante la
presencia de unos amigos que hacían de testigos, o bien de una
forma oficial. Ésta podía ser sencillamente inscribir al esclavo
en la lista del censo de ciudadanos –siempre y cuando hubiese
adquirido las propiedades suficientes–, disponiéndolo así en su
testamento o bien, de un modo mucho más ritual, acudir al
magistrado y efectuar en su presencia la manumisión, es decir,
declaraba ante él su voluntad de que el esclavo fuera libre y,
mediante un gesto con sus manos, le hacía darse la vuelta e irse
(literalmente, manu misit). Esta emancipación formal permitía al
liberto adquirir la ciudadanía romana, aunque no podía ser
elegido para cargos políticos o –al menos durante el período
republicano– participar en el ejército y disfrutar de sus
ventajas a la hora de percibir una paga o adquirir un lote de
tierra al final de su servicio militar.
Augusto, el primero.
Primus inter pares.
Augusto, el primer emperador romano, supo ostentar todo el poder,
pero manteniendo las viejas estructuras republicanas. Durante su
gobierno se alcanzó la famosa “Pax romana”, glorificada en el Ara
Pacis, un altar erigido por el Senado en el año 13 a.C., a su
regreso de las Galias. |
Claudio, el intelectual.
Un ratón de biblioteca.
Su vida inverosímil fue narrada magistralmente por Robert Graves en
la novela "Yo, Claudio". Interpretado por Sir Derek Jacobi, se
convirtió más tarde en un clásico de la televisión. |

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Nerón, el loco.
Artista incomprendido.
Sólo una locura repentina puede explicar que Nerón, tras un primer
lustro en el poder en el que se mostró justo y sensato, se
convirtiera en un déspota desalmado y ridículo.
El poeta trágico griego Eurípides (480-406 a.C.) fue la primera persona conocida
en denunciar la esclavitud. Autor de dramas teatrales, Eurípides fue considerado
como "el más trágico de los poetas" por Aristóteles. El público ateniense no
comprendió sus dramas y quizás por eso, hacia el final de su vida se trasladó a
Macedonia, a la corte del rey Arquelao, donde fue bien recibido y donde, según
la tradición, fue devorado por unos perros.
DATOS CURIOSOS
La esclavitud por deudas impagadas fue abolida en
Atenas por Solón, pero se conservó en algún que otro lugar de Grecia. Los
metecos y los libertos volvían al estado de esclavitud en el caso de no cumplir
sus obligaciones con el Estado. Las personas que se adjudicaron ilegalmente los
derechos de ciudadanía y los extranjeros que contra las disposiciones de la ley
contraían nupcias con ciudadanos atenienses, también eran castigados con la
esclavitud. Sin embargo, la masa fundamental de los esclavos estaba compuesta
por los no griegos. La mayor parte provenía de Iliria, Tracia, Lidia, Frigia,
Siria y Paflagonia; muchos eran traídos a Atenas también de los mercados del
litoral del mar Negro.
Las más importante fuentes de provisión de
esclavos eran las guerras. Después de la batalla del Eurimedonte, Cimón trajo al
mercado de esclavos más de veinte mil. La isla de Quíos era considerada como el
más grande de estos mercados. También gozaban de notoriedad los mercados de
Efeso, Samos, Delos, Chipre y, posteriormente, Tesalia, Bizancio y el litoral
septentrional del mar Negro, pero el centro principal del comercio esclavista en
el siglo v era Atenas, donde casi mensualmente se organizaban subastas de
esclavos; los que en ellas quedaban sin haber sido vendidos eran trasladados a
otros lugares. En el mercado se exponía a los esclavos sobre un tablado y su
vendedor, quizá también un esclavo, o un liberto, elogiaba ante los compradores
las cualidades físicas de su mercancía. Los precios oscilaban en función de la
oferta y la demanda y de la mayor o menor calificación del esclavo. En el año
418, un esclavo varón valía, término medio 167 dracmas; una mujer, en 135 a 220
dracmas. Los esclavos que trabajaban en las minas valían, en el siglo iv, de 154
a 184 dracmas. Los esclavos artesanos tenían precios más elevados. Se conoce un
caso de venta de veinte esclavos tallistas en marfil por 40 minas.

Esclavos en Grecia
Desde el punto de vista jurídico, el esclavo no
era considerado un ser humano. No tenía familia; las relaciones familiares entre
esclavos y esclavas no eran consideradas como matrimonios; los hijos de una
esclava eran una cría perteneciente al amo de la madre. Los esclavos estaban
completamente en poder de sus amos. El propietario podía obligar al esclavo a
ocuparse de este o aquel oficio, podía venderlo o matarlo. Sólo posteriormente,
el derecho del esclavista a matar a su esclavo quedó limitado por la ley. En el
Ática, por ejemplo, estaba prohibido matar a un esclavo. Pero el areópago que,
por lo general, como ya hemos señalado, juzgaba los delitos de índole criminal,
no entendía en las causas de muerte violenta de los esclavos, y el que la
cometía era condenado sólo a una expulsión temporal: podía regresar haciendo el
holocausto expiador y pagando al perjudicado propietario del esclavo muerto «el
precio de la sangre».
Cuando la arbitrariedad del amo se tornaba
inaguantable, el esclavo podía recurrir al «derecho de asilo». Para su ejercicio
eran considerados, por ejemplo, en Atenas, el llamado Teséin (el templo de
Hefaistos) y el santuario de las Euménidas. Ese asilo era considerado inviolable
y, según una ley ática, el esclavo que recurría a la protección de una deidad ya
no regresaba al amo anterior, sino que era revendido a otras manos.
El esclavo no podía ocuparse de ningún negocio
propio, ni atender independientemente causa alguna, y en los casos en que un
juzgado necesitaba su testimonio, éste era dado bajo torturas, puesto que el
esclavo, en opinión de los griegos, no podía prestar juramento a la par que un
hombre libre, y prestar fe a los testimonios de un esclavo se consideraba
imposible. La multa a que se condenaba a un esclavo era reemplazada por la
flagelación, y cada golpe equivalía a un dracma. Si el esclavo actuaba con el
conocimiento de su amo recibía cincuenta azotes, y si obraba sin el conocimiento
de aquél, el castigo era de cien azotes. Un esclavo complicado en un homicidio
sufría la pena de muerte.
Los castigos corporales y las torturas a que eran
sometidos los esclavos eran un fenómeno habitual. A solicitud del dueño, el
esclavo era aherrojado con grillos y encerrado en un calabozo bajo y estrecho,
dentro del cual no podía enderezarse, ni acostarse, ni sentarse. Se los extendía
sobre bloques de madera de diferentes formas, se los privaba de alimentos, se
los enviaba a efectuar trabajos pesados (a un molino, o a las minas). A los
esclavos fugitivos se les ponía en la frente marcas con hierro candente. En
Atenas, los esclavos se hallaban en situación relativamente mejor que en otros
Estados griegos. Los temores a que los esclavos, sometidos a condiciones
insoportables, pudieran sublevarse fácilmente determinaron la intromisión del
Estado en las relaciones entre los esclavos y sus propietarios, acarreando la
prohibición de represiones arbitrarias respecto a aquéllos. Tal situación de los
esclavos atenienses indignaba a los adversarios de la democracia. «En cuanto a
los esclavos y metecos, en Atenas hay una grandísima licencia, y allí ni te es
lícito golpear a nadie ni te cederá el paso ningún siervo», se queja el Pseudo—Jenofonte
en la República de los atenienses, expresando con ello la expresión de los
esclavistas atenienses más reaccionarios y recalcitrantes.
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