|
El cine se desarrolló desde el punto de vista científico antes de que sus
posibilidades artísticas o comerciales fueran conocidas y exploradas. Uno de los
primeros avances científicos que llevó directamente al desarrollo del cine
fueron las observaciones de Peter Mark Roget, secretario de la Real Sociedad de
Londres, que en 1824 publicó un importante trabajo científico con el título de
Persistencia de la visión en lo que afecta a los objetos en movimiento,
en el que establecía que el ojo humano retiene las imágenes durante una fracción
de segundo después de que el sujeto deja de tenerlas delante. Este
descubrimiento estimuló a varios científicos a investigar para demostrar el
principio.
Historia del cine

Los primeros experimentos
Tanto en Estados Unidos como en Europa, se animaban imágenes dibujadas a mano
como forma de diversión, empleando dispositivos que se hicieron populares en los
salones de la clase media. Concretamente, se descubrió que si 16 imágenes de un
movimiento que transcurre en un segundo se hacen pasar sucesivamente también en
un segundo, la persistencia de la visión las une y hace que se vean como una
sola imagen en movimiento.
El zoótropo que ha llegado hasta nuestros días consta de una serie de dibujos
impresos en sentido horizontal en bandas de papel colocadas en el interior de un
tambor giratorio montado sobre un eje; en la mitad del cilindro, una serie de
ranuras verticales, por las cuales se mira, permiten que, al girar el aparato,
se perciban las imágenes en movimiento. Un ingenio algo más elaborado era el
praxinoscopio, del inventor francés Charles Émile Reynaud, que consistía en un
tambor giratorio con un anillo de espejos colocado en el centro y los dibujos
colocados en la pared interior del tambor. Según giraba el tambor, los dibujos
parecían cobrar vida.
En aquellos mismos años, William Henry Fox Talbot en el Reino Unido y Louis
Daguerre en Francia trabajaban en un nuevo descubrimiento que posibilitaría el
desarrollo del cinematógrafo: la fotografía, ya que sin este invento previo no
existiría el cine. Hacia 1852, las fotografías comenzaron a sustituir a los
dibujos en los artilugios para ver imágenes animadas. A medida que la velocidad
de las emulsiones fotográficas aumentó, fue posible fotografiar un movimiento
real en vez de poses fijas de ese movimiento. En 1877 el fotógrafo
angloestadounidense Eadweard Muybridge empleó una batería de 24 cámaras para
grabar el ciclo de movimientos del galope de un caballo.
Un paso relevante hacia el desarrollo de la primera cámara de imágenes en
movimiento fue el que dio el fisiólogo francés Étienne Jules Marey, cuyo
cronofotógrafo portátil (una especie de fusil fotográfico) movía una única banda
que permitía obtener doce imágenes en una placa giratoria que completaba su
revolución en un segundo. Sin embargo, su tira de película consistía en un papel
mojado en aceite que se doblaba y se desgarraba con facilidad. Hacia 1889, los
inventores estadounidenses Hannibal Goodwin y George Eastman desarrollaron más
tiras de emulsión fotográfica de alta velocidad (que necesitaban poco tiempo
para impresionarse) montadas en un celuloide resistente: su innovación eliminó
un obstáculo esencial en la experimentación con las imágenes en movimiento.
Orígenes de la cámara de cine
La invención de la cámara de cine fue precedida por muchos inventos
relacionados con experimentos en el campo del movimiento y la visión. Conforme
se iba perfeccionando la fotografía, el siguiente paso natural sería conseguir
la imagen en movimiento. Desde el zoetropo, se experimentó en todas las
direcciones hasta la invención del cine.
Thomas Alva Edison y William K. L. Dickson
Hasta 1890, los científicos estaban interesados principalmente en el
desarrollo de la fotografía más que en el de la cinematografía. Esto cambió
cuando el antiguo inventor, y entonces ya industrial, Thomas Alva Edison
construyó el Black Maria, un laboratorio cerca de West Orange (Nueva Jersey),
que se convirtió en el lugar donde realizaba sus experimentos sobre imágenes en
movimiento y el primer estudio de cine del mundo. Edison está considerado por
algunos como el diseñador de la primera máquina de cine, el kinetoscopio, pero
en realidad ni fue él el inventor ni el invento era propiamente una cámara de
cine. Su ayudante, William K. L. Dickson fue quien hizo en realidad casi todo el
trabajo, diseñando el sistema de engranajes, todavía empleado en las cámaras
actuales, que permite que la película corra dentro de la cámara, e incluso fue
él quien por vez primera logró en 1889 una rudimentaria imagen con sonido. El
kinetoscopio, patentado por Edison en 1891, tenía unos 15 metros de película en
un bucle interminable que el espectador —individual— tenía que ver a través de
una pantalla de aumento. El artefacto, que funcionaba depositando una moneda, no
puede considerarse por tanto un espectáculo público, y quedó como una curiosidad
de salón que en 1894 se veía en Nueva York, y antes de finalizar ese año, en
Londres, Berlín y París.
Edison e Eastman con una cámara
Thomas Edison (derecha) trabajando con George Eastman en una cámara
cinematográfica. Además de inventar la bombilla, el fonógrafo y el generador
eléctrico, Edison desarrolló la tecnología cinematográfica y sincronizó
películas con sonido grabado, realizando las primeras películas del cine sonoro.
Los hermanos Lumière
Los experimentos sobre la proyección de imágenes en movimiento visibles para
más de un espectador se estaban desarrollando simultáneamente en Estados Unidos
y en Europa; en Francia, a pesar de no contar con la gran infraestructura
industrial de Edison, los hermanos Louis y Auguste Lumière llegaron al
cinematógrafo, invento que era al tiempo cámara, copiadora y proyector, y
que es el primer aparato que se puede calificar auténticamente de cine, por lo
que la fecha de su presentación pública, el 28 de diciembre de 1895, y el nombre
de los inventores son los que han quedado reconocidos universalmente como los
iniciadores de la historia del cine. Los hermanos Lumière produjeron además una
serie de cortometrajes con gran éxito, de género documental, en los que se
mostraban diversos elementos en movimiento: obreros saliendo de una fábrica,
olas rompiendo en la orilla del mar y un jardinero regando el césped. Uno de sus
cortometrajes más efectistas para demostrar las posibilidades del nuevo invento
fue el que mostraba a un tren correo avanzando hacia el espectador, lo que
causaba gran impresión en el público asistente. El cine que se producía mientras
en el estudio de Edison era más teatral: números circenses, bailarinas y actores
dramáticos que actuaban para las cámaras. Pero para entonces el equipamiento
elemental ya había sido estandarizado siguiendo el modelo del cinematógrafo de
los hermanos Lumière, y las películas se comenzaron a comercializar a escala
internacional.
Películas de una bobina
En 1896 el ilusionista francés Georges Méliès demostró que el cine no sólo
servía para grabar la realidad, sino que también podía recrearla o falsearla.
Con estas imaginativas premisas, hizo una serie de películas que exploraban el
potencial narrativo del nuevo medio, dando inicio al cine de una sola bobina. En
un estudio en las afueras de París, Méliès rodó el primer gran filme puesto en
escena cuya proyección duró cerca de quince minutos: L'Affaire Dreyfus (El
caso Dreyfus, 1899) y filmó Cendrillas (Cenicienta, 1900) en
20 escenas. Pero sobre todo a Méliès se le recuerda por sus ingeniosas fantasías
como Viaje a la luna (1902) y Alucinaciones del barón de Münchhausen,
en las que experimentaba las posibilidades de los trucajes con la cámara de
cine. Méliès descubrió que deteniendo la cámara en mitad de una toma y
recolocando entonces los elementos de la escena antes de continuar podía, por
ejemplo, hacer desaparecer objetos. Del mismo modo, retrocediendo la película
unos cuantos centímetros y comenzando la siguiente toma encima de lo ya filmado,
lograba superposiciones, exposiciones dobles y disoluciones (fundidos y
encadenados, como elemento de transición entre distintas escenas). Sus
cortometrajes fueron un éxito inmediato de público y pronto se difundieron por
todo el mundo. Aunque hoy en día parecen poco más que curiosidades, son
precursores significativos de las técnicas y los estilos de un arte entonces
balbuceante.
El estilo documentalista de los hermanos Lumière y las fantasías teatrales de
Méliès se fundieron en las ficciones realistas del inventor estadounidense Edwin
S. Porter, a quien se le atribuye en ocasiones la paternidad del cine de
ficción. Trabajando en el estudio de Edison, Porter produjo la primera película
estadounidense interesante, Asalto y robo de un tren, en 1903. Esta
película, de 8 minutos, influyó de forma decisiva en el desarrollo del cine
porque incluía innovaciones como el montaje de escenas filmadas en diferentes
momentos y lugares para componer una unidad narrativa. Al hacer esto, Porter
inició el montaje, uno de los fundamentos de la creación cinematográfica,
proceso en el que diferentes fragmentos elegidos de las diversas tomas
realizadas —o disponibles— se reúnen para conseguir un conjunto coherente.
Asalto y robo de un tren tuvo un gran éxito y contribuyó de forma
notable a que el cine se convirtiera en un espectáculo masivo. Las pequeñas
salas de cine, conocidas como nickelodeones, se extendieron por Estados Unidos,
y el cine comenzó a surgir como industria. La mayoría de las películas, de una
sola bobina, de la época eran comedias breves, historias de aventuras o
grabaciones de actuaciones de los actores teatrales más famosos del momento.
Las películas mudas

Entre 1909 y 1912 todos los aspectos de la naciente industria estuvieron bajo
el control de un trust estadounidense, la MPPC (Motion Pictures Patents
Company), formado por los principales productores. Este grupo limitó la duración
de las películas a una o dos bobinas y rechazó la petición de los actores de
aparecer en los títulos de crédito. El trust fue desmontado con éxito en
1912 por la ley antitrust del gobierno, que permitió a los productores
independientes formar sus propias compañías de distribución y exhibición, por lo
que pudieron llegar hasta el público estadounidense obras europeas de calidad,
como Quo vadis? (1912, de Enrico Guazzoni), de Italia, o La reina
Isabel (1912), de Francia, protagonizada por la actriz Sarah Bernhardt.
Cine mudo estadounidense
El ejemplo, sobre todo de Italia, que en 1912 con 717 producciones era el
cine más potente del mundo, llevó a los productores estadounidenses a la acción,
viéndose obligados a hacer películas más largas, en las que los directores
tuvieran también una mayor libertad artística, y los actores figuraran en los
títulos de crédito, lo que hizo indefectiblemente que algunos de éstos se
convirtieran en los favoritos del público. Como resultado, siguió un periodo de
expansión económica y artística en el cine de este país.
D. W. Griffith
El cineasta más influyente del periodo mudo en la naciente industria
estadounidense fue el productor y director D. W. Griffith, que en 1908
desarrolló la producción desde los estudios Biograph, en Nueva York, y
perfeccionó los elementos que hasta entonces se habían empleado para hacer cine.
Dio a los planos un sentido narrativo funcional, comenzándolos sólo cuando había
en la acción elementos significativos que mostrar, y terminando en cuanto la
acción concluía. También acercó la cámara a los actores para conseguir más
fuerza emocional, dando al primer plano un sentido enfático y rompiendo con el
tópico, hasta entonces predominante en la industria, de que los espectadores no
comprenderían dos ojos o una mano llenando toda la pantalla. Griffith, además de
introducir estas novedades en la colocación de la cámara, hizo también
evolucionar la puesta en escena, y formó y dirigió su propia compañía de actores
hacia un modo de interpretación más naturalista (como por otra parte requerían
los planos más cercanos de los intérpretes). En su escuela se formaron futuras
estrellas como Mary Pickford, Lillian Gish o Lionel Barrymore. Además,
experimentó con cierta libertad con la iluminación, los ángulos de cámara y el
uso de filtros sobre los objetivos para conseguir efectos únicos. Griffith
también descompuso las escenas en una serie de planos diferentes, midiendo la
duración de cada uno de ellos para conseguir una intensidad emocional creciente
y un ritmo antes desconocido en el cine. Con ello demostró que la base de la
expresión fílmica es el montaje, y que la unidad de montaje es el plano, y no la
escena.
En 1913 Griffith completó la que sería la primera de sus obras épicas:
Judit de Betulia, película de 4 bobinas que irritó a los ejecutivos de la
Biograph por su duración, por lo que no fue distribuida hasta 1914, cuando la
producción de los largometrajes era ya algo más común. Mientras tanto, Griffith
había dejado la Biograph para incorporarse a la Mutual de Hollywood y había
comenzado a trabajar en El nacimiento de una nación (1915), película de
12 bobinas considerada la primera obra maestra del cine. Aunque hoy resulte
ridícula por su tono reaccionario en defensa del Ku Klux Klan, en su día
emocionó a los espectadores, que llegaron a los cien millones, con la mezcla
experta de acción, combate y drama humano. Con los cuantiosos beneficios de esta
obra, Griffith emprendió un intento más progresista, y también más atrevido
formalmente, de retratar a través de cuatro episodios históricos el fanatismo
humano: Intolerancia (1916). Esta obra le supuso, sin embargo, un fracaso
comercial y la ruina económica, ya que el montaje final en el que se
entremezclaban fragmentos de las cuatro historias que componían la película:
La caída de Babilonia, Vida y Pasión de Cristo, La matanza de san Bartolomé
y La madre y la ley, sin ningún enlace entre los cuatro episodios,
resultaba ya excesivamente complejo.
El traslado a Hollywood
Entre 1915 y 1920 las grandes salas de cine proliferaron por todo el
territorio de Estados Unidos, mientras la industria se trasladaba de los
alrededores de Nueva York a Hollywood, pequeña localidad californiana junto a
Los Ángeles donde los productores independientes, como Thomas Harper Ince, Cecil
B. de Mille y Mack Sennett, construyeron sus propios estudios. Ince introdujo el
sistema de unidades, en el que la producción de cada película estaba
descentralizada —se trabajaba por obra—, con lo que se podían hacer
simultáneamente varias películas, cada una de ellas supervisada de principio a
fin por un jefe de unidad —un productor ejecutivo— que dependía a su vez del
jefe del estudio. Se produjeron así cientos de películas al año como respuesta a
la creciente demanda de las salas. La inmensa mayoría eran westerns, comedias de
tortazos y resbalones y elegantes melodramas, como el de Cecil B. de Mille
Macho y hembra (1919) protagonizado por Gloria Swanson. Ince, por su parte,
se especializó en la Guerra Civil estadounidense y el lejano Oeste, sin
concesiones al sentimentalismo, en los que destacó el entonces popular vaquero
William S. Hart.
Películas cómicas mudas
Mack Sennett llegó a ser entonces el rey de la comicidad, introduciendo en la
pantalla el estilo de los espectáculos de variedades, en una serie de
imaginativas películas protagonizadas por los famosos Keystone Kops. Su estilo
en conjunto era nuevo, ya que fundía elementos del vodevil, el circo, las tiras
cómicas y la pantomima teatral, con un sentido del ritmo en el que era un
verdadero maestro. Sennett decía que un gag debía plantearse, desarrollarse y
completarse en menos de 30 metros de película (que equivalen a menos de un
minuto de proyección). Tenía un talento especial para crear una atmósfera en la
que el temperamento artístico de cada cómico pudiera brillar. Sennet fue un gran
descubridor de talentos; entre los que trabajaron con él destacaron Marie
Dressler, Mabel Normand, Fatty Arbuckle, Gloria Swanson, Harold Lloyd, Wallace
Beery y un nuevo cómico británico cuyo nombre artístico era Charlie Chaplin.
Chaplin era un cómico genial cuyos trabajos darían brillo a la pantalla. Su
sola presencia era suficiente para asegurar el éxito comercial de una película.
Fue la primera estrella internacional y una leyenda viva desde su juventud,
rompiendo con cada nueva producción los récords de taquilla anteriores. Su
personaje del vagabundo Charlot mezclaba de una forma única la comedia
sentimental, la sátira social y el patetismo de la naturaleza humana,
convirtiéndose en un arquetipo universal. Este personaje fue creciendo a lo
largo de sus películas El vagabundo (1915), Vida de perros (1918),
El chico (1921) y La quimera del oro (1925). Con la llegada del
sonoro, los productores se niegan a estrenar Luces de la ciudad (1931),
pero él lo hace por su propia cuenta y vuelve a romper todos los récords de
taquilla, éxito que repite con Tiempos modernos (1936), sátira contra la
automatización del trabajo, y El gran dictador (1940), primer filme
hablado de Chaplin, una oportuna burla de los dictadores de aquella época que le
trae, sin embargo, enemistades entre los sectores más reaccionarios del poder
estadounidense, obligándole a abandonar el país en la década de 1950, cuando la
`caza de brujas' promovida por McCarthy siembra la sospecha y la desconfianza
hacia los cineastas progresistas. Mucho antes, en 1919, tras sus primeros
éxitos, Chaplin, junto con D. W. Griffith y los dos actores más famosos del
momento, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, habrá formado la productora United
Artists, precursora del star system —aunque en su caso y el de Griffith
además de estrellas eran los auténticos creadores y productores—, e iniciadora
de la época de oro del cine mudo en Estados Unidos.
Escena de La quimera del oro
La quimera del oro (1925) es una de las películas más famosas del cine
mudo. Charlot, el personaje creado por Chaplin, es transportado a Alaska, donde
encuentra mil dificultades que él soluciona de una manera singular. En esta
escena, Chaplin aparece junto a Georgia Hale.
Cine mudo latinoamericano
El cinematógrafo fue conocido en la mayoría de las capitales de los países
latinoamericanos inmediatamente después de la primera proyección realizada en
París por los hermanos Lumière. Sin embargo, en ninguno de ellos surgió una
industria propiamente dicha hasta la década de 1940. Desde principios del siglo
XX, a través de la distribución y la exhibición, las compañías estadounidenses
de cine detentan el control de las pantallas de todo el continente, salvo en el
corto periodo de la II Guerra Mundial. Como aliado, México se benefició de este
importante mercado cedido por Estados Unidos en detrimento de Argentina y
España, el primero neutral y el segundo bajo una dictadura fascista, que vieron
decaer sus respectivas industrias cinematográficas. En ese periodo México vio
crecer su industria gracias a un mercado seguro de habla castellana. Las
producciones por lo general eran comedias y dramas populares, cuando no
películas de tendencia socio-folclórica. El cine en México había empezado con
Riña de hombres en el zócalo (1897). A partir de esta fecha no se dejaron de
producir películas, generalmente noticiarios sobre la independencia y la
Revolución Mexicana como El grito de Dolores (1910, de Felipe Jesús del
Haro) o Insurrección en México (1911, de los hermanos Alva). En 1917, el
gobierno de Venustiano Carranza restringe la difusión del cine documental
revolucionario, y ese mismo año se funda la productora Azteca Film, que realiza
películas de ficción como La obsesión.
Cine mudo europeo
La producción cinematográfica en el Reino Unido, Italia y los países nórdicos
decayó de forma drástica tras el fin de la I Guerra Mundial debido al aumento de
los costes de producción y a una incapacidad comercial para competir en un
mercado mundial creciente. Sin embargo, en Alemania, en la recién creada Unión
Soviética y en Francia, las películas alcanzaron una nueva significación
artística, marcando el inicio de un periodo que sería muy influyente en el
desarrollo del medio.
Alemania y Austria
El impactante e innovador cine mudo alemán tomó del expresionismo y las
técnicas del teatro clásico de la época sus principales fuentes de inspiración,
como muestra el ejemplo más conocido de película expresionista de la época,
El gabinete del doctor Caligari (1919), de Robert Wiene, en la que los
estilizados vestuarios y decorados se utilizaban para contar una terrorífica
historia que identifica la autoridad con la demencia y la criminalidad. Una
preocupación similar por la estilización formal y por lo sobrenatural en los
temas (frente al prosaico realismo del cine estadounidense, que ha predominado
como el único estándar debido a su éxito comercial) se evidencia en películas
como El Golem (1920), de Paul Wegener y Henrik Galeen, Nosferatu, el
vampiro (1922), de F. W. Murnau, y Metrópolis (1927) de Fritz Lang,
que trata de una sociedad robótica controlada por un gran poder industrial en la
que los obreros están reducidos a la condición de esclavos. Cualquiera de estas
películas, y en especial las dos últimas, crearon escuela en el cine comercial
estadounidense con su temática, decorados e incluso estilo de realización, como
prueba el que los dos directores fueran contratados por la industria de
Hollywood para continuar su trabajo en aquel país.
A mediados de la década de 1920, la capacidad técnica del cine alemán
sobrepasaba la de cualquier otro en el mundo. Los actores y los directores
recibían un apoyo casi ilimitado por parte del Estado, que financió los mayores
y mejor equipados estudios del mundo, los de la UFA (Universum Film
Aktiengesellschaft), de Berlín. Los estudios introspectivos, expresionistas de
la vida de las clases populares, conocidos como `películas de la calle', se
caracterizaban por su dignidad, belleza y duración, además de introducir grandes
avances en el uso efectivo de la luz, los decorados y la fotografía. Los
directores alemanes liberaron a la cámara del trípode y la pusieron sobre
ruedas, consiguiendo una movilidad y una gracia que no se habían visto antes.
Películas como las de Murnau El último (1924), protagonizada por Emil
Jannings, o El espejo de la dicha (1926), de G. W. Pabst, protagonizada
por una joven Greta Garbo, fueron aclamadas universalmente por la profundidad de
las emociones que comunicaban y sus innovaciones técnicas. Debido a la
emigración de los mejores talentos alemanes, austriacos y, en general,
centroeuropeos, la producción de las películas decayó rápidamente tras 1925,
convirtiéndose en una industria más que intentaba imitar el cine que se hacía en
Hollywood.
Greta Garbo
Greta Garbo empezó su carrera en la época del cine mudo, y su paso al cine
sonoro se produjo con éxito a principios de la década de 1930. Sus principales
películas fueron Mata Hari (1932), Ana Karenina (1935) y
Ninotchka (1939). Esta última se promocionó con la frase "¡Garbo sonríe!"
debido a que era una estrella conocida por su talante serio. El fotógrafo Edward
Steichen le hizo esta fotografía en 1928 para la revista Vanity Fair.
La Unión Soviética
Entre 1925 y 1930 apareció una serie de grandes películas soviéticas,
revolucionarias tanto en su temática como en su fuerza visual y los métodos de
realización empleados. La industria del cine soviético fue nacionalizada en 1919
y puesta bajo el control del Comisariado del Pueblo para la Propaganda y la
Educación. Las películas de este periodo mostraban la reciente historia
soviética con una fuerza, realismo y visión que era la antítesis del espíritu
introspectivo alemán. Los dos principales directores soviéticos, Serguéi
Mijáilovich Eisenstein y Vsiévolod Ilariónovich Pudovkin, recibieron una fuerte
influencia de la obra de Griffith, sobre todo de Intolerancia y su
montaje, aspecto del nuevo arte que analizaron en detalle, formularon teorías,
depuraron y aplicaron hasta conseguir los más brillantes logros en este campo de
la historia del cine, con la concatenación rápida de tomas separadas de gran
fuerza visual capaces de dejar una fuerte impresión en el espectador.
El empleo más espectacular de estas técnicas se puede apreciar en la obra de
Eisenstein El acorazado Potemkín (1925), en la que se relata el motín de
los marineros de un barco de guerra, hartos de recibir rancho podrido, y la
cálida recepción que las gentes de Odesa dan a los rebeldes. En la célebre
secuencia de las escaleras de Odesa, Eisenstein lleva hasta el clímax los
disparos de los soldados zaristas sobre la muchedumbre con una serie de escenas
rápidas, simultáneas, montadas de forma alternativa, combinando la descripción
general de la escena con detalles significativos, como el descenso del cochecito
de un niño que rueda por unas interminables escaleras al haber sido alcanzada su
madre, o la imagen de una abuela tiroteada, o un estudiante retrocediendo
horrorizado mientras las tropas avanzan sobre el pueblo con la bayoneta calada.
El resultado final crea una emoción única, integrando toda la serie de sucesos
simultáneos.
El fin de San Petersburgo (1927), de Pudovkin, y Octubre
(1928), de Eisenstein, también conocida como Diez días que estremecieron al
mundo, conmemoran el décimo aniversario de la revolución bolchevique desde
distintos puntos de vista. Pudovkin narró la historia del individuo como un
héroe, una personificación de las masas. Para Eisenstein, por su parte, las
masas por sí mismas son el héroe protagonista. Ambos cineastas —y sus
respectivos operadores, Golovna y Tissé— eran además excelentes escritores y
teóricos del cine, que analizaron su propio trabajo y el de otros autores
enriqueciendo un creciente corpus de crítica y teoría del cine que se publicó en
todo el mundo.
España
En España los pioneros del nuevo arte empiezan a producir películas en 1896.
Eduardo Jimeno realiza Salida de la misa de doce del Pilar de Zaragoza
(1897), al puro estilo de los hermanos Lumière. En Barcelona, Fructuoso Gelabert
realiza e interpreta Riña de café (1897), la primera película española
con argumento. El hotel fantástico (1905), realizada por Segundo de
Chomón, incorpora sobreimpresiones y otros trucos que había utilizado en Francia
Georges Méliès. Las productoras más importantes de la época del cine mudo son
Hispano Films, Films Barcelona e Iris Films. Por lo general producían películas
basadas en acartonados dramas teatrales. El gobierno desdeña las posibilidades
del cine y ya en 1913 dicta la primera orden de censura. La zarzuela, que
suministra temas cinematográficos en la década de 1920, se convierte en todo un
subgénero con títulos como La revoltosa (1924) y Gigantes y cabezudos
(1925), ambas de Florián Rey. Su mayor éxito lo consiguió con La aldea
maldita (1929). Con la llegada del cine sonoro Benito Perojo realiza La
verbena de la Paloma (1935); y durante los años de la Segunda República es
el director más afamado y cosmopolita, pues también trabajó como guionista,
actor y productor en Berlín, París y Hollywood. La película más importante de la
etapa del cine mudo fue Las Hurdes, tierra sin pan (1932), de Luis Buñuel.
Francia
Solamente en Francia la industria cinematográfica tenía el vigor necesario
como para sobrevivir durante la etapa que siguió a la I Guerra Mundial sin el
apoyo del gobierno. Trabajando en pequeños estudios, alquilados para cada
película, un grupo de diferentes artistas desarrolló un cine tanto de vanguardia
como tradicional con un mínimo de interferencias por parte de los productores
ejecutivos. El escritor, director y editor de revistas de cine Louis Delluc fue
un defensor ardiente del cine francés, que se rodeó de creadores como Abel Gance,
René Clair, Jean Epstein o Germaine Dulac. Fue un grupo del que dependería mucho
la supervivencia del cine francés. La obra de Delluc Fiebre (1921) era un
retrato impresionista de la vida de las clases populares, mientras que Un
sombrero de paja en Italia (1927), de Clair, es una deliciosa e imaginativa
comedia basada en una farsa popular del siglo XIX, y Napoleón (1927), de
Abel Gance, es una obra monumental e innovadora en cuanto a la técnica: empleaba
tres pantallas sobre las que se proyectaban docenas de imágenes simultáneas.
Una de las producciones francesas más destacadas de la década de 1920 es
La pasión de Juana de Arco (1928), del danés Carl Theodor Dreyer, que,
trabajando con un reparto y un equipo técnico internacionales, mezcló lo mejor
del cine escandinavo, alemán y soviético para hacer un cine con un estilo
propio, fluido y lleno de encanto, en el que forma y contenido se fundían para
conseguir una reverencia operística por el resultado final. Además, la
interpretación de Renée Falconetti como Juana de Arco está considerada como uno
de los mejores ejemplos de interpretación cinematográfica muda. Esta película,
junto con Amanecer (1927), película estadounidense de Murnau, cierran el
periodo más brillante del cine mudo que daría paso al advenimiento del sonoro.
Abel Gance
El pionero director de cine francés Abel Gance fue el cerebro que creó muchas
de las mejores películas mudas de las décadas de 1910 y 1920. Dos de sus
películas de los años veinte, la épica La rueda (1923) y Napoleón
(1927), sobresalen de modo especial por el innovador trabajo de cámara. Más
tarde utilizó el efecto de triple pantalla llamado Polyvisión.
La madurez del cine mudo
En los años posteriores a la I Guerra Mundial, la industria cinematográfica
se convirtió en uno de los sectores principales de la industria estadounidense,
generando millones de dólares de beneficios a los productores que tenían éxito.
Las películas de este país se internacionalizaron y dominaron el mercado
mundial. Los autores europeos más destacados fueron contratados por los estudios
y sus técnicas se asimilaron en Hollywood, que las adaptó a sus fines
comerciales. El star system floreció, y las películas utilizaron a las
grandes estrellas, entre otras a Rodolfo Valentino, John Barrymore, Greta Garbo,
Clara Bow y Norma Shearer, como principal atractivo para el público. El periodo
se caracterizó también por el intento de regular los valores morales del cine a
través de un código de censura interna, creado por la propia industria de
Hollywood en 1930 (el código Hays, bautizado así por dirigirlo el político y
moralista Will Hays). Este tipo de instrumentos de control político moral
persistieron hasta 1968 en Estados Unidos.
En los años veinte las películas estadounidenses comenzaron a tener una
sofisticación y una suavidad de estilo que sintetizaba lo que se había aprendido
de la experiencia. Los majestuosos westerns románticos, como El caballo de
hierro (1924), de John Ford, mostraban la economía y maestría narrativas que
marcarían la trayectoria de los directores clásicos Frank Capra, William Wyler o
George Stevens. Mientras, Cecil B. de Mille trataba de enmascarar el erotismo de
sus primeras comedias sexuales, como El señorito Primavera (1921), tras
la fachada bíblica de espectáculos como Los diez mandamientos (1923) o
El rey de reyes (1927) en los que de hecho aparecían orgías y escenas de
baño con el menor pretexto.
Dos de los directores más populares de la época, Ernst Lubitsch y Erich von
Stroheim, alemán el primero y austriaco el segundo, revelaron sus sofisticados y
diferentes comportamientos en la pantalla con sus primeras obras en Hollywood.
El primero abandonó los espectáculos que había dirigido en su país para hacer
comedias ligeras, románticas, caracterizadas por la sencillez de sus decorados,
elegancia de su técnica y encanto personal. En Los peligros del flirt
(1924) o La locura del charlestón (1926) manejó con tanta habilidad el
tema sexual que lograba al mismo tiempo mostrarlo plenamente y resultar
aceptable para los censores. El trabajo de Von Stroheim, por su parte, más duro
y más europeo en su tono, es de una riqueza extravagante e incluso en ocasiones
melancólicas, como en Esposas frívolas (1922), en la que contrasta la
inocencia estadounidense con la decadencia europea. Su obra maestra sobre la
codicia en la sociedad estadounidense, Avaricia (1923), fue reducida por
los ejecutivos del estudio de diez a dos horas. La mayoría de lo cortado
entonces se ha perdido, pero incluso en su forma abreviada es considerada como
una de las obras maestras del realismo cinematográfico.
Las películas cómicas conocieron una época dorada en los años veinte. A
Chaplin se unieron otros dos cómicos, Harold Lloyd y Buster Keaton, a la cabeza
del género, ambos continuadores de la tradición de las películas cómicas de
payasadas, de una sola bobina. Durante este periodo, cada uno de estos cómicos
dispuso del tiempo y del apoyo económico necesarios para desarrollar su estilo
personal. Keaton nunca sonreía, y en películas como El moderno Sherlock
Holmes (1924), dirigida por él, hizo contrastar su gesto impasible con los
gags visuales basados en sus increíbles facultades físicas. Harold Lloyd era un
cómico temerario que jugaba a menudo con la ley de la gravedad desde grandes
alturas. Encarnaba al chico ingenuo típicamente estadounidense, como en El
estudiante novato (1925), de Sam Taylor y Fred Newmeyer, en el que
interpreta al personaje débil que demuestra su valentía.
El documental en la época del cine mudo
Las primeras películas eran documentales, ya que se limitaban a mostrar
hechos que ocurrían en la calle: el terremoto de San Francisco en 1906, el vuelo
de los hermanos Wright en Francia en 1908 o la erupción del volcán Etna en
Sicilia en 1910 fueron sucesos filmados por cámaras de cine que se incorporaban
a alguno de los noticiarios Pathé, que continuaron produciéndose hasta cerca de
la década de 1950. Sin embargo, una vez que las películas de ficción se hicieron
populares, las de hechos reales fueron casi totalmente abandonadas hasta la
aparición del documentalista Robert Flaherty a comienzos de la década de 1920.
Su obra Nanuk el esquimal (1922), estudio de la vida de ese pueblo,
poseía un alto grado de acercamiento a la intimidad de los personajes, con los
que establecía un contacto cálido y que el cine documental mostraba por primera
vez. Aunque su trabajo posterior, especialmente Moana (1926), terminada
por el cineasta de ficción Murnau, y Hombres de Arán (1934) fueran
criticadas por lo que tenían de ficción, son obras maestras del género, para el
que consiguió el interés del gran público. El documental llegó después a su
cenit en Gran Bretaña.
El cine sonoro
En 1926 la productora Warner Brothers introdujo el primer sistema sonoro
eficaz, conocido como Vitaphone, consistente en la grabación de las bandas
sonoras musicales y los textos hablados en grandes discos que se sincronizaban
con la acción de la pantalla. En 1927, la Warner lanzó El cantor de jazz,
de Alan Crosland, la primera película sonora, protagonizada por el showman
de origen ruso Al Jolson, que alcanzó un éxito inmediato e inesperado entre el
público. Su eslogan, sacado del texto de la película “aún no has oído nada”,
señaló el final de la era muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había sido
superado por el Movietone, que grababa el sonido directamente en la película, en
un banda lateral. Este proceso, inventado por Lee de Forest, se convirtió en el
estándar. El cine sonoro pasó a ser un fenómeno internacional de la noche a la
mañana.
Las primeras películas habladas
La transición del cine mudo al sonoro fue tan rápida que muchas películas
distribuidas entre 1928 y 1929, que habían comenzado su proceso de producción
como mudas, fueron sonorizadas después para adecuarse a una demanda apremiante.
Los dueños de las salas se apresuraron también a convertirlas en salas aptas
para el sonoro, mientras se rodaban películas en las que el sonoro se exhibía
como novedad, adaptando obras literarias e introduciendo extraños efectos
sonoros a la primera oportunidad. El público pronto se cansó de los diálogos
monótonos y de las situaciones estáticas de estas películas, en las que un grupo
de actores se situaba cerca de un micrófono fijo.
Tales problemas se solucionaron en los inicios de la década de 1930, cuando
en varios países un grupo de directores de cine tuvieron la imaginación
necesaria para usar el nuevo medio de forma más creativa, liberando el micrófono
de su estatismo para restablecer un sentido fluido del cine y descubrir las
ventajas de la postsincronización (el doblaje, los efectos sala y la
sonorización en general que sigue al montaje), que permitía la manipulación del
sonido y de la música una vez rodada y montada la película. En Hollywood,
Lubitsch y King Vidor experimentaron con el rodaje de largas secuencias sin
sonido, añadiéndolo posteriormente para resaltar la acción. Lubitsch lo hizo
suavemente, con la música, en El desfile del amor (1929), y Vidor con el
sonido ambiente para crear una atmósfera natural en Aleluya (1929), un
musical realista interpretado íntegramente por actores afroamericanos cuya
acción transcurre en el sur de Estados Unidos. Los directores comenzaban a
aprender a crear efectos con el sonido que partía de objetos no visibles en la
pantalla, dándose cuenta que si el espectador oía un tictac era innecesario
mostrar el reloj.
Los guionistas Ben Hecht, Dudley Nichols y Robert Riskin comenzaron a
inventarse diálogos especialmente elaborados para la pantalla, a los que se
despojaba de todo lo que no fuera esencial para que sirvieran a la acción en vez
de estorbarla. El estilo periodístico rapidísimo que Hecht preparó para Un
gran reportaje (1931), de Lewis Milestone, contrasta con las ingeniosas
réplicas que escribiría para la obra de Lubitsch Una mujer para dos
(1933). Nichols, por su parte, destacó por sus diálogos claros, sin
ambigüedades, en películas como María Estuardo (1936), de John Ford.
Riskin se hizo famoso por sus personajes familiares en las películas de Frank
Capra, entre ellas Sucedió una noche (1934), protagonizada por Claudette
Colbert y Clark Gable.
Películas de gángsters y musicales
Las películas de gángsters y musicales dominarían la pantalla a comienzos de
1930. El éxito de Hampa dorada (1930), de Mervyn Le Roy, hizo una
estrella de Edward G. Robinson. Películas como El enemigo público número 1
(1934), de W. S. Van Dyke, o Scarface, el terror del hampa (1932), de
Howard Hawks, dieron dinamismo, vigor y realismo a la pantalla, como los
musicales y las comedias estrafalarias que parecían mostrar una actitud
inconformista ante la vida. El éxito del musical de la Warner La calle 42
(1933), de Lloyd Bacon y Busby Berkeley, inició una tendencia a producir
películas de baile, con coreografías magistrales de Berkeley. Éstas darían paso
a musicales más intimistas, como los de Fred Astaire y Ginger Rogers, como
Sombrero de copa (1935), de Mark Sandrich, y Swing time (1936), de
George Stevens. Los cómicos populares, como W. C. Fields, los Hermanos Marx, Mae
West y Stan Laurel y Oliver Hardy (el Gordo y el Flaco), crearon al tiempo
mundos cómicos distintos y personales con los que el público de cada uno de
ellos se identificaba. Por entonces, gran parte de la violencia y la carga
sexual de las primeras películas de gángsters y de las comedias musicales fue
reducida por la influencia de la Legión Católica para la Decencia y la creciente
fuerza de las leyes de la censura de 1934.
Escena de Una noche en la ópera
Otis B. Driftwood (Groucho Marx) y Fiorello (Chico Marx) discuten sobre la
cláusula de sensatez en esta escena de la película Una noche en la ópera
(1935), considerada la mejor de las trece películas que hicieron los hermanos
Marx.
Las estrellas
La mayoría de los directores de los años treinta se ocuparon sobre todo de
proporcionar en sus películas medios para el lucimiento de las estrellas más
famosas, como Katharine Hepburn, Bette Davis, Humphrey Bogart, Joan Crawford y
Clark Gable, cuyas personalidades se presentaban a la opinión pública como una
extensión de los personajes que interpretaban. La moda de llevar al cine novelas
de éxito (y en concreto novelones románticos), en realidad siempre presente en
la industria de Hollywood, alcanzó su punto máximo en la década de 1930, con las
superproducciones de Historia de dos ciudades (1935), de Jack Conway,
La buena tierra (1937), de Sidney Franklin, Cumbres borrascosas
(1939), de William Wyler, y uno de los grandes hitos de la historia del cine,
Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming.
Casablanca
Humphrey Bogart fue uno de los grandes actores de Hollywood, a pesar del
escepticismo inicial de los ejecutivos del estudio sobre el atractivo que podría
tener para el público. Uno de sus papeles más famosos fue el de Rick, en
Casablanca (1942). La frase que se oye aquí ("Here's looking at you, kid")
se la decía a Ingrid Bergman, que interpretaba a Ilse, la amante de Rick.
Películas fantásticas
La tendencia a evadirse de una realidad no demasiado halagüeña se acentuó en
aquellos años. Un ciclo de películas de terror clásico, entre las que se
incluyen Drácula (1931), de Tod Browning, El doctor Frankenstein
(1931), de James Whale, y La momia (1932), de Karl Freund, salió de los
estudios de la Universal, y generó una serie de secuelas e imitaciones a lo
largo de toda la década. Una película que cosechó un éxito rotundo de taquilla
fue King Kong (1933), de Merian C. Cooper. En el género fantástico
también destacó El mago de Oz (1939), de Victor Fleming, musical infantil
basado en el libro de L. Frank Baum, protagonizado por Judy Garland, que se
convertiría en la primera artista musical de la década de 1940.
El cine artístico
La producción de películas fantásticas de Hollywood se intentó compensar
durante los años treinta con películas más serias y realistas, europeas en su
mayor parte, como la alemana El ángel azul (1930), de Josef von Sternberg,
que dio a conocer a Marlene Dietrich, o la francesa La gran ilusión
(1937), de Jean Renoir, considerada una de las grandes películas antibélicas de
la historia del cine. Un cineasta estadounidense procedente de la radio, el
escritor-director-actor Orson Welles, sorprendió desde su primera obra con sus
nuevos encuadres, objetivos angulares y efectos de sonido, entre otras
innovaciones, que ampliaron considerablemente el lenguaje cinematográfico.
Aunque nunca llegó a adaptarse a la industria de Hollywood, y pocas veces
encontró respaldo financiero para sus proyectos, sus películas Ciudadano Kane
(1941) y El cuarto mandamiento (1942) tuvieron una influencia capital en
la obra de los cineastas posteriores de Hollywood y del mundo entero.
La producción europea
La producción del centro y del este de Europa fue esporádica en el periodo
previo a la II Guerra Mundial, reduciéndose en Alemania a películas de
propaganda nazi como el documental Triumph des Willens (Triunfo de la
voluntad, 1934), de Leni Riefenstahl, celebración de la concentración anual
del partido nacionalsocialista alemán en la ciudad de Nuremberg. En la Unión
Soviética, el documental se centró en recreaciones de ópera y ballets demasiado
estáticas y elaboradas, con la excepción de dos excelentes películas de
Eisenstein por su montaje y por sus innovaciones visuales: Alejandro Nevski
(1938) e Iván el Terrible (1944-1948). En Francia, sin embargo, el cine
alcanzó uno de sus mejores momentos con el realismo poético de Marcel Carné y
las películas de Jean Renoir. Jean Vigo insufló de una enorme fuerza poética a
la imagen con ejemplos como Cero en conducta (1933) o L'Atalante
(1934). A pesar de la caótica industria francesa, especialmente durante la
guerra, la actividad creadora no cesó y Marcel Carné, incluso durante la
ocupación nazi, realizaría la obra maestra Les enfants du paradis (Los
niños del paraíso, 1945), de más de tres horas de duración, empleando
cientos de extras en una alegoría teatral estilizada del amor y la muerte.
El documental británico
Aparte de los primeros trabajos del director Alfred Hitchcock, que empezó a
hacer largometrajes en Hollywood en 1939, y el trabajo durante la posguerra del
director Carol Reed, con obras como Larga es la noche (1946), la
contribución más peculiar del cine británico en las décadas de 1930 y 1940 fue
la escuela documentalista dirigida por John Grierson, que acuñó el término
documental, definiéndolo como “el tratamiento creativo de la realidad”, para
diferenciarlo de los noticiarios y de las películas de viajes. Como resultado
del apoyo estatal, se rodaron Song of Ceylon (Canción de Ceilán,
1934), Housing problems (Problemas de la vivienda, 1935) o
Night Mail (Correo nocturno, 1936), con las que el género maduró,
estableciendo una relación más cercana con el público mediante la inclusión de
entrevistas y recreaciones dramatizadas de hechos, en un estilo precursor de los
actuales docudramas televisivos.
James Stewart
James Stewart se convirtió en uno de los más memorables actores de cine por
su auténtica y sentida interpretación del hombre corriente. De sus 75 películas,
las más populares han sido las que hizo con los directores Frank Capra y Alfred
Hitchcock.
El documental estadounidense
Las películas de Grierson influyeron de forma importante en los documentales
rodados en Estados Unidos, especialmente en los de Pare Lorentz, cuyas películas
El arado que rompe los llanos (1936) y El río (1937) eran
reflexiones profundas y poéticas sobre las relaciones de la gente y su tierra.
Ambos documentales, junto con La ciudad (1939), técnicamente fascinante
sobre la planificación urbanística de Williard van Dyke, fueron unánimemente
aclamadas en su presentación en la Exposición Universal de Nueva York de 1939.
Durante la guerra, los cineastas estadounidenses combinaron el estilo documental
con formas de ficción para producir reconstrucciones de historias reales en
películas de suspense, como La casa de la calle 92 (1945), de Henry
Hathaway, una historia antinazi de espionaje basada en grabaciones del FBI. El
movimiento documentalista también influiría en Hollywood, sobre todo en la
realización de películas más realistas, del género bélico, como También somos
seres humanos (1945, William A. Wellman), una cruda visión del corresponsal
de guerra Ernie Pyle y su relación con los soldados en el frente.
Desarrollo del cine en color
Los experimentos con película de color habían comenzado ya en 1906, pero sólo
se había usado como curiosidad. Los sistemas ensayados, como el Technicolor de
dos colores, fueron decepcionantes y fracasaban en el intento de entusiasmar al
público. Pero hacia 1933 el Technicolor se había perfeccionado, con un sistema
de tres colores comercializable, empleado por vez primera en la película La
feria de la vanidad (1935), de Rouben Mamoulian, adaptación de la novela de
William Makepeace Thackeray. La popularidad del color aumentó, y durante los
años cuarenta se empleó sobre todo en una serie de musicales clásicos de la MGM
(Metro Goldwyn Mayer), entre los que destaca Easter Parade (Desfile de
Pascua, 1948), de Charles Walters. En la década de 1950 el uso del color se
generalizó tanto que prácticamente el blanco y negro quedó relegado para
películas de bajo presupuesto que buscaban un realismo sereno, como Marty
(1955) de Delbert Mann, sobre las aspiraciones de un carnicero del Bronx, o
El hombre del brazo de oro (1955), de Otto Preminger, en la que se contaba
la historia de un drogadicto. A partir de los años sesenta, el blanco y negro
quedó para crear efectos especiales en películas como Psicosis (1960) de
Hitchcock, o La última película (1971), de Peter Bogdanovich. Más
recientemente, lo hemos podido ver casi siempre en películas con pretensiones
artísticas, como El hombre elefante (1980), de David Lynch, Toro
salvaje (1980), de Martin Scorsese, La ley de la calle (1983), de
Francis Ford Coppola, o Zelig (1983), de Woody Allen.
El cine comercial después de la II Guerra Mundial
En la posguerra, la llegada de la televisión supuso un desafío a la industria
del cine que aún hoy perdura, cayendo la audiencia de unos 85 millones de
espectadores anuales en Estados Unidos durante la guerra a apenas 45 millones a
finales de la década de 1950. La industria respondió ofreciendo más espectáculo,
que se concretó en el mayor tamaño de las pantallas.
El formato panorámico
En 1953, la Twentieth Century Fox estrenó su película bíblica La túnica
sagrada, de Henry Koster, en un sistema nuevo denominado CinemaScope, que
inició la revolución de los formatos panorámicos. En una sucesión rápida, todos
los estudios lanzaron sus sistemas panorámicos, tales como el Vistavisión, Todd-AO,
Panavisión, SuperScope y Technirama. De todos ellos sólo el Todd-AO y el
Panavisión sobrevivirían, ya que suponían el uso de una sola cámara, un solo
proyector y película estándar de 35 mm, adaptándose más fácilmente a todos los
sistemas; su éxito cambió definitivamente la forma de las pantallas de cine.
Musicales a todo color, en pantallas anchas y plagados de estrellas, como Ha
nacido una estrella (1954), de George Cukor, u Oklahoma (1955), de
Fred Zinnemann, superproducciones históricas como Ben-Hur (1959), de
William Wyler, y películas de aventuras como Rebelión a bordo (1962), de
Lewis Milestone, o Doctor Zhivago (1965), de David Lean, llenarían las
pantallas de cine.
Cine tridimensional
Durante un breve periodo, a comienzos de la década de 1950, una novedad
conocida como 3D apareció en el mercado. Consistía en la superposición de dos
imágenes distintas de la misma escena, cada una tomada con un filtro de color
distinto y desde un ángulo ligeramente diferente, que, vistas a través de unas
gafas en las que cada ojo llevaba un filtro de color equivalente a los usados
durante el rodaje, reproducía la visión estereoscópica, dando impresión de
relieve. Pero lo engorroso de tener que utilizar gafas para ver las películas,
la falta de nitidez en la imagen y la escasa calidad de las películas con que se
lanzó, dieron al traste con la viabilidad comercial del sistema. Tras una moda
pasajera, con éxitos relativos como el de Los crímenes del museo de cera
(1953), de André de Toth, la novedad ya no fue tal y las películas en 3D se
dejaron de producir, distribuyéndose las que ya estaban terminadas en este
sistema como películas convencionales.
El declive del sistema de los grandes estudios
A pesar del éxito de los espectaculares formatos panorámicos, la popularidad
y la influencia de Hollywood decayó entre las décadas de 1950 y 1960. Los
estudios se desprendieron de las salas de exhibición y de otras empresas
asociadas y vendieron películas en un mercado más abierto y más competitivo. El
star system, en el que los estudios habían invertido millones de dólares,
se acababa. Los intérpretes, libres para actuar con independencia de los grandes
estudios, exigieron impresionantes sueldos y un porcentaje de los ingresos de
sus películas. Hacia 1959, la producción estadounidense había decrecido hasta
250 películas al año, lo que representaba la mitad de la producción realizada
durante la guerra. Las películas europeas y asiáticas (japonesas,
principalmente), aunque confinadas a las salas de arte y ensayo, se convirtieron
en algo corriente para el espectador estadounidense. En 1946, había menos de una
docena de salas de arte y ensayo en todo el país, mientras que en 1960
sobrepasaban el millar. Comenzaron a proliferar por todo el mundo los festivales
de cine, en los que se mostraba el trabajo de directores cuya obra antes de 1950
era muy poco conocida fuera de sus países de origen.
Renacimiento del cine italiano
A finales de la década de 1940 el cine italiano experimentó un renacimiento
con la aparición del neorrealismo, un movimiento cinematográfico que captó la
atención mundial y dio a conocer al gran público a varios de los principales
directores italianos. El movimiento se caracterizaba por películas de un
realismo intenso, casi sobrecargado, rodadas en localizaciones naturales y con
actores no profesionales. Este movimiento fue iniciado por Roberto Rossellini
con Roma, ciudad abierta (1945), que lograba transmitir una profundidad
de emociones nuevas para el público en la descripción de la ocupación nazi de
Roma y la resistencia del pueblo italiano. También las películas del
actor-director Vittorio de Sica, especialmente Ladrón de bicicletas
(1948), rodada por entero en las calles de Milán, reflejaba la dura realidad de
la posguerra italiana, y consiguió fama internacional. Otros cineastas formados
en el neorrealismo consiguieron también renombre internacional imponiendo su
propio estilo. Pier Paolo Pasolini rodó El evangelio según San Mateo
(1964), entre otras, siguiendo la tradición neorrealista pura, mientras que
Federico Fellini, que había participado en los inicios del movimiento (de hecho,
era el guionista de Roma, ciudad abierta), le dio un estilo más poético,
como muestra La strada (1954), ensayo sobre la soledad mostrada a través
de las figuras de dos cómicos ambulantes, o la sátira de la decadente clase alta
italiana de La dolce vita (1960), para llegar en fases posteriores de su
obra a la fantasía más personal de Fellini, ocho y medio (1963) o
Giulietta de los espíritus (1965). También uno de los más polémicos
directores de la década de 1960, Michelangelo Antonioni, emergió del movimiento
neorrealista, como se puede percibir en Crónica de un amor (1950), La
aventura (1960) o El desierto rojo (1964). Tanto en esta película de
Antonioni, como en Giulietta de los espíritus de Fellini, se pone de
manifiesto el dominio del color por parte de estos dos directores, que habían
rodado hasta entonces en blanco y negro. También procedía del neorrealismo
Luchino Visconti, que en sus inicios alternó los montajes teatrales y
operísticos con obras totalmente neorrealistas, como Bellísima (1951).
Tras este brillante inicio en la posguerra, el cine italiano ha continuado
demostrando gran capacidad creativa con una generación de cineastas
comprometidos política y socialmente, entre los que, aparte del propio Pasolini,
hay que citar a Bernardo Bertolucci, con El conformista (1971),
Novecento (1976), una de las obras maestras del cine, o La estrategia de
la araña (1970), adaptación de un relato del escritor argentino Jorge Luis
Borges; y a Ettore Scola, autor de Una mujer y tres hombres (1974),
Feos, sucios y malos (1975), Una jornada particular (1977), La
sala de baile (1983), Macarroni (1985) o ¿Qué hora es? (1989).
Escena de Fellini ocho y medio
La película Fellini ocho y medio fue realizada por el innovador
director italiano en 1963. La historia trata de los problemas que tiene un
director de cine al iniciar su proyecto. Esta escena muestra al director, Guido
Anselmi, interpretado por Marcelo Mastroianni, y su esposa Luisa, interpretada
por Anouk Aimée, en una discusión.
Películas británicas
Un lugar en la cumbre (1959), de Jack Clayton, marcó el inicio de una
serie de películas realistas cuyos argumentos analizaban los problemas de la
clase trabajadora inglesa, al igual que como Un sabor a miel (1961), de
Tony Richardson, o Sábado noche, domingo mañana (1960), de Karel Reisz,
coincidentes con un enorme interés en Estados Unidos por la moda y la cultura
británicas. El grupo The Beatles protagonizó dos películas, ¡Qué noche la de
aquel día! (1964) y Help! (1965), ambas de Richard Lester, mientras
los actores y actrices británicos e irlandeses, como Julie Christie, Albert
Finney, Glenda Jackson, Richard Harris, Peter O'Toole, Alec Guinness o Vanessa
Redgrave se hicieron muy populares. En este sentido, el cine británico ha venido
siendo un punto intermedio entre la industria comercial de Hollywood y el cine
europeo de calidad, como muestra alguna producción británica de directores
italianos, por ejemplo Blow Up (Deseo en una mañana de verano,
1966), el mayor éxito comercial de Antonioni, adaptación de un relato del
argentino Julio Cortázar. El director inglés John Schlesinger rodó en Nueva York
Cowboy de medianoche (1969), un mordaz relato de la decadencia del sueño
americano. Estas dos películas, por ejemplo, se distribuyeron en Estados Unidos
superando los circuitos de las salas de arte y ensayo, llegando al gran público
con enorme éxito.
Cine español
La aparición del cine sonoro provoca desorientación en la industria
cinematográfica española, que, incapaz de adaptarse con rapidez a los adelantos
técnicos, queda por un tiempo paralizada. Se produce una importante emigración a
Hollywood. Entre esos profesionales figuraban Benito Perojo, Jardiel Poncela,
Edgar Neville y otros. En 1934 se crean los estudios Cinematográfica Española y
Americana (CEA), fundados por varios dramaturgos. En esa misma fecha se produce
Agua en el suelo, de Eusebio Fernández Ardavín. También en esos años se
crea la distribuidora Compañía Industrial Film Española Sociedad Anónima (CIFESA),
que después se convertiría también en productora. Durante la dictadura del
Francisco Franco se creó la Junta Superior de Censura Cinematográfica, que
obligaba a quienes quisieran realizar una película a presentar previamente el
guión y después la película, pues ésta debía ajustarse a “la exaltación de los
valores raciales y la enseñanza de nuestros principios morales y políticos”.
No obstante, durante esta etapa se realizó un puñado de excelentes películas,
como Esa pareja feliz, de Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, y
Surcos, de Nieves Conde, ambas de 1951. En esos años en el cine español
se deja sentir la influencia del neorrealismo italiano. Títulos de esa etapa son
Bienvenido Mr. Marshall (1952) y El verdugo (1963), ambas de Luis
García Berlanga, y Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem.
En los años sesenta aparece el llamado nuevo cine español, con realizadores como
Carlos Saura, que dirige La caza (1965). Otros directores de esta etapa
son Mario Camus, Basilio Martín Patino, Miguel Picazo y el actor y director
Fernando Fernán Gómez. La década de 1970 se caracterizó por las comedias
populares comerciales, todo un subgénero bautizado como `destape'. Luis Buñuel
vuelve a España para rodar Tristana (1970) y Víctor Erice realiza El
espíritu de la colmena (1973). Una vez reinstaurada la monarquía, el cine se
liberaliza y toca temas que en el franquismo estaban prohibidos. En esta etapa
el cine español ha cosechado importantes galardones internacionales, como los
oscars ganados por Volver a empezar (1982), de José Luis Garci,
y Belle Époque (1992), de Fernando Trueba. Uno de los directores
españoles que ha obtenido mayor reconocimiento internacional en la década de
1990 es Pedro Almodóvar.
Escena de Muerte de un ciclista
Muerte de un ciclista (1955) es un clásico del cine español y está
considerada como una de las mejores películas de la historia del cine. Fue uno
de los títulos que dieron a conocer el cine de España fuera de sus fronteras, en
una década en la que se produjeron obras muy interesantes, con influencia del
neorrealismo italiano, en el panorama cinematográfico español.
Cine latinoamericano
Los dos países latinoamericanos que poseen una industria cinematográfica más
sólida y con mayor tradición son México y Argentina.
En 1920 se crean en México los estudios Camus y, ocho años más tarde, Cándida
Beltrán, pionera de las realizadoras mexicanas, dirige El secreto de la
abuela. Más fuerte que el deber (1930), de Rafael J. Sevilla,
inaugura formalmente el cine sonoro mexicano, con técnicos que se habían formado
en Hollywood. En 1931 Eisenstein rueda su inacabada ¡Que viva México!
Fernando de Fuentes realiza dos obras fundamentales llenas de madurez
cinematográfica: El compadre Mendoza (1933) y el relato épico de la
Revolución Mexicana Vámonos con Pancho Villa (1935). En 1940 se consagra
Mario Moreno, Cantinflas, con la película Ahí está el detalle, de Juan
Bustillo Oro. En esta década se producen películas cuya calidad sería
reconocida en todo el mundo, como María Candelaria (1943), de
Emilio Fernández; Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes, o
Distinto amanecer (1943), de Julio Bracho. Es también la década de
los grandes actores mexicanos, como Dolores del Río, María Félix, Pedro
Armendáriz y Jorge Negrete. En 1942 se crea el Banco Cinematográfico como aval
para la producción de películas, pero sólo beneficia a las productoras más
fuertes como Grovas, Filmex, Films Mundiales y Posa Films (de Cantinflas). En
1944 se fundan los estudios Churubusco, de donde saldrá la abundante producción
mexicana de películas de todos los géneros que invadirá el resto de países
latinoamericanos. Juan Orol cultivó un peculiar cine negro mexicano con
películas como Misterios del hampa (1944). En 1950 se producen 122
películas, el año más fructífero. Aquel año Luis Buñuel realiza su obra maestra
mexicana Los olvidados, premiada en el Festival de Cannes, sobre los
jóvenes marginados de las grandes ciudades.
Desde la Dirección General de Cinematografía se da impulso a producciones
como Tarahumara (1964), de Luis Alcoriza, que es un nuevo
acercamiento a los indígenas marginados. La actriz mexicana Silvia Pinal
protagoniza Viridiana (1961), otra obra maestra de Luis Buñuel, rodada en
España. El cine mexicano aborda la historia del país desde nuevos enfoques con
películas como Emiliano Zapata (1970), de Felipe Cazals, y Reed,
México insurgente (1972), de Paul Leduc, o emprende búsquedas en el
lenguaje cinematográfico con La hora de los niños (1969), de
Arturo Ripstein. Cuando todo apunta a un renacimiento del cine mexicano, al
reanudarse además la entrega de los premios Ariel, en la década siguiente la
crisis de esa cinematografía se hace evidente. En 1983 los estudios Churubusco
son alquilados para películas extranjeras. Aunque directores como Arturo
Ripstein, Felipe Cazals, Paul Leduc y otros continúan realizando producciones
independientes en la década de 1990, no se ven signos claros de fortalecimiento
del cine mexicano como industria capaz de competir con otras cinematografías.
Jorge Negrete
Mito de la canción ranchera mexicana, es una de las figuras más consideradas
del cine y la canción en el ámbito iberoamericano. Su potente voz y su aspecto
gallardo popularizaron la imagen del charro mexicano. El día de su muerte se
declaró día de duelo nacional.
Argentina
En Argentina, el otro país latinoamericano con tradición cinematográfica, el
panorama es similar. Su industria se remonta a 1915, año en que se realizó
Nobleza gaucha, de Humberto Cairo, el mayor éxito del cine mudo argentino.
En 1917 debuta en el cine Carlos Gardel con Flor de durazno. En la década
de 1930 se construyen los estudios Liminton y Argentina Sono Film. Proliferan
las película con temas de tango, como Los muchachos de antes no usaban
gomina, de Manuel Romero, que ganan el mercado latinoamericano. En 1942 se
alcanza la mayor producción de películas, con un total de 57 títulos, entre
ellos La guerra gaucha, de Lucas Demare. Pero en estos años se hace
evidente el boicoteo de Estados Unidos con la escasez de película virgen. La
industria argentina del cine pierde el mercado latinoamericano en beneficio de
las producciones mexicanas. Aunque el gobierno promulga un decreto de exhibición
obligatoria de películas nacionales, la crisis continúa y se agrava con las
guerras intestinas entre las principales productoras. A finales de la década de
1940 se cierran varios estudios. A partir de entonces, el cine argentino recibe
subvenciones, pero la pérdida de los mercados exteriores pesa demasiado. En 1950
se construyen los estudios Alex, pero para entonces muchas productoras habían
quebrado.
En 1955 fue invitado Emilio Fernández, el gran director mexicano, para
realizar La Tierra del Fuego se apaga. En los años sesenta apareció lo
que se llamó nuevo cine argentino, con películas como Alias Gardelito
(1961), de Lautaro Murúa. El gran cineasta argentino Torre Nilsson
realiza una nueva versión de Martín Fierro en 1968. En la década de 1970
hay un leve repunte de la industria argentina del cine encarnada por
producciones independientes y con temáticas distintas a las tradicionales de
tangos y gauchos, como La fidelidad (1970), de Juan José Jusid,
con el actor Héctor Alterio, que después ha trabajado en el cine español; La
Patagonia rebelde (1974), de Héctor Olivera; La Raulito (1975), de
Lautaro Murúa; La parte del león (1978), de Adolfo Aristarain, que
dirigiría también Tiempo de revancha (1981), con el actor Federico Luppi;
Momentos (1980), de María Luisa Bemberg, y El arreglo (1983),
de Fernando Ayala. Después de un periodo de cierto estancamiento, en los últimos
años el cine argentino ha experimentado un renacer con autores como Eliseo
Subiela (No te mueras sin decirme a dónde vas, 1995).
Arturo Ripstein
El director mexicano Arturo Ripstein obtuvo en 1996 el Premio Coral al mejor
director en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La
Habana por Profundo carmesí, película que narra la historia de una pareja
de asesinos y estafadores ambientada en el México de la década de 1950. En esta
imagen aparece el director con el galardón en la mano.
El cine japonés
En 1951, el director de cine japonés Akira Kurosawa, con Rashomon,
ganó el gran premio del Festival Internacional de Cine de Venecia, dando a
conocer el potente cine de su país al público occidental, después de años en que
maestros japoneses del cine, como Ozu Yasujiro, hubieran sido la fuente de
inspiración para los cineastas occidentales (de hecho, el propio Kurosawa fue
plagiado por la industria de Hollywood en dos ocasiones, con Los siete
samurais (1954), de la que los estadounidenses hacen Los siete
magníficos, de John Sturges, seis años después, y con Mercenario
(1961), de la que parte Sergio Leone para hacer sus spaghetti-western).
Las películas de Mizoguchi y de Kinugasa eran dramas hermosamente producidos con
una fotografía bella y caracterizada por un original empleo del color.
Cuentos de la Luna pálida de agosto (1953), de Mizoguchi, sobre leyendas
japonesas del siglo XVI, y La puerta del infierno (1954), de Kinugasa,
sobre un cuento medieval de honor familiar, destacaron como trabajos de una gran
madurez artística, profundidad filosófica e impacto visual. Sin embargo, del
cine japonés, pese a su calidad y solidez industrial, han llegado a Occidente
pocas obras, exceptuando las de Kurosawa, como Trono de sangre (1957),
adaptación del Macbeth de Shakespeare, Dersu Uzala (1975),
Kagemusha. La sombra del guerrero (1980), Ram (1985) o Los sueños
de Akira Kurosawa (1990); las de Shoehi Imamura, como La balada de
Narayama (1983); o las de Nagisa Oshima, como El imperio de los sentidos
(1976).
El cine indio
En la India, donde la industria se ha dedicado al mercado interno, con una
fuerte producción en cantidad pero con unos niveles de calidad dudosa, también
se produjeron en los años cincuenta obras que atrajeron la atención
internacional —especialmente de su antigua metrópolis, el Reino Unido—,
destacando el realizador Satyajit Ray, con Pather Panchali (Canción de
la carretera, 1955), Aparajito (1956) y Apur Sansar (El
mundo de Apu, 1959).
Ingmar Bergman
Uno de los directores más originales del panorama internacional de posguerra
fue el sueco Ingmar Bergman, que dio a sus películas un aire filosófico muy
valorado por los espectadores con inquietudes intelectuales. Por el tratamiento
de los grandes problemas que aquejan al hombre: la soledad humana, los
conflictos religiosos y las obsesiones sexuales, se convirtió en el principal
director sueco y en un creador esencial en la historia del cine. En El
séptimo sello (1956) analiza los misterios de la muerte y la moralidad a
través de la historia de un caballero medieval que juega una partida de ajedrez
con la muerte. En Fresas salvajes (1957), que interpreta el también
cineasta Victor Sjöström, crea una serie de flashbacks poéticos
rememorando la vida de un viejo profesor. Las películas de Bergman examinan el
amor y otras cuestiones clave de la existencia humana; en ellas analiza con
mucha habilidad las relaciones y los caracteres de diferentes personajes, todos
ellos vívidamente reflejados. En Persona (1966), Secretos de un
matrimonio (1973), Gritos y susurros (1972) y Sonata de otoño
(1978), las relaciones de amor-odio entre los distintos personajes se
entremezclan con las temáticas religiosas y filosóficas que envuelven sus vidas.
La carrera de Bergman se ha extendido a lo largo de tres décadas con obras de
gran valor, y un estilo visual extraordinario al que acompañan una energía y una
inteligencia únicas.
Luis Buñuel
Otra de las figuras imprescindibles en la historia del cine universal es la
del español Luis Buñuel, cuya carrera cinematográfica ha transcurrido en su
mayor parte en México y Francia, debido a los problemas que tuvo con la
dictadura del general Franco tras la Guerra Civil española. De joven era ya un
autor de vanguardia; rodó junto al pintor surrealista Salvador Dalí el
cortometraje Un perro andaluz (1929) y el mediometraje La edad de oro
(1930). Son obras irreverentes con una enorme capacidad para irritar a las
autoridades (no sólo españolas, sino también francesas) civiles y eclesiásticas
por la fuerza de sus imágenes surrealistas. Buñuel llegó a alcanzar renombre
internacional en la década de 1960 por su retrato despiadado de personajes
incapaces de asumir su propia esencia humana, como se muestra en Viridiana
(1961), rodada y prohibida en España, que obtuvo la Palma de Oro en Cannes. En
esta obra, Buñuel muestra las conexiones entre el fetichismo sexual y la
simbología religiosa, haciendo lo mismo en Diario de una camarera (1964),
rodada en Francia; Bella de día (1966) y Tristana (1970),
realizada también en España. Sus películas, a veces de un realismo crudo, son
también irónicas e ingeniosas cuando muestran el mundo civilizado de la
burguesía occidental, como en El ángel exterminador (1962), en la que un
grupo de gente de la alta sociedad debe convivir durante días encerrados en una
habitación de la que no pueden salir (pese a que no haya impedimento físico
alguno para hacerlo), o en El discreto encanto de la burguesía (1972),
Oscar de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa. La idea de Buñuel de
que la persona busca negar su naturaleza animal creando códigos de civilización
y modos de comportamiento ritualizados hasta lo ridículo es demostrada durante
toda su obra a través de la subversión —o la perversión— del orden moral
establecido, situación que deja a los personajes indefensos e incómodos ante su
propio absurdo.
La nouvelle vague francesa
Francia continuó dominando el mercado mundial del cine artístico en las
décadas de los años 1950 y 1960, produciendo cineastas muy independientes que
experimentaron diversos modos de expresión. Así, Jacques Tati hizo comedias muy
personales, reviviendo la pantomima ligera con Las vacaciones de Monsieur
Hulot (1953) o Mi tío (1958), entre otras. Con menos éxito comercial,
pero con el aprecio de los críticos (que eran los cineastas de su propio grupo),
se situaron los directores de la llamada nouvelle vague, inspirados entre
otros por Robert Bresson, con Diario de un cura de campaña (1950),
películas introspectivas y sobrias, con una fotografía sencilla y producidas con
muy bajos presupuestos, en las que se muestra un punto de vista agudo y
minucioso del mundo, a través de planos medios constantes, lo que les confiere
un aire literario o teatral. Además de esta influencia francesa, los jóvenes de
la nouvelle vague se inspiraron en el cine comercial estadounidense de
Howard Hawks, Alfred Hitchcock y John Ford, partiendo de su experiencia como
espectadores y críticos cinematográficos agrupados en la revista Cahiers du
Cinéma, desde la que expusieron su teoría de quién es el verdadero autor: en
el cine es solamente el director, cuya personalidad queda grabada en la película
a pesar de las presiones de los estudios o las influencias exteriores de
cualquier otro tipo.
Los primeros representantes de esta corriente, François Truffaut, Jean-Luc
Godard y Alain Resnais, hicieron películas sobre la vida contemporánea francesa
entre 1958 y 1959, apoyados por los espectadores de su generación y por una
industria insegura en lo financiero, deseosa de que alguien se atreviera a hacer
películas comercialmente rentables de bajo presupuesto de producción. Truffaut,
admirador de Hitchcock, se dedicó a hacer películas realistas de tono
autobiográfico. Así surgieron Los cuatrocientos golpes (1959), El amor
a los veinte años (1962), Besos robados (1968), serie que la crítica
aprecia y que se continúa con Domicilio conyugal (1970) y L'amour en
fuite (El amor en fuga, 1978). En ellas, como en Jules y Jim
(1961) y en Disparad al pianista (1960) trata de la libertad en una
sociedad restrictiva. Además Truffaut hizo otras películas, menos en la línea de
la nouvelle vague, como El pequeño salvaje (1970) o Farenheit
451 (1966). Las películas de Resnais, en especial Hirosima, mi amor
(1959) y El año pasado en Marienbad (1961), son paradigmas del cine
intimista, en el que se trata de que la voz y las imágenes reflejen con su
distanciamiento la lucha —que constituye la vida— entre la distancia emocional y
las relaciones con los otros, lucha en la que la distancia suele salir
vencedora. Empleando abstracciones estilísticas e intelectuales, y técnicas de
montaje distorsionadoras de forma deliberada, Resnais plantea preguntas sobre la
cualidad y las consecuencias del tiempo y la memoria, y su relación con las
emociones humanas.
Alain Resnais
El director de cine francés Alain Resnais fue una de las principales figuras
del movimiento de los años cincuenta conocido como nouvelle vague.
Heterodoxo y muy controvertido, sus películas, a menudo angustiosas y con unas
imágenes que impactaban poderosamente, fueron a veces prohibidas.
El más experimental de los directores del movimiento fue Jean-Luc Godard,
cuya primera película, Al final de la escapada (1959), protagonizada por
Jean-Paul Belmondo, es un hermoso homenaje a las películas de gángsters
estadounidenses, pero desde una perspectiva europea. Los asuntos tratados por
este director han sido de lo más variopintos, desde una serie de retratos más o
menos autobiográficos de su entonces esposa, como Vivir su vida (1962),
hasta la comedia sexual y política de Masculin-féminin (1966), pasando
por experimentaciones con el tiempo y el espacio, moviendo la cámara con
libertad y permitiendo a sus actores la improvisación a voluntad. En Week-end
(1967) hace un amargo estudio de la sociedad contemporánea a través de las
peripecias de las víctimas de un accidente de automóvil, que vagan por las
autopistas, discutiendo sobre la vida, sobre su propia vida, con personajes
literarios y de cine que se cruzan en su camino, conectando pasado, presente y
futuro. Después de ésta sus películas se volvieron menos accesibles para el gran
público, politizándose decididamente, como en Todo va bien (1972),
protagonizada por Jane Fonda, aunque posteriormente ha rodado algunas películas
interesantes como Nombre: Carmen (1983).
Escena de Los 400 golpes
Los 400 golpes (1959) es una película del director francés François
Truffaut sobre la alienación de un adolescente. Esta escena muestra al héroe,
Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), con sus padres, interpretados por Claire
Maurer y Albert Rémy. Fue la primera de una serie de películas que realizó
Truffaut sobre Doinel, siguiendo el curso de su vida: de la infancia a la
madurez. Truffaut trabajó con el mismo actor en toda la serie.
El nuevo cine alemán
Algún tiempo después de la eclosión de la nouvelle vague francesa,
surgió en Alemania un grupo de cineastas jóvenes que compartían un punto de
vista crítico sobre la sociedad de su tiempo, rechazando de plano el
complaciente materialismo burgués. Werner Herzog, uno de sus representantes más
típicos, haría, a través de paisajes impresionantes y personajes exóticos, una
reflexión sobre la vida en condiciones difíciles y peligrosas, como en su
película más conocida, Aguirre, la cólera de Dios (1972), sobre el
conquistador español Lope de Aguirre, que en el siglo XVI y en pleno Amazonas se
declaró rebelde al rey Felipe II, pretendiendo, perdido y famélico, dominar un
continente entero. Wim Wenders, por su parte, ha tratado sobre la alienación y
la autorrealización, como en El amigo americano (1977), París, Texas
(1984) o Cielo sobre Berlín (1987), en películas que muestran también su
interés por la cultura estadounidense.
Pero el más prolífico (38 largometrajes) y el más destacado de estos
cineastas, pese a su temprana desaparición cuando sólo tenía 36 años, fue Rainer
Werner Fassbinder, que llevó el cine alemán al nivel de los mejores cines
europeos, haciendo, en sólo 12 años, desde el cine más clásico y accesible para
el gran público, como Lili Marlen (1981), hasta el más experimental y
provocador, como Querelle (1982), pasando por sus cuadros sobre la
Alemania de la posguerra con El matrimonio de María Braun (1978), Las
amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) o Todos nos llamamos Alí
(1973), emotiva reflexión sobre el racismo. En todas sus películas trató temas
de implacable actualidad, como la alienación, el consumismo, la desigualdad
económica, la colonización cultural y el racismo o la opresión política.
Wim Wenders
Aquí aparece el director de cine alemán Wim Wenders, autor de películas que
casi siempre tratan temas sobre la alienación y el aislamiento. Wenders fue una
de las principales figuras del joven cine alemán en las décadas de 1970 y 1980.
París, Texas y Cielo sobre Berlín son dos de sus películas más
elogiadas por la crítica
El cine australiano
Tras décadas de dominación en las que Australia era un mero decorado para
filmar películas extranjeras, un cine nacional pudo emerger a comienzos de la
década de 1970, con la obra de Peter Weir (el más destacado de los cineastas
australianos) Picnic en Hanging Rock (1975). En esta película se recreaba
un incidente de 1900 en el que un grupo de colegialas desapareció de forma
inexplicable en una excursión. También han destacado las obras de Bruce
Beresford The Getting of Wisdom (1977), sobre la vida en un colegio
victoriano de chicas, y Consejo de guerra (1980), que cuenta la historia
real de tres soldados australianos que durante la Guerra Bóer fueron juzgados
por asesinato de prisioneros y condenados a muerte. Por último, Gillian
Armstrong en My Brilliant Career (Mi brillante carrera, 1979)
cuenta los primeros años de vida de una escritora feminista de principios de
siglo.
Mel Gibson
Aunque nacido en Estados Unidos, el actor Mel Gibson se trasladó a Australia
en 1968, y desde entonces ha trabajado en películas producidas en ambos países.
Protagonizó su primer papel importante como el implacable Mad Max en la serie de
películas del mismo nombre. Sin embargo, ha demostrado su versatilidad
interpretativa dando vida a Hamlet en la película de Franco Zeffirelli. Aquí
aparece en Dos pájaros a tiro (1990), que coprotagoniza con Goldie Hawn.
El cine estadounidense de las décadas 1960-1990
El impacto del cine europeo sobre los cineastas estadounidenses y el
posterior declive del sistema de los estudios coadyuvaron durante las décadas de
1960 y 1970 al cambio del estilo del cine estadounidense.
Los inversores toman el control
A finales de los años sesenta, de los estudios cinematográficos sólo quedaba
el nombre, ya que su función original y su propiedad habían sido asumidas por
inversores ajenos a la industria. Los nuevos propietarios, las grandes
corporaciones audiovisuales, pusieron el acento preferentemente en la producción
de películas como una mera inversión de los excedentes de los negocios
musicales. Así, los estudios aún funcionaron durante la década de 1960
produciendo adaptaciones de musicales y comedias de Broadway. En 1968, el fin de
la censura permitió a la industria de Hollywood especializarse en películas que
mostraban un alto grado de violencia y una visión más explícita de las
relaciones sexuales.
Los nuevos cineastas estadounidenses
Al mismo tiempo surgió una nueva generación de realizadores bajo la
influencia de las tendencias europeas y con el deseo de trabajar con diferentes
distribuidores, tomando cada película como una unidad por separado. Muchos de
ellos realizaron películas de gran calidad, tanto fuera de la recién
descentralizada industria como dentro de sus límites. Algunos de ellos, como
Stanley Kubrick, Woody Allen, Arthur Penn, Francis Ford Coppola o Martin
Scorsese, han tratado en numerosas ocasiones de trabajar con el respaldo de una
compañía financiera, buscando la distribución de sus obras a través de un
estudio distinto para cada proyecto, o manteniendo una relación relativamente
estable con uno de ellos. Otros directores, como Robert Altman, John Cassavetes
o John Sayles, han tratado de eludir los canales establecidos, pero eso les ha
supuesto que sólo ocasionalmente hayan conseguido un éxito comercial
suficientemente amplio como para financiarse sus siguientes proyectos.
Kubrick, 2001: una odisea del espacio
El astronauta David Bowman dialoga con la computadora HAL 9000 (arriba a
la derecha) en la película de Stanley Kubrick, 2001: una odisea del
espacio, basada en la novela homónima de Arthur Charles Clark. La película
está considerada como un clásico de la ciencia-ficción por su realista
descripción de un viaje espacial.
Stanley Kubrick produjo durante unos años una serie de obras interesantes,
desde la sátira política de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964),
hasta el desafío técnico de 2001: una odisea del espacio (1968), la
meticulosa adaptación del siglo XVIII de Barry Lyndon (1975) o el horror
gótico de El resplandor (1980), aunque sus mejores películas siguen
siendo las primeras: Atraco perfecto (1956), hermosa síntesis del género
policiaco, de un fatalismo poético; Senderos de gloria (1957), una de las
mejores películas antibélicas de la historia; Espartaco (1960), sobre la
revuelta de los esclavos romanos, y Lolita (1962), todas ellas además
magistralmente interpretadas. Arthur Penn, más complaciente, con Bonnie y
Clyde (1967) conmovió a los espectadores de las salas de arte y ensayo y a
los aficionados al cine de violencia y de aventuras, y sirvió de punto de
partida para el gusto de nuevas generaciones de espectadores, que marcaron
también Mike Nichols con El graduado (1967), o Dennis Hopper con
Buscando mi destino (1969). Penn continuó con el cine `contracultural' de
los sesenta con El restaurante de Alicia (1969) y Pequeño gran hombre
(1970). Por su parte, Woody Allen dirigió y protagonizó una serie de películas
formalmente semejantes a las de los cómicos clásicos estadounidenses, algo entre
sus admirados Bob Hope y Groucho Marx, pero con un mensaje y unas actitudes
peculiares, propias de la sensibilidad de la ciudad de Nueva York. Entre ellas
son buenos ejemplos Toma el dinero y corre (1969), Bananas (1971)
y El dormilón (1973). Más tarde, Woody Allen ha alcanzado una madurez
indudable, alejado ya de la payasada, más reflexivo y al mismo tiempo más
amargo, preguntándose permanentemente sobre el sexo, el amor, la muerte y la
responsabilidad personal. Aquí cabe citar Annie Hall (1977), Manhattan
(1979), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio (1987),
Delitos y faltas (1989) y Desmontando a Harry (1997).
Woody Allen
El director, guionista y actor estadounidense Woody Allen obtuvo un gran
reconocimiento por su talento cómico para explorar relaciones de amor y muerte a
través de personajes neuróticos acosados por sentimientos de culpabilidad. Allen
comenzó como escritor de chistes para diversos cómicos. En 1961 empezó a actuar
en clubes de Nueva York, recintos universitarios y a editar discos. Comenzó a
escribir para el cine y a actuar en 1965, convirtiéndose en objeto de culto
intelectual. Además de comedias, Allen ha realizado películas serias y ha
experimentado con técnicas cinematográficas innovadoras.
En otro estilo totalmente distinto, Francis Ford Coppola aparece como un
director de grandes producciones y arriesgados experimentos, no siempre
fructíferos comercialmente. Aunque esto no le ha impedido continuar una obra tan
personal como la de los autores europeos, ajeno a las conveniencias y a las
modas. De sus primeros fracasos económicos se repone con El padrino
(1972), un éxito comercial de tal magnitud que le permite hacer la personal
La conversación (1973), a la que sigue la producción de American Graffiti
(1973), de George Lucas. Con los beneficios obtenidos con esta película realiza
El padrino II (1974) y Apocalypse now (1979), adaptación del
relato corto de Joseph Conrad “En el corazón de las tinieblas”. Ésta resulta una
gran obra aclamada por la crítica pero con un irregular resultado de público.
Corazonada (1981) fue un fracaso comercial, lo que no le impide hacer poco
después otra de sus mejores obras, La ley de la calle (1983). Vuelve a
conseguir el éxito con Tucker: un hombre y su sueño (1988), otra obra
maestra. Cierra el ciclo de la familia Corleone con El padrino III
(1990). De nuevo obtuvo gran éxito de público en todo el mundo con su particular
Drácula (1992). Más clásico, aunque con un estilo personal indiscutible
es el también italoamericano Martin Scorsese, autor de Malas calles
(1973), Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980), Uno de los
nuestros (1990), La edad de la inocencia (1993) o Casino
(1995).
Robert Altman, tras un enorme éxito comercial con M*A*S*H* (1970), que
se convirtió posteriormente en una larga y popular serie de televisión, hace una
serie de películas, por lo general complejas para el gran público, exceptuando
el musical Nashville (1975), en el que intervienen 26 personajes
principales formando un gran tapiz de la política, la música, el teatro y la
religión. En sus obras más recientes vuelve a recuperar el contacto con el
espectador, como en El juego de Hollywood (1991), una comedia negra sobre
las intrigas de la producción cinematográfica hollywoodiense, Vidas cruzadas
(1993) y Prêt-à-porter (1994) y Kansas City (1996). Cassavetes,
actor-director cuyo primer largometraje fue el documental experimental
Sombras (1960), se sumó a la producción convencional tras su éxito comercial
con Faces (1968), que repetiría con Una mujer bajo la influencia
(1974), protagonizada por su mujer, Gena Rowlands. John Sayles,
escritor-director-actor independiente, consiguió el aplauso de la crítica por
películas como Return of the Secaucus Seven (1980), Matewan (1987)
y Passion Fish (Peces de pasión, 1992). Spike Lee, que escribió,
dirigió, produjo y protagonizó películas tan alabadas por la crítica y por el
público como Nola Darling (1986), Haz lo que debas (1989) o
Malcolm X (1992), en la actualidad parece empeñado en crear un nuevo tipo de
cine, centrado casi exclusivamente en la problemática de la comunidad
afroamericana en Estados Unidos.
Spike Lee
El director Spike Lee rompió muchas de las barreras de la industria
cinematográfica y abrió las puertas a jóvenes cineastas, especialmente de raza
negra. Las provocativas y a menudo polémicas películas de Lee exploran las
relaciones sociales y étnicas en la sociedad estadounidense. Su prometedora
habilidad artística y la popularidad de sus películas, especialmente Haz lo
que debas (1989), obligó a los estudios a proporcionar apoyo financiero para
sus proyectos.
Fantasías de gran presupuesto
Frente al cine que representan los anteriores realizadores de cine de autor,
pese a ser estadounidense y en ocasiones ligado a la industria de Hollywood,
ésta ha continuado otras líneas de producción para el consumo masivo,
especialmente de niños y adolescentes. Se basan principalmente en el efectismo
que las nuevas tecnologías y los grandes presupuestos permiten. Dentro de esta
categoría figuran las películas de catástrofes, como La aventura del Poseidón
(1972), de Ronald Neame, El coloso en llamas (1974), de John Guillermin e
Irvin Allen, o Titanic (1997), de James Cameron, galardonada con 11
oscars de la Academia; las recreaciones de personajes del cómic, como
Superman (1978), de Richard Donner, y Batman (1989), de Tim Burton, y
sus interminables secuelas; o las películas bélicas de ciencia ficción como
La guerra de las galaxias (1977), de George Lucas.
En estos géneros comerciales ha destacado Steven Spielberg, desde Tiburón
(1975), modelo de películas en las que una criatura terrorífica atemoriza a una
pacífica comunidad, a las más serenas y emotivas de ciencia-ficción,
Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. el extraterrestre (1982),
que explotaron la fascinación por las posibilidades de vida extraterrestre y su
posible contacto con los humanos. En la serie de Indiana Jones recrea el cine
clásico de aventuras: En busca del arca perdida (1981), Indiana Jones
y el templo maldito (1984) e Indiana Jones y la última cruzada
(1989).
Los disparatados costes de estas megalómanas películas han llevado a varios
estudios a la bancarrota y han forzado a otros a producir sólo 2 o 3 películas
al año, con lo que la oferta de películas disponibles se reduce, fenómeno que
tiende a intensificarse con las políticas de marketing aplicadas desde comienzos
de los noventa: concentrar el esfuerzo publicitario y promocional en pocas
películas que copan luego casi todas las salas de cine de las ciudades de todo
el mundo, con lo que queda escaso lugar para la exhibición de pequeñas
producciones independientes o producciones medias de las industrias nacionales.
Estas películas quedan así arrinconadas en salas especializadas, semejantes a
las antiguas de arte y ensayo, de aforo reducido, a las que acuden los
aficionados y no el gran público. De hecho, incluso en Estados Unidos, aunque se
siguen produciendo películas intimistas, más basadas en el guión, la
interpretación y la habilidad de los realizadores, como Kramer contra Kramer
(1979), Gente corriente (1980) o Paseando a Miss Daisy (1989), son
a menudo (por no ser fantásticas ni efectistas y por tratar de analizar o
recrear la realidad cotidiana) consideradas una empresa azarosa por los
distribuidores, lo que facilita aún menos su pervivencia.
Steven Spielberg
Las imaginativas películas de Steven Spielberg son conocidas por sus efectos
especiales y por sus personajes. Muchas de ellas, como Tiburón, E.T.
y En busca del arca perdida, han cosechado algunos de los más grandes
éxitos de taquilla.
La televisión por cable y el vídeo doméstico
La década de 1980 ha sido testigo de una revolución en las formas de acceder
a los productos cinematográficos, con la sustitución del visionado en las salas
de cine por el vídeo doméstico, en el que los títulos de estreno —especialmente
los de las grandes superproducciones— están disponibles poco después de su pase
por las salas. Este hecho, unido a la implantación progresiva de la televisión
por cable, con canales temáticos, en las que hay y habrá aún más canales
especializados en la emisión continua de películas, amenaza seriamente no ya a
la industria, sino el hecho mismo del cine. Como consecuencia, se está creando
un clima parecido al de la década de 1950, cuando las productoras buscaron, ante
la llegada de la televisión, nuevos formatos en busca de un mayor espectáculo,
para conseguir atraer nuevamente a los espectadores a las salas de cine.
|