|
El
tabaco
Nobleza Piccardo
El tabaco figuraba como un
artículo de primera necesidad. Tanta importancia tenía que en 1778 España
envió al Río de la Plata a don Francisco de Paula Sanz al frente de una
"expedición del tabaco". Debía procurar mejorar los ingresos de la real
hacienda, no sin antes realizar un estudio de mercado que estableciera los
gustos de los consumidores. Las preferencias de éstos se repartían entre el
tabaco en polvo, que se aspiraba por la nariz, y el de rama, que se fumaba o
mascaba. Hacia 1825, un viajero inglés advierte que Buenos Aires tiene
preferencia por los habanos. Pero ellos son caros y no siempre llegan en buenas
condiciones. Son más usados los cigarros de papel y los de hoja. Esos cigarros
se vendían en almacenes y pulperías. "Casi todos los almaceneros tenían su
picador de tabaco, especie de profesor ambulante que iba de almacén en almacén".
Almaceneros y pulperos preferían este sistema porque, de este modo, evitaban que
los cigarreros en sus casas sustituyeran el tabaco bueno por otro de inferior
calidad. El cigarrero ponía sobre sus piernas una fuente de lata con el tabaco
picado, hojas de papel de hilo y un cuchillo. No se conocían los paquetes ni los
envoltorios. Se ataban entre dieciséis y veinte cigarrillos con un hilo negro.
La fabricación de cigarros de hoja daba trabajo y sustento a muchas familias
pobres. De esta forma de producir cigarrillos se pasó luego al establecimiento
fabril, donde se empleaban mujeres que armaban los cigarrillos a mano. En
galpones o amplias habitaciones se producían las todavía elementales variedades
de un producto con creciente demanda y con una variedad de gustos que era
necesario atender. En 1898, dos jóvenes amigos deciden instalar un pequeño
establecimiento para fabricar cigarrillos. Disponían de un pequeño capital, de
una modesta buhardilla en la calle De La Piedad (hoy Bartolomé Mitre) de lo que
pretendían hacer y de cómo debían hacerlo. Juan Oneto y Juan L. Piccardo
invirtieron 300 pesos en adquirir una rudimentaria máquina manual de hierro para
picar tabaco. Muy pronto incorporarían una más completa y veloz, la cigarrera
Bonsak, con capacidad para elaborar doscientos cigarrillos por minuto.

En el número 3493 de esa
misma calle De La Piedad funcionaba el taller mecánico de Antonio Piccardo,
quien ofrecía reparaciones de máquinas a vapor, gas, queroseno y la fabricación
de máquinas para elaborar confites. Al año siguiente la empresa incorpora dos
nuevos socios: Emilio Costa y Pedro Piccardo. Fue precisamente en Cuba donde, a
un mes de descubierta América, los españoles conocieron "el tabaco de fumar".
Ese hallazgo de la "hierba maravillosa" se produjo en una época propicia para su
recepción como una panacea en el Viejo Mundo. De Cuba salió a Europa en el
primer viaje de retorno de Colón, y a partir de allí se expandió por todo el
mundo con extraordinaria rapidez. Los españoles en Indias fumaron primero a
escondidas, y luego con desenfado. Se llevaron la planta y, en los siglos XVI y
XVII exportaron a América el cigarrillo envuelto en papel. En Francia su
fabricación comenzó en 1842. El cigarrillo alcanzó en Europa masiva difusión
recién a partir de la guerra de Crimea, entre 1854 y 1856. Pronto el desván de
la calle De La Piedad queda estrecho. Hay que disponer de galpones para
almacenar la materia prima. Cuando eso ocurre, en 1899, la firma celebra las
vísperas del nuevo siglo al haber vendido 316.000 paquetes de cigarrillos y
enseguida haber multiplicado esa cifra. El modesto taller se convierte en una
fábrica. Primero funciona en Defensa 1155, y luego en el 1236 de la misma calle.
La media docena de obreros también se multiplica por 20, y no deja de
incrementarse. Piccardo lanza una marca que, con el tiempo, se convertirá en la
de los cigarrillos más antiguos del mundo por ser los de mayor continuidad.
Aparecen los 43.

¿Por qué 43?. Según una
versión, por aquel belga que en la afiebrada bolsa porteña de 1890 compró
acciones, que no valían más de 42 pesos a 43, como una profesión de fe optimista
mientras los papeles se hundían. Según otra versión, también relacionada con el
mundo bursátil, operaban allí 42 corredores. Cuando alguien detectaba un intruso
gritaba: "¡ Cuarenta y tres, cuarenta y tres!" para advertir de esa presencia
extraña. La cifra tenía, pues, su historia, y por entonces su fama. Una fama
largamente superada por la que lograrían aquellos cigarrillos que, como muchos
de los producidos por Nobleza-Piccardo, pertenecen al paisaje, los recuerdos y
el sabor de lo argentino.



A los 43 originales se sumaron
luego los 43 Especiales y la marca Casino. En sólo un año, consignan los anales
de la empresa, se vendieron 460.120.000 cigarrillos. La publicidad popular,
transmitida espontáneamente, se reforzó con las campañas en revistas como Caras
y Caretas y Fray Mocho. Pronto se incluyeron en el paquete los cartoncitos de 2
centavos, los que acumulados se canjeaban por un nuevo atado.
La
Argentina era "uno de los países donde los cigarrillos son mejor presentados, de
superior calidad y más baratos".
Un año antes, cuando
todavía gobernaba Roque Sáenz Peña, se había firmado el decreto que autorizaba
el funcionamiento de la Compañía Nacional de Tabacos, que contaba con un capital
inicial de cinco millones de pesos. Veinte años después pasará a denominarse
Compañía Nobleza de Tabacos SA, en virtud de un decreto que prohibió el empleo
del término "nacional" en el nombre de las razones sociales y de empresas
comerciales, También en 1913, Piccardo y Compañía se transforma en sociedad
anónima. La primera guerra mundial provoca la interrupción del normal
abastecimiento de artículos manufacturados. La guerra estimula la expansión de
las empresas existentes en el país y la aparición de nuevos emprendimientos.
Entre 1900 y 1914, la población creció a un ritmo anual de 4.2%, mientras que el
producto bruto lo hizo en una tasa del 5.5%.
Ese año 1920 se adquieren
los terrenos y se inician los trabajos de cimentación de los nuevos depósitos,
fábrica, y oficinas propias en la calle Puán, en el barrio de Caballito, donde
funciona ahora la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Nobleza produjo, en 1919,
tres millones de paquetes de catorce cigarrillos cada uno, cantidad usual en los
"atados" de la época. En el año 1923, su línea de tabacos Mariposa lograba gran
aceptación. Ese mismo año Nobleza obtiene la licencia para fabricar en el país
los Player’s una marca famosa en el mundo. También en 1923 su marca Pour la
Noblesse, a 20 centavos el "atado" alcanzó una venta récord de 14.000.000 de
paquetes. A finales del siglo XIX se gestan estas empresas. Durante la primera
década del siglo XX se afianzan en el mercado, y en los años 20 experimentan una
notable expansión. Es la época de marcas como The Flag, City Club, Magnos, Celma,
o de Senadores (negros). Aparecen los Cuyanos, Flor de Ceibo y Argos, que cubren
la demanda de los sectores populares por su precio accesible. En 1935, Nobleza
toma a su cargo la distribución de productos de la Manufactura de Tabacos
Mitjans, Colombo y Compañía, que producía los Clifton, Commander, Piloto y Dixis.
Muchas marcas quedaron fijadas en la memoria colectiva con tanta fuerza que su
sola mención actúa como una llave capaz de abrir el cofre de los recuerdos.
Piccardo por un lado, y
Nobleza por el suyo, dejaron una larga lista de marcas entre las que se pueden
añadir: Columbia, American Club, Gloster, Embajadores, Fontanares, Commander,
Jockey Club, Viceroy, Derby, Lucky Strike, Pall Mall, Clifton , Camel,
Parisiennes, y muchas más.
Nobleza introdujo en 1938
los primeros cigarrillos con filtro del país, los Richmond rubios, y los
Tranquilos en negros. El gusto del público no había cambiado del todo y los
cigarrillos con filtro deberán esperar hasta 1960 cuando Piccardo lanza sus
Gloster (rubios) y los 43 (negros). En 1962 Nobleza lanza al mercado el primer
cigarrillo de tamaño King Size, el popular Jockey Club, y luego el primer 100
milímetros, el Commander, al que sigue Windsor, el primer delgado largo en 1972.
En 197, un año antes de la fusión, aparece el primero de 120 milímetros. Pero la
marca de mayor éxito en ventas y continuidad a lo largo de 66 años es, sin
dudas, Jockey Club, lanzado al mercado con notable resonancias en 1926 en
paquetes de 10 unidades de 70 milímetros, medida usual por ese entonces.

Retirados de la venta en
1947, reaparecieron dos años después. El Jockey es un caso único en el mercado
argentino de cigarrillos. A comienzos de 1964 pasó a ser la marca de mayor venta
en el país, y al año siguiente conquistó el 16.5 por ciento del mercado
nacional, porción que se agrandará en 1967 cuando logre el 25,6 por ciento de
ese mercado. Ese mercado experimenta cambios constantes, a los cuales Piccardo y
Nobleza, todavía por separado, deben responder. El atado de 14 unidades es
reemplazado en los años 20 por los de 20 unidades. Medio siglo después se
perciben otros cambios. El público los prefiere rubios: más del 70 por ciento de
las ventas se concentraban en esa variedad, mientras que 10 años antes la
aceptación de rubios y negros se repartía por partes iguales. Alrededor del 90
por ciento de los fumadores se inclinaba por los cigarrillos con filtro, y el 55
por ciento fumaba cigarrillos king size.
Junto a su
desarrollo, la compañía Nacional de Tabacos se fijó como objetivo estimular el
avance tecnológico. En 1925, cuando aún no se había producido en el país la
estabilización de los cultivos de tabaco, contrató a E. H. Mathewson,
especialista mundial en la variedad Virginia. El experto realizó un estudio de
suelo en Bonpland (Misiones). Como resultado de su trabajo se importaron luego
27 variedades de semilla de tabaco Virginia, dando comienzo a las pruebas
previas de cultivo. Tareas semejantes se realizaron en Corrientes y en Salta en
1929. Tanto Piccardo como Nobleza prestaron especial atención a la promoción
social y cultural, fundando bibliotecas públicas, abriendo y manteniendo
casas-cuna, construyendo viviendas para sus empleados en Buenos Aires y las
provincias, estimulando las mejoras en los cultivos de tabaco con la
introducción de nuevas variedades, y cuidando sus recursos humanos mediante su
adecuada capacitación y promoción. La red de vendedores de Nobleza en todo el
país se convirtió en un extendido tejido de distribuidores independientes a los
que se dio la posibilidad de adquirir edificios, depósitos, vehículos y
mobiliario que les proporcionaba la empresa.
Desde 1918, fecha de la
inauguración de la primera sucursal en Rosario, y hasta comienzos de 1970 la
empresa llegó a tener 110 sucursales y depósitos.
En 1977 estas dos
empresas que habían crecido casi en forma paralela, imbuidas de los mismos
valores, una parecida historia, y una similar responsabilidad empresaria,
anunciaron su fusión. No eran ésos los únicos elementos que favorecían la idea.
Durante décadas Nobleza y Piccardo habían mantenido relaciones excelentes,
ejerciendo una competencia no sólo leal, sino también cordial, apoyándose
mutuamente en momentos difíciles. La fusión fue, además, objeto de un minucioso
estudio. Una charla entre los presidentes de ambas firmas, Francisco Botero y
Juan Martín Oneto Gaona, a mediados de 1976, sirvió para pasar en limpio la idea
que ya flotaba en ambas empresas. De ese modo se producía un salto en calidad y
eficiencia de las dos firmas que, al responder a las tendencias mundiales,
inauguraban una modalidad inédita en la historia empresarial argentina. El
proceso de fusión llevó su tiempo, y se completó en el momento en que ambas
ocuparon un mismo espacio físico y lograron un ensamble en sus sistemas de
producción y comercialización.
El
espacio urbano de la capital ajustaba como un corsé al nuevo gigante que pasó a
ocupar la planta de General Motors en el partido de San Martín, Justo en el
límite de la Capital Federal con la provincia. En esos 250.000 metros cuadrados,
previamente reacondicionados comenzaron a funcionar en diciembre de 1981 las
plantas industriales, oficinas y depósitos de Nobleza-Piccardo.
Los modestos comienzos en la
buhardilla quedaban como la prehistoria de una empresa cuyo desarrollo
prodigioso imaginaron aquellos pioneros de finales del siglo XIX. Cinco años
después de la fusión, Nobleza-Piccardo controlaba el 57 por ciento del comercio
de cigarrillos, con lo cual ese año (1982) pasó a ser la empresa privada con
mayor facturación. Las hermosas y frágiles hojas del tabaco se convirtieron en
el símbolo perdurable y resistente de una historia que comenzó abierta en dos
brazos, pero que alcanzó su madurez cuando ambos confluyeron para responder a
los desafíos que vendrán durante los próximos cien años.
HECHOS CURIOSOS
El tabaco era usado por los
mayas para
celebraciones rituales y religiosas, fue conocido por los
occidentales en
1492 con
ocasión de la llegada de Colón y sus expedicionarios. Otras
versiones tomadas de cronistas españoles proponen que «tabaco»
proviene de la
castellanización
del lugar donde la planta fue descubierta, ya sea
Tobago, una
isla antillana, o la localidad mexicana de
Tabasco.
|