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Camila O’ Gorman & Ladislao Gutiérrez: el amor
más prohibido

Camila O´Gorman
y Ladislao Gutiérrez tuvieron coraje y transgredieron las normas. El 12 de
diciembre de 1847 se fugaron para concretar su amor prohibido: el de una chica
de alta sociedad y un sacerdote tucumano.
El era sacerdote. Ella, una niña
de sociedad. A pesar de los severos límites que imponían esas circunstancias,
los ahogó una pasión que terminó por matarlos: el Restaurador,
Juan Manuel de
Rosas, ordenó su fusilamiento aun sabiendo que ella estaba embarazada.
La actual iglesia del Socorro, en Suipacha y Juncal, fue escenario del despertar
de este amor desgraciado. Por los años 1847/48, plena época rosista, el lugar
era un tranquilo barrio de quintas arboladas entre cuyo verdor se destacaban las
elegantes torres del templo.
En las cercanías vivía la
familia O’Gorman, compuesta por el padre, de origen francoirlandés; la madre, porteña de antigua estirpe, y seis hijos, entre los
que se distinguía Camila.
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Esta joven, de unos veinte años, era, al decir de Berutti, "muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil pues
tocaba el piano y cantaba embelesando a los que la oían". Camila, además, tenía
una gran personalidad, quizás heredada de su célebre y bella abuela Anita
Perichon, amante del virrey Liniers. Como casi todas las mujeres de esa época,
Camila era bastante devota. Iba a misa con frecuencia y le gustaban mucho
los sermones del nuevo párroco. A veces él iba de visita a su casa. Poco a
poco se hicieron amigos y empezaron a encontrarse en sus paseos por Palermo.
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El otro protagonista de esta historia había llegado unos años antes desde
Tucumán. Era, según recordaba Antonino Reyes, "un joven de pelo negro y
ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados y un conjunto
simpático". Decían que era "juicioso y lleno de aptitudes" y venía a Buenos
Aires para seguir la carrera eclesiástica. Ordenado sacerdote a los veinticuatro
años, Ladislao Gutiérrez
fue designado párroco en la iglesia del Socorro. Pronto reparó en la joven alta,
de pelo castaño y expresivos ojos oscuros, de andar elegante y gracioso. No tuvo
que esperar mucho para que se la presentaran: era hermana de Eduardo O’Gorman,
compañero en la carrera sacerdotal.
La pasión
Camila comenzó a sentir algo nuevo, completamente nuevo y desconocido. Cuando
escuchaba sus sermones en la iglesia, su voz decía más que las palabras que
pronunciaba, y mientras se dirigía a toda la concurrencia era ella la que
recibía la mirada de sus pupilas ardientes y sentía que un licor la incendiaba
por dentro.
Una vez más se imponía el misterio del amor entre dos seres. Tampoco él podía
acallarlo. ¡Camila! Su presencia transformaba el oscuro recinto del templo en un
lugar paradisíaco. Desde que hacía su aparición, sentándose con gracia en la
alfombra extendida por su sirviente, sólo podía dirigirse a ella. Nunca había
sentido algo así por nadie. Aumentaron sus conversaciones y paseos. Ella tenía
muchas dudas respecto de la religión y él trataba de aclarárselas, aunque las
suyas iban creciendo a medida que pasaban los días.
¿En qué se basaba su vocación? ¿A quién debía fidelidad? ¿Era Dios como se lo
habían enseñado? ¿Quién podía arrogarse el derecho de conocer sus deseos? ¿No
era El responsable de esa atracción irresistible entre ellos? Cuando les resultó
imposible ignorar ante sí mismos que se querían, él la tranquilizó
convenciéndola de que aquello no era un crimen. Reconocía haberse equivocado al
seguir la carrera sacerdotal, pero consideraba que, por las circunstancias, sus
votos eran nulos. Y si la sociedad no permitía que la hiciera su esposa ante el
mundo, el la haría suya ante Dios. Querían cumplir su voluntad, vivir juntos y
multiplicarse como la pareja primigenia. El había cometido un error, pero ante
todo era un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, con inteligencia y
libertad para arrepentirse de su decisión equivocada y empezar una nueva vida
junto al ser querido que Dios había puesto en su camino. Todo desaparecía ante
la imperiosa necesidad de vivir juntos. Dejarlo todo para tenerlo todo. Nada
podía existir superior a esto.
La fuga
Camila se dejó convencer. No podía imaginarse la vida sin él. Empezaron a concebir la idea de
huir de Buenos Aires y cambiar de identidad para poder vivir casados ante Dios y
ante los hombres. Pero, ¿adónde irían para que no los pudieran alcanzar las
autoridades civiles y eclesiásticas? ¿Y cuánto aguantaría una delicada niña,
acostumbrada a la vida muelle y entretenida de las porteñas amigas de Manuelita
Rosas, las estrecheces por las que deberían pasar hasta llegar a instalarse en
un lugar seguro? Poco a poco fueron forjando el plan: llevarían algo de ropa,
lo que pudieran juntar de plata y dos caballos. Irían hacia Luján, de allí
pasarían a Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes.
El destino final, si todo andaba bien, sería Río de Janeiro. Al pasar a Santa Fe
fingirían haber perdido los pasaportes y pedirían otros con nombres falsos. El
12 de diciembre de 1847 fue el día elegido para la fuga. Al llegar a Luján, en
una enramada que les había proporcionado el mesero y bajo la noche refulgente de
estrellas, los amantes tuvieron su momento de felicidad.
Mientras tanto, en Buenos Aires, a la consternación había seguido el pánico:
¿cómo tomaría el Restaurador de las Leyes y del Orden este desacato a todas las
normas morales, civiles y sociales?
Pasados diez días, Adolfo O’Gorman denunció el hecho al gobernador como "el acto
más atroz y nunca oído en el país", mientras el obispo Medrano pedía al
gobernador que "en cualquier punto que los encuentren a estos miserables,
desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en
justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento".
A Rosas lo tenían sin cuidado los amancebamientos de algunos curas. Lo que no
podía tolerar era una falta de obediencia hacia su persona.
Rosas podría haber usado su poder en forma magnánima para perdonar.
Si los jóvenes hubieran acudido a pedirle ayuda, seguramente lo habría hecho.
Pero al escándalo de la fuga se sumaba el ser partícipe de ella una niña tan
relacionada en sociedad.
Por el momento, la suerte parecía sonreír a los enamorados. Ya en Paraná, en
febrero de 1848, consiguieron un pasaporte a nombre de Máximo Brandier,
comerciante, natural de Jujuy, y su esposa, Valentina Desan.
Al llegar a Goya con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse
para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una
escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad.
Pudieron vivir cuatro meses en una relativa felicidad, olvidando la persecución
de que eran objeto. El 16 de junio ocurrió el desastre cuando encontraron en una
casa de familia a un sacerdote irlandés que conocía a Gutiérrez. Tomados por
sorpresa, sólo atinaron a negar su verdadera identidad. La noticia voló y al día
siguiente, por orden del gobernador Virasoro, los dos maestros fueron
encarcelados e incomunicados. La maquinaria del poder empezaba su obra
despiadada.
Los reos
En cuanto Rosas conoció la noticia dio orden de que condujeran a los reos en dos
carros separados a Santos Lugares, donde estaba la más temida prisión del
régimen. Con creciente angustia, los amantes vieron cómo se cerraban las puertas
de sus respectivas prisiones. Estaban incomunicados entre ellos y con el resto
del mundo. Camila, sin embargo, pudo hacer llegar una carta a su amiga
Manuela
Rosas. Esta le contestó el 9 de agosto alentándola a que no se dejara quebrar,
que ella la ayudaría. El mismo día empezó a preparar, en la Casa de Ejercicios,
un lugar para su amiga. También hizo llevar libros de historia y de literatura
para Gutiérrez a la cárcel del Cabildo. Pero en el plan de Rosas no entraba la
llegada de los reos a Buenos Aires, donde podrían haberse defendido. Para no
tener que enfrentarse con los pedidos de clemencia de su hija, era necesario
actuar rápida y drásticamente. Las declaraciones que Camila hiciera en San
Nicolás no hacían sino corroborar su posición subversiva: no estaban
arrepentidos, sino "satisfechos a los ojos de la Providencia" y no consideraban
criminal su conducta "por estar su conciencia tranquila". ¿Adónde se iba a
llegar si hasta las simples mujeres se creían con derecho a entenderse
directamente con Dios? Todo eso olía a luteranismo y libre interpretación de la
Verdad. Era muy peligroso.
Según Marcelino Reyes, la joven preguntó si el señor gobernador estaba muy
enojado y quiso saber lo que decían de ella. Después de dejarla comer y
descansar, Reyes retomó su conversación con Camila para aconsejarla sobre lo que
debía declarar. Camila hizo entonces con franqueza la historia de sus amores con
Gutiérrez. Databan de fecha muy anterior a su fuga. Explicó que él no tenía
vocación y su matrimonio había sido ante Dios. Que él no había hecho sus votos
de corazón y que, por consiguiente, eran falsos y no era sacerdote. Que la
intención de los dos era irse a Río de Janeiro, pero que no lo habían podido
efectuar por falta de recursos.
También Gutiérrez había hecho su exposición y ambas fueron llevadas por un
chasque ante el gobernador, esa tarde del 17 de agosto. Casi amanecía cuando
despertó a todos el retumbar de cascos de caballos, gritos y golpes violentos en
el portón de entrada. Era el modo que tenían los hombres del gobernador de
anunciar su llegada. Rosas ordenaba la inmediata ejecución de los reos sin dar
lugar a apelación ni defensa. Sólo se les otorgaban unos instantes para
confesarse y prepararse para morir. Fue entonces cuando Reyes decidió mandar un
urgente despacho avisando el estado de preñez de la joven, avalado por el médico
de la prisión. Al mismo tiempo mandó una carta a Manuelita explicándole la
urgencia de la situación. Reventando caballos llegó el chasque a Palermo y
entregó los despachos al oficial de guardia. Pero la carta jamás llegó a
Manuelita. El gobernador no podía aceptar que existiera un testimonio vivo de la
desobediencia, un hijo que hubiera representado para muchos el triunfo del amor
sobre el orden establecido. Cerca de la hora, Gutiérrez hizo llamar a Reyes a su
calabozo. El ex cura estaba sentado en el catre, vestido con levita y pantalón
negro. Su semblante dejaba entrever la tempestad de sentimientos que lo acosaba.

fusilamiento de Camila
Sentaron a cada uno de ellos en una silla, cargada por cuatro hombres a través
de dos largos palos. Como a todos los condenados, les vendaron los ojos y,
escoltados por la banda de música del batallón, los llevaron al patio rodeado de
muros. Bajo el pañuelo, los ojos de Camila dejaban escapar dos hilos de lágrimas
que, a pesar del dominio de sí expresado en un rostro inmutable, no podía
evitar.
Mientras los soldados los ataban nerviosamente a los banquillos, Camila y
Gutiérrez pudieron hablarse y despedirse, hasta que este último comenzó a
gritar: "Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado
¡miserables...!".
Sus palabras fueron acalladas por el capitán Gordillo, que mandó redoblar los
tambores e hizo la señal de fuego. Cuatro balas terminaron con su vida.
Después, se oyeron tres descargas y Camila, herida, se agitó con violencia. Su
cuerpo cayó del banquillo y una mano quedó señalando al cielo. "... en la
vecindad quedó el terror de su grito agudísimo, dolorido y desgarrador..."
Esta historia de amor de inocentes víctimas de intereses políticos iba a
convertirse con el tiempo en el suceso más imperdonable del gobierno de Rosas...
Sería el comienzo del fin.
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