Cabaret o cabaré (Ac.) es una palabra de origen francés cuyo significado original era taberna, pero que pasó a utilizarse internacionalmente para denominar a las salas de espectáculos, generalmente nocturnos, que suelen combinar música, danza y canción, pero que pueden incluir también la actuación de humoristas, ilusionistas, mimos y muchas otras artes escénicas.  Se distingue de otros locales de espectáculos, entre otras cosas, por tener un bar, cuando son pequeños, y un bar y un restaurante, cuando son grandes. Durante las actuaciones, se puede comer y beber, o conversar con otros espectadores.

 

 

 CABARET MARABÚ

El "Marabú" se inauguró en 1934 y estaba en Maipú, entre Sarmiento y Corrientes

EN VENTA. Abandonado, cerrado desde hace décadas, el Marabú espera como un fantasma entre el olvido y la historia. ¿Llegará a uno de esos estadios o acaso podrá volver, reencarnar con todos sus encantos en los proyectos de una empresa tanguera para turistas y nostálgicos?

El cabaret Marabú nació en un subsuelo de un palacio italiano de la calle Maipú 359, el mismo año que nació el Obelisco: 1935. Y si el Obelisco, como dijo el poeta, era “un trozo de tiza en el pizarrón de la noche”, el Marabú fue el pizarrón. Allí se aprendía y se vivía el tango, los amores, el glamour, y también los desengaños. La iniciativa de crear el cabaret fue del español Jorge Sales, que supo captar la sensualidad y el misterio de una ciudad marcada por la soledad, la migración, y el tango. El nombre Marabú tiene un rasgo erótico: define a un ave africana y por extensión a sus plumas, muy usadas entonces para hacer la lencería de las vedettes y esas boas de colores asociadas con las mujeres del charlestón y las muñecas bravas del tango. Los cabarets de los años 30, el Tabarís, Casanova, Chantecler, Amenoville… tenían inmensas pistas de baile rodeadas de mesas, barras, escenarios para dos orquestas: típica y de jazz. Y hacían varieté a la medianoche. No eran usualmente lugares para parejas sino para grupos de hombres y mujeres solas, eran lugares de baile y encuentros, y si allí se formaba una pareja por lo general no volvía. El Marabú tenía 1000 m2, ambiente estilo art decó, y pisos en damero blanco y negro. Actuaba la orquesta de Aníbal Troilo con Piazzolla. La orquesta de Carlos Di Sarli. Ángel D’ Agostino. Había un portero con faldón y gorra con el nombre del lugar, entraban coperas risueñas con estrictos vestidos de satén y las consabidas boas de colores, llegaba un sonido de violín y bandoneón, y un cartel en la puerta decía: “Todo el mundo al Marabú”.

La historia más conocida del pizarrón del Marabú es de amor y abandono. Ya había ocurrido el debut de la orquesta de Troilo el 1º de julio de 1937, cuando el Marabú incorporó a su compañía de coperas a una bellísima cordobesa. La muchacha, recién llegada a la Ciudad y algo desamparada, hizo amistad con un mozo del establecimiento, que también era cordobés. Se enamoraron al poco tiempo, entre cortes y quebradas, y decidieron vivir juntos para siempre. Trabajarían dos años en el cabaret para ahorrar unos pesos y volverían a Córdoba. El romance, la resolución y convicción, y la alegría que trasmitían, alcanzaba a sus compañeros. Desde el fregón al portero, y desde el portero al gerente, pasando por los músicos, todos admiraban ese amor construido desde abajo que brillaba como una esperanza para ellos mismos. Hasta que una noche ocurrió el desenlace. Un hombre con gesto turbio le plantó a la muchacha dos cachetadas, y siguió golpeándola. Fueron a sacársela de las manos, sus compañeras y el barman. Ya sin poderle golpear, el hombre la insultaba, trataba de zafarse del barman. El novio iba a atacarlo con un cenicero de mármol, cuando la orquesta se detuvo y el hombre pareció calmarse, tomar conciencia de la gente que lo rodeaba. Y se dirigió a ese público para explicar y ser comprendido, habló entrecortado, con indignación, y exhibió una libreta de casamiento como si fuera un título de propiedad. El silencio de la muchacha fue elocuente. El hombre se la llevó, casi arrastrándola de los pelos.

Pasaron dos años, y el mozo enamorado no se consolaba. Tras fallar en todos los intentos de entretenerlo, los amigos le aconsejaron que fuera a buscarla. Entonces viajó, llevaba unas pocas señas, una valija de cartón, y el corazón trémulo. La encontró detrás de un mostrador de almacén en un suburbio de la ciudad de Córdoba. Apenas pudo reconocerla. Estaba gorda, desdentada, con poco pelo, obnubilada. Era como si no hubieran pasado dos, sino veinte años. El joven no podía creerlo y se le llenaron los ojos de lágrimas. No era ella, no era ella a quien buscaba. Volvió al Marabú, peor que cuando había salido.

La historia recorrió el lugar y la recogió el poeta José María Contursi, que buscaba letra para un tango. Y el tango se llamó Como Dos Extraños, se estrenó el 28 de junio de 1940, con música de Pedro Láurenz y la voz de Juan Carlos Casas. Tuvo gran repercusión y muchos intérpretes a lo largo de los años, la última versión, muy notable por cierto, pertenece a la cantante Adriana Varela.

 

 

 
 

 

 

 


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