Hoy apenas si recordamos lo que fue el imperio bizantino, pero durante doce siglos ocupó un papel protagonista en el devenir del mundo. Los bizantinos decían ser el Imperio Romano, aunque hablaban griego, y su capital, Constantinopla, fue la ciudad más suntuosa y bella de la época. El imperio bizantino era una sociedad híbrida y compleja, con una estructura administrativa romana, una enorme influencia cultural persa y una cristianización ferviente iniciada en los tiempos del primer Constantino .

 

BIZANCIO

 

 

El centro de la vida popular era el Hipódromo, que desempeñaba el mismo papel que antaño el circo romano, sólo que sin gladiadores ni luchas a muerte de esclavos mal armados contra fieras, espectáculos prohibidos por su barbarie anticristiana. De modo que la diversión se limitaba a carreras de carros y de caballos, y había dos facciones deportivas rivales, los Verdes y los Azules, que dividían a toda la sociedad y venían a ser como nuestros partidos de ahora.

El Palacio Real

 disponía de un corredor oculto que le unía con el Hipódromo, así como de otro pasadizo que llevaba a Santa Sofía, la impresionante catedral inaugurada en 537 y cuya vasta cúpula, un verdadero prodigio arquitectónico de 55 metros de altura, fue la más grande el mundo hasta la construcción de San Pedro en Roma en 1547. Estos pasadizos se avienen muy bien con el secretismo de la corte bizantina, que era un abigarrado, tentacular y conspiratorio centro de poder. La influencia persa hizo que los símbolos, los ropajes y los rituales fueran muy importantes como representación de una autoridad casi divina. Los emperadores tenían la prerrogativa de vestir de color púrpura, un carísimo pigmento proveniente de un molusco diminuto con el que teñían sus deslumbrantes sedas, que luego eran adornadas con hilos de oro y plata y piedras preciosas. Además calzaban unas exclusivas botas rojas y llevaban desmesuradas joyas y cortinas de perlas enmarcando la cara.

 

 

Refulgían los emperadores como dioses, y también refulgían sus aposentos, que estaban revestidos de pórfido, una piedra del color de la sangre reservada para el uso imperial. La pompa ceremonial era tremenda y los visitantes debían saludar al basileus y a la basilissa (emperador y emperatriz) tocando el suelo con la frente. En esa corte sobrecargada y suntuosa vivían también los ministros de gobierno, los generales del ejército, secretarios y monjes. Muchos de los principales funcionarios eran eunucos, otra costumbre persa. En el imperio bizantino estaba prohibida la castración, pero había un constante comercio de eunucos que eran operados justo al otro lado de las fronteras.

 

HECHOS A DESTACAR

  Las medidas legales contra la emasculación y contra las peleas cruentas en el Hipódromo podrían dar una imagen engañosa del imperio bizantino como sociedad moderada y compasiva. Nada más lejos de la realidad: era un mundo feroz. De hecho, los castigos se articulaban según un código de mutilaciones corporales que tenían un contenido simbólico. Por ejemplo, a los adúlteros se les rebanaba la nariz, como representación de la potencia sexual. A lo largo de la historia de Bizancio se suceden y acumulan las amputaciones, y los poderosos muestran una escalofriante propensión a mutilar al oponente o ser mutilados. Incluso hubo un emperador, Justiniano II, que tras ser derrocado y desnarigado en 695, volvió al poder en el año 705 con el comprensible apodo de Nariz Cortada.

  En el año 730 el emperador León III sacó un edicto prohibiendo el culto a las representaciones figurativas. Y así empezó un siglo largo de sangrientas disputas entre los iconoclastas como León III y los iconódulos o partidarios de las imágenes. El basileus León y su sucesor e hijo Constantino V persiguieron, torturaron y ejecutaron a los iconódulos, que hoy son considerados mártires de la Iglesia ortodoxa. Los partidarios de acabar con las imágenes estaban, sobre todo, en el ejército y entre los funcionarios, mientras que los partidarios de los iconos eran sobre todo los monjes, que, naturalmente, perdían influencias si se suprimía el culto a los santos, de los que ellos eran los principales mediadores. Detrás de las luchas iconoclastas también había, como siempre hay, un pulso entre poderes.

 

Irene

Recordada sobre todo como la madre que cegó a su propio hijo  Constantino, no contento con poseer solamente el nombre de emperador, despojó a su madre del gobierno, y la desterró al castillo de Eleutere en las playas de Propontide; pero al cabo de quince meses logró salir de él, y se vengó mandando sacar los ojos a su hijo, quedando como única poseedora del imperio.  Este crimen no quedó impune, porque al cabo de algún tiempo el gran tesorero Nicéforo, habiéndose hecho proclamar emperador, la desterró a la isla de Lesbos, dejándola sin recursos, en tales circunstancias que tuvo que ganarse el sustento hilando, hasta que murió despreciada de todos y devorada por los remordimientos.

 

 

Una de las mujeres más controversiales de la historia es Irene, la emperatriz bizantina quien para algunos religiosos es una santa a la que le prenden velas, mientras que para otros es el vivo ejemplo de lo que una madre jamás debe ser con su retoño.

Ambiciosa, bella, intrigante y sagaz, Irene no escatimó esfuerzos ni trama para colocarse por encima de todos, aunque para llegar a la cima tuvieran que rodar un centenar de cabezas sin  piedad. Junto con Teodora, la emperatriz bizantina que subió al trono tras haber sido prostituta y cirquera, Irene es una de las figuras más conocidas de la agitada historia de Bizancio, el cual se desplomó en el siglo XV.

Se cree que Irene nació a mediados de julio del año 752 ó 751 de la era cristiana en la ciudad de Atenas, y no vino al mundo con cucharita de plata en la boca. La leyenda cuenta que su madre era una meretriz que nunca supo quien la había sido el padre de  la hija. Lo cierto es que Irene en sus primeros años vivió en pobreza, pero gozó de un poco de educación dado que un familiar suyo era sacerdote con muchas influencias entre la élite de Bizancio.

Nadie sabe cómo fue que Irene logró tener acceso al emperador León IV, quien reinó desde 775 hasta 780 de la era cristiana. Unos afirman que siendo hábil hilandera se introdujo entre los proveedores del palacio y cuando León preguntó por la buena calidad de sus ropajes, el ama de llaves le presentó a la muchacha. Otros afirman que ella se lanzó a los pies del vanidoso hombre cuando éste salía de una iglesia tras una misa.

Lo cierto es que León se casó infatuadísimo con la joven de 17 años, quien aprovechó que el marido estaba perdidamente enamorado para dominarlo a su gusto y antojo. Irene entonces pasó de los harapos a la riqueza, y tras haberle dado a León al ansiado heredero varón, se sintió que estaba bien afianzada. Cuando León murió en el año 780, su hijo Constantino, de apenas 10 años de edad, heredó el trono como Constantino VI. Dado que era menor de edad, Irene aprovechó para quedarse de regente de su hijo " mientras crecía."

El problema es que para Irene Constantino jamás terminaría de crecer, y ella lo dominaba de una forma total. Irene escogió a la esposa de su hijo para garantizarse un completo dominio del chico hasta en la alcoba. Constantino no había expresado mayores deseos de casarse, pero reza la leyenda que Irene supervisó personalmente la noche de bodas del muchacho, garantizándose que se consumara el matrimonio. Cuando Constantino no estaba de acuerdo con ella, trataba de relegarla a segundo plano pero ella se rehusaba a ceder un ápice de su autoridad. Irene amenazó a su nuera con envenenarla si no intercedía a favor de ella en momentos de intimidad, y lo más lógico es que la pobre consorte de Constantino le tenía pavor a su formidable suegra.

Otra parte de la leyenda negra de Irene como suegra es que solía mezclar en la comida de su hijo y su nuera poderosos afrodisíacos para garantizar que hubiera descendencia de los muchachos. En una ocasión se le fue la mano y los esposos estuvieron al borde de la muerte tras haber consumido unos postres con una sobredosis de cantáridas (un venenosos afrodisíaco que garantiza erecciones monumentales y un desenfreno pavoroso), anticipándose de esta forma por un casi un milenio al escándalo del francés Marqués de Sade cuando casi envenena a unas prostitutas con bombones supuestamente lujuriantes.

A Irene le tocó luchar contra los iconoclastas, quienes eran religiosos que se oponían al uso de íconos o imágenes para representar a los santos. Una vez que hubo aquietado esa rebelión religiosa, Irene se propuso acabar con la rebeldía escasa que le mostraba Constantino. Cansada de luchar con él, lo depuso en el año 797, protagonizando una de las reyertas familiares más bochornosas de la historia. Constantino fue levantado en vilo, desnudado, azotado a latigazos, confinado y posteriormente su madre ordenó que lo cegaran sacándole los ojos de sus órbitas en un acto de crueldad sin paralelo en la historia.

Irene entonces se apropió del trono como la primera emperatriz bizantina por derecho propio. Sin haberse cansado de tanta trifulca, se echó enemigos a nivel internacional. Se negó a reconocer como Sacro Emperador Romano  Carlomagno , quien había sido coronado por el papa en el año 800. Irene, quien continuaba bella a pesar del paso del tiempo, se puso a flirtear con la idea de casarse con Carlomagno con ánimo de someterlo.

Tras la muerte de su esposa Liutgarda en el año 800, Carlomagno huyó de la idea de "dormir con el enemigo" y aunque Irene soltó la bola que era Carlomagno quien quería apresarla en las redes nupciales, las malas lenguas con la mía a cargo del club en este siglo afirman que Carlomagno no era tan masoquista como para echarse de consorte a tamaña víbora.

Irene comenzó a saquear el erario y a imponer restricciones sobre sus súbditos, y pronto tenía a casi todos los nobles del imperio en contra de ella. La plebe protestó contra tanto impuesto y las alzas en los precios del alimento y en 802 los patricios decidieron mandarla a la lona. Irene fue depuesta por un puñado de nobles que se alzaron en su contra, y se vio exiliada a la isla de Lesbos. Una vez ahí, Irene, quien había olvidado lo que era ser pobre y le hedía más la cara que el basurero de Acahualinca, volvió a tomar su rueca de hilandera y se puso a trabajar para comer modestamente.

Nadie quería recordarla y murió al año siguiente, 803, sola, triste, despreciada y en la mismita pobreza en la cual había nacido.

Para colmo, su ex ministro de finanzas posteriormente pasaría a ocupar el trono de Bizancio como el Emperador Nicéforo I, y este emperador murió en 811.

La iglesia ortodoxa, sin embargo, tuvo tan buenos recuerdos de ella en su lucha contra los iconoclastas que alcanzó una leyenda de santidad bastante interesante. Pero para muchos historiadores, Irene es el prototipo del gobernante que confirma nomás que el poder absoluto, corrompe absolutamente.

 

 

 

 
 

 

 

 


  •  Todas las imágenes e información aquí publicados han sido obtenidas de Internet, todas pertenecen a sus creadores. Si en algún momento algún autor, marca, etc. no desean que estén aquí expuestas, ruego nos contacten  para poder tomar las medidas oportunas.. Si alguno de sus autores desea que sean retirados le ruego que me lo comunique por e-mail, no pretendemos aprovecharnos de sus trabajos, solo darlos a conocer. En cualquier caso, si podes aportar  alguna información  de interés,  lo podes enviar vía e-mail para ampliar información.

 

 


 


 

 

 

 

Total de visitas del mes pasado  a nuestra Pagina: