Las bacanales

 

Las bacanales eran fiestas orgiásticas para los iniciados en el culto secreto del dios, y traen su origen en los ritos desenfrenados a Cibeles, Baco, Atis y Sabacio que se celebraban en Frigia y en Tracia. Los tracios, especialmente, adoptaron el antiguo culto de Baco y lo dotaron de características bárbaras.

 

“Alternativamente, magas, seductoras y sacrificadoras sanguinarias de víctimas humanas, tenían sus santuarios en valles salvajes y remotos. ¿Por qué encanto sombrío, por qué ardiente curiosidad, hombres y mujeres eran atraídos a esas soledades de vegetación lujuriante y grandiosa? Formas desnudas, danzas lascivas en el fondo de un bosque..., después risas, un gran grito y cien bacantes se arrojaban sobre el extraño para dominarlo. Debía jurarles sumisión y someterse a sus ritos o perecer. Las bacantes domesticaban leones y panteras que hacían aparecer durante sus fiestas. Por la noche, con serpientes enroscadas en los brazos, se prosternaban ante la triple Hécate; después, en rondas frenéticas, evocaban el Baco subterráneo, de doble sexo y cabeza de toro. Pero, ¡desgraciado del extraño, desgraciado del sacerdote de Júpiter o de Apolo que viniera a espiarlas! Era descuartizado”.

 

Las bacantes se vestían con pequeños trozos de piel de tigre o de pantera, que ceñían a sus nerviosas cinturas con sarmientos verdes. Cada una llevaba su tirso–báculo coronado de hojas de parra o hiedra-, y su tea encendida. Al compás de tamboriles, címbalos, flautas y otros ruidosos instrumentos de percusión y de aire, las bacantes iniciaban sus danzas hasta alcanzar ese estado que los griegos llamaban enthusiasmo (es decir, poseído de un dios), durante el cual las mujeres gritaban el nombre místico del dios, Iacos, o bien ¡Evohé!, que, según los iniciados, era el grito de aliento que Júpiter-Zeus dirigió a su hijo durante la gigantomaquia. Se supone que Evohé equivalía a: ¡Valor, hijo mío!”. (De Evohé derivó Evan, uno de los tantos sobrenombres del dios del vino).

 

En Macedonia, las bacantes eran denominadas clodones y mimalones. Mimas era un monte del Asia Menor, a cuyo pie residía una comunidad de bacantes.

 

Recibieron también el nombre de dodonas, eleidas (por otro de sus gritos extáticos, ¡eleleu!), tíadas y ménades (“furiosas”).

 

Las bacanales lograron una gran difusión en el ámbito del Mediterráneo, incluida la monoteística Palestina y la Siria seléucida y greco-romana posterior.

 

Comentando al escritor H. Jeanmaire, Emile Mireaux dice que “en la Grecia primitiva existió una sociedad de mujeres, en la que se progresaba de iniciación en iniciación. Esas iniciaciones se hallaban vinculadas, en su origen, con los cultos de las grandes divinidades femeninas: Hera, Artemisa, Atena, Deméter, herederas más o menos directas de la Gran Diosa del mundo egeo, diosa del árbol y de la vegetación, dama de las fieras y de la naturaleza salvaje. Habían de ser acaparadas progresivamente y asimiladas por el culto de Dioniso. Iban acompañadas de danzas frenéticas y acompasadas por la flauta, que pronto llevaban a las bailarinas al estado de trance y éxtasis, con la boca abierta, la nuca doblada, todo el cuerpo tenso y echado atrás, en actitudes que evocan las de las clásicas crisis de histeria. Incluían alocadas carreras en procesión, a la luz de antorchas, a través de zonas boscosas y montuosas. Las iniciadas de las más antiguas categorías llevaban sin duda, en esa ocasión, al menos en el culto de Dioniso, la nébrida, la piel de cervatillo, del animal sacrificado para ellas en el curso de una iniciación anterior, sacrificio que iba acompañado generalmente de laceración. Es verosímil, por fin, que algunas de esas iniciaciones, principalmente la que se hacía en la época de la pubertad, exigían un tiempo de retiro a veces bastante prolongado, durante el cual las futuras iniciadas eran sometidas a pruebas, se aislaban y por grupos se escondían en la naturaleza Salvaje.

 

Las bacanales fueron conmemoraciones de carácter orgiásticos dedicadas al dios Baco, divinidad del vino y de la alegre licencia de la época de la vendimia (correspondiente al Dionisio griego). Durante esos días de jolgorio, donde no se dejaba nada vedado a la moral, una serie de individuos disfrazados de sátiros le cantaban ditirambos o canciones satíricas y obscenas al dios; se dice, además, que un sacerdote de Baco conducía un barco sobre ruedas, llamado carrus navalis (carro naval), que pronunciado por los romanos sonaba: car navalis; sobre este antecesor de los actuales carros alegóricos se paseaba al dios acompañado de danzas promiscuas.

Las lupercalias o lupercales, en conjunto con las bacanales, constituyeron motores básicos de los carnavales. Fueron momentos de desenfrenos, celebrados anualmente (15 ó 19 de febrero), y se dedicaban a la divinidad romana conocida como Fauno (Pan, para los griegos) o Luperco (divinidad pastorial de los ítalos). En un principio era una fiesta que se iniciaba con el sacrificio de un macho cabrío; el sacrificador solía pasar el cuchillo ensangrentado por la frente de dos jóvenes nobles y, luego, era limpiado con lana mojada en leche, a la cual las mujeres le atribuían virtudes fecundantes.

Pero la fiesta degeneró en un ambiente vulgar, de orgías y se podía ver a los hombres semidesnudos correr embadurnados de sangre (luego del sacrificio de perros y cabras por los lupercos o crepis) y blandiendo látigos de piel de cabra para flagelar a las mujeres que querían tener hijos y, de esa manera, poder ser fértiles. Otras versiones sostienen que Luperca fue la loba que amamantó a los gemelos hijos de Marte, y el Lupercal su morada, ubicada en el monte Palatino. De igual manera se dice que esta es una fiesta de purificación del pueblo.

Las saturnalias o saturnales fueron las fiestas de mediados de diciembre dedicadas a Saturno y se extendían por siete días (posiblemente entre los días 17 y 23). Se suspendían las guerras, los suplicios se aplazaban y los esclavos podían sentarse a la mesa con sus amos. Las gentes se regalaban velas de cera (cerei) y oscilla o sigillaria, figuritas de barro que, generalmente, servían de juguetes a los niños. Pero, como todo, esta celebración evolucionó hacia el desenfreno, al desorden civil y al libertinaje.

Como queda expuesto arriba, los romanos, a quienes hay que citar siempre que se hable del Carnaval, celebraron este con las saturnalias y bacanales en diciembre y las lupercalias en febrero.

El cristianismo asimiló estas y otras fiestas paganas de invierno, acomodándolas a su calendario y denominándolas rituales de la “Risa Pascual”. En medio de ellas situó la Epifanía (6 de enero), la fiesta de San Antonio Abad (17 de enero) y la Candelaria (2 de febrero).

Independientemente de lo que dio origen a la palabra Carnaval (carrus navalis–car navalis, carnestollendas o carne levare –quitar las carnes–, carne vale –adiós a la carne–, carnislevamen o carnisprivum –privación de carne–) este festejo precede el comienzo del ayuno de Cuaresma, la fiesta de ramos, la Pascua, la Semana Mayor, escenarios religiosos que, el panameño, luego del desenfreno de su conducta en el Carnaval, guarda con extrema seriedad y solemnidad.

 

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  2. DATOS CURIOSOS

     

    • Las Bacanales en Roma y las Dionisíacas en Grecia, eran las fiestas en honor a Dioniso. Eran fiestas en las que predominaba la desinhibición de los sentidos mediante el efecto del vino.  Se refiere a los fuertes gritos con los que se adoraba al dios en las bacanales, frenéticas celebraciones en su honor. Estos hechos, supuestamente originados en las fiestas de la naturaleza primaveral, llegaron a ser ocasión de embriaguez y de actos licenciosos y disolutos, en los que los celebrantes danzaban y bebían. Las bacanales se hicieron cada vez más desenfrenadas. Por esa razón, el Senado romano las prohibió en el año 186 a.C.

En el año 186 a.C., el senado romano, acuerda prohibir la celebración de las "Bacanales" en toda Italia, donde se celebraban en secreto los cultos orgiásticos, eran destruidos y se amenazaba a los contraventores con la pena de muerte.

 

 

 

 
 

 

 

 


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