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Atila
... el azote de Dios
Murió
de amor y también el imperio de los hunos murió con Atila
Atila nació en torno al año
406.
En cuanto a su infancia, la suposición de que a temprana
edad era ya un jefe capaz y un avezado guerrero es
razonable, pero no existe forma de constatarla. Tras la
muerte de su padre, Atila se encuentra con su tío y decide
acompañarlo para aprender el arte de la guerra.
A finales de junio de 451, en las llanuras de Châlons,
que pasaría a la historia como los Campos Cataláunicos,
las tropas de Roma, dirigidas por Flavio Aecio,
aliadas a las del rey visigodo Teodorico I, se
enfrentaron a la confederación de las huestes de los
Hunos, dirigidas por Atila, “El azote de Dios”.
Teodorico
I murió en el combate, pero los hunos de Atila se batieron
en retirada por lo que se considera que perdió la batalla,
aunque los expertos opinan que lo único que consiguió
Aecio fue darle un respiro para que el célebre líder
reorganizara sus fuerzas y arrasara la Lombardía, hasta
llegar a las puertas de la mismísima Roma. Poco más de un
año después, tendría lugar la célebre entrevista con el
papa León I el Grande a orillas del río Mincio. Nadie
sabe –y posiblemente nadie sabrá– qué fue lo que Atila y
el Papa hablaron, y no existe una versión que sea aceptada
históricamente. Lo único que sí es cierto es que los hunos
no entraron a saco en Roma y volvieron a sus cuarteles de
invierno, en Hungría, posiblemente por cuestiones de
logística. No es insensato inferir que con la mediación
del Papa, Roma pagó tributo a los hunos para que, obtenido
el botín que deseaban, se volvieran a su casa y todos tan
contentos. Esta suposición se hace más creíble si se
conoce a fondo la historia de los papas de Roma y sus
manejos en materia de diplomacia, claro.

Como sea, el caso es que en 453 y según las crónicas,
Atila se hallaba en Hungría y en circunstancias muy
especiales, puesto que iba a llevarse a la cama –o
contraer enlace, que para los hunos era lo mismo que para
nosotros, pero sin tanta vuelta–, a una joven cautiva
llamada Ildico, que descollaba por su belleza y
juventud. La unión debe haber resultado todo un
acontecimiento –con fiesta en un palacio de madera junto
al río Tisza y todo–, en el que se debe haber
comido en abundancia y bebido con desmesura, a fin de
celebrar el apareamiento del jefe con la joven y hermosa
doncella, una nueva esposa entre tantas que debió haber
tenido. Atila, se retiró tarde a sus aposentos, quizás
frotándose las manos y achispado por el Tokay (si
es que para la época los húngaros ya producían el famoso
vino), preparado para disfrutar de las mieles del amor
luego de satisfecho su apetito y su sed.
A nadie se le ocurrió entrar en la recámara privada de
la pareja, no fuera cosa que el jefe se molestara. Por eso
a la mañana siguiente se quedaron de una pieza al
encontrarse a la hermosa Ildico acurrucada en un rincón,
gimiendo y con visibles muestras de estar aterrorizada. Y
es que en el suelo, en medio de un gran charco de sangre
se hallaba El Azote de Dios, tan muerto como un pez al que
se ha sacado del agua un día antes.
¿Asesinato? Difícil creerlo. Lo más probable es que el
huno haya sufrido una hemorragia, a consecuencia de la
cual sobrevino la asfixia y la muerte. No existen
registros de que nadie haya importunado con torturas a la
ya atormentada joven cautiva. Tampoco consta que la joven
haya sido virgen a la noche, y ya no a la mañana cuando se
llevó a cabo el hallazgo. Pero no es insensato suponer que
entre los excesos de la comida y la bebida, más la
euforia de la noche de bodas, Atila –que al fin de
cuentas era un hombre y no el mismísimo Satanás–, se haya
pasado de la raya (y no existía el Viagra, señoras y
señores, a tenerlo en cuenta), y le haya estallado el
corazón.
Lo que sí queda en claro es que con su muerte el imperio
de la confederación que había conseguido unificar se
desmoronó, ya que los hijos que había tenido con otras
mujeres entraron en rencillas y peleas por la sucesión y
dividieron lo que su padre había unido.
Si se encontrara el lugar donde descansan los restos del
gran Atila, la arqueología –con la ayuda de las modernas
ciencias auxiliares–, quizás podría desentrañar el enigma
de la muerte, pero la ubicación de la tumba es uno de los
grandes misterios de la historia, de modo que habrá que
ceñirse a lo que sabemos y a lo que suponemos: Atila, el
Huno no murió haciendo la guerra, sino el amor.
HECHOS CURIOSOS
tuvo mas de
700 esposas y otras tantas amantes y murió mientras "consumaba
el matrimonio" con su esposa numero 453 la noche de bodas.
Muchos se
preguntan qué tiene la ciudad de Venecia que pudo resistir la
devastación de los godos y los ataques de Atila. Sin embargo, el azote
del agua decide sobre su felicidad o infortunio.
En 500 años su
base se hundió 20 centímetros, pero a pesar de eso, los cimientos de
sus edificios, hechos con pilotes de roble y pino, resisten el paso de
las
centurias.

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