Pablo Ruiz Picasso , considero necesario este último resumen, a manera de síntesis. Ese malagueño genial dibujó, pintó, amó, grabó, amó, esculpió y amó y modeló y siguió amando, con la misma compulsión, dejando un inconmensurable legado cultural que terminó repartido entre sus herederos y museos de todo el mundo.
No cabe duda que era desmesurado para todo. Para amar, para vivir, para odiar, para beber, para salir de franachela y para seguir trabajando.

 

Picasso y sus mujeres

 

 

 

 

 

 

 

Olga Koklova: la única esposa

 

–Yo soy Olga Koklova, la sobrina del Zar –dijo, y se abrió el escote. Estaba frente a Pablo Ruiz Picasso en uno de los camerinos del teatro mientras ensayaba el ballet de Diaghilev-Jean Cocteau, en 1917 le había presentado a Picasso.
El ballet era conocido en Europa y los Estados Unidos, como un original ejemplo de modernidad y Olga Koklova era una de las bailarinas cuando el grupo había actuado en Roma.

 

 

La hermosa rusa se presentaba como una mujer de la nobleza e hija de un general ruso. Bella, ambiciosa, empecinada, melancólica –como la mayor parte de los rusos–, desprejuiciada, frágil, intransigente, elegante y sensual como un felino, le puso el ojo al pintor malagueño que en ese año ya era famoso y rico. La hermosura, la distinción y la determinación de Olga hicieron que Picasso olvidara rápidamente a sus ocasionales amantes como Irene Lagut, Fernande Olivier, Eva Gouel, Elvire Palladinin, Emilienne Pâquette, Silvette Davil y, muy especialmente a You-You, la mulata de la Martinica; todas las mujeres que habían amado a Picasso, lo habían atendido y habían mitigado su soledad. Para conseguir lo que quería, Olga no dudó en abandonar la compañía para empezar a convivir con el artista, y juntos viajan a Madrid y a Barcelona.

Olga y Picasso contrajeron matrimonio el día 12 de julio de 1918 en la Iglesia Ortodoxa Rusa de París. Fueron testigos de la boda Max Jacob, Jean Cocteau y el poeta Apollinaire que eran sus mejores amigos. Se dice que Max Jacob le hizo un comentario a Apollinaire, según el cual los rusos creían que el primero de los cónyuges que pisara la alfombra después de dar las tres vueltas al altar, dominará al otro. Cuando Apollinaire se dio cuenta de lo que había hecho Olga se horrorizó, pero ya era demasiado tarde para advertirle a Pablo. Naturalmente la seductora y tenaz rusa, conocedora de la profecía, había sido la primera en pisar la alfombra.
En 1919 viajaron juntos a Londres para trabajar en los decorados y el vestuario de un ballet, también de Diaghilev, basado en la obra "El sombrero de tres picos" de Manuel de Falla. En ese mismo año el artista inicia una nueva etapa en su carrera, caracterizada por una doble fórmula interpretativa. Por un lado desarrolla formas escultóricas e imágenes de una grandiosidad que ha sido definida como neoclásica; por otra parte, desarrolla el cubismo de diferentes maneras. Del primer estilo son las obras "Las bañistas" y "Mujeres sentadas" o "Mujeres en la fuente".
También en esta época aparece Olga en los primeros retratos del pintor, algunos de los cuales muestran la capacidad de éste para lo que suele llamarse arte convencional y clasicista. Más tarde, cuando la vida al lado de Olga se había transformado en un infierno, los retratos serán muy distintos, y marcados por una crueldad terrible.En Paris cambian varias veces de casa, hasta vivir en una ubicada en una calle de ricos, anticuarios y marchantes, y Picasso viaja repetidas veces a la Costa Azul, que acababa de ponerse moda. Corría el mes de febrero de 1921 y ya había nacido
Pablo, su primer hijo y el cubismo queda casi por entero de lado, porque Picasso se dedica a crear retratos muy dulces y neoclásicos. Su pintura de la época está llena de vida y de luminosidad, con muchachas jugando en la playa y gente feliz.Esos largos veranos en la Costa Azul  –el lugar le recordaba a Málaga–, y su primer hijo le alegran la vida, la pintura y minimizan los primeros encontronazos con su esposa.

En 1927 Picasso pasea cerca de la salida del metro en las Galerías Lafayette, cuando mira a una hermosa joven rubia. No lo duda, la sigue, la detiene y le dice que los dos harán grandes cosas juntos. Picasso tiene en ese entonces 46 años. La joven 17, es menor de edad y bella como un sol. Se llamaba Marie Thérèse Walter y muy pronto será su modelo preferida y también su amante.
Para escapar del mundo de marquesas y señores respetables y opulentos de la Koklova, es que Picasso, no sin dolor y quebrantos, vuelve al redil no ya como un bohemio hambriento, sino como un arquetipo del hombre de un mundo nuevo.

Se cuenta que cuando Picasso comenzó a pintar a Marie-Thérèse, una tarde en la que trabajaba en compañía de Buñuel cuando Olga casi los sorprendió. Cuando volvió la calma, el pintor –que observaba a Marie-Thérèse desnuda delante suyo y de su amigo–, le explicó a Buñuel que cuando le preguntaron a Renoir si la pintura nacía del corazón o de la cabeza, respondió: “¡De las pelotas!”.
En 1929, Olga ya sabía que la joven adolescente había quedado embarazada y sobrevino la separación, aunque nunca se divorciaron, y sólo la muerte disolvió aquella unión celebrada en la Iglesia Ortodoxa Rusa de París cuando
la mujer legal de Picasso falleció en 1955. Antes de morir, y durante mucho tiempo, decía a quien quisiera escucharlo: “Soy Olga Koklova. Soporté al genio con cariño durante más de 12 años. Fui legalmente su primera esposa y como a casi todas, me abandonó. Di a luz a su primer hijo, Pablo”.

Jacqueline Rocque conoció a Picasso en Vallauris en 1952, y le fue presentada por su tía, Mademoiselle Suzanne Ramié. No tardó mucho en comenzar a frecuentarlo, quizás por esa intuición femenina que ya preveía el abandono de Francoise Gilot. Efectivamente, cuando ésta se marchó con los dos hijos que tuvo con el malagueño, Jacqueline no dejó pasar mucho tiempo antes de convertirse en su amante y compañera.

 

 

Después de haber publicado las notas referidas a las mujeres más relevantes en la vida de Pablo Ruiz Picasso, considero necesario este último resumen, a manera de síntesis. Ese malagueño genial dibujó, pintó, amó, grabó, amó, esculpió y amó y modeló y siguió amando, con la misma compulsión, dejando un inconmensurable legado cultural que terminó repartido entre sus herederos y museos de todo el mundo.
No cabe duda que era desmesurado para todo. Para amar, para vivir, para odiar, para beber, para salir de franachela y para seguir trabajando. Era el misterioso imán que anida en algún lugar de la tierra y hace magnético al Polo y vuelve locas a las brújulas. Era una tentación. Y como tal, peligrosa, porque después caer en esa tentación, nadie resultaba indemne. Algunos pudieron salir con pocos rasguños, a otros les costó la vida.
Porque su herencia también tiene una cara oscura, el Thanatos que reemplazó al amor, y que pasó de la mano del artista con la misma fuerza que un huracán, que un toro Mihura o uno de esos Minotauros que pintaba con una obsesión sospechosa: su hijo Pablo murió alcohólico; el nieto que llevaba su nombre falleció, después de padecer una larga agonía, por haber tomado lavandina.

Su nieta Marina, hizo pedazos el libro titulado “Picasso: mi abuelo”, a tal punto el rencor que sentía por él. Marie-Thérèse Walter y Jacqueline Roque, se suicidaron y ni siquiera Françoise Gilot, que fue la única que lo abandonó, salió indemne del todo.Sus mujeres se dejaron seducir y se contagiaron su desmesura. Y es que Pablo Picasso nos requería a todas, esto es, requería a La Mujer.Como marido, como amante, como padre, confidente, amigo y compañero ocasional, como pariente y como cliente de un burdel. “A mi padre –se le escuchó decir a su hija Maya–, le hubiera gustado guardar para siempre a todas sus mujeres. Para él cada una tenía color, forma y espíritu”.Lo tuvieron paa él Fernande Olivier, Eva Gouel, Irene Lagut, Emilienne Pâquette, Silvette Davil, Elvire Palladinin –You-You–, Olga, Marie-Thérèse, Dora, Françoise, Genevieve y Jacqueline, sus mujeres. Gertrude Stein e Ivonne Zervos, sus mecenas y amigas; Maya y Paloma, sus hijas; Conchita, María, Carmen y Teresa, sus primas; Concepción y Lola, sus hermanas y María Picasso, su madre, de quien tomó el apellido con que lo iba a recordar la posteridad.


Para el Picasso anciano –me pregunto si llegó a ser o a sentirse realmente viejo alguna vez– la mujer y su cuerpo y su sexo no dejaron de ser la mayor tentación y un placer sólo comparable al de sus creaciones. A tal punto, que cuando El 8 de abril de 1973 abandonó este mundo en su casa de Mougins, en su estudio había quedado inconclusa la última obra en la que había estado trabajando hasta la noche anterior: un desnudo femenino.

UNA DE LAS HISTORIAS   empezó cuando la jovencita adolescente que era Genevieve Laporte en 1944 fue a verlo a su estudio de París, con la finalidad de hacerle una entrevista que sería publicada en el periódico del colegio al que asistía.En ese año, Picasso ya pasaba los sesenta años y la jovencita apenas dieciséis.–Monsieur Picasso, los jóvenes no entienden su pintura–, le dijo para comenzar la entrevista y él se la quedó mirando y luego debe haberle contestado algo ingenioso, y volvió a mirarla.Cuando la entrevista terminó, el pintor le pidió que regresara en otra oportunidad y Genevieve, claro, volvió. Debía ser muy difícil resistirse al encanto y al magnetismo de semejante hombre, aunque ya estuviera en la senectud. Fue así como nació una relación muy especial: tomaban chocolate juntos, Picasso le recomendaba libros y conversaban. Al principio, fue –al menos por parte de ella–, una amistad totalmente inocente.
Siete años después, cuando
Genevieve ya había comenzado a trabajar, lo visitó de nuevo en su departamento y lo dejó hacer, porque era lo que quería. Fue allí donde se consumó la relación amorosa.
De esta manera comenzaron las visitas secretas que, durante años, le darían a Picasso un puñado de buenas razones para pintar cuadros de una exquisita sensualidad. Muy pocas personas conocían esta situación, y una de las que sí sabía que Genevieve llegaba puntualmente los miércoles y posaba –vestida o denuda–,  para Picasso era su barbero, otro español exiliado por la Guerra Civil, llamado Eugenio Arias . Arias le guardaba los dibujos que su cliente le daba, a espaldas de Françoise –que casi con seguridad ya se había enterado de estas citas secretas–, y además lo acompañaba a las corridas de toros en Nimes, y otras correrías que compartían juntos. Porque para un buen español –al decir de Arias–, un domingo se vive “Por la mañana en misa, por la tarde toros y cuando cae la noche, en la casa de putas”.Para Picasso la joven Genevieve era el último aire de juventud, era –como para el Tío Alberto de
Machado–, el quemar los últimos cartuchos, tirarse las últimas juergas... y sentir que seguía vivo. Siguió viéndola aún después que Françoise Gilot lo abandonara, porque para el genial malagueño “el hombre no deja de enamorarse cuando envejece, por el contrario: envejece cuando deja de enamorarse”. Genevieve lo visitaba a menudo, y hasta con la complicidad de su hijo Paulo, en la capilla de Vallauris –en la Costa Azul–, donde Picasso pintaba los murales de la Guerra y la Paz. En ese lugar pintó en las rodillas de la jovencita dos rostros: el de un hombre y el de una mujer, y la niña no se bañó para conservarlas, hasta que no se borraron solas por el paso del tiempo.
Un malentendido terminó con la relación entre ambos, el día que Paulo, hijo de Picasso, le preguntó por qué no le había pedido a la joven que se fuera a vivir con él. Su padre lo miró y, como solía hacer cuando no se le daba la gana contestar, murmuró algo.


–¿Qué dijiste? –le preguntó Pablo.
–Las mujeres que no amo, se me pegan. Y las que amo, desaparecen –contestó, de mal talante–. Fíjate en Genevieve, va y viene pero nunca se queda.
Iba de viaje a la Costa Azul y hablaban de estas cosas cuando se detuvieron a desayunar en una pastelería, la del matrimonio Ramie, antes de llegar a Vallauris.
Los Ramie eran los tíos de una joven mujer de treinta años, divorciada y con una hija llamada
Catherine Hutin . Picasso la había conocido cuando era apenas una niña, casi veinte años antes. Su nombre: Jacqueline Rocque . Genevieve Laporte guardó durante décadas en una caja fuerte los dibujos que de ella había hecho Picasso, por temor a un robo. No podía olvidar aquellos tiempos, cuando apenas acababa de cumplir 24 años, y era la amante de ese genio de la pintura, que pisaba las siete décadas. La había pintado desnuda, vestida con traje de novia, con el suéter del uniforme de marinero y de muchas otras maneras, especialmente varias veces más desnuda.  "Era un individuo tierno, respetuoso, inteligente y tímido. No era el abominable hombre de las nieves", dijo Genevieve a la prensa. Claro que también dijo que tuvo la suerte de poner fin a tiempo la relación, antes de que fuera perjudicial para ella, si se tiene en cuenta el destino de otros amorosas del Picasso.Cuando Genevieve abandonó a Picasso, Jean Cocteau, el escritor que lo conocía muy bien, le dijo: "Acabas de salvarte la vida".

Picasso y Dora Maar

Picasso y Dora Maar estaban en plena relación, cuando el artista conoció a Françoise Gilot, que andaba buscándolo y él terminó por encontrarla con sus veintitrés jóvenes años, su interés por la pintura, su talento para el arte, sus soñadores y brillantes ojos castaños y su inteligencia.
Françoise Gilot pertenecía a la clase media-alta de la sociedad francesa y eso para Picasso era como un imán apoyado cerca de las virutas.
  Pese a la oposición de su abuela –una mujer de carácter, influyente y con mucho dinero–, la joven asistía regularmente al estudio del malagueño para dejarse pintar y dejarse mostrar. La relación con Dora entraba en su etapa final, y aunque seguía con ella veía a Marie-Thérèse Walter –aduciendo que era para ver a su hija Maya– y inteligente y decidida jovencita. Monógamo por naturaleza, no se trataba que él no renunciara a su pareja anterior para reemplazarla por la siguiente, sino que a sus mujeres les resultaba imposible renunciar a él.  

Con Françoise, cada sesión de pintura, terminaba en un revolcón en la cama. Picasso tenía sesenta y dos años, y esa jovencita que apenas había pasado los veinte lo revitalizaba. Y es ella misma quien explica al Minotauro, recurrente en toda la pintura de ese tiempo, usando las palabras de su amado: “Mira Françoise: Un Minotauro guarda a su lado a muchas mujeres y las trata siempre muy bien, pero reina sobre ellas por el terror. Así que ellas terminan alegrándose de que este muerto. Un Minotauro no puede ser amado por sí mismo, eso cree él. Le parece que eso es imposible. Tiene cara de pensar que ella no puede amarle sencillamente porque es un monstruo”.  

En 1945, se la llevó a la Costa Azul, en Antibes, donde la joven encontró para él el vetusto Palacio Grimaldi, abandonado. Hacía muchos años que Picasso soñaba con habitarlo para pintar allí. Le llevó varios meses acondicionarlo para transformarlo en su taller. En el Palacio Grimaldi pintaría “La alegría de vivir” y toda la serie de faunos con un entusiasmo muy especial porque, como declararía públicamente: “Cuando se es joven, se es joven para siempre”. Dora Maar ya había quedado en el recuerdo, habitando una casa en el Mediterráneo que el artista había comprado para ella. Françoise, como Dora y las anteriores mujeres, cometió un error: vivir para Picasso, por Picasso y en función de Picasso que no era un hombre dominante, pero terminaba dominando; que no le importaba dar órdenes, pero las daba. Dejar la pintura fue otro paso en falso.
Vivió con él entre 1943 y 1952. En 1947 nació Claude y en 1949 Paloma, pero un año después el deslumbramiento que había sentido por el artista deja paso al disgusto que le producía su carácter y su genio.

La relación clandestina con “la chica de los miércoles” –Genevieve Laporte–, cuando el pintor estaba a punto de cumplir setenta años no fue para Françoise tan importante como se cree, porque su problema más grande era otro: sabía que la relación estaba deteriorada y le costaba aguantarlo en la casa de la Costa Azul. Le fastidiaba la continua peregrinación de turistas –especialmente españoles–, que querían saludar al artista del antifranquismo. No soportaba ni a Camilo José Cela, ni a Rafael Alberti ni a los obsecuentes y menos aún a Marie-Thérèse con Maya y a Olga con Paulo, que además de hijo seguía siendo el chofer de la familia. La vida en la villa de verano se había transformado en un infierno.

El día que le dijo que no podía ni quería pasar el resto de su vida junto a un monumento histórico, y que estaba harta de su fama, fue el final. En 1953, antes de regresar a París, acompañada por unos amigos, le anunció que se iba para siempre. Picasso, despechado, intolerante y herido, la echó de la casa.
Para mitigar su soledad, solo en su estudio, comenzó a dibujar a Genevieve Laporte. Un clavo saca a otro clavo. A los pocos días apareció Genevieve como si hubiera escuchado su llamado. “La chica de los miércoles” venía a llenar un hueco entre Françoise y Jacqueline Rocque , que Picasso había conocido cuando era niña, pero que ahora tenía treinta, era divorciada, tenía una hija y estaba dispuesta a transformarse en su más abnegada compañera... A cualquier costo.

 

Marie-Thérèse: el amor adolescente

Soy Marie-Thérèse Walter. Cuando Picasso me atrapó, yo tenía
solo 17 años. Estuve siete con él y le di una hija,
Maya.
Dicen que fui la más sensual, cariñosa y dulce

Cuando Picasso conoció a Marie-Thérèse Walter en las cercanías del metro de las galerías Lafayette, en 1927, era una jovencita de apenas 17 años suiza, rubia, hermosa, alegre, saludable, adolescente, deportista, de trato suave, casi despreocupada, para nada exigente, afectuosa, desinteresada y anticonvencional. Diríase que era la antítesis de Olga Koklova, cuyas relaciones con el malagueño ya se habían resentido a tal punto que aunque seguían casados y viviendo juntos, si se dirigían la palabra era para agredirse.
Picasso la vio y se prendó de ella y le prometió que ambos podrían hacer muchas cosas juntos. La jovencita fue para él un hálito de frescura, una brisa limpia y vital, y no le fue fácil empezar esa relación, puesto que él tenía casi cincuenta años y la joven suiza era menor de edad. Ese año en que conoció al pintor, hacía de monitora en deportes en un campamento de niños, y para encontrarse Picasso debía ir de noche al campamento para encontrarse furtivamente en la tienda de campaña en la que ella vivía.
Había nacido en 1909 y con el paso del tiempo se transformó en una mujer digna de ser admirada, que no vacilaba en mostrar su afecto y que devolvió la paz al pétreo corazón del pintor, con el que solía caminar tomada de su mano. Por ella Picasso cambió su pintura: abandonó el cubismo y el surrealismo, duros y crispados, para mostrar formas más sensuales, tiernas, eróticas, redondeadas y suaves.

Quizás por cuestiones de la moral de la época Marie-Thérèse algunos de los biógrafos del pintor no la valoraron, aunque parece ser cierta la frase que se le atribuye al pintor, respondiendo a alguien que criticaba la diferencia de edades entre él y su modelo: “Un hombre tiene siempre la edad de la mujer a la que ama”.
No queda duda que durante esos años, el erotismo es el principal leit-motiv de su obra y de su manera de ver el mundo. “El arte no es casto. Se debería prohibir a los ignorantes e inocentes. Si es casto, no es arte”, es otra de las frases que se le atribuyen, y podemos creer que efectivamente la debe haber dicho.
Personalmente no tengo dudas de la veracidad de la respuesta que le diera a un historiador que le comentó que debía dictar una conferencia sobre arte y sexualidad: “Es lo mismo”, le contestó Picasso.
Por supuesto que ocultó a Olga su nueva relación. A los pocos meses de conocer a esa chiquilla dulce, cariñosa, sensual tan incansable para posar como para el sexo, le compró en secreto un apartamento en la
rue La Boetie, cerca de la casa donde vivía. Para verla y estar con ella era capaz de cualquier cosa y de inventar los trucos más disparatados como, por ejemplo, aprovechando que la joven sabía conducir automóviles, la disfrazaba de chofer, con ropa de hombre, para poder viajar con ella a cualquier parte.

Muy pocos conocían su relación con Marie-Thérèse. Apenas lo íntimos como el escultor Julio González con quien solía trabajar en el castillo de Boisgeloup, un pequeño château que había adquirido en 1931, y en el que se dedicaría especialmente a la escultura teniendo a la jovencita suiza como modelo y amante.
Como no conseguía divorciarse de Olga y necesitaba estar junto a la joven –con quien pretendía casarse–, se la pasaba urdiendo planes cada vez que tenía que viajar con su esposa legal. Por ejemplo, enviar a su discreta y cariñosa amante en tren hasta la Costa Azul, habiendo reservado ya una habitación para ella en un hotel modesto cercano a la suntuosa casa en la que pasaba sus vacaciones con Olga y Pablo, su primer hijo.
Marie-Thérèse se había transformado en algo más que su modelo y su amante: era la fuente de inspiración que necesitaba para sus obras. A través de ella buscaba –porque sentía que lo necesitaba–, un cambio. Y a tal punto lo hizo que durante la siguiente década le hizo centenares de retratos.

Los más cautivadores de entre todos ellos son los que muestran las formas curvilíneas y orgánicas, que producen una sensación de lirismo y el ritmo le quita el aliento al espectador. El cabello dorado y el rosa de la piel vibran como las cuerdas de un violín, resaltados por la ropa en la más variada gama de azules y morados.
Una de las preferencias de Picasso era pintar a Marie-Thérèse dormida. Es en uno de esos cuadros donde el sillón debajo de ella parece a punto de incendiarse. O en otro, el el cual una palmera sale en remolino de la parte inferior de su cuerpo, mientras que en un tercero el sol repite las redondeces del cuerpo de la joven, durmiendo desnuda, como si la tomara por fuente de luz y color.
Para Picasso en Marie-Thérèse siempre anida el misterio. Quizás en esa forma que tiene de curvarse sobre sí misma, logrando que emane de ella una armonía tal que es imposible de asir. Observar los cuadros que pintó para ella constituye una experiencia única e irrepetible. Yo misma lo pude comprobar en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Esos cuadros, desprovistos de subjetividad, la muestran de una manera tan especial que se nos antoja definirla como una melodía de intimidad. ¿Sería consciente de ello esa jovencita suiza dulce y tierna?

 

Con ella Picasso no sólo es infiel a la Koklova sino que tontea con lo prohibido, abandonándose –quizás por única vez en su vida–, a una pasión más de bestia que de hombre. Como aprendí algo de lo que significa interpretar una obra, esa pasión bestial justifica al Minotauro. Picasso, en su medio siglo, vive esta apasionada relación no sin angustia y gran culpa. Y es que ha liberado a sus instintos. Ha dado rienda suelta a la bestia que anida en cada uno de nosotros, porque en esa suerte de liberación restañaba las heridas –y se tomaba venganza al mismo tiempo–, del mundo de convenciones, apariencia, etiqueta e impecabilidad en el que había tratado de instalarlo su ambiciosa y pretenciosa esposa rusa.
En 1935 sucedió lo previsible: Marie-Thérèse, que había quedado embarazada, da a luz una hija: Maya.
Picasso no estaba hecho para la vida hogareña, la rutina cotidiana, el llanto de una criatura ni el olor de los pañales. Otra vez necesita un cambio. Una cosa era la aventura de verse a escondidas, el peligro de ser descubiertos, el abrazo fugaz y el sexo prohibido, y otra muy distinta es tener a Marie-Thérèse en casa todos los días y en esos momentos tan especiales, cuando el malagueño está desolado por la Guerra Civil Española.
Necesitaba un respiro y disponer de su tiempo. Por eso envió a Marie-Thérèse a que viera a su madre y a Maya para que estuviera con su abuela y él volvió al ambiente bohemio de París, a frecuentar al grupo de amigos del surrealismo, y solo volvió a verla de vez en vez, hasta el olvido.
Naturalmente, su cambio de actitud se refleja en su forma de pintarla.

Fue Paul Eluard –que había sustituido a su anterior mujer: Gala, por una nueva: Nush–, quien una tarde en uno de los café de la rue Saint Germain le presentó a una hermosa joven de cabello negro, rostro delicado, seria, aparentemente tranquila, y con la cara iluminada por unos brillantes e inquisidores ojos verdes: Dora Maar.
El 20 de octubre de 1977, cincuenta años después de haberlo conocido, Marie-Thérèse Walter, cincuenta años después de haberlo conocido y cuatro años después del fallecimiento de Picasso, el 20 de octubre de 1977, se ahorcó en el garage de su casa de Juanles-Pins..
Tenía sesenta y ocho años de edad y el fantasma de Picasso le impidió tener vida.
En su carta de despedida a su hija Maya se hizo alusión a un impulso irresistible:"Tienes que saber lo que su vida significaba para ella –escribiría Maya después–.
No fue solamente su muerte lo que la llevó al suicidio; fue más, mucho más que eso... La relación entre ellos era una locura. Ella creía que tenía que cuidar de él, incluso después de muerto. No podía soportar el pensar en que él estaba solo,  solo, con su tumba rodeada de gente que no podía darle probablemente lo que ella le había dado".

 

 

 

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