Goya que no tuvo una infancia fácil porque su familia pasó por dificultades económicas, se propuso triunfar como pintor y hacerse con un patrimonio sólido. También fue un auténtico burgués en sus gustos, amante de las comodidades (ropas, coches, etc.), y supo invertir bien el dinero que ganó con sus empleos y honores en la Corte y con los retratos de encargo para aristócratas, burgueses y altos cargos de la administración real.

 

 

 

F

Francisco de Goya y Lucientes fue un trabajador infatigable y fue un auténtico burgués en sus ideas, amistades y gustos. Fue un pintor y grabador español. Su obra abarca la pintura de caballete y mural, el grabado y el dibujo. En todas estas facetas desarrolló un estilo que inaugura el Romanticismo. El arte goyesco supone, asimismo, el comienzo de la Pintura contemporánea, y se considera precursor de las vanguardias pictóricas del siglo XX.

 

GOYA Y SUS AMORES

 

 

 Mujeres que Francisco Goya amó



Si la relación del pintor con las mujeres está repleta de incógnitas, el misterio que añade mayor confusión a su sexualidad es su amistad con Martín Zapater Clavería. En las cartas que Goya le mandó a lo largo de 25 años, se observa un “homoerotismo de alto voltaje”. Así lo afirma Natacha Seseña, autora del estudio “Goya y las mujeres” , de donde se han extractado estos textos. En sus misivas hay frases como “he compuesto el cuarto donde hemos de dormir”, “el que te quiere más de lo que piensas” e incluso dibujos de penes y vulvas.

 

Josefa Bayeu esposa del artista

 

Francisco de Goya casó el 25 de julio de 1773 en Madrid con Josefa Bayeu, hermana de los pintores Francisco, Fray Manuel y Ramón. El matrimonio tuvo 8 hijos; Antonio nació en Zaragoza en 1774 y otros seis lo hicieron en Madrid. Todos ellos (Antonio, Eusebio, Vicente, un prematuro, María del Pilar, Francisco de Paula, Hermenegilda y Francisco Javier) murieron al nacer o siendo muy niños, salvo el último, Javier Goya y Bayeu, nacido el 4 de diciembre de 1784, que fue el heredero del pintor.

Es éste uno de los retratos más enigmáticos de Goya, al no haberse logrado identificar a la dama, caso excepcional en la obra del artista, de cuyos retratos femeninos se conoce siempre el nombre de la modelo; pero también es enigmático, sin duda, por la dulce y misteriosa sonrisa de la joven que, junto a la serena e inquisitiva mirada y a las manos entrelazadas con fuerza, que sujetan lo que parece el puño de un bastón o sombrilla, la convierten en una especie de Gioconda goyesca.

La identificación tradicional de esta pintura con Josefa Bayeu, la mujer de Goya, se mantiene desde el inventario de las Nuevas Adquisiciones del Museo del Prado, en que figuraba como "retrato de la esposa del pintor", nota que posiblemente recogía la información de los documentos de ingreso del cuadro en el Museo de la Trinidad en 1866, para el que había sido adquirido por el Ministerio de Fomento a D. Ramón de la Huerta, personaje desconocido y confundido en alguna ocasión con Román Garreta, cuñado de Federico de Madrazo, y a quien se le habían comprado también otras obras atribuidas a Goya. Diversos autores (Sánchez Cantón, Gassier- Wilson, X. de Salas, etc.), han dudado de la identificación de la dama con Josefa Bayeu, que murió en 1812 a los sesenta y cinco años de edad, y que hacia 1798, fecha propuesta para el cuadro por la mayoría de los historiadores, tenía ya cincuenta años. No concuerda la fecha del lienzo con la edad de la retratada, pero tampoco con las facciones que se conocen de ella en el único retrato seguro conservado: un pequeño dibujo de Goya de 1805, que formaba un pequeño grupo con el retrato de Xavier Goya y el de Juana Galarza, madre de la esposa del hijo, semejantes a las célebres miniaturas de la familia política, realizadas con motivo de la boda de Xavier, precisamente en 1805. En el inventario de los bienes de Goya, realizado a su muerte en 1828 por el pintor Antonio Brugada, figura con el número 14 un retrato de su mujer, de medio cuerpo, sin especificar ni la técnica ni las medidas, y que se ha querido identificar con el del Museo del Prado sin base documental alguna.

 

Josefa Bayeu


 


Leocadia Zorrilla Galarza de Weiss

1790-1856. Convivió con Goya en la Quinta del Sordo. De ideas liberales, se exilió a Francia. Su relación con el pintor ha hecho correr ríos de tinta: ama de llaves, supuesta amante, manipuladora... El primer encuentro con la que fue una de las mujeres más importantes de su vida se produjo en 1805, cuando él tenía 59 años y ella 15, durante la boda de su hijo Javier. Leocadia era pariente de la nuera del artista. Dos años después, la joven contrajo matrimonio con Isidoro Weiss, hijo de un comerciante de joyas alemán, en el que vio una manera de conseguir mayor libertad. De carácter levantisco y celosa de su independencia, su marido la acusó de “trato ilícito, mala conducta y genio altanero y amenazador”, acabando cada uno por su lado. No sabemos nada de su vida entre 1814 y 1820, aunque todos los biógrafos del pintor afirman que en 1821 Leocadia y sus dos hijos menores –el mayor se había ido a vivir con su padre– ya habitaban en la Quinta del Sordo. ¿En calidad de qué? Sabemos que él la conocía desde la adolescencia, que estaba al tanto de sus avatares e ideología y que confiaba en ella, así que posiblemente pensó que sería un buen arreglo vivir juntos. Él tenía 75 años y ella era una mujer fuerte de 31 que bien podría llevar una casa grande.

Cuando en 1824 Leocadia se exilió a Francia debido a la situación política y sus ideas radicales, Goya también estaba allí para tomar las aguas. Al parecer, se apreciaba cierta tirantez entre ellos, según escribió Leandro de Moratín, amigo del pintor y testigo de la relación. “Leocadia era la turbulencia en persona, ávida de distracciones, tenía la casa manga por hombro. Goya cedía siempre a sus deseos, lo que le hacía ir por toda la ciudad”. Ella no se perdía las funciones de los circos que pasaban por Burdeos... Para sorpresa de todos, a pesar de la vejez y la sordera, el pintor volvió a Madrid en 1827. Este viaje proporciona a los historiadores una gran ocasión, ya que el 13 de agosto escribió la única carta dirigida a Leocadia de la que tenemos constancia. En precarias condiciones de salud, agobiado por un Madrid políticamente agitado, Goya debió sentir nostalgia de Leocadia, lo que explica la redacción de la misiva en el tono coloquial y amistoso que empleaba sólo al escribir a su amigo de la infancia Martín Zapater, aunque la tratara de usted. Es raro dirigirse a una supuesta “amante” sin el tuteo habitual.

A finales de año, el pintor vuelve a Burdeos y fallece el 16 de abril de 1828, con 82 años, asistido por ella. Tras su muerte, los problemas de Leocadia se acentuaron, por lo que se vio obligada a vender La lechera de Burdeos, última obra del artista.

María Teresa de Borbón y Vallabriga

 Condesa de Chinchón 1780-1828. Hija del infante Luis, se casó con Godoy Murió sola y pobre. Hay cuadros que permanecen en la memoria de las emociones. Uno de ellos es éste que el artista hizo en 1800, cuando la condesa tenía 19 años y estaba embarazada. Pero él ya la había retratado antes, cuando tenía sólo tres años. A partir de entonces surgió entre ambos una complicidad que duró toda la vida. En 1783, mientras trabajaba en La familia del infante don Luis de Borbón, la pequeña reconoció a su amigo y era la única que miraba a Goya con desparpajo. Al cumplir 16 años, su primo –el ya rey Carlos IV–, la obligó a casarse con Manuel de Godoy, su valido y primer ministro. Pero para el pintor María Teresa no era la esposa del hombre más poderoso de España, sino aquella niña despierta que conoció y que esperaba un hijo. Así, la pinta como si fuera una virgen medieval, sentada en un sillón laqueado de oro e inscrita en un gran óvalo, donde no aparecen ni las piernas ni los pies. El brazo izquierdo reposa en el sillón, mientras que el derecho protege su vientre. Fruto de aquella unión forzada nació Carlota Luisa Manuela, lo que produjo cierto bienestar familiar, aunque duró poco. El motín de Aranjuez de 1808 marcó el fin de la vida en común. La noche de 17 marzo, vio aterrorizada cómo asaltaban su palacio en busca de su marido. A partir de entonces, la condesa se volvió agria. Permitió que su hija se fuera con su padre a Francia y ella se trasladó a Toledo. Poco más se sabe de su vida. Hacia 1824 se fue a París y de allí a Escocia e Inglaterra. Regresó a París con el coronel Mateo, un liberal exaltado, dado a la intriga y la vida disoluta. En 1826 rompen “quizá porque se había agotado el dinero, quizá por la violencia física con la que él la trataba”, decían informes policiales franceses. Posiblemente Goya adivinara, al pintarla con ese aire perdido y triste de sus ojos, que acabaría sola y pobre en un pequeño apartamento parisino.

María Teresa de Vallabriga, madre de la condesa de Chinchón 1759-1820. Casada con el infante Luis de Borbón, fue separada de sus hijos cuando éste murió. Orgullosa y altanera. Nacida en Zaragoza, era hija de los condes de Torreseca y sobrina de un teniente general del Ejército. Al quedar huérfana se trasladó a Madrid, a casa de su tía, la marquesa de San Leonardo, quien residía en La Granja de San Ildelfonso. Allí conoció a Luis de Borbón, con quien terminó casándose en 1776. Él tenía 49 años y una vida sentimental un tanto agitada y ella, sólo ?6. Para María Teresa la boda supuso el ascenso a una posición; para Luis, la renuncia a la sucesión a la corona, ya que contrajo matrimonio con una persona de rango inferior.

 

La pareja, exiliada de la corte, se vio forzada a vivir en el Palacio de Arenas de San Pedro (Ávila). Y allí fue donde Goya conoció a esta joven que ya apuntaba altanería y orgullo. A lo largo del verano de 1783, la pintó varias veces. Ella tenía 24 años en aquellos momentos y ya había dado a luz tres hijos, entre ellos a la inolvidable condesa de Chinchón. Era mujer de tez blanquísima, como de porcelana, de frescura y belleza clásica, y tenía en su aspecto físico algo que Goya resalta de manera extraordinaria en este retrato de perfil: la mata de pelo que aparece recogida en dos o tres trenzas anudadas por una cinta. En el siglo XVIII, cuando las mujeres aparecían en público, resguardaban su cabellera con cofias, mantillas o pañuelos, según la clase social a la que pertenecieran. Que Goya la pintara hasta tres veces desprovista de toda cofia –independientemente de que sea un retrato de interior– era una muestra de la perspicacia del pintor, quien tras un mes viviendo en el palacio de Arenas, supo captar una escena de la vida cotidiana, algo poco frecuente en la pintura española. Pero, ¿cómo fue la relación entre el infante Luis y María Teresa? No muy buena. Con el tiempo, el ambiente familiar fue enrareciéndose y empezaron a estallar interminables altercados domésticos. Se llegó a rumorear que ella mantenía relaciones con su secretario, Francisco del Campo, quien no mucho tiempo después fue trasladado a Madrid.

 

 En el cuadro La familia del infante don Luis de Borbón, el artista se atreve a captar la imagen del ayudante, único personaje que ríe abiertamente como si fuera el ganador de la escena, aunque tiene vendada la cabeza. Hay que decir que Goya, listo y observador, debió conocer bien a Francisco del Campo, porque su cuñada, María Bayeu, estaba casada con un hermano de éste. Por entonces, la casa del infante había caído en el mayor de los desórdenes, de lo que se culpaba a su esposa; la tachaban de orgullosa, altanera y maleducada. El infante vivía intimidado por María Teresa. Tras su muerte, en 1785, empezó la pequeña gran odisea de esta bella mujer. Carlos III dio orden de que fuera separada de sus hijos, quienes fueron ingresados en un convento de Toledo, y así ocurrió.

Viuda y agobiada, escribió varias cartas a la corte para intentar que se le levantara su amarga condena. Las apelaciones surtieron efecto, ya que el rey finalmente le concedió “el establecerse libremente en cualquier provincia, ciudad o pueblo que a ella la convenga y que se le aumenten a otros 12.000 ducados sobre los bienes hereditarios, a más de los 12.000 ducados de viudedad”. De inmediato, se dirigió a visitar a sus hijos y después regresó a su tierra, Zaragoza, donde murió en 1820. Apenas cuatro años antes, logró poner fin a su calvario y se produjo la reconciliación con los reyes, gracias a la boda de su hija, la condesa de Chinchón, con el primer ministro Godoy.

 

 

La marquesa de Pontejos 1768-1834

Luchó contra Fernando VII. Se casó tres veces, la última con un hombre 20 años más joven. Aunque por su nacimiento ya gozaba de una importante fortuna, accedió al poder y a la realeza al contraer matrimonio con José Moñino, hermano del conde de Floridablanca, primer ministro de Carlos III. Tras la muerte de éste, se casó con un noble sevillano, aunque el matrimonio duró siete años. Contrajo nuevas nupcias con Joaquín Vizcaíno, un hidalgo burgués 20 años más joven. Las ideas progresistas de ambos les llevaron a luchar contra Fernando VII y en 1822 se exiliaron a París. Las dotes de la marquesa para la intriga y sus críticas contra el clero la hicieron famosa en la capital francesa. Goya la pintó durante su primer matrimonio. Su figura aparece ante un paisaje de grises y verdes, dentro de la tradición inglesa del retrato. Lleva el pelo empolvado, y un gran sombrero de paja con lazos que contrasta con la mirada de mujer decidida, culta, orgullosa y segura de su fortuna personal. Su vida posterior dejó patente cómo el artista supo captar en su mirada la determinación y libertad de espíritu de esta mujer.

 

 

GOYA Y LA DUQUESA DE ALBA

 

 

Francisco de Goya, Duquesa de Alba -fragmento-, 1795

 

La duquesa DE Alba  nace en Madrid el día 10 de junio de 1762 en el seno de una familia de rancio abolengo español, entre una de las pocas familias de Grandes de España y de las pocas elegidas por los reyes españoles para su círculo personal. Adinerados y con un gran patrimonio, los Alba lo tenían todo, sobre todo una gran posición social en la corte de los Borbones. Cayetana (como se la conocía) era hija del décimo duque de Huéscar y nieta y heredera por parte de su madre, del duodécimo duque de Alba. Cayetana lo tuvo todo en esta vida y sobre todo prestigio como cortesana y muy conocida por sus grandes fiestas. De muy joven se casó con José Álvarez de Toledo y Gonzaga -un primo suyo- noveno marqués de Villafranca y duque de Medina Sidonia, una de las familias más antiguas del reino de Castilla; también con una gran fortuna. Heredó de muy joven el título de duquesa de Alba, convirtiéndose en la decimotercera duquesa de su linaje. Pero a Cayetana la vida de esposa fiel y casera no era para ella. Necesitaba disfrutar de la vida y de su posición. Llegó a entrar en las intrigas reales, prestando ayuda a la reina María Luisa y la amante de ésta, el primer ministro, Godoy. Conocidísima como protectora de artistas y actores, también disfrutó de los placeres de la vida, como ser amante de personajes muy importantes de la política y la sociedad de la Ilustración.
La relación entre el pintor y la duquesa comenzó certeramente gracias a dos posibilidades, una a la duquesa de Osuna, que por entonces le acababan de retratar junto a su familia y la segunda a la intervención de la madre de Cayetana, en 1786, la cual se había casado con el conde de Fuentes, uno de los protectores de Goya. Tras conocerse, se interesó la duquesa por ser retratada por Goya. A partir de entonces, la relación entre ambos se hizo patente. Ante las muchas especulaciones sobre su relación sentimental que llegó a ser tumultuosa y criticada entre los cortesanos de entonces; lo único que podemos decir que si la relación existió, no duraría tanto como se llegó a contar, aunque los estudiosos de Goya, participan en decir que no pudiera llegar a realizar ni tan si quiera . Al principio, Goya obtuvo la gracia de los duques de Alba y especialmente de Cayetana que ordenó instalar al pintor en una de las mejores habitaciones de su palacio madrileño . También pasará largas temporadas y veranos en el palacio de los duques de Alba en Piedrahíta (Ávila).
Incluso se llegó a decir que fue la misma Cayetana que solicitó a su esposo, chambelán de Carlos IV, que se hiciera el principal mecenas del artista. Al morir el esposo de Cayetana de Alba en 1796, el pintor acompañará a la duquesa a Sanlúcar de Barrameda, un hecho que escandalizó a la corte de Carlos IV. Se escribió mucho sobre este acto y mucho se critico en su tiempo. ¿Pero realmente llegaron a ser amantes o solamente fueron buenos amigos? 

Hay escritos contradictorios sobre los amores de Goya con la duquesa. Unos dicen que fueron amantes. Otros que jamás el pintor fue correspondido. Lo cierto es que ambos se llevaron el secreto a la tumba. Pero con la desaparición prematura de esta dama vino la leyenda. Que identifica el cuerpo recostado de Cayetana con La Maja desnuda.

 

El 23 de julio de 1802 murió la duquesa Cayetana. Tan sólo tenía 40 años de edad. También mucho se ha especulado de su muerte, llegando a pensar que fuera asesinada. Pero también es cierto que en los últimos años de vida la duquesa no gozaba de buena salud.
 

HECHOS CURIOSOS

 El Marqués de Castel Rodrigo disponía de unos terrenos, denominados La Florida, en Madrid. En dichos terrenos y concretamente en la Cuesta de los Areneros, el Rey Carlos IV ordenó que se construyese una Iglesia. La ermita de San Antonio de la Florida en Madrid sorprende por el grandioso conjunto pictórico que Francisco de Goya pintó a finales del siglo XVIII. Es raro que la iglesia y las pinturas hubieran sobrevivido a los combates de la guerra entre los años 1936 al 39, no obstante, que lamentar la desaparición casi íntegra de un par de figuras de ángeles en el nitrados del arco de entrada a la ermita y algunos desperfectos que las filtraciones habían causado en la cúpula del edificio. Las pinturas creadas por Goya en 1798 en  una iglesia de suburbio eran aun poco conocidas. Cuando Francisco de Goya recibió en 1798 el encargo de decorar el interior de la ermita, tenía 52 años y atravesaba un momento delicado,  debido al agravamiento de su sordera.

HECHOS A TENER EN CUENTA

Entre los bienes relacionados en el inventario de 1812 a la muerte de su mujer Josefa Bayeu, se citan doce bodegones. De ellos destacan el Bodegón con costillas, lomo y cabeza de cordero (París, Museo del Louvre), el Bodegón con pavo muerto (Madrid, Prado) y Pavo pelado y sartén (Múnich, Alte Pinakothek). Todos ellos se suelen datar a partir de 1808 por razones de estilo y porque durante la guerra la producción de encargo de Goya se vio reducida, lo que pudo dejar tiempo al pintor para explorar géneros que aún no había trabajado.

Con motivo de la boda de su único hijo vivo, Javier Goya, con Gumersinda Goicoechea y Galarza en 1805, Goya pintó seis retratos en miniatura de los miembros de la familia de su nuera. Fruto de esta unión nacería un año más tarde el nieto del artista, Mariano Goya. La imagen burguesa que ofrecen estos retratos familiares muestra los cambios que la sociedad española había experimentado desde los cuadros de sus primeros años a estos de mediados de la primera década del siglo XIX. Se conserva también un retrato a lápiz de doña Josefa Bayeu dibujada de perfil del mismo año, muy preciso en los rasgos que definen su personalidad. En él se resaltan el verismo y reciedumbre de su fisonomía y se adelantan las características de los álbumes posteriores de Burdeos.  Durante la guerra la actividad de Goya disminuyó, pero siguió pintando retratos de la nobleza, amigos, militares e intelectuales significados.
 

El maestro murió en Burdeos, hacia las dos de la madrugada del 16 de abril de 1828, tras haber cumplido ochenta y dos años, siendo enterrado en Francia. En 1899 sus restos mortales fueron sepultados definitivamente en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, cien años después de que Goya pintara los frescos de dicha iglesia (1798).

 

 

 

 
 

 

 

 


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