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Los
amantes y sus historias encontrados en paginas de Internet. El amor es el
sentimiento que nos hace sentir vivos, que nos hace sufrir y por el que muchos
han decidido morir. Una de las primeras apariciones del amor, en el sentido
estricto de la palabra, es la historia de Eros y Psiquis. Estas son solo algunas de las
historias con matices diferentes ...
HISTORIAS DE AMOR II
Amores de
Simón Bolívar
Simón Bolívar, por su infancia tan
carente de afectos, tenía necesidad de seducir, de ser amado, admirado, y eso lo
llevaba a buscar nuevas experiencias”. Manuelita nunca compartió casa común con
el Libertador. Ella vivió en Lima, en la calle Junín 277, Plaza Bolívar,
Pueblo Libre; una casona que, convertida en centro cultural, se conserva como en
sus mejores tiempos, y la usamos de locación para las tomas fotográficas.

Nuestro Libertador
Simón Bolívar fue un hombre de carne y hueso, lleno de virtudes y debilidades
como cualquiera de nosotros. Una de sus mas grandes debilidades fueron las
mujeres y en su vida brillaron de todos tipos, colores y condiciones. Bolívar
supo apartar tiempo en su lucha por la Independencia para amar a un buen numero
de integrantes del bello sexo.
Su primer amor fue
Maria Teresa Toro y Alayza con
la que se caso en Madrid el 13 de abril de 1802. Con ella trato de fundar una
familia y llevar una vida normal como un terrateniente de la época. Maria
Teresa muere a los ocho meses de matrimonio dejando a nuestro Libertador en la
soledad más grande y jura no volver a casarse. Promesa que cumple con una gran
determinación.
En el viaje hecho por Europa para olvidar el dolor de su pronta viudez.
Hubo amores
furtivos con una dama francesa,
Fanny Du Villars,
a quien frecuentaba en los salones, a los cuales iban los hombres políticos,
militares, diplomáticos, científicos,
comerciantes y las bonitas mujeres.
Hermosa mujer de 25 años , casada sin amor con un hombre bastante
mayor que ella, el Coronel Dervieu du Villars. Fanny hace que la vida del
venezolano sea la mas grata posible en París en el naciente Imperio Napoleónico.

Fanny Du Villars
prima y amante del Libertador Simón Bolívar.
Cuando el Coronel Bolívar en 1812; a raíz de la caída de La Primera
Republica; abandona Venezuela, ofrece sus servicios al gobierno neogranadino y
es enviado al Bajo Magdalena, en la población de Salamina conoce a
Anita
Lenoit, hija de padres franceses que vivían ahí desde hace un tiempo. Ella tenía
17 años, era muy culta, con una cultura poco común en esa época. La relación fue
breve, el siguió su marcha y ella lo sigue hasta Tenerife pero Bolívar la
devuelve al hogar de sus padres, permaneciéndole fiel la mujer durante 18
años.
Anita fue en su busca llegando el 18 de diciembre de 1830.
Simón Bolívar en la
Campaña Admirable tuvo un romance con
Juana Pastrano Salcedo; en Capacho; a los
años al pasar por la zona recordó a su amante, pregunto por ella pero la madre
de la muchacha la oculto en Piedra Gorda. Una relación formal y larga fue la que
tuvo El Libertador con
Josefina Machado. Ella le acompaño en sus batallas
seguida de su madre y hermana. Bolívar la conoció cuando hizo la entrada en
Caracas el 3 de agosto de 1813. Era ella una de las muchachas que entrego a el
caraqueño una ofrenda de flores. Lo acompaño por 6 años, siendo la más
desafortunada de los amores de el héroe, pues al amor seguían las agonías de la
guerra y la ausencia. Por ella se dice que El Libertador hace detener por cuatro
días la expedición que viene a libertar a Venezuela para esperar el arribo de
Josefina llegada tardamente a Los Cayos. Ella sigue a Bolívar a Los Llanos donde
se enferma y muere de tuberculosis en Achaguas en 1820.También existió Isabel
Soublette; hermana del General Carlos Soublette.
El Libertador conoce
luego a
Julia Corbier. Pernoctaba con ella cuando sus enemigos envían a un esclavo para que lo
mate en la pensión que vivía. Asesinan a Félix Amestoy que lo esperaba acostado
en su hamaca .
Bernardina Ibáñez
es otro amor en la vida del guerrero, la conoce después de la Batalla de Boyacá.
La llamaba “La melindrosa”.
Después aparece el
amor apasionado y violento en la vida de nuestro héroe.
HECHOS CURIOSOS
El
Libertador Simón Bolívar murió por envenenamiento crónico por arsénico.
El 26 de marzo de 1812, mientras
que un temblor de tierra causó enormes desgastes y numerosas pérdidas humanas en
Caracas y alrededores, Bolívar, en la Plaza de San Jacinto, encaramado sobre un
montón de ruinas, lanzó esta famosa declaración: "Si la naturaleza se opone a
nuestros designios la combatiremos y haremos de suerte que ella nos obedezca".
Era la actitud de un hombre que no cedía, cualesquiera fueran las dificultades
que pudiera encontrar en su camino; era, también, una forma de contrarrestar el
desaliento y el terror que se habían apoderado de muchos republicanos frente a
tal catástrofe.

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Manuelita Sáenz
compañera sentimental
de
Simón Bolívar,
reconocida
La
bella y libidinosa muchacha se había pasado casi toda la infancia metida en
conventos donde sus padres la enviaron para que la criaran, primero, y la
educaran, después; por lo que, pese a sus lagunas de formación, Manuela
sabía leer —y lo hacía con frecuencia— escribía y tenía buenas bases de
aritmética. Cuando todavía era una menor de edad, abandonó sigilosamente el
convento para apostarlo todo, en lance premonitorio, a un uniforme.Ella enloquece a Bolívar y esta pasión lo acompaña al caraqueño hasta el final
de sus días. Ella entra en la vida de Simón el 16
de junio de 1822. Mucho se ha hablado de esta relación. Fue una relación
tormentosa y apasionada. El no le fue a Manuela completamente fiel. |
Al terminar
de pacificar el Perú a fines de 1823 El Libertador emprende el retorno a Lima
donde lo esperaba Manuela, en el camino conoce a
Manuelita Madroño, de 17 años.
Fue una aventura galante de pocos meses.
Ellas no fueron las únicas , existieron
Teresa Laines, Manuelita
White, Joaquina Garaicoa, Teresa Mancebo, Aurora Pardo
y muchas mas.
La
valentía de Manuela y su amor por El Libertador llegaron a su máxima expresión
una noche de 1828 cuando unos oficiales alzados intentaron asesinar a Bolívar
quien se encontraba con Manuela en el Palacio Presidencial. Gracias a la astucia
de Manuela, El Libertador logra escapar por la ventana a tiempo y evita el
encuentro con la muerte. Desde ese día, el propio Bolívar la llamó la
libertadora de El Libertador.
Tras la muerte de Bolívar, Manuela fue blanco del repudio colectivo. Exiliada de
su país natal y con prohibición de entrada a Colombia, se instaló en el Puerto
de Paita en Perú. Sucumbida en una terrible amargura y atada a una silla de
ruedas, Manuela vivió sus últimos años recordando a sus amores con el Libertador
hasta que muere por causa de una terrible epidemia en 1865.

Amores de Juan Manuel
Belgrano
Fue un hombre galante a quien gustaban apasionadamente
las mujeres. Una historia pésimamente documentada
difundió comentarios que rozaron
su imagen de varón, fundamentados
en un episodio que se
registró en campaña
en el cual la proverbial discreción del prócer se
interpretó arteramente.

Belgrano estuvo muy
relacionado con la alta sociedad y así conoció a María Josefa Ezcurra,
hermana de la famosa Encarnación Ezcurra de Rosas, esposa de Juan Manuel de
Rosas.
La relación amorosa se inició tras una tertulia. María Josefa se había
casado muy joven con un primo, Juan Ezcurra, y luego de nueve años de
matrimonio, se separaron. Belgrano, debido a su rango, puedo haber elegido
esposa en los lugares más destacados, Buenos Aires, Córdoba, Salta, Jujuy,
Santiago del Estero, de donde provenía su familia materna. Belgrano era delgado,
de cutis blanco, pelo rubio y ojos azules. Era buen mozo, abogado, culto, había
ocupado altos cargos, y estaba relacionado con todas las familias de la sociedad
porteña. Sin embargo, nunca se casó.
Manuel Belgrano tubo muchas relaciones de alta sociedad, como lo fue María
Josefa Ezcurra (1785-1856) hermana de la famosa Encarnación Ezcurra de Rosas,
esposa de Juan Manuel de Rosas. De esta relación tubo un hijo ilegitimo, que fue
adoptado y criado por Rosas, que se llamo Pedro Rosas y Belgrano.
Luego había tenido por
amante a la francesa Isabel Pichegru.
Aquella
mujer que escandalizaba a sus contemporáneos con sus modales y esas
osadías inexplicables de los vestidos cortos y ajustadísimos; que no le había
resultado una relación sin importancia, porque para cuando conoce a Dolores, aún
tenía el espíritu comprometido por aquellos tormentosos amores.
No estaba en el destino de Belgrano lograr un amor en el que reposar sus
muchos pesares.
Su más grande amor fue una niña de 15 años que conoció en Tucumán. Era María de los Dolores Helguero.
En uno de los encuentros que los amantes iban teniendo a lo largo de los años,
Dolores quedó embarazada y cuando Belgrano pudo regresar por fin para casarse,
halló que ya había sido desposada por un tal Rivas, por arreglo de la familia
Helguero.
Pasaron los años, y a mediados de 1816, Belgrano estaba nuevamente al mando del
Ejercito del Norte. Vivía en La Ciudadela, próxima a la ciudad de Tucumán.
Dolores ya tenia 19 años, y era una hermosa tucumana de buena familia. El
general, que tenia 46 años, se enamoró de ella, y fue correspondido en su amor.
A lo largo de dos años no dejaron de verse, y fueron el comentario social. Como
dice Fray Jacinto Carrasco: "Su conducta fue siempre clara y recta". Por eso,
cuando vio que nacía en su corazón ese amor por la joven tucumana, y su
conciencia no le permitía llegar a ella sino por el matrimonio, resolvió casarse
con Dolores; y se hubiera casado, si la fatalidad no se hubiera interpuesto en
el camino". En efecto, Belgrano recibió ordenes del gobierno de marchar rumbo al
sur, finalizando 1818. Pasaron los meses, y una tarde, estando acampado en Pilar,
llegó un criado de los Helguero, Sanchu, trayendo una carta de Dolores; en ella
le decía que hacia dos meses (el 4 de mayo de 1819), había nacido Manuela Mónica
del Sagrado Corazón, agregando que por orden de sus padres, había tenido que
casarse con un catamarqueño de apellido Rivas.
Cuando Rondeau le autorizó dejar
su cargo para poder atender su salud, que empeoraba cada día, partió rumbo a
Tucumán, adonde llego en noviembre de 1819. Dolores, apenas enterada de la
llegada del general, corrió a su lado, y junto a su hijita, se hizo más
llevadero el sufrimiento por el que pasaba Belgrano. El marido de Dolores estaba
desde tiempo atrás en Bolivia, y Belgrano mandaba continuamente a averiguar si
todavía vivía, porque de lo contrario, él quería cumplir su promesa de
casamiento con Dolores. Debido a su enfermedad, partió a Buenos Aires en un viaje
sin retorno. Dolores tenia entonces 23 años y su hija Manuela cumpliría un año.
HECHOS CURIOSOS
María Josefa Ezcurra, cuando la
abandonó su marido, podía vivir con él,
en libertad, el viejo amor que los unía. Permancieron juntos en la
Campaña del Norte, hasta que embarazada, regresó para tener a su hijo,
el que por convenciones sociales, no fue un Belgrano, sino un Rosas,
cuando Juan Manuel y Encarnación Ezcurra lo hicieron pasar por hijo
propio y se llamo Pedro Rosas y Belgrano.
Del
romance con María de los Dolores Helguero nació
Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano, a la que el patriota le dedicó el
más tierno amor y no olvidó a “su palomita”, como él la llamaba, ni en el lecho
de muerte. En su testamento, redactado en mayo 1820, encomienda su crianza a su
hermana Juana, e instrucción y dirección espiritual a su hermano sacerdote.
Manuela Mónica tenía apenas un año, antes de partir
definitivamente de Tucumán a Buenos Aires, Belgrano pidió verla por última vez,
y quizás ese recuerdo haya sido una luz en su agonía.
De acuerdo a los deseos de su padre Manuela fue llevada a Buenos Aires y vivió
junto a sus tíos Juana y Domingo Belgrano. Juan Bautista Alberdi se enamoró
perdidamente de ella, pero el romance no prosperó.
El 20 de junio de 1820 muere derrumbado por la sífilis y la hidropesía, pobre y
abandonado por su patria. Solo un periódico de Buenos Aires, El Despertador
Filantrópico, saco un artículo sobre la muerte del prócer, y muy
escuetamente. Para colmo de males, 83 años después, cuando su cadáver es
exhumado para ser trasladado al mausoleo en el que se encuentra hoy, los
Ministros Joaquín V. González y el coronel Riccieri se robaron sus dientes. Uno
de los únicos restos del prócer que no se habían transformado en polvo. Luego de
las quejas de un periodista del diario La Prensa tuvieron que devolver los
dientes del pobre y vapuleado Belgrano.

Amores de Pablo Neruda

Pablo Neruda escribió sobre el amor con
verdadero conocimiento de causa, pues tuvo tres esposas y varias amantes que lo
ayudaron a mantener una inspiración que no se apagó, como él reconocía, ni en
los últimos días en medio de la enfermedad.
Las historias de amor de Neruda empezaron con Albertina Azócar,
cuando el poeta
comenzaba a vivir en Santiago como uno más de los estudiantes provincianos que
buscaba forjarse un futuro en la capital. A ella dedicó un famoso poema: "Me
gustas cuando callas porque estás como ausente, Y me oyes desde lejos, y mi voz
no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te
cerrara la boca...".

A la inocente relación estudiantil siguió un amor tan corto como intenso y
peligroso cuando en 1927 llegó a la exótica Rangún, capital de Birmania, como
flamante cónsul de Chile. Allí se enamoró de Jossie Bliss, que inquietó al
escritor por sus apasionadas escenas de celos, que llegaron al extremo de
golpear a cuanta mujer se le acercara con supuestos coqueteos. El idilio no
podía terminar de otra forma que con la literal fuga del poeta.
En 1930, el trabajo diplomático lo llevó a Botavia (isla de Java), donde conoció
a su primera esposa, la nativa María Antonieta Hagenaar, con la que se casó en
diciembre de ese año. "Maruca", como le decía el poeta,ella
era una mujer holandés que no podía hablar español
, Durante este tiempo,
Pablo escribió poemas oscuras porque no estaba contento con su unión con María.
lo acompañó a Singapur,
otro destino diplomático, y en 1932 la pareja se fue a vivir a Chile, donde la
mujer no cayó bien entre la familia y el círculo intelectual en que se movía
Neruda.El matrimonio vivió después en Buenos Aires y Madrid, donde la convivencia se
hizo imposible tras el nacimiento de su hija Malva Marina, el 4 de octubre de
1934, que sufrió hidrocefalia y murió a los ocho años. En medio de las
dificultades matrimoniales, Neruda conoció a la pintora y cantante argentina :
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Delia del Carril, 24
años mayor que él, de acaudalada familia y quien formaba parte de tertulias
intelectuales en Buenos Aires, París y Madrid. A Neruda lo conoció en la
capital española, cuando éste fungía de cónsul, y pronto nació el amor. En
1936, tras separarse de su esposa, el poeta se casó por segunda vez.
El matrimonio duró hasta 1955, cuando el autor de "Canto General" se separó
para casarse con quien era su amante y fue su última esposa. |
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Matilde Urrutia.
Ella fue el amor de
la vida de Neruda y este amor son reflejada en su poesía de este tiempo,
quien dedicó "Cien sonetos de amor", vivió la fase del amor
maduro y la felicidad por el Nobel de 1971.Matilde
se convierte en la luchadora de su pueblo y del poeta.
Pablo Neruda y su entonces amante y posterior esposa Matilde Urrutia
vivieron allí un pasión tan secreta como intensa. La casa que albergó a los
amantes fue convertida en un museo llamado Paseo Neruda, en homenaje al gran
poeta chileno, en
Uruguay. Una colección de fotos y varios objetos personales recuerdan el
paso del gran poeta chileno por las costas del Río de la Plata.
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Amores
de Hipólito Yrigoyen

Su
primera historia de amor con Antonia Pavón una
muchacha de condición humilde que le dará una hija: Elena.
En agosto
de 1872 Irigoyen, con sólo veinte años, fue nombrado comisario de policía en la
parroquia de Balvanera. Tan joven y ya andaba de chaqué y
galerita. Ya se vislumbraba, también, su especial debilidad por las
mujeres, a las que siempre trató con especial
consideración. Es aquí cuando inicia su costumbre del
amor clandestino. Su primera historia de amor conocida es
la que vive con Antonia Pavón, una muchacha de condición
humilde que le dará una hija: Elena. Yrigoyen no
reconocerá legalmente a su primogénita (tampoco lo hará con sus otros
hijos), pero se encargará de su educación y la tendrá a su lado hasta el
fin de sus días. Elena incluso sacrifica su vocación
religiosa para acompañar a
su padre. En alguna ocasión, Yrigoyen admitió que Elena era su "única" hija.
Se incomodaba mucho con estas conversaciones, hacía lo imposible por
cambiar de tema o, como último recurso, le adjudicaba los
hijos a su hermano Martín.
Su
segunda historia de amor con Dominga Campos
que murió de tuberculosis
A los
veinticinco años Hipólito conoció a Dominga Campos, una muchachita de
diecisiete, de buena familia, hija del coronel Julio Campos. Tuvo con
ella seis hijos de los cuales tres, murieron de
pequeños. La relación con Hipó1ito es escandalosa
para la época. Dominga debe abandonar la casa de sus
padres. El no vivía con ella pero la mantenía y la visitaba todas las
noches y a veces durante el día. Y aquí surge el primer
misterio: ¿por qué no se casaron? ¿Sería posible que
compartiera la mentalidad de los jóvenes de clase alta
que no se casaban con la que "había caído", aunque ellos mismos
fueran los seductores? ¿Por qué no reconoció esos hijos? Los tres menores
-
María Luisa, Sara y Eduardo - habían nacido en el 80, 81 y 82, lo que
demuestra una vida compartida. Parece que Yrigoyen daba a sus
concubinatos la estabilidad de matrimonios.
En 1889, habiendo hecho un poco de plata con el campo, compró para
Dominga y sus hijos una casa en la calle Ministro
Inglés. Después de una relación de más de doce años,
estaban pensando en casarse. Pero la desgracia parecía
perseguir a la joven: ese mismo año, Dominga, que no había cumplido aún los
treinta, se enfermó de tuberculosis y tuvo que dejar a sus tres hijos de
doce, nueve y siete años para ir a Tandil a tratar de curarse con el
cambio de aire. Allí murió, al año siguiente,
acompañada tan sólo de un hermano. Su enfermedad y
muerte, así como la preocupación por el cuidado de sus hijos,
deben haber causado mucha aflicción al temperamento sensible de Yrigoyen.
Nunca, sin embargo, dejó traslucir en su vida pública los avatares de su
vida privada.
Sin embargo, en 1880, mientras tenía una relación estable con Dominga y se
llenaban de hijos, había intentado casarse con una "niña" de la sociedad.
El padre de ella se había opuesto con violencia.
¡Jamás permitiría que se casara con ese "compadrito"! La
joven obedeció... pero tuvieron un hijo, al que
Yrigoyen tampoco reconoció.
Su gran amor de la
madurez Luisa Bacichi. Viuda del
escritor Cambaceres. En 1897 nació Luis Herman Irigoyen,
el hijo de ambos. Ella madre de Rufina Cambaceres la
joven que murió y despertó en su tumba.
Una
amiga
íntima le había revelado un secreto que tuvo guardado
durante mucho tiempo. El novio de la niña, era también el amante de su bella
madre. El impacto de la confesión de su amiga le ocasionó un ataque al corazón y
murió. Quién fue el caballero que rompió su corazón? El único presidente soltero
que tuvo la Argentina: don Hipólito Yrigoyen, quien después de un
tiempo, tuvo un hijo con la viuda de Cambaceres.
En medio del camino de la vida, encontró a la que sería su gran amor de la
madurez. Se llamaba Luisa Bacichi. Había nacido en Trieste el 11 de marzo
de 1855 y era viuda del escritor Eugenio Cambaceres.
Había llegado a Buenos Aires con su hermana en una
compañia de bailarinas. Con esta mujer Yrigoyen viviría
hasta su muerte. Se conocieron cuando Hipólito fue a
arrendarle la estancia del Quemado, que ella no podía
explotar. Luisa tendría entonces cerca de cuarenta años muy bien llevados y
él se acercaba a los cincuenta. Allí pasaron felices temporadas y, cuando
estaban en Buenos Aires, vivían en la quinta de Barracas, aunque Yrigoyen
siempre siguió teniendo su propia casa. En 1897 nació Luis Herman
Irigoyen, el hijo de ambos." ¿Qué les impedía casarse?
Probablemente las mismas razones de dedicación a la
causa. Durante esos años Yrigoyen recibía con mucha
frecuencia a amigos y correligionarios en la estancia del Quemado y
Luisa se ocupaba de todo como si fuera su legítima mujer.
En 1904 Yrigoyen seguía dando sus clases de Instrucción Cívica y Moral en la
escuela normal. Después de la revolución fallida de 1905, lo dejaron
cesante. Ese año una de sus alumnas era Alicia Moreau de Justo. En una
entrevista ella contó que Yrigoyen había tenido amores con una o más
alumnas.
Yrigoyen sobreviviría ocho años después de la muerte de Luisa Bacichi.
Descontando el paréntesis glorioso de la asunción a la segunda
presidencia en 1928, estos últimos deben haber sido
los años más dolorosos del viejo caudillo, que tuvo
que soportar la ignominia de estar preso dos veces en
Martín García y de que una turba saqueara e incendiara su casa de la calle
Brasil. Quemaron sus papeles y el gobierno le cerró todo crédito, como si
hubiera sido un criminal. A mediados de enero de 1932, Yrigoyen ya
anciano, cansado y enfermo, volvía de su segunda
reclusión en Martín García
acompañado por Elena, su hija, y otros miembros de su familia.
Yrigoyen muere el 3 de julio, moría un ex presidente, un gran caudillo...
pero también moría un hombre apasionado que se llevaba a la tumba el
misterio de sus amores, de sus hijos y de tantas otras cosas que quizás
nunca se lleguen a develar.

Mariano Moreno
Historia
de amor que unió a María Guadalupe Cuenca con Mariano Moreno

"la
historia comenzó con un camafeo de plata con el retrato de la bella Guadalupe,
que él vio en manos de un platero. Quiso conocerla".
Guadalupe
estaba destinada por su madre a ser monja, pero el amor por Moreno aumentó sus
argumentos para negarse a la reclusión del convento. Mariano y Lupe se casaron a
poco de conocerse y un año después,
el novio tenía 25 años y la novia 15 cuando se casaron ante el canónigo
Terrazas, en la catedral de Chuquisaca, el 20 de mayo de 1804. En marzo de 1805
nació su único hijo, Marianito.
Ya ubicado en Buenos Aires, Moreno trabaja en la Audiencia y es abogado del
Cabildo. Pronto llegarán la Semana de Mayo de 1810, un cargo de secretario de la
Primera Junta —entre mayo y diciembre de aquel año—, además de la dirección del
primer diario patriota, La Gaceta. Moreno es el emblema de tantos cambios
políticos: a él se le atribuye el Plan Revolucionario de Operaciones. A él
también le cargan los fusilamientos de julio de 1810 contra los rebeldes de
Córdoba: entre ellos están Liniers, el gobernador y el obispo local.
Moreno sueña con declarar la independencia y convocar a "los pueblos del
Interior" para un congreso, mientras traduce a Rousseau. No hay tiempo para
Guadalupe, que se aburre un poco. Caído en desgracia ante Cornelio Saavedra y
los suyos, que prefieren ir más despacio, Moreno renuncia en diciembre de 1810.
"Le dieron una salida elegante nombrándolo agente diplomático en Londres. Se
embarcó el 24 de enero de 1811 en la nave inglesa La Fama, para morir en alta
mar el 4 de marzo. Hay dudas sobre su posible muerte por envenenamiento.
Guadalupe le escribió 14 cartas a Londres, sin saber que él ya estaba muerto",
cuenta Gálvez. Y agrega: "Ella las guardó luego, sin abrirlas. Tampoco volvió a
casarse".La última carta es del 29 de julio. Allí dice, entre otras cosas: "Mi
amado Moreno, dueño de mi corazón, me alegraré que estés bueno, gordo, buen mozo
y divertido pero con ninguna mujer, porque entonces ya no tendré yo el lugar que
debo tener en tu corazón por tantos motivos".También da detalles políticos: "A
Larrea le han embargado todos sus bienes, con pretexto de que debía de derechos
ciento y tantos mil pesos. Han hecho mil picardías. De tus pocos amigos, el que
está libre está por caer. Todo el empeño de estos hombres es sacarte reo.
Procura que nos veamos pero me parece que aquí no puede ser, porque cada día va
peor. Hacedme llevar. Adiós, mi Moreno, no te olvides de mí, tu mujer".

Eugenia Castro y Juan Manuel de Rosas:
la compañera secreta


Ella era apenas una adolescente
treinta años menor que él, frágil y bella, que cuidó
a Encarnación Ezcurra, la mujer del Restaurador, hasta que murió. Con los años,
junto a su “fiel servidora”, Rosas mantuvo una relación afectuosa pero algo
distante, que fue un secreto a voces.
Fue una relación amorosa asimétrica.
Eugenia tenía 14 o 15 años y era
huérfana de padre y madre cuando empezaron sus amores con Rosas. Morocha,
bonita, grácil, con cierto aire de abandono y la timidez de quien no se siente
dueño de nada y vive temeroso de incomodar.
Juan Manuel Rosas, rubio y apuesto, de noble linaje, 45 años, viudo y con dos
hijos mayores, Juan y Manuela, ejercía el cargo de gobernador de la provincia de
Buenos Aires y era, virtualmente, el dictador de la Confederación Argentina.
¿Qué podían
tener en común la joven huérfana y este hombre poderoso?
Al principio
Eugenia cuido de la esposa de Rosas ya moribunda
El
padre de Eugenia, el coronel Juan Gregorio Castro, un militar como tantos, había
dejado a sus hijos encomendados al gobernador. Así, como tutor y pupila, se
conocieron al principio Rosas y Eugenia.
La huérfana, como se acostumbraba entonces, fue colocada por su tutor en lo de
una familia conocida, donde hasta los sirvientes la maltrataban. La niña se
quejó y Rosas optó por llevarla a su casa, para que cuidara a su esposa,
Encarnación Ezcurra, en su última enfermedad. Ella se
desempeñó con ternura y eficacia, y la moribunda se lo agradeció. Eugenia
pensaba quizá que en ese gran caserón de la calle del Restaurador su presencia
pasaría inadvertida. No fue así. Su incipiente belleza sedujo a uno de los
miembros de ese numeroso clan (tíos, primos, sirvientes, antiguos esclavos y
agregados).
Eugenia dio a luz varias veces...
Eugenia dio a luz una hija, bautizada
Mercedes, cuya paternidad se
atribuyó a un sobrino de la difunta señora. Después, en la medida en que nacían
otros hijos, Angela (1840), Ermilio (1842), Nicanora (1844), y más tarde Joaquín
y Justina, para los habitantes de esa casa no hubo misterio: Rosas había
convertido en su amante a esa niña, apenas una adolescente.
Ese amor, que duró desde 1839 hasta la batalla de Caseros en 1852, se mantuvo
oculto. Fue un secreto entre muchos, es decir, conocido por la familia, los
servidores y el círculo íntimo del gobernador.
LA QUINTA DE PALERMO
Así como Encarnación había sido
la única mujer en la vida de Rosas en los años en que se hizo rico y alcanzó la
suma del poder, Eugenia fue la compañera secreta de los años en que éste
disfrutó del poder, cuando la quinta de Palermo se convirtió en un lugar casi
legendario.

La relacion de Rosas con Eugenia
Allí, la pareja y sus hijos pasaban la mayor parte del año. Rosas, que había
tenido como compañera legítima a una mujer muy politizada, de perfil alto y
personalidad fuerte, no quiso repetir la experiencia. Desconfiado al extremo, no
ignoraba que tenía enemigos por doquier. No desconocía tampoco que la mayoría de
los que lo rodeaban eran vulgares pedigüeños que lo halagaban para obtener
favores.
En Eugenia, en cambio, él encontraba un remanso de paz. La quería, en
la medida en que su narcisismo se lo permitía, es decir, dando lo menos posible,
como un patrón generoso más que como un amante entregado a su amor.
Ella lo idolatraba, sorprendida tal vez al ver que el hombre más respetado,
temido, querido y odiado de la Confederación durmiera noche tras noche con ella
y fuera el padre de sus hijos. No recibía a cambio más que unos pesos mensuales,
además de la vestimenta y la comida. Nada les faltaba a Eugenia y a sus hijos.
Nada les sobraba tampoco. Ella, desinteresada, ingenua, ignorante de las
artimañas de la política, jamás pensó en asegurarse el futuro como suelen
hacerlo las queridas de los gobernantes. El, convencido de la grandeza de su
linaje, no imaginó siquiera que podía reconocer a sus hijos naturales y asegurar
el bienestar de Eugenia.
Hacia 1840, Rosas se había vuelto sedentario.
Trabajaba intensamente, auxiliado
por varios escribientes para atender su correspondencia diaria. Su larga jornada
terminaba al amanecer y después comenzaba el reinado de Eugenia. Ella estaba
presente en las comidas de familia, de pie, trinchando las carnes, repartiendo
los platos, riñendo a los niños. A veces, para prevenir un atentado, probaba la
comida del gobernador. Siempre le preparaba la yerba y le cebaba el mate. Signo
de confianza suprema, en esos tiempos de sangre y de degüellos, la joven
concubina era la única autorizada para afeitarlo.
Palermo era un paraíso
Alli
disfrutaban los hijos naturales de Rosas. Estudiaban lo menos
posible, se divertían con sus travesuras, y si se mostraban muy confianzudos,
recibían castigos ligeros pero humillantes. Cada uno recibió un sobrenombre.
Rosas bautizó "manduca" a Mercedes, porque la habían pillado "manducando" dulce
a escondidas; Angela era "el soldadito" porque se disfrazaba de militar para
jugar con su padre; Ermilio, "el coronel", por las mismas razones; el apodo de
Nicanora, "la gallega", recordaba a los humildes inmigrantes hispanos de aquella
época. "Lleven a esa gallega salvaje unitaria a que le den 500 azotes", ordenaba
Rosas, y la pena se cumplía, en un simulacro, realizado sobre unos "paraventos"
o cartones, que dejaba a la niñita llorosa y calmada...
Por su parte, Rosas llamaba "la cautiva" a Eugenia, en alusión al
enclaustramiento en que se desarrollaba la vida de la joven dentro de sus
habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público.
Los
enemigos de Rosas que estaban al tanto de estas relaciones clandestinas
Ellos preferían denominar a Eugenia la "sultana de Palermo", título a todas
luces exagerado dado el modesto papel que ella desempeñaba. El escritor José
Mármol, fervoroso antirrosista, denunciaba: "El,
Rosas, hace de su barragana la primera amiga y compañera de su hija; él la hace
testigo de sus orgías escandalosas..." Más allá de esto, los unitarios y demás
opositores contaban con información bastante precisa. Sabían, por ejemplo, que
año por medio nacía en la quinta un "palermito" al que Manuela Rosas, la hija
legítima del gobernador, acariciaba y obsequiaba como a un hermano...
EUGENIA
OTRA VEZ MADRE
Esa intimidad amable concluyó abruptamente con la batalla de Caseros (1852). Ese
día, recordaba Nicanora en su ancianidad, el gobernador fue al campo de batalla
acompañado por Angela, "el soldadito", y Ermilio, "el coronel", vestidos de
militares. Antes del desenlace, los mandó de regreso, a juntarse con los otros
niños en la casa de Ezcurra. Luego, en vísperas de partir al exilio en un buque
de guerra inglés, Rosas le ofreció a Eugenia llevarla a Gran Bretaña junto a dos
de sus hijos, sus preferidos, Angela y Ermilio. Ella no aceptó. Tenía 32 años y
se encontraba nuevamente embarazada.
Entonces, empezó el calvario de Eugenia y aquella relación asimétrica mencionada
al principio se reveló en toda su magnitud.
La
relación se interrumpió cuando él conoció a Juanita Sosa, una amiga de Manuelita,
su hija.
En
los días turbulentos que siguieron a la caída de Rosas, la joven Eugenia se
comportó con lealtad, hizo los mandados que le encargó el ex dictador y se
empeñó en sacar algunos objetos de Palermo; entre ellos, su recado favorito.
Adrián, su séptimo hijo y el postrero de estos amores, nació pocos meses más
tarde en la estancia de una familia amiga y es probable que ella tuviera que
darlo, debido a que no estaba en condiciones de atenderlo bien.
EL EXILIO DE
ROSAS
1852
Rosas vivió 25 años más en el exilio, como un señor rural, de ingresos medios,
pero sin fortuna. Esto fue consecuencia de que el gobierno de Buenos Aires le
aplicó el mismo castigo que él había utilizado contra sus opositores: la
confiscación de bienes, de estancias en particular. Por tal razón, cuando
Eugenia le escribía pidiéndole alguna ayuda o recordando el compromiso asumido
de mandarle una mensualidad para atender las necesidades de sus siete hijos
menores, Rosas dejaba pasar años sin contestar.
Luego de un largo y
significativo silencio, le escribía para quejarse de su estado de pobreza, de
las injusticias que estaba padeciendo y de la "maldita ingratitud" de Eugenia.
De este modo, la hacía responsable de la decisión de quedarse. En apariencia, él
había vivido esa decisión como un abandono más. Para colmo, en la carta se
acordaba de otra muchacha que le había gustado cuando todos vivían en Palermo,
Juanita Sosa, "la edecanita" del alegre círculo de amigas de su hija Manuela. La
Sosa, esbelta y de grandes ojos negros, era la más seductora de esas damas cuya
tarea política consistía en distraer y agradar a los huéspedes importantes de la
quinta.
EUGENIA EN LA
POBREZA
Entretanto, Eugenia se las arreglaba como podía. Se había reencontrado con la
orfandad, la pobreza y el abandono, agravados por el rechazo que sufría casi a
diario por parte de los encumbrados amigos y parientes de su amante. Para colmo
de males, entraron en litigio la casita y los terrenos que había heredado de su
padre en el barrio de la Concepción.
Por esa época, defraudada, pobre y sin esperanzas de poder reunirse con el ex
dictador, Eugenia se vinculó afectivamente con otro hombre del cual habría
tenido dos hijos.
ROSAS EN EL
ABANDONO
Rosas, por su parte, se había vuelto mujeriego. Se disgustó
con Manuelita porque ésta se casó, aunque él se lo hubiera prohibido, y se
sintió más abandonado que nunca. Cada tanto recibía las cartas de Eugenia y de
sus hijas, Angela, "el soldadito", y Nicanora, "la gallega". Las historias que
esas cartas narran son de trabajos humildes, pobreza, enfermedades y pérdidas
dolorosas; por ejemplo, la muerte de Ermilio, en la Guerra del Paraguay.
LOS HIJOS DE
ROSAS Y EUGENIA TAMBIEN EN LA POBREZA
Eugenia
se conchababa para cuidar enfermos en casas de los amigos de la familia Rosas.
Las hijas eran lavanderas. Los varones trabajaban en el campo. Al principio,
vivían en el barrio de la Concepción; luego se mudaron a los pueblos suburbanos
de Lomas de Zamora y San Justo. En las cartas de la madre y de sus hijas hay un
leitmotiv: siempre le piden a Rosas un retrato suyo para tenerlo cerca, porque
no lo recuerdan. Asimismo, se enviaban cada tanto unos regalitos como prueba de
memoria y de afecto. Rosas les mandó unos pañuelos.
Eugenia encargó una pequeña
imagen de la Virgen de las Mercedes, para que su "Padre y Señor" la pusiera en
la cabecera de su cama, allá en la lejana Southampton. Por eso, puede decirse
que las cartas citadas, pese a que guardan la distancia debida entre
el "patrón" y su "fiel servidora",
al mismo tiempo indican un alto grado de intimidad y revelan los verdaderos
lazos entre ambos.
Eugenia Y Rosas
fallecieron
En
1876, Rosas le escribió una larga carta de pésame a "el soldadito". El ex
dictador murió un año después, en 1877. En su testamento, redactado tiempo
antes, había diversas referencias a Eugenia, entre otras, a la imagen de la
Virgen de las Mercedes, que le entregaba a Manuelita, y a un dinero que
recibiría la Castro en caso de que le devolvieran los bienes confiscados.
ROSAS NEGO A
SUS HIJOS NATURALES
Sin embargo, en su última voluntad, Rosas negaba de plano haber tenido hijos
fuera de los legítimos, y de este modo impedía a los vástagos de sus amores con
Eugenia acceder a una parte de su herencia. Esos amores no se inscriben, sin
duda, entre las grandes pasiones de nuestra historia. Tienen otras
características no menos dignas de ser recordadas, aunque sean ajenas al
romanticismo. Fueron un secreto a voces, ventilado en su momento en los
tribunales de Buenos Aires (1886), cuando los hijos naturales de Rosas quisieron
tardía e infructuosamente hacer valer sus derechos. La historiografía los ignoró
o los mencionó apenas, como datos marginales. Afortunadamente, han llegado a
nosotros en unos pocos relatos, en un expediente judicial y en un manojo de
cartas. En éstas se habla de lo que queda después del amor, de los reclamos y
los reproches mezclados con los recuerdos tristes o alegres, pero entrañables,
como la vida misma.
Juan Manuel de Rosas
(Buenos Aires, 1793-Southampton, 1877). Estadista, militar y hacendado. En 1835
un plebiscito lo consagró gobernador con facultades extraordinarias y la Suma
del Poder Público.
Eugenia Castro
(c. 1823/25-1876). Hija del coronel Juan Gregorio Castro. Trabajó en la mansión
de Rosas y fue su amante entre 1840 y 1852.

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