Los amantes y sus historias encontrados en paginas de Internet. El amor es el sentimiento que nos hace sentir vivos, que nos hace sufrir y por el que muchos han decidido morir. Una de las primeras apariciones del amor, en el sentido estricto de la palabra, es la historia de Eros y Psiquis .

Estas son solo algunas de las historias con matices diferentes ...

HISTORIAS DE AMOR II

Historia de amor que unió a María Guadalupe Cuenca con Mariano Moreno

Mariano Moreno


"la historia comenzó con un camafeo de plata con el retrato de la bella Guadalupe, que él vio en manos de un platero. Quiso conocerla".
Guadalupe estaba destinada por su madre a ser monja, pero el amor por Moreno aumentó sus argumentos para negarse a la reclusión del convento. Mariano y Lupe se casaron a poco de conocerse y un año después,
El novio tenía 25 años y la novia 15 cuando se casaron ante el canónigo Terrazas, en la catedral de Chuquisaca, el 20 de mayo de 1804. En marzo de 1805 nació su único hijo, Marianito.
Ya ubicado en Buenos Aires, Moreno trabaja en la Audiencia y es abogado del Cabildo. Pronto llegarán la Semana de Mayo de 1810, un cargo de secretario de la Primera Junta —entre mayo y diciembre de aquel año—, además de la dirección del primer diario patriota, La Gaceta. Moreno es el emblema de tantos cambios políticos: a él se le atribuye el Plan Revolucionario de Operaciones. A él también le cargan los fusilamientos de julio de 1810 contra los rebeldes de Córdoba: entre ellos están Liniers, el gobernador y el obispo local.
Moreno sueña con declarar la independencia y convocar a "los pueblos del Interior" para un congreso, mientras traduce a Rousseau. No hay tiempo para Guadalupe, que se aburre un poco. Caído en desgracia ante Cornelio Saavedra y los suyos, que prefieren ir más despacio, Moreno renuncia en diciembre de 1810.
"Le dieron una salida elegante nombrándolo agente diplomático en Londres. Se embarcó el 24 de enero de 1811 en la nave inglesa La Fama, para morir en alta mar el 4 de marzo. Hay dudas sobre su posible muerte por envenenamiento. Guadalupe le escribió 14 cartas a Londres, sin saber que él ya estaba muerto", cuenta Gálvez. Y agrega: "Ella las guardó luego, sin abrirlas. Tampoco volvió a casarse".La última carta es del 29 de julio. Allí dice, entre otras cosas: "Mi amado Moreno, dueño de mi corazón, me alegraré que estés bueno, gordo, buen mozo y divertido pero con ninguna mujer, porque entonces ya no tendré yo el lugar que debo tener en tu corazón por tantos motivos".También da detalles políticos: "A Larrea le han embargado todos sus bienes, con pretexto de que debía de derechos ciento y tantos mil pesos. Han hecho mil picardías. De tus pocos amigos, el que está libre está por caer. Todo el empeño de estos hombres es sacarte reo. Procura que nos veamos pero me parece que aquí no puede ser, porque cada día va peor. Hacedme llevar. Adiós, mi Moreno, no te olvides de mí, tu mujer".

Belgrano, Juan Manuel

Belgrano estuvo muy relacionado con la alta sociedad y así conoció a María Josefa Ezcurra, hermana de la famosa Encarnación Ezcurra de Rosas, esposa de Juan Manuel de Rosas. La relación amorosa se inició tras una tertulia. María Josefa se había casado muy joven con un primo, Juan Ezcurra, y luego de nueve años de matrimonio, se separaron. Belgrano, debido a su rango, puedo haber elegido esposa en los lugares más destacados, Buenos Aires, Córdoba, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, de donde provenía su familia materna. Belgrano era delgado, de cutis blanco, pelo rubio y ojos azules. Era buen mozo, abogado, culto, había ocupado altos cargos, y estaba relacionado con todas las familias de la sociedad porteña. Sin embargo, nunca se casó.
Manuel Belgrano tubo muchas relaciones de alta sociedad, como lo fue María Josefa Ezcurra (1785-1856) hermana de la famosa Encarnación Ezcurra de Rosas, esposa de Juan Manuel de Rosas. De esta relación tubo un hijo ilegitimo, que fue adoptado y criado por Rosas, que se llamo Pedro Rosas y Belgrano.
Pero su más grande amor fue una niña de 15 años que conoció en Tucumán. Era
María de los Dolores Helguero. Pasaron los años, y a mediados de 1816, Belgrano estaba nuevamente al mando del Ejercito del Norte. Vivía en La Ciudadela, próxima a la ciudad de Tucumán.
Dolores ya tenia 19 años, y era una hermosa tucumana de buena familia. El general, que tenia 46 años, se enamoró de ella, y fue correspondido en su amor. A lo largo de dos años no dejaron de verse, y fueron el comentario social. Como dice Fray Jacinto Carrasco: "Su conducta fue siempre clara y recta. Por eso, cuando vio que nacía en su corazón ese amor por la joven tucumana, y su conciencia no le permitía llegar a ella sino por el matrimonio, resolvió casarse con Dolores; y se hubiera casado, si la fatalidad no se hubiera interpuesto en el camino". En efecto, Belgrano recibió ordenes del gobierno de marchar rumbo al sur, finalizando 1818.Pasaron los meses, y una tarde, estando acampado en Pilar, llegó un criado de los Helguero, Sanchu, trayendo una carta de Dolores; en ella le decía que hacia dos meses (el 4 de mayo de 1819), había nacido Manuela Mónica del Sagrado Corazón, agregando que por orden de sus padres, había tenido que casarse con un catamarqueño de apellido Rivas. Cuando Rondeau le autorizó dejar su cargo para poder atender su salud, que empeoraba cada día, partió rumbo a Tucumán, adonde llego en noviembre de 1819. Dolores, apenas enterada de la llegada del general, corrió a su lado, y junto a su hijita, se hizo más llevadero el sufrimiento por el que pasaba Belgrano. El marido de Dolores estaba desde tiempo atrás en Bolivia, y Belgrano mandaba continuamente a averiguar si todavía vivía, porque de lo contrario, él quería cumplir su promesa de casamiento con Dolores. Debido a su enfermedad, partió a Buenos Aires en un viaje sin retorno. Dolores tenia entonces 23 años y su hija Manuela cumpliría un año.

 

Simón Bolívar     

Simón Bolívar, por su infancia tan carente de afectos, tenía necesidad de seducir, de ser amado, admirado, y eso lo llevaba a buscar nuevas experiencias”. Manuelita nunca compartió casa común con el Libertador. Ella vivió  en Lima, en la calle Junín 277, Plaza Bolívar, Pueblo Libre; una casona que, convertida en centro cultural, se conserva como en sus mejores tiempos, y la usamos de locación para las tomas fotográficas.

Nuestro Libertador Simón Bolívar fue un hombre de carne y hueso, lleno de virtudes y debilidades como cualquiera de nosotros. Una de sus mas grandes debilidades fueron las mujeres y en su vida brillaron de todos tipos, colores y condiciones. Bolívar supo apartar tiempo en su lucha por la Independencia para amar a un buen numero de integrantes del bello sexo. Su primer amor fue Maria Teresa Toro y Alayza con la que se caso en Madrid el 13 de abril de 1802. Con ella trato de fundar una familia y llevar una vida normal como un terrateniente de la época.. Maria Teresa muere a los ocho meses de matrimonio dejando a nuestro Libertador en la soledad más grande y jura no volver a casarse. Promesa que cumple con una gran  determinación.En el viaje hecho por Europa para olvidar el dolor de su pronta viudez, conoce a Fanny du Villars, pariente lejana suya por parte de los Aristiguieta, hermosa mujer de 25 años , casada sin amor con un hombre bastante mayor que ella, el Coronel Dervieu du Villars. Fanny hace que la vida del venezolano sea la mas grata posible en París en el naciente Imperio Napoleónico.

En la residencia de ella; del Boulevard Menilmontant; el caraqueño departe con la sociedad culta de la época.Ahí conoce a Bomplant, a Humbolth, al Príncipe Eugenio (hijo de la Emperatriz Josefina), al renombrado actor Talma y a otra celebridades de ese tiempo. Cuando el Coronel Bolívar en 1812; a raíz de la caída de La Primera Republica; abandona Venezuela, ofrece  sus servicios al gobierno neogranadino y es enviado al Bajo Magdalena, en la población de Salamina conoce a Anita Lenoit, hija de padres franceses que vivían ahí desde hace un tiempo. Ella tenía 17 años, era muy culta, con una cultura poco común en esa época. La relación fue breve, el siguió su marcha y ella lo sigue hasta Tenerife pero Bolívar la devuelve al hogar de sus padres, permaneciéndole fiel la mujer durante 18 años .Anita fue en su busca llegando el 18 de diciembre de 1830.

Simón Bolívar en la Campaña Admirable tuvo un romance con Juana Pastrano Salcedo; en Capacho; a los años al pasar por la zona recordó a su amante, pregunto por ella pero la madre de la muchacha la oculto en Piedra Gorda. Una relación formal y larga fue la que tuvo El Libertador con Josefina Machado. Ella le acompaño en sus batallas seguida de su madre y hermana. Bolívar la conoció cuando hizo la entrada en Caracas el 3 de agosto de 1813. Era ella una de las muchachas que entrego a el caraqueño una ofrenda de flores. Lo acompaño por 6 años, siendo la más desafortunada de los amores de el héroe, pues al amor seguían las agonías de la guerra y la ausencia. Por ella se dice que El Libertador hace detener por cuatro días la expedición que viene a libertar a Venezuela para esperar el arribo de Josefina llegada tardamente a Los Cayos. Ella sigue  a Bolívar a Los Llanos donde se enferma y muere de tuberculosis en Achaguas en 1820.También  existió Isabel Soublette; hermana del General Carlos Soublette.

 El Libertador conoce luego a Julia Corbier. Pernoctaba con ella cuando sus enemigos envían a un esclavo para que lo mate en la pensión que vivía. Asesinan a Félix Amestoy que lo esperaba acostado en su hamaca .

Bernardina Ibáñez es otro amor en la vida del guerrero, la conoce después de la Batalla de Boyacá. La llamaba “La melindrosa”. Después aparece el amor apasionado y violento en la vida de nuestro héroe:

 

Manuelita Sáenz

 La bella y libidinosa muchacha se había pasado casi toda la infancia metida en conventos donde sus padres la enviaron para que la criaran, primero, y la educaran, después; por lo que, pese a sus lagunas de formación, Manuela sabía leer —y lo hacía con frecuencia— escribía y tenía buenas bases de aritmética. Cuando todavía era una menor de edad, abandonó sigilosamente el convento para apostarlo todo, en lance premonitorio, a un uniforme.Ella enloquece a Bolívar y esta pasión lo acompaña al caraqueño hasta el final de sus días .Ella entra en la vida de Simón el 16 de junio de 1822. Mucho se ha hablado de esta relación. Fue una relación tormentosa y apasionada. El no le fue a Manuela completamente fiel.

 Al terminar de pacificar el Perú a fines de 1823 El Libertador  emprende el retorno a Lima donde lo esperaba Manuela, en el camino conoce a Manuelita Madroño, de 17 años. Fue una aventura galante de pocos meses.Ellas no fueron las únicas , existieron Teresa Laines, Manuelita White, Joaquina Garaicoa, Teresa Mancebo, Aurora Pardo y muchas mas.La valentía de Manuela y su amor por El Libertador llegaron a su máxima expresión una noche de 1828 cuando unos oficiales alzados intentaron asesinar a Bolívar quien se encontraba con Manuela en el Palacio Presidencial. Gracias a la astucia de Manuela, El Libertador logra escapar por la ventana a tiempo y evita el encuentro con la muerte. Desde ese día, el propio Bolívar la llamó la libertadora de El Libertador.
Tras la muerte de Bolívar, Manuela fue blanco del repudio colectivo. Exiliada de su país natal y con prohibición de entrada a Colombia, se instaló en el Puerto de Paita en Perú. Sucumbida en una terrible amargura y atada a una silla de ruedas, Manuela vivió sus últimos años recordando a sus amores con el Libertador hasta que muere por causa de una terrible epidemia en 1865.

Pablo Neruda


Pablo Neruda escribió sobre el amor con verdadero conocimiento de causa, pues tuvo tres esposas y varias amantes que lo ayudaron a mantener una inspiración que no se apagó, como él reconocía, ni en los últimos días en medio de la enfermedad.
Las historias de amor de Neruda empezaron con
Albertina Azócar, cuando el poeta comenzaba a vivir en Santiago como uno más de los estudiantes provincianos que buscaba forjarse un futuro en la capital. A ella dedicó un famoso poema: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente, Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca...".
A la inocente relación estudiantil siguió un amor tan corto como intenso y peligroso cuando en 1927 llegó a la exótica Rangún, capital de Birmania, como flamante cónsul de Chile. Allí se enamoró de Jossie Bliss, que inquietó al escritor por sus apasionadas escenas de celos, que llegaron al extremo de golpear a cuanta mujer se le acercara con supuestos coqueteos. El idilio no podía terminar de otra forma que con la literal fuga del poeta.
En 1930, el trabajo diplomático lo llevó a Botavia (isla de Java), donde conoció a su primera esposa, la nativa
María Antonieta Hagenaar, con la que se casó en diciembre de ese año. "Maruca", como le decía el poeta,
ella era una mujer holandés que no podía hablar español , Durante este tiempo, Pablo escribió poemas oscuras porque no estaba contento con su unión con María.  lo acompañó a Singapur, otro destino diplomático, y en 1932 la pareja se fue a vivir a Chile, donde la mujer no cayó bien entre la familia y el círculo intelectual en que se movía Neruda.El matrimonio vivió después en Buenos Aires y Madrid, donde la convivencia se hizo imposible tras el nacimiento de su hija Malva Marina, el 4 de octubre de 1934, que sufrió hidrocefalia y murió a los ocho años. En medio de las dificultades matrimoniales, Neruda conoció a la pintora y cantante argentina :

 

Delia del Carril, 24 años mayor que él, de acaudalada familia y quien formaba parte de tertulias intelectuales en Buenos Aires, París y Madrid. A Neruda lo conoció en la capital española, cuando éste fungía de cónsul, y pronto nació el amor. En 1936, tras separarse de su esposa, el poeta se casó por segunda vez.
El matrimonio duró hasta 1955, cuando el autor de "Canto General" se separó para casarse con quien era su amante y fue su última esposa.

 

Matilde Urrutia. Ella fue el amor de la vida de Neruda y este amor son reflejada en su poesía de este tiempo,  quien dedicó "Cien sonetos de amor", vivió la fase del amor maduro y la felicidad por el Nobel de 1971.Matilde se convierte en la luchadora de su pueblo y del poeta. Pablo Neruda y su entonces amante y posterior esposa Matilde Urrutia vivieron allí un pasión tan secreta como intensa. La casa que albergó a los amantes fue convertida en un museo llamado Paseo Neruda, en homenaje al gran poeta chileno, en Uruguay. Una colección de fotos y varios objetos personales recuerdan el paso del gran poeta chileno por las costas del Río de la Plata.


Eugenia Castro y Juan Manuel de Rosas: la compañera secreta


Ella era apenas una adolescente
treinta años menor que él, frágil y bella, que cuidó a Encarnación Ezcurra, la mujer del Restaurador, hasta que murió. Con los años, junto a su “fiel servidora”, Rosas mantuvo una relación afectuosa pero algo distante, que fue un secreto a voces. Fue una relación amorosa asimétrica.

Eugenia tenía 14 o 15 años y era huérfana de padre y madre cuando empezaron sus amores con Rosas. Morocha, bonita, grácil, con cierto aire de abandono y la timidez de quien no se siente dueño de nada y vive temeroso de incomodar.

 Juan Manuel Rosas, rubio y apuesto, de noble linaje, 45 años, viudo y con dos hijos mayores, Juan y Manuela, ejercía el cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires y era, virtualmente, el dictador de la Confederación Argentina.

¿Qué podían tener en común la joven huérfana y este hombre poderoso?

Al principio Eugenia cuido de la esposa de Rosas ya moribunda

El padre de Eugenia, el coronel Juan Gregorio Castro, un militar como tantos, había dejado a sus hijos encomendados al gobernador. Así, como tutor y pupila, se conocieron al principio Rosas y Eugenia. La huérfana, como se acostumbraba entonces, fue colocada por su tutor en lo de una familia conocida, donde hasta los sirvientes la maltrataban. La niña se quejó y Rosas optó por llevarla a su casa, para que cuidara a su esposa, Encarnación Ezcurra, en su última enfermedad. Ella se desempeñó con ternura y eficacia, y la moribunda se lo agradeció. Eugenia pensaba quizá que en ese gran caserón de la calle del Restaurador su presencia pasaría inadvertida. No fue así. Su incipiente belleza sedujo a uno de los miembros de ese numeroso clan (tíos, primos, sirvientes, antiguos esclavos y agregados).

Eugenia dio a luz varias veces...

 Eugenia dio a luz una hija, bautizada Mercedes, cuya paternidad se atribuyó a un sobrino de la difunta señora. Después, en la medida en que nacían otros hijos, Angela (1840), Ermilio (1842), Nicanora (1844), y más tarde Joaquín y Justina, para los habitantes de esa casa no hubo misterio: Rosas había convertido en su amante a esa niña, apenas una adolescente.
Ese amor, que duró desde 1839 hasta la batalla de Caseros en 1852, se mantuvo oculto. Fue un secreto entre muchos, es decir, conocido por la familia, los servidores y el círculo íntimo del gobernador.

 

LA QUINTA DE PALERMO

Así como Encarnación había sido la única mujer en la vida de Rosas en los años en que se hizo rico y alcanzó la suma del poder, Eugenia fue la compañera secreta de los años en que éste disfrutó del poder, cuando la quinta de Palermo se convirtió en un lugar casi legendario.


La relacion de Rosas con Eugenia

Allí, la pareja y sus hijos pasaban la mayor parte del año. Rosas, que había tenido como compañera legítima a una mujer muy politizada, de perfil alto y personalidad fuerte, no quiso repetir la experiencia. Desconfiado al extremo, no ignoraba que tenía enemigos por doquier. No desconocía tampoco que la mayoría de los que lo rodeaban eran vulgares pedigüeños que lo halagaban para obtener favores.

En Eugenia, en cambio, él encontraba un remanso de paz. La quería, en la medida en que su narcisismo se lo permitía, es decir, dando lo menos posible, como un patrón generoso más que como un amante entregado a su amor.
Ella lo idolatraba, sorprendida tal vez al ver que el hombre más respetado, temido, querido y odiado de la Confederación durmiera noche tras noche con ella y fuera el padre de sus hijos. No recibía a cambio más que unos pesos mensuales, además de la vestimenta y la comida. Nada les faltaba a Eugenia y a sus hijos. Nada les sobraba tampoco. Ella, desinteresada, ingenua, ignorante de las artimañas de la política, jamás pensó en asegurarse el futuro como suelen hacerlo las queridas de los gobernantes. El, convencido de la grandeza de su linaje, no imaginó siquiera que podía reconocer a sus hijos naturales y asegurar el bienestar de Eugenia.


Hacia 1840, Rosas se había vuelto sedentario.

Trabajaba intensamente, auxiliado por varios escribientes para atender su correspondencia diaria. Su larga jornada terminaba al amanecer y después comenzaba el reinado de Eugenia. Ella estaba presente en las comidas de familia, de pie, trinchando las carnes, repartiendo los platos, riñendo a los niños. A veces, para prevenir un atentado, probaba la comida del gobernador. Siempre le preparaba la yerba y le cebaba el mate. Signo de confianza suprema, en esos tiempos de sangre y de degüellos, la joven concubina era la única autorizada para afeitarlo.


Palermo era un paraíso

 Alli disfrutaban  los hijos naturales de Rosas. Estudiaban lo menos posible, se divertían con sus travesuras, y si se mostraban muy confianzudos, recibían castigos ligeros pero humillantes. Cada uno recibió un sobrenombre. Rosas bautizó "manduca" a Mercedes, porque la habían pillado "manducando" dulce a escondidas; Angela era "el soldadito" porque se disfrazaba de militar para jugar con su padre; Ermilio, "el coronel", por las mismas razones; el apodo de Nicanora, "la gallega", recordaba a los humildes inmigrantes hispanos de aquella época. "Lleven a esa gallega salvaje unitaria a que le den 500 azotes", ordenaba Rosas, y la pena se cumplía, en un simulacro, realizado sobre unos "paraventos" o cartones, que dejaba a la niñita llorosa y calmada...
Por su parte, Rosas llamaba "la cautiva" a Eugenia, en alusión al enclaustramiento en que se desarrollaba la vida de la joven dentro de sus habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público.

Los enemigos de Rosas que estaban al tanto de estas relaciones clandestinas Ellos preferían denominar a Eugenia la "sultana de Palermo", título a todas luces exagerado dado el modesto papel que ella desempeñaba. El escritor José Mármol, fervoroso antirrosista, denunciaba: "El, Rosas, hace de su barragana la primera amiga y compañera de su hija; él la hace testigo de sus orgías escandalosas..." Más allá de esto, los unitarios y demás opositores contaban con información bastante precisa. Sabían, por ejemplo, que año por medio nacía en la quinta un "palermito" al que Manuela Rosas, la hija legítima del gobernador, acariciaba y obsequiaba como a un hermano...

EUGENIA OTRA VEZ MADRE
Esa intimidad amable concluyó abruptamente con la batalla de Caseros (1852). Ese día, recordaba Nicanora en su ancianidad, el gobernador fue al campo de batalla acompañado por Angela, "el soldadito", y Ermilio, "el coronel", vestidos de militares. Antes del desenlace, los mandó de regreso, a juntarse con los otros niños en la casa de Ezcurra. Luego, en vísperas de partir al exilio en un buque de guerra inglés, Rosas le ofreció a Eugenia llevarla a Gran Bretaña junto a dos de sus hijos, sus preferidos, Angela y Ermilio. Ella no aceptó. Tenía 32 años y se encontraba nuevamente embarazada.
Entonces, empezó el calvario de Eugenia y aquella relación asimétrica mencionada al principio se reveló en toda su magnitud.
La relación se interrumpió cuando él conoció a Juanita Sosa, una amiga de Manuelita, su hija.

En los días turbulentos que siguieron a la caída de Rosas, la joven Eugenia se comportó con lealtad, hizo los mandados que le encargó el ex dictador y se empeñó en sacar algunos objetos de Palermo; entre ellos, su recado favorito. Adrián, su séptimo hijo y el postrero de estos amores, nació pocos meses más tarde en la estancia de una familia amiga y es probable que ella tuviera que darlo, debido a que no estaba en condiciones de atenderlo bien.

EL EXILIO DE ROSAS 1852
Rosas vivió 25 años más en el exilio, como un señor rural, de ingresos medios, pero sin fortuna. Esto fue consecuencia de que el gobierno de Buenos Aires le aplicó el mismo castigo que él había utilizado contra sus opositores: la confiscación de bienes, de estancias en particular. Por tal razón, cuando Eugenia le escribía pidiéndole alguna ayuda o recordando el compromiso asumido de mandarle una mensualidad para atender las necesidades de sus siete hijos menores, Rosas dejaba pasar años sin contestar.

Luego de un largo y significativo silencio, le escribía para quejarse de su estado de pobreza, de las injusticias que estaba padeciendo y de la "maldita ingratitud" de Eugenia. De este modo, la hacía responsable de la decisión de quedarse. En apariencia, él había vivido esa decisión como un abandono más. Para colmo, en la carta se acordaba de otra muchacha que le había gustado cuando todos vivían en Palermo, Juanita Sosa, "la edecanita" del alegre círculo de amigas de su hija Manuela. La Sosa, esbelta y de grandes ojos negros, era la más seductora de esas damas cuya tarea política consistía en distraer y agradar a los huéspedes importantes de la quinta.

EUGENIA EN LA POBREZA
Entretanto, Eugenia se las arreglaba como podía. Se había reencontrado con la orfandad, la pobreza y el abandono, agravados por el rechazo que sufría casi a diario por parte de los encumbrados amigos y parientes de su amante. Para colmo de males, entraron en litigio la casita y los terrenos que había heredado de su padre en el barrio de la Concepción.
Por esa época, defraudada, pobre y sin esperanzas de poder reunirse con el ex dictador, Eugenia se vinculó afectivamente con otro hombre del cual habría tenido dos hijos.

ROSAS EN EL ABANDONO

Rosas, por su parte, se había vuelto mujeriego. Se disgustó con Manuelita porque ésta se casó, aunque él se lo hubiera prohibido, y se sintió más abandonado que nunca. Cada tanto recibía las cartas de Eugenia y de sus hijas, Angela, "el soldadito", y Nicanora, "la gallega". Las historias que esas cartas narran son de trabajos humildes, pobreza, enfermedades y pérdidas dolorosas; por ejemplo, la muerte de Ermilio, en la Guerra del Paraguay.

LOS HIJOS DE ROSAS Y EUGENIA TAMBIEN EN LA POBREZA

Eugenia se conchababa para cuidar enfermos en casas de los amigos de la familia Rosas. Las hijas eran lavanderas. Los varones trabajaban en el campo. Al principio, vivían en el barrio de la Concepción; luego se mudaron a los pueblos suburbanos de Lomas de Zamora y San Justo. En las cartas de la madre y de sus hijas hay un leitmotiv: siempre le piden a Rosas un retrato suyo para tenerlo cerca, porque no lo recuerdan. Asimismo, se enviaban cada tanto unos regalitos como prueba de memoria y de afecto. Rosas les mandó unos pañuelos.

 Eugenia encargó una pequeña imagen de la Virgen de las Mercedes, para que su "Padre y Señor" la pusiera en la cabecera de su cama, allá en la lejana Southampton. Por eso, puede decirse que las cartas citadas, pese a que guardan la distancia debida entre el "patrón" y su "fiel servidora", al mismo tiempo indican un alto grado de intimidad y revelan los verdaderos lazos entre ambos.

Eugenia Y Rosas fallecieron

 En 1876, Rosas le escribió una larga carta de pésame a "el soldadito". El ex dictador murió un año después, en 1877. En su testamento, redactado tiempo antes, había diversas referencias a Eugenia, entre otras, a la imagen de la Virgen de las Mercedes, que le entregaba a Manuelita, y a un dinero que recibiría la Castro en caso de que le devolvieran los bienes confiscados.

ROSAS NEGO A SUS HIJOS NATURALES

Sin embargo, en su última voluntad, Rosas negaba de plano haber tenido hijos fuera de los legítimos, y de este modo impedía a los vástagos de sus amores con Eugenia acceder a una parte de su herencia. Esos amores no se inscriben, sin duda, entre las grandes pasiones de nuestra historia. Tienen otras características no menos dignas de ser recordadas, aunque sean ajenas al romanticismo. Fueron un secreto a voces, ventilado en su momento en los tribunales de Buenos Aires (1886), cuando los hijos naturales de Rosas quisieron tardía e infructuosamente hacer valer sus derechos. La historiografía los ignoró o los mencionó apenas, como datos marginales. Afortunadamente, han llegado a nosotros en unos pocos relatos, en un expediente judicial y en un manojo de cartas. En éstas se habla de lo que queda después del amor, de los reclamos y los reproches mezclados con los recuerdos tristes o alegres, pero entrañables, como la vida misma.
Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires, 1793-Southampton, 1877). Estadista, militar y hacendado. En 1835 un plebiscito lo consagró gobernador con facultades extraordinarias y la Suma del Poder Público. Eugenia Castro (c. 1823/25-1876). Hija del coronel Juan Gregorio Castro. Trabajó en la mansión de Rosas y fue su amante entre 1840 y 1852.

Margarita Weild y el general José María Paz: juntos para siempre


El era un general envuelto en las luchas por la organización nacional. Ella, su sobrina, 23 años menor. Sin embargo, ella conquistó su corazón y desde entonces no se separó de él. Se casaron en prisión. Tuvieron hijos. Y partieron todos al exilio. Hoy descansan uno al lado del otro, en el mausoleo de la Catedral de Córdoba
.

En la Catedral de Córdoba, hay un mausoleo cuyos detalles nos advierten que allí descansa un guerrero. En vida, este hombre no fue especialmente querido, pero consiguió el respeto de sus iguales y la admiración de sus enemigos; fue un estratega brillante, y sus tácticas se estudiaron, hasta entrado el siglo XX, en las mejores escuelas de guerra de Europa. Fue un convencido federal que detestaba el caudillismo; fue un mentado unitario mientras intentaba federalizar un país donde cada provincia era una república. Pero lo relevante de esa tumba no está en el hombre que descansa en ella, sino en la mujer que descansa a su lado, pues no se conoce caso igual en la Argentina: que en la tumba de uno de nuestros héroes, y en la Iglesia Matriz, descanse, como en el lecho conyugal, la mujer que fue el amor del héroe, la mujer de la que él fue su único amor. El era el general José María Paz, el "Manco"; ella, su joven esposa, Margarita Weild, la "incomparable Margarita". Durante casi toda su vida, Margarita, aunque pertenecía a un grupo privilegiado de vecinos de Córdoba, tuvo que sufrir la suerte de las mujeres de los perseguidos, los encarcelados y los exiliados.

 



Había nacido en 1814 y, quizá por educación, tenía ciertos rasgos de carácter que se atribuyen a la mujer cordobesa: valor, terquedad, dominio de las emociones en público, austeridad. Su madre fue María del Rosario Paz, y su padre, un médico escocés llamado Andrew Weild. La bautizaron Agustina, pero se la llamó, en recuerdo de su abuela británica, por el muy escocés nombre de Margarita. Su padre murió cuando era muy chica, pero aceptó con cariño al segundo esposo de su madre, Juan José de Elizalde.
Desde niña sintió admiración y un embobado afecto por su tío José María, el que peleó por la independencia, el que peleaba, cuando era ya una jovencita, por constituir el país. El tío buenmozo, serio, poco dado a conversar, pero que en familia era afectuoso, bromista y dedicado. Creció oyendo hablar de su heroísmo, de aquella vez que casi perdió, por un brazo herido, la vida, que le había sido concedida –pensaba ella– para que mejor pudiera amarlo y cuidar de él. ¡Cuidar de él, siendo tan joven, siendo él mayor, sano, fuerte y valeroso!
"¡Qué pretenciosa la niña!", dicen que dijo una vez; Margarita se contentó con mirarlo y mostrar una sonrisa de complicidad con el Destino, al que nombraba con mayúscula. Vivió toda su vida con el Jesús en la boca por él: que si su brazo le daba espasmos; que si las tercianas lo enfebrecían; que si se iba a Brasil, a pelear contra el emperador; que si volvía atravesando un país soliviantado por la guerra civil; que si en Córdoba lo esperaban enemigos encubiertos. Ella aguardaba con paciencia el momento de entrar en escena. Cuando era muy niña, escuchando detrás de las puertas las noticias dadas en voz baja y nerviosa; ya más grandecita, preguntando tímidamente por él; llegada a la edad de casarse, hablando abiertamente de la preocupación por su suerte. Tagore aún no había nacido y faltaba casi un siglo para que escribiera Gitánjali, pero Margarita sabía que ni el sol ni las estrellas podrían esconderlo de ella para siempre.
Su historia comenzó cuando parecía que iba a terminar la de él: boleado su caballo en los campos de Calchín, fue a dar en la Aduana de Santa Fe, prisionero de don Estanislao López, caudillo de aquellos pagos.
Durante mucho tiempo, la familia penó sin saber si aún estaba vivo. Luego, su hermano Julián supo de él y poco después su madre y Margarita fueron a verlo. Ella entró primero y, sin poder contenerse, se arrojó en sus brazos, sorprendiéndolo con sus 20 años. El, aturdido, no queriendo divertir a los guardias con sus aflicciones, contuvo el llanto de las mujeres con unas pocas palabras: "Nada de lloros, nada de lloros", mientras, por dentro, se avergonzaba de que ella lo encontrara desarrapado, con el cabello indómito y la barba crecida. Por el cuarto, jaulas y una horma de zapatero dijeron a las mujeres que mantenía su cordura con el trabajo manual. Había comenzado a bosquejar sus memorias. Al abandonar la Aduana, Margarita dijo a doña Tiburcia –madre de Paz y abuela suya– que iba a casarse con el recluso. Y mientras tramaban el paso, la joven le llevó libros, papel, tinta y velas, las velas que, cuando querían castigarlo, para que no pudiera leer ni escribir, le requisaban. Otras veces, traía un costurero y remendaba su ropa. Su mano afectuosa le recortaba el cabello, lo afeitaba, le preparaba un plato refinado. Cuando lo atacaba la tristeza del cautiverio, le leía en voz alta o entonaba nuevas canciones.
Parece increíble que tanto afecto y sacrificio de parte de estas mujeres, que embellecían la celda con flores silvestres, que mantenían limpio el entorno y resistían en silencio el maltrato o la doblez de los carceleros, no despertara en aquellos hombres un sentimiento de solidaridad humana. Paz debió enamorarse sin remedio, pero no queriendo involucrarla en su desgracia, se atrincheró en una esquivez helada; ella, cansada de darle vueltas al asunto, le dijo de sopetón que quería casarse. El se exasperó: "¡No sabes lo que dices!". Y comenzó a enumerar la diferencia de edades, el futuro incierto, la muerte que pendía sobre él. Ella, arrebatada, demolió sus argumentos esgrimiendo su amor, la fortaleza con que enfrentaría cada prueba. Paz se desmoronó: fue una de las escasas debilidades que se le conoció, pues era estoico por carácter y formación. En secreto, planearon la boda. Un sacerdote de la familia, que solía visitarlo, consiguió las dispensas –eran tío y sobrina– para unirlos. Y el 31 de marzo de 1835, a las dos de la tarde, se casaron, mientras el religioso decía en voz baja las palabras de rigor, para que nadie escuchase la salmodia. Los guardias le ordenaron a Margarita que se retirase, pero el doctor Cabrera arguyó el derecho de convivencia y presentó los documentos. Las autoridades, entre sorprendidas, furiosas y admiradas, decidieron dejarlos en paz. Dos días después, comenzaron su vida de casados.

Soportar

Es en prisión donde Paz muestra lo inquebrantable de su carácter: siendo manco, fabricó complicadas jaulas; siendo prisionero, dispuso de su destino; siendo civilizado, mantuvo alto el espíritu, aunque a diario asistiera a torturas y ejecuciones; temiendo, se sobrepuso al miedo cuando le decían con siniestra jocosidad: "Hoy capaz te llevamos al Remanso". El Remanso, el degolladero. A Margarita le habían dicho que no comiera peces, pues estaban cebados con la carne de las víctimas.
Cuando quedó embarazada, José María le pidió que volviera con su madre, para que el niño naciera en libertad. La respuesta de ella, mientras tendía el camastro, fue cortante: "No tiene importancia dónde nazca. Todo el país es una cárcel".
Y soportó, sosteniéndose en el recuerdo de los años que había esperado por aquel hombre. Pero sus inquietudes no tenían fin; antes de que diera a luz, don Juan Manuel de Rosas decidió trasladarlo a Luján. Negarle a Margarita la información de lo que se haría con su esposo fue una crueldad que Estanislao López ejerció sobre ella gratuitamente, pues Rosas había ordenado que se trasladara "al general y su familia" en carretones decentes. Finalmente, doña Tiburcia se enteró del destino de su hijo y partieron a Buenos Aires la anciana endeble y la joven embarazada, en una barcaza donde los tripulantes piadosos tendieron un toldo para resguardarlas. La desesperación de Paz no fue menor, pues temía que no les permitieran volver a verse. Pasaron meses hasta que supo que su esposa tramitaba el permiso para vivir con él, finalmente concedido. El niño nació poco antes, y viajeros que pasaron por Luján asentaron que veían con asombro pañales flameando en una ventana de la cárcel. Ella cuidaba al niño, almidonaba las camisas de él y pintaba un álbum para los hijos que vendrían; José María ganaba algo como zapatero y se dedicaba a escribir; ambos leían los libros que les mandaban y dormían con el frío de un cuchillo invisible en la garganta esas noches en que oían gritar a algún infeliz a quien arrastraban al martirio.
Margarita dio a luz una niña que murió a los pocos meses, postrándola en la melancolía, de la que salió para cuidar al mayorcito, gravemente enfermo. Más adelante tuvieron otra hija, a la que bautizaron Margarita.
En 1839, después de ocho años, el general Paz fue liberado y enviado a Buenos Aires, con "la ciudad por cárcel". Por primera vez, él y Margarita tuvieron privacidad, pudieron pasear, asistir a reuniones, hacer amistades. A él le devolvieron el sueldo de general y le pagaron lo adeudado.
La revolución de Maza, las matanzas posteriores y el que muchos lo señalaran como único capaz de vencer a Rosas hicieron que el Manco temiera por su vida y huyera hacia la Banda Oriental. Margarita no estaba de acuerdo, y como su historia había despertado simpatías en gente influyente, consiguió un cargo diplomático para su esposo, con la condición de que no tomara las armas contra Rosas. Luego, cruzó el río con sus hijos y se instalaron con Paz en Colonia. El breve período de tranquilidad había acabado, pues José María retomó el oficio de la guerra, enredándose nuevamente en políticas absurdas. Si alguna vez sintió remordimientos por arrastrarla en su destino, ella podría haberle contestado, parodiando a Tagore: "Entré en tu vida sin que me lo pidieras, y pusiste tu sello de eternidad en los instantes fugaces de la mía".

 

   
  Tumba que reposan en Córdoba los restos de Margarita y Jose.  



Felicidad y desolación

Tuvieron que pasar años de separaciones, angustias, traslados demenciales por la selva y pérdidas constantes, para que, harto de discutir con sus aliados, traicionado, apesadumbrado por la muerte de otro hijo, José María decidiera pasar a Río de Janeiro. Había perdido, tras el ideal, la posibilidad de un cargo, había sido derrotado en política por hombres más hábiles que él en pactos tras bastidores y había sumido en la pobreza a su familia. Margarita esperaba su octavo hijo. Sin recursos, pusieron una granja, que no daba mucho; sobrevivieron porque ella sacaba fuerzas de flaqueza y preparaba empanadas que él y sus hijos vendían entre los vecinos. A pesar de esto, eran felices; vivían en familia y ella no sufría el terror de que lo mataran en batalla, sabiendo que nunca recuperaría su cuerpo. Pero estaba debilitada por los esfuerzos, por los viajes y los sucesivos embarazos. Su madre, Rosario, debió trasladarse para atenderla. El 5 de junio de 1848, a las diez de la noche, varios días después de haber tenido a su último hijo, murió, dejando a su marido desolado. Sus últimas palabras, conmovedoras, fueron para pedirle que la dejara entregarse a la muerte, que había un más allá y que velaría por ellos. Y viendo el dolor desgarrador de ese hombre al que no se le conocía flaqueza, puso su mano sobre la cabeza de él y empleó su último aliento para repetir: "¡Cuánto te he querido!". Tenía sólo 33 años. Fue enterrada en tierra extranjera, pero hoy yace en la Catedral de Córdoba, junto a los restos de aquel a quien amó más que a su vida. Años después, en agonía, él la habría llamado con la voz del poeta bengalí: "¿Dónde estás, amor mío? ¿Por qué te escondes en la sombra? Yo no sé el tiempo que hace que te espero, cansado".
José María Paz: nació en Córdoba, en 1791. Estudió Filosofía y Teología, pero luego de la Revolución de Mayo de 1810 dejó los libros para empuñar las armas en las luchas por la Independencia. Murió en 1854.

Margarita Weild: nació en Córdoba, en 1814, hija de María del Rosario Paz y Andrew Weild, un médico escocés. Se casó con su tío, José María Paz, en 1835. Murió en 1848, a los 33 años.

 

 

 

 
 

 

 

 


  • Todas las imágenes e información aquí publicados han sido obtenidas de Todas las imágenes e información aquí publicados han sido obtenidas de Internet, todas pertenecen a sus creadores. Si en algún momento algún autor, marca, etc. no desean que estén aquí expuestas, ruego nos contacten  para poder tomar las medidas oportunas.. Si alguno de sus autores desea que sean retirados le ruego que me lo comunique por e-mail, no pretendemos aprovecharnos de sus trabajos, solo darlos a conocer. En cualquier caso, si podes aportar  alguna información  de interés,  lo podes enviar vía e-mail para ampliar información.