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La historia de la humanidad
está jalonada por amores que fueron célebres, aunque algunos acabaron en
tragedia, pero no por tragedia humana, sino por la sublimación del amor que
era ofrecer la vida por el ser amado.
AMOR...
curiosidades
MUJERES ... MUJERES ...
AMORES Y AMORÍOS
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REINAS FEAS
PERO CON ENCANTO...OTRAS LINDAS PERO DESAFORTUNADAS...
A lo largo de la historia existieron mujeres que no eran agraciadas,
pero que suplían esa carencia haciendo gala de un encanto especial y,
seguramente, una sensualidad desbordante.
Hasta bien entrado el
siglo XIX las novias que venían a casarse con los futuros reyes de
España llegaban al matrimonio casi niñas y con un deber que cumplir:
proporcionar herederos. Ninguna hubiera desobedecido lo dispuesto por
sus padres o por imperativo de las relaciones internacionales.

Carlota
Joaquina de Borbón
La elección recayó en la Infanta Carlota
Joaquina de España, que tenia a la sazón 10 años de edad y que en
calidad de prometida fue a vivir a la corte de Lisboa, mientras
llegaba el momento en que la naturaleza le hiciese mujer y pudiese
casarse con el príncipe
Juan VI de Portugal,
segundo hijo de la reina
María I (quien
más tarde enloquecería);
Ocurrió al cumplir los 13 años que la
naturaleza sugirió y fue la señal para que Don Juan abandonase su
retiro de Mafra y se consumase el matrimonio.
Carlota
Joaquina era la hija primogénita del rey
Carlos IV de España
y de su esposa
María Luisa de Parma.
Fue forzada a casarse, el
8 de mayo de
1785 (con
apenas 10 años de edad), con el príncipe en 1788, con la muerte
del heredero de la Corona portuguesa, el primogénito
José, príncipe de Beira,
Juan pasó a ser el primero en la línea de sucesión. Por locura de su
madre, éste se volvió regente del reino a partir de
1792,
y por consiguiente, Carlota se convirtió en princesa-regente de
Portugal. Este cambio en los acontecimientos, convino perfectamente
con el carácter ambicioso y a veces violento de Carlota. Se inmiscuyó
en asuntos de Estado, procurando influir en las decisiones de su
marido, siempre en su favor.
Es decir que aparentemente, lo que menos interesaba era su aspecto
–puede asegurarse que, según el cuadro, y teniendo en cuenta lo que se
debe haber esmerado el retratista–, porque según las crónicas, tenía
una aguda inteligencia y ese especial encanto con que la naturaleza
dota a las mujeres que no son bellas, pero que las hace mucho más
atractivas.

Carlota Joaquina-Juan VI de Portugal
A ella no le gustó el príncipe.
Además de su excesiva obesidad y sus modales apáticos padecía
erisipelas crónicas., que eran una característica de la familia
Braganza. Como su padre y su abuelo Don Juan nunca montó a caballo
(excepto para hacerse retratar) y llevaba constantemente vendadas las
piernas, que le molestaban con vivo escozor.
A pesar de todo, esta pareja dispar,
cumplió a conciencia sus deberes dinásticos y pronto la familia real
se completó con varios descendientes. Primero la Infanta Maria Teresa,
nacida el mismo año que su lejano pariente Luís XVI de Francia y su
esposa Maria Antonieta morían en el cadalso. luego dos Antonio,
presunto heredero de una corona que aun no ceñía las sienes de su
padre, que murió antes de los 7 años y a continuación, Maria Isabel,
Don Pedro, Maria Francisca, Isabel Maria, Don Miguel, Maria de la
Asunción, y Maria Ana. Esta última nacida en 1806, marcó
ostensiblemente el final de las relaciones maritales entre el rey y su
esposa que, a partir de aquella fecha, vivieron en palacios distintos.
En realidad, la actitud de la Infanta Carlota Joaquina hizo que la
maledicencia de la corte pusiese en duda la legitimidad de todos sus
hijos, exceptuada la primera Infanta, y se citaban los nombres de los
favoritos, supuestos padres de la descendencia real.
HECHOS CURIOSOS
Y a tal punto
llegaba su magnetismo, que hasta se dio el lujo de tener un romance
con el almirante
inglés Sydney Smith,
un apuesto marino anglosajón que parece haber estado dispuesto a
cualquier cosa –incluidas la operación militar en el Río de la Plata y
la ocupación del puerto de Montevideo, lo que significaba una virtual
declaración de guerra–, para satisfacer a su enamorada en su
pretensión de ocupar su lugar en las colonias hispanoamericanas.

María Luisa de
Parma
María Luisa de
Parma (Parma, actual Italia, 1751-Roma, 1819) Reina de Castilla.
María Luisa esposa de
Carlos IV
tuvo diversos amantes. Tuvo 24 embarazos de los cuales nacieron 14 hijos y
sólo le sobrevivieron cinco. Según los textos históricos, alguno de ellos podría
ser hijo de su amante Godoy. Malquerida y fea, caen sobre la memoria de esta reina el peso de cientos de
rumores que el tiempo ha convertido ya en historia: Que si había confesado a su
sacerdote que ninguno de sus hijos era de su marido, que no se lavaba por miedo
a contraer enfermedades porque el agua dilataba, según su criterio, los poros de
la piel... Cierto es, sin embargo, que gracias a esta apasionada mujer, se
construyó la Casita del Labrador en Aranjuez. Una pequeña residencia que se
usaba como lugar de descanso después de los paseos por los inmensos
jardines y, también, como sala de fiestas y bailes cortesanos.
María Isabel y
Francisco de Paula (hijos de Maria luisa y Carlos) habían sido,
desde el momento de sus respectivos nacimientos, objeto de continuas
murmuraciones, no ya sólo entre las clases comunes, sino también entre
los ociosos cortesanos. Y es que para muchos resultaban excesivamente
evidentes las semejanzas físicas entre Godoy y los dos niños; tanto
que para la chismosa esposa del embajador inglés resultaba ser un
indecente parecido.

María Luisa de
Parma y su amante Godoy
El rey, por su parte, parece que nunca manifestó
darse por enterado de lo que era más que un secreto a voces. Muertos
los reyes (la reina había hecho testamento dejando todos sus bienes a
Godoy). En 1799, o hacia esa fecha, la corte española había prohibido
todo adorno de color dorado o plateado por su significado de riqueza,
cuyos atuendos en estos colores hubo causado irritación en la
población –pobre y hambrienta en su vasta mayoría- durante una
procesión donde abundó el derroche de riqueza causando una grave
afronta con la población. Para entonces reinaba la reina María Luisa
de Parma. La moda imperante de la corte en la Semana Santa era el
austero color negro, calcado de la moda de las clases urbanas, con
finas mantillas de encajes y, ya entrado el siglo XIX, peinetas del
más fino carey. Hoy, doscientos y tantos años luego, las costumbres
imperan como reflejos atrapados por espejos, y el espíritu del cuadro
de Goya, La reina María Luisa de Parma con mantilla*, salió del
Palacio Real, viviente por las calles de Madrid.
El
4 de octubre de
1851, falleció
Godoy sin que su desaparición apenas interesara ni en Francia ni en
España. Reinaba ya Isabel II. En un primer momento, sus restos
permanecieron en la cripta de la iglesia de Saint Roch. Trascurrido un
año sin que nadie reclamase su cadáver, uno de sus últimos banqueros
compró un reducido espacio en el cementerio del Este, conocido hoy
como
Père-Lachaise.

Bárbara de
Braganza esposa del tercer Borbón
Bárbara era
posiblemente la princesa más fea de Europa; de hecho, cuando se estaba
negociando el matrimonio los portugueses tardaron meses en enviar un
retrato a la Corte de Madrid, por miedo a que el príncipe se echase
para atrás. A cambio, era un dechado de virtudes. Melómana, sensible,
culta, muy piadosa y, sobre todo, afectada por el incurable virus de
la melancolía. Un verdadero alma gemela del heredero español.
Fernando, que de primeras desconfió, pronto supo ver en su ya esposa
una compañera perfecta y afín a su modo de entender la vida. Era
hija de Juan de Portugal y de la archiduquesa Mariana de Austria,
tenía gran corazón y amó profundamente a su marido, Fernando VI,
hermano menor y heredero del trono de Luis I. El matrimonio, como el
de Luis I y Luisa Isabel de Orleáns, resultó estéril, pero no por
culpa de ella. «Aun cuando existen en el Rey los síntomas y
movimientos necesarios para dar satisfacción a una mujer, carece de
algo esencial, de modo que hay en él muchos resplandores, pero sin
llamas capaces para la generación», se lee en un parte médico de la
época.
Fernando VI era un rey aficionado a los paseos en falúas
(embarcaciones reales).
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Bárbara de
Braganza |

Fernando VI
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Estos paseos serán
amenizados con música que cantaba Carlos Broschi Farinelli, acompañado al clave alguna vez por
el rey o la reina.
La joven Bárbara era una
mujer culta, de agradable carácter, dominadora de seis idiomas y gran
amante de la música. El reinado de Fernando VI (1746-1759) fue, sin
duda, uno de los más breves de la historia de España, aunque también
fue uno de los más fructíferos desde el punto de vista económico,
político, social y cultural.
En mayo de 1758, Bárbara de Braganza, que estaba
muy enferma, sufrió una recaída y ya no se
recuperó. Falleció el 27 de agosto, a los 47 años, de un cáncer de útero. El rey no superó la marcha de su amada
esposa. Habían afrontado juntos las acometidas de Isabel de Farnesio y ya se
sabe que las adversidades unen mucho.
El físico y la mente del rey empezaron a debilitarse a pasos agigantados.
Abandonó los asuntos de Estado y su cuidado personal. Lloraba sin cesar.
Cualquier conversación servía para recordar a su mujer. Dormía sobre dos
sillas y un taburete. Se había vuelto loco. Fernando VI murió el 10 de agosto
de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón,
donde se había recluido desde que le faltó su esposa. Fue enterrado junto a
ella, en las Salesas.
María de
Médici
María
de Médici era obesa, bastante
fea, el cutis demasiado moreno, ojos grandes redondos y los labios
abultados.
Nació el
26 de abril de
1575 en
Florencia,
murió el
3 de julio,
1642, reina de
Francia de
1600 a
1610. Reina
madre hasta su fallecimiento. María fue la sexta hija de
Francisco I de Médici
(1541
–
1587). Gran
duque de
Toscana, y de
Juana de Habsburgo-Jagellón
(1547
–
1578),
archiduquesa de
Austria. Se
casó el
16 de diciembre
de
1600 en
Lyon
con
Enrique IV de Francia
hijo de Don
Antonio de Borbón,
Duque de Vendôme y Borbón y de la Reina de
Navarra, Doña
Juana de Albret.
Su matrimonio con
Enrique IV
de Francia
fue debido, principalmente, a las preocupaciones dinásticas y
financieras del rey de Francia. Los Médici, banqueros acreedores del
rey de Francia, prometieron una dote de 600.000 escudos de oro, lo que
hizo que María de Médici fuera apodada como la “Gran banquera”. María
de Médici no se entendía con Enrique IV. Sumamente celosa, no
soportaba las aventuras femeninas de su marido, ni sus desaires; él la
obligaba a relacionarse con sus amantes y además le escatimaba el
dinero que necesitaba para cubrir todas las necesidades que su
condición real le exigía. Las discusiones entre ambos eran frecuentes,
seguidas por una relativa tranquilidad. Tras la muerte de Enrique IV,
el
14 de mayo de
1610, María de
Médici asumió la regencia en nombre de su
hijo
Luis XIII
que aún no tenía nueve años, demasiado joven para poder reinar.
Tenía entonces el delfín, futuro Luis XIII, once años, y el país se
hallaba bajo la regencia de María de Médicis tras el asesinato de
Enrique IV en 1610.


María de Médici
Fue madre de:
-
Luis XIII,
rey de Francia (1601
–
1643) ,
Isabel de Francia,
(1603
-
1644) : ;
Cristina de Francia,
(1606
–
1663),
duquesa de Saboya ; Nicolás de Francia, (1607-1611)
;
Gastón de Francia,
(1608
–
1660), duque
de Orleans ;
Enriqueta María de Francia,
(1609
–
1669), reina
de
Inglaterra

Maria Cristina de Suecia
Ciertamente
varonil, fue una niña muy fea
...
Cristina había nacido en Estocolmo
el 8 de diciembre de 1626, hija del rey Gustavo Adolfo y de María
Leonor de Brandenburgo. Al nacer esta niña un 7 de diciembre de 1626
estaba tan cubierta de pelo que creyeron que era un varón, pero al
examinarla comprendieron que era chica. Los
astrólogos pronosticaron malos augurios en su venida al mundo, si bien
aseguraron que sería el ansiado varón.
Y casi, pero no. La cuestión es que aunque ciertamente varonil, fue
una niña, y muy fea. Es obvio que alguna extraña circunstancia
tuvo que contribuir a tan singular error, al margen de que fuera tan
peluda y con tal vozarrón —siempre tuvo una voz masculina.
María Eleonor su madre sin embargo, manifestó
su decepción y odió a su hija desde el momento en que supo que no era
el ansiado heredero varón que se había prometido engendrar.
Intentó estrangularla con una sábana, luego hizo que una viga
cayera sobre la cuna. En otra ocasión, instruyó a la niñera de
Cristina que la dejara caer al suelo de fría piedra. De esta caída,
uno de los hombros de Cristina quedaría permanentemente deforme.

Gustavo II Adolfo llegó a adorar a
la niña, a quien ya llevaba a sus maniobras militares y celebraba que
no se asustara del ruido de los cañones. Gustavo II crió a su niña
como si fuera un varón pero, desgraciadamente, esta buena relación
entre padre e hija se vería brutalmente interrumpida cuando el rey
murió durante la batalla de Lützen. Tras ser encontrado desnudo en el
lodo con solo la camisa puesta, el cadáver del monarca fue llevado (en
1633) finalmente de vuelta a Suecia en un buque, escoltado por su
viuda, quien desde entonces lloró con más ganas.
María Eleonora obligaba a Cristina a
dormir con ella en una cama incómoda y espartana, con el corazón del
rey en una urna colgando encima del lecho, lo más macabro que se pueda
uno imaginar. La reina viuda solía llorar día si y día también, sin
parar hasta que la cara se le hinchaba como la de un sapo, a tal punto
que acabó perdiendo la tutela de su hija en 1636 cuando la declararon
incapacitada.
La ambigüedad de Cristina se mantuvo
durante toda su vida. Su gusto por emplear ocasionalmente vestimenta
masculina y por las actividades tradicionalmente reservadas a los
hombres, así como los rumores sobre su sexualidad, hicieron que en
1965 se exhumara su cuerpo para ver si había signos de
hermafroditismo, pero aparentemente su cuerpo no presentaba
peculiaridad alguna, si bien se dice que los resultados no fueron
concluyentes. A veces daba la impresión de no
considerarse una mujer ella misma, como cuando dijo: “Amo
a los hombres, pero no porque sean hombres, sino porque no son
mujeres”, o como cuando escribió en su autobiografía las
siguientes desconcertantes palabras: “En
mi opinión, las mujeres no deberían reinar”,
El 26 de febrero de 1649 hizo
público que no tenía la menor intención de casarse. Su aversión al
matrimonio era total:
“Las monjas y las
mujeres casadas son igualmente desdichadas, cada una a su manera”,
llegó a decir.
HECHOS CURIOSOS
Su gusto por emplear ocasionalmente
vestimenta masculina y por las actividades tradicionalmente reservadas
a los hombres, así como los rumores sobre su sexualidad, hicieron que
en 1965 se exhumara su cuerpo para ver si había signos de
hermafroditismo, pero aparentemente su cuerpo no presentaba
peculiaridad alguna, si bien se dice que los resultados no fueron
concluyentes.
Cristina, que estudiaba durante 12
horas al día, seis días a la semana, fue una alumna brillante. Además
de ejercitarse en la equitación y la esgrima, hablaba varios idiomas,
entre ellos el francés, español, italiano, alemán y latín; tenía
profundos conocimientos de filosofía y fue discípula de Descartes, que
murió en su palacio de Estocolmo.
Llega
en 1655 a Roma después de haber abdicado al trono por su conversión al
catolicismo. Desde su juventud, empedernida coleccionista de libros,
manuscritos, instrumentos científicos, cuadros y obras de arte, lleva
consigo objetos artísticos de pequeño formato para adornar su nueva
residencia que establece en 1659 en el Palacio Riario cerca del
Vaticano. Empieza a coleccionar a gran escala a partir de 1661, cuando
recibe un pago del Gobierno de Suecia. Las facturas privadas de
Cristina mencionan las más importantes compras de esculturas en los
años 1662, 1669 y 1678. Sabemos por un inventario del Archivo Nacional
de París que al final de su vida reunía en su palacio unas ciento
veinte esculturas de mármol, expuestas en diez salas del parterre.
Casi setenta de las esculturas
adquiridas por Cristina son de época romana, mientras que gran parte
de los bustos datan de su tiempo. El conjunto más valioso de las
esculturas clásicas del Prado procede de la colección de Cristina de
Suecia. Se trata en su mayoría de réplicas romanas de obras famosas
del arte griego: del siglo V a. C. cabe mencionar Atenea, de
Mirón, Diadúmeno, de Policleto, la cabeza de Atenea tipo
Velletri y Deméter ; del siglo IV a. C., Leda,
de Timoteo, Sátiro en reposo, de Praxiteles, y Apolo Patroos,
de Eufránor; de época helenística una Venus del tipo Capitolino
, las famosas Ocho musas sentadas de la Villa Adriana de Tívoli,
Fauno del cabrito, Musa apoyada , Venus del pomo
, Afrodita agachada , Ariadna, interpretada entonces
como Cleopatra , la cabeza de Aquiles conocida en su época como
Alejandro y -como originales griegos- una cabeza de bronce y un
Baco de mármol . De época romana destacan el Grupo de San
Ildefonso, un altar con relieves báquicos, Atenea Prómaco ,
estatuas-retratos de Augusto y de una dama romana y los bustos
de Adriano , Sabina y Antínoo [E60], entre
otros. Casi todas las piezas de la colección de
Cristina fueron adquiridas en 1692 por Livio Odescalchi. En 1724, su
heredero vendió la colección de escultura por 50 000 escudos romanos a
Felipe V e Isabel de Farnesio.

Ana de Habsburgo o Ana de Austria
Una de
las tristes princesas de la casa de Habsburgo fue Ana, quien además de
portar el feo nombre de
Mauricia
en su partida de
nacimiento, fue enviada a casarse con el guapo pero difícil rey francés
Luis XIII.
Española al ser hija
del monarca español, y del futuro Felipe IV de España, Ana de
Austria estaba destinada a ser aparatosamente infeliz con Luis XIII,
quien la celaba hasta del aire y le puso malísimas caras cuando tuvo un
breve devaneo con el Duque de Buckingham, petit affaire que
dio lugar a que posteriormente Alejandro Dumas padre la tomara de modelo
para la reina infiel en Los Tres Mosqueteros o en El Hombre de la
Máscara de Hierro.
Ana de Austria y Luis XIII tenían la misma edad, pero ni congeniaron ni
se quisieron. El rey, neurótico, dado a la soledad, tímido, apático y
poco afectivo, prefería la compañía de sus favoritos, especialmente el
duque de Luynes, y de sus amantes, sobre todo de Louise de La Fayette,
quien, no obstante, procuró la reconciliación del matrimonio real en sus
últimos tiempos.
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Tras más de 20 años de horrible esterilidad conyugal Anita logró dar
a luz al portentoso
Luis XIV, y
posteriormente a
Felipe, Duque de
Orléans que
pasó a la historia como uno de los homosexuales más encantadores de
todos los tiempos. Algunos han ennegrecido la reputación de Ana
afirmando que no solo se casó en secreto con el cardenal Mazarino,
sino que también fue la responsable del homosexualismo de su hijo
menor al haberlo criado como niña, torciendo adrede su destino
sexual para que no fuera una amenaza al regio heredero Luis. Sin
embargo, Ana fue una mujer atormentada en un matrimonio infeliz y no
todas las aventuras y malas correrías que se le imputan son ciertas. |
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El matrimonio tuvo
dos hijos:
LUIS
XIV(1638-
1715), rey de
Francia (1643-
1715)
Felipe de Francia
(1640-
1701), duque de
Orleáns (1660-
1701).

Isabel de Valois
Otra
princesa triste de la casa de Habsburgo de España fue la infanta
Isabel Clara Eugenia, hija
de Felipe II y de
su tercera esposa la francesa:
Isabel
de Valois Nacida
en 1566 en Segovia, fue muy amada por su padre a pesar de que el rey
español hubiera preferido que hubiera nacido hombre. Todo el amor de su
padre pasó a ser un tierno recuerdo cuando la casaron con el archiduque
Alberto el Piadoso
de Austria, quien
acabó siendo regente de los Países Bajos. Aunque inicialmente Isabel
Clara Eugenia tragó alfileres por su boda con Alberto, posteriormente
hubo momentos de entendimiento que suavizaron la convivencia, y cuando
su marido andaba en la guerra y sitió a Ostende, ella juró de que no se
cambiaría su ropa interior hasta que la ciudad cayera en manos de su
cónyuge. Se había cambiado de camisolín en junio de 1601 y se lo quito
casi en trizas en septiembre de 1604, pero dadas las costumbres
imbañables de la época no es de extrañarse por esta anécdota. Isabel
Clara Eugenia murió en 1633 en Bruselas, habiendo enviudado y habiendo
sido durante 12 años la delegada de gobierno en los Países Bajos para su
sobrino el rey de España.


María Teresa
de Austria y Borbón (1638-1683)
Esta fue otra
princesa de la casa española de Habsburgo que estaba destinada a no ser feliz
, quien acabó siendo la esposa de
Luis XIV
.

María
Teresa de Austria y Borbón (1638-1683)
Fea y
regordeta, el rey francés a quien apodan
El Rey Sol
habría
de someterla a la constante humillación de un desfile completo de amantes,
lista en la cual recordamos a la
Fontanges, a la princesa
de Mónaco y a Madame de
Montespán
entre las más conocidas. María
Teresa gobernó 40 años, de 1740 a 1780, e influyó decisivamente en el curso
de la historia de los países integrantes del imperio Habsburgo en Europa
Central.


Luisa Isabel de Orleáns, esposa de
Luis I que reino 7 meses
Nació
en Versalles el 11 de diciembre de 1709. Era hija de María Francisca
de Borbón (Duquesa de Orleáns) y Luis Felipe de Orleáns (Duque de
Orleáns y Regente de
Francia
durante la minoría de edad de
Luis XV).
Su abuelo era Luis
IX de Francia porque su madre era
una de las hijas ilegítimas del Rey Sol
.
Antes
del nacimiento de Luisa Isabel, su madre ya tenía cuatro hijas y por
esto deseaba dar a luz a un varón.
La pobre
criatura ha sido muy mal acogida por todos por no haber sido un varón.
La decepción fue tan grande que la familia no se
preocuparon en buscar un nombre para ella.
En
1721 Felipe V,
el rey de España Felipe V, y Felipe de Orleáns, regente de Francia, se
encontraron
para discutir el matrimonio entre sus
hijos- Luis el Príncipe de Asturias y
Luisa Isabel de Orleáns (titulada
"mademoseille" de Montpensier). Pero cuando se estaban negociando el
matrimonio, Felipe V
tuvo la sorpresa que su futura nuera no tenía el nombre oficial y la
Corte francesa tuvo que darse prisa reparar la
documentación oficial.
El 20 de enero de
1722 Luisa Isabel fue la esposa del Príncipe de Asturias, se vieron
por primera vez el día antes. En este momento Luisa Isabel contaba con
doce años de edad y Luis con catorce años. Cuando la nueva princesa de
Asturias llegó a España, no sabía leer ni escribir- había recibido una
educación malísima. La
boda con Luis I de España fue el 25 de noviembre de 1721 y se tuvo que
hacer un simulacro de consumación por la corte edad de los
contrayentes, este simulacro constó de que ambos niños se acostaran en
la misma cama durante el tiempo estimado oportuno por
Felipe V
y luego llevados a cada uno a su respectiva habitación, de esta forma
el matrimonio fue reglamentariamente consumado. A mediados del año
1723 lo consumarían por ellos mismos.
En 1724 Luis I fue proclamado rey y Luisa Isabel se hizo la reina de
España, tenía solo catorce años.
 |
Luisa Isabel
tenía muchas extravagancias, por
ejemplo: jugar desnuda en los jardines de palacio; su pereza, desaseo
y afición al mosto; sus demostraciones de ignorar al joven monarca,
responde el alejamiento cada vez más patente de don Luis hacia ella.
El 4 de julio de 1724 Luisa Isabel fue encerrada en el alcázar de
Madrid, acusada de abusar de la bebida. Este hecho fue muy conocido en
toda Europa. La contrición de la reina fue ejemplar y Luis I ordenó su
libertad. El 20 de julio tuvo lugar la reconciliación de los monarcas.
Pero el 21 de agosto Luis I cayó enferma de viruela, su esposa, pese
al posible contagio, no se separó de él ni un momento. Diez días
después, el 31 de agosto, el rey falleció.
.
Luisa Isabel cayó enferma de viruela el
mismo día de la muerte de su esposo.
Cuando Luisa Isabel se marchó, la despedida de los reyes de España,
Isabel de Farnesio y Felipe V
fue fría, y el pueblo de Madrid fue indiferente. Luisa Isabel quedaba
viuda a la edad de quince años. Dos días después de la muerte del
joven monarca, su padre Felipe V tomaba nuevamente la corona de
España. Luisa Isabel se convertía en un grave problema. |
Luisa Isabel de
Orleáns (titulada "mademoseille"
de Montpensier).
Felipe V e Isabel de Farnesio querían
deshacerse de la joven reina, y que ésta saliese del país. Finalmente,
Luis XV permitió que residiera en Francia, con la condición de que no
fijará su residencia en París. Luisa Isabel fijó su residencia
en el Palacio de Luxemburgo.
En el Palacio de Luxemburgo fueron resurgiendo los escándalos y
excentricidades. Ante la bochornosa situación, sus suegros, Felipe V e
Isabel de Farnesio propusieron a Luisa Isabel que entrase en un
convento o se le negaba la pensión. Después de que los reyes de España
cortasen la pensión, Luisa Isabel terminó ingresando en el convento de
las carmelitas de Saint-Germain. En el convento no cambió su actitud.
La vida de Luisa Isabel sufrió una drástica variación por las
numerosas deudas acumuladas, así como por la negativa de sus suegros
de ayudarla económicamente. En 1738 consiguió la autorización de
Luis XV para residir de nuevo en el Palacio de Luxemburgo, y su vida
tuvo que adaptarse a las 200.000 libras que le pasaba Francia.
Desde este momento, hasta su muerte en 1742, olvidada de todos, su
vida transcurrió en medio de soledad y tristeza.

Isabeau de
Wittelsbach: La reina libertina
En la historia de las
familias reales europeas hay muchos asuntos de esos que mejor ni
hablar. Trapitos sucios que sólo se ventilaban de puertas para adentro
y personas en situaciones comprometidas, que es preferible olvidar.
Tal el caso del
rey Carlos VI,
apodado
El Desafortunado y, más chacotonamente Chale
Loco, nacido en 1368 y muerto en 1422, que contrajo matrimonio
con
Isabeau de Wittelsbach (Baviera)
el 17 de julio de 1385, y que resultó ser una de las reinas más
impopulares de Francia.
 |
El casamiento se concretó para lograr una
alianza, pero terminó muy mal cuando la bellísima y licenciosa Isabeau
–que además sucumbía al pecado de la gula–, empezó a hacerse una
malísima reputación cuando le puso los cuernos al rey nada menos que
con su hermano menor
Luis, Duque de Orleáns,
y en aquella unión concibieron al delfín y futuro Carlos VII
El Cobarde, que consiguió su trono merced a Juana de Arco pero que
cuando consiguió acomodar su regio trasero en los cojines, con
absoluta ingratitud la dejó morir en la hoguera. Cierto es que el
joven Carlos tenía sus razones para ser como era. Su mamita, Isabeau,
era tan malévola, que no vaciló en proclamar posteriormente que su
nene era un bastardo, y lo hizo simplemente para asegurarse una
pensión vitalicia que le permitiera seguir manteniendo a sus amantes y
atiborrándose de comida. |
Hay que recordar que en una fría noche de otoño 1407 se hallaron los
cuerpos de tres hombres asesinados. Con uno de ellos, quienes fueran
los que lo mataron, se habían ensañado, reventándole la cabeza y
cortándole la mano derecha. En París, este tipo de cosas eran
habituales. Agresiones, robos y homicidios hacían que la vida en la
ciudad, especialmente de noche, resultarse sumamente peligrosa. De
modo que el caso hubiera pasado como uno de los tantos delitos
cotidianos, si no se hubiese puesto atención en las ropas del que
había terminado con una mano menos y el cráneo aplastado, que no era
otro que el Duque de Orleáns, Luis, hermano del rey Carlos. Aunque los
sospechosos eran muchos, el más interesado en que Luis desapareciera
de la faz de la tierra era Juan, Duque de Borgoña, primo hermano tanto
del rey como del occiso, que ambicionaba tener un papel más destacado
en el gobierno de Francia, dado que Carlos estaba majareta perdido y
cada vez con más frecuencia debía delegar los asuntos de estado y
Luis, como vimos, le había ganado de mano gozando de los favores de la
reina, la hermosa, voluptuosa, glotona e inescrupulosa reina. Por otro
lado, una cosa era ser hermano del rey y otra muy distinta primo, y
para colmo de males en todo París se sabía que las relaciones entre él
y su primo Luis no eran de las mejores.
Una investigación llevada a cabo por los partidarios del Duque de
Orleáns y dirigida por su viuda, la italiana
Valentina Visconti,
descubrió que los asesinos se habían refugiado en el castillo de
Artois, residencia oficial de Juan. Antes que llegaran las tropas a
registrar su mansión, el
Duque de Borgoña
admitió ser el
instigador del crimen y aunque los seguidores de Luis y su viuda
reclamaban un castigo ejemplar, se le ofreció que luego de haber
confesado ser el responsable, se arrepintiera solemnemente, hiciera
una petición de clemencia y un ofrecimiento de reparación, a fin de
que el rey –loco como estaba–, le concediera el perdón.Pero el Duque
no hizo nada de eso. Rechazó toda posibilidad de arrepentimiento, no
pidió clemencia ni ofreció reparación alguna. Se limitó a orquestar
una campaña para denigrar la memoria de su primito, por medio de
discursos, cartas públicas y maledicencias varias, presentando al
duque como un usurpador, desparramando a los cuatro vientos su
relación con la reina, y asegurando a quien quisiera escucharlo, que a
instancia de la licenciosa Isabeau, el Duque de Orleáns había
intentado aprovecharse de la enfermedad del rey para desplazarlo del
trono y gobernar en su propio beneficio. Fue defendido por un doctor en
Teología famoso, Jean Petit, que dejó bien en claro que el muerto era
culpable de crímenes de lesa majestad, por lo cual Juan, su defendido,
debía ser considerado como un salvador del reino. Entre dimes y diretes,
transcurrieron once años. Luis fue enterrado en la Iglesia de los
Celestinos, en las cercanías del Sena, y la vida siguió su curso.
Pero durante todo ese tiempo, Isabeau de Wittelsbach, que ya había
reemplazado a su cuñado por una multitud de amantes, siguió rumiando
su rencor y preparando su venganza, precisamente porque Juan obtuvo de
su marido, el rey, una declaración de no culpabilidad. Como dicen en
Sicilia: “la sangre llama a la sangre”, y la lucha entre facciones
prosiguió hasta el 10 de septiembre de 1419 cuando el heredero del
trono, el joven
delfín Carlos
invitó Juan –quien ya era conocido como
Juan Sin Miedo–,
para firmar un acuerdo de paz. El delfín y el duque se encontraron en
el puente de Montereau. Como era usual, Juan se arrodilló para
rendir homenaje al futuro rey, y ya no volvió a incorporarse. Los
hombres de la guardia del hijo de Isabeau y del asesinado
Luis lo degollaron sin más trámite,
completando la vendetta por la que habían esperado tantos años. De este
modo Isabeau, aquella joven princesa que llegó al trono, caprichosa,
sensual, ávida de placeres y glotona, que se había transformado en una
vieja gorda y decrépita, se cobró la factura, después de haber sido,
como regente, la instigadora de todas las intrigas y provocaciones que
culminaron en una guerra civil.


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