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El lavado de
manos con
jofaina
se convierte durante la Edad Media en norma de buena educación e incluso
se considera una cortesía regia presentar una palangana en la mesa |
Esta acción queda refrendada con la aparición, hacia el siglo XII, de
libros de etiqueta que insisten en el lavado de manos, cara y dientes todas
las mañanas. A partir de ese momento, las viviendas burguesas incorporan en
espacios multifuncionales aparatos portátiles que guardan un gran parecido
con los actuales lavabos. Testigos de este claro antecedente son los
numerosos grabados del siglo XV que muestran un lavabo con depósito de agua
y grifo instalados en un rincón de la estancia.
Durante un largo periodo de tiempo, las aportaciones a la higiene doméstica
brillan por su ausencia. Así, hasta finales del siglo XIX, cuando la idea de
la higiene científica como ideal de la nueva medicina inculca la necesidad
de limpieza corporal, el lavabo no vuelve a aparecer en los hogares. De
todos modos, la verdadera socialización del cuarto de baño no se da hasta
principios del siglo XX. El lavabo portátil, que en los primeros años del
siglo pasado aparece ubicado en el dormitorio, conquista un nuevo espacio.
En este camino, el lavamanos aparece acompañado por primera vez de inodoro y
bañera en una misma estancia. Razones prácticas favorecen esta unión. Y una
entramada red de tuberías obliga. Estos lazos se mantienen desde ese
momento, aunque la revolución industrial y la mecanización de la vivienda
hagan posible instalaciones sanitarias mucho menos complicadas.
Del lavabo de los albores del siglo XX sorprende su ligereza aparente. En
esos primeros años, ve la luz el lavabo esmaltado de porcelana que, sujeto a
la pared apenas por dos patas o mediante escuadras, deja los tubos de
desagüe a la vista. La forja y la madera de los primeros modelos dejan paso
a materiales esmaltados, y las escuadras son sustituidas por un ejército de
pilares. Curiosamente, la revolución y el reto del lavamanos contemporáneo
provienen de la sustitución de estos pilares y la vuelta a sistemas de
escuadras. El siglo XXI apunta hacia sujeciones alternativas al clásico pie,
desde el recurrente mueble sobre el que colocar el lavabo encimera, hasta
los anclajes en la pared o un sofisticado sistema de tensores, pasando por
livianas estructuras portantes.
En la actualidad, la intensidad de la presencia del lavabo es tan fuerte
que, incluso, empieza a tener su propio camino, lejos del resto de los
sanitarios. El lavamanos recupera su carácter individualista y solitario. Un
pequeño lavabo -o incluso una fila de ellos- instalado en un lugar de paso
constituye, hoy en día, el ejemplo más palpable de los cambios que se
avecinan en torno a este utensilio doméstico, a cuyo alrededor gravitan
otros elementos, como espejos, toalleros y repisas. |
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El aguamanil,
recipiente que se consideraba imprescindible en las comidas formales.
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ha dado
lugar a innumerables anécdotas, entre ellas, una demuestra cómo un buen
anfitrión debe reaccionar con ingenio y cortesía ante la torpeza e
ignorancia de un invitado.Durante
el transcurso de una cena ofrecida por el rey de España, Alfonso XIII,
fueron llevados a la mesa los
infaltables aguamaniles, con
agua tibia y una rodaja de limón, para que los comensales se enjuagaran las
manos. Pero un diplomático, poco entrenado en los
buenos modales,
se apuró en beber el agua, ante el azoramiento de los restantes
participantes. Rápidamente, el rey rompió el hielo bebiendo del suyo y los
demás invitados se vieron obligados a imitarlo para seguir el protocolo.
Varias décadas atrás en todas las casas había
por lo menos un "aguamanil", un mueble sobre el cual se colocaban los
utensilios necesarios para el aseo rápido, lavado de manos y cara
especialmente. Los había de diversos tipos y tamaños y hechos de distintos
materiales, casi siempre de hierro o madera, más o menos sencillos o
suntuosos según la categoría económica de la familia. En él se ponían la
"ponchera", "jofaina" o "palangana", la "jarra", la "jabonera" y el "paño" o
"toalla", por lo menos.En las casas de familias pudientes solía haber un
"aguamanil" con todo su equipo en cada dormitorio. En las de menos recursos
se tenía uno de uso colectivo, generalmente en un corredor o en el baño.La
"ponchera", "jofaina" o "palangana" era el recipiente, generalmente de
peltre, barro u otros materiales, donde se servía el agua con que se lavaban
las manos y la cara. Pero "ponchera" es nombre prestado, pues es, realmente,
nombre del recipiente donde se prepara el "ponche", sabrosa bebida, mezcla
de ron u otro licor, agua, limón y azúcar. También se llama "ponche" a una
mezcla de ron con leche, huevo y azúcar. "Jofaina" es palabra de origen
árabe, derivada de "yufaina" (platillo hondo, escudilla). "Palangana" es de
origen incierto.La "jarra" es el recipiente de forma alargada, con cuello,
ancha de boca y un asa, donde iba el agua para servir en la "ponchera".
Podía ser de peltre, barro, loza, cristal o porcelana. Es nombre de origen
árabe, derivado de "yarra" (vasija de barro para el agua).
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